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lunes, 2 de diciembre de 2013

LOS CRISTALES DE LA SUERTE





La televisión está encendida. El reloj de cuco de la pared marca las nueve con su din-don habitual. Marcelo y Rosalía están sentados en el sofá; él recorre la pantalla del portátil con su mirada mientras ella lee el libro de pastas azules que acaba de coger de la mesa auxiliar.
-Marcelo, ¿era hoy el día del sorteo? -pregunta ella mientras le mira por encima de sus gafas.
-¿Qué sorteo? -responde él mientras mira atentamente la pantalla del ordenador.
-¿Recuerdas el sorteo especial de la primitiva? Es hoy, jueves cinco.
- ¡Ah sí, creo que era para hoy!
-¿Cómo que crees? -responde ella mientras bruscamente se quita las gafas.
-Bueno que sí, que es hoy.
-No, tú has dicho que crees, ¿es que no estás seguro?
-Sí, estoy seguro -responde moviendo la cabeza.
-¿Dónde está el boleto? -insiste Rosalía mientras apoya sus brazos sobre la mesa.
-El boleto, ¿qué boleto? Te lo di a ti
-¿A mí?, a mí no me has dado nada.
-¡Cómo que no!, te lo di junto al ticket de la compra y recuerdo que te dije que lo guardaras tú.
Marcelo deja el ordenador junto a él y Rosalía  el libro  bocabajo sobre el tapete de la mesa. Ambos se miran. En la televisión, una presentadora joven y bonita comienza a recitar una serie de números: “diecinueve, seis, diecinueve, cincuenta y siete…”. El cuco marca las nueve y media.
-¡Marcelo, son nuestros números! -grita levantándose bruscamente. Las gafas caen al suelo rompiéndose en mil pedazos.
-¡Rosalía, los cristales!
Ambos miran al suelo; cientos de trocitos brillantes esperan ser recogidos. La joven y bonita presentadora sonríe antes de hablar nuevamente.
-Recordamos a nuestros espectadores que el premio del sorteo para el día de hoy es de CIEN MIL EUROS.
Rosalía y Marcelo vuelven a mirarse.
-Rosalía, ¿dónde está el boleto?
La mujer va hacia la puerta. Se gira llevándose las manos a la cara. Mira los cristales en el suelo. De nuevo vuelve hacia la puerta. Se detiene y mira a su marido que para entonces ya está junto a ella. El mando de la televisión, el cuenco de frutos secos y el gintonic acompañan a los cristales. Rosalía se tapa la boca con las manos. La  voz de la joven presentadora los envuelve. 
-Hay un único acertante. El boleto ha sido sellado esta mañana en el centro comercial “La Alegría”.
El rostro de la mujer palidece. Su marido la coge por los hombros.
-¡Rosalía, el boleto… los cristales…!

martes, 26 de noviembre de 2013

INSTRUCCIONES PARA ENAMORARSE



Llegada la hora en que nuestra mente fije su atención en  la otra persona, esa que de costumbre se nos sienta  al lado en el autobús, o bien aquella que nos sonríe a diario cuando nos entrega la lista de clientes citados, o tal vez aquel desconocido que de cuando en cuando nos encontramos en el parque cuando salimos a pasear a nuestro viejo y cansado perro y que nos pregunta qué tal va todo y si Terry (nuestro pequeño can) ya dejó de cojear; tal vez sea ese el momento en que debamos desplegar sobre la mesa del salón las instrucciones para enamorarse.
 

Despejaremos el mantel de cualquier objeto que pueda distraer nuestra atención. Colocaremos las gafas de vista cansada sobre nuestro apéndice nasal, la dejaremos caer hasta el extremo de la misma, apoyaremos los antebrazos sobre el tapete y dejaremos caer nuestra mandíbula sobre los puños cerrados. Acercaremos nuestra cara hacia el papel desplegado y leeremos detenidamente. No deberemos perder de vista ninguno de los renglones que se nos muestran, aunque a veces esa letra minúscula y semejante a una fila de hormigas se nos revele dejándonos sin saber qué pone allá abajo, sobre el azulado papel. 


Nuestros ojos mirarán atentos los pequeños y concisos párrafos. Comenzamos a leer pausada y detenidamente mientras nuestra mente divagará, recorrerá las horas de aquel día en que por primera vez la persona se hizo visible a nuestros ojos. Recordaremos entonces detalles insignificantes de su anatomía, ese pequeño lunar junto a la boca, ese tic nervioso de su meñique, ese girar la comisura labial antes de comenzar a hablar; y es entonces cuando, sin saber bien por qué, toda nuestra atención se centrará en aquella relación verbal:


Ø  Compruebe el estado de sus sentidos.

Ø  Ponga a cargar la batería cardiaca que se encuentra situada en el centro de su pecho.

Ø  Engrase el fuelle de sus pulmones que junto a su corazón expandirán su pecho llenando el aire de rítmicos suspiros al recordar la imagen de esa persona.

Ø  Aspire la alfombra gástrica retirando cualquier resto que impida sentir el aleteo de cientos de mariposas en vuelo cuando sus ojos se encuentren con los suyos.

Ø  Y por último, sucumba a ese desasosiego que, no se preocupe, no durará más de seis meses.


lunes, 7 de octubre de 2013

Besos viajeros.


Ahí os dejo dos de los momentos que capté con mi amiga la cámara el pasado sábado en Córdoba. Ya subiré alguna más. Besos viajeros.

domingo, 29 de septiembre de 2013

AMANECIENDO JUNTO AL RIO.




Ya sabéis que allá donde vaya mi cámara va conmigo, y através de ella miro el mundo que me rodea. Esta mañana me fuí a buscar las primeras horas del día, ese amanecer cerrado de un día de otoño y ahí están algunas de las fotos. Están hechas desde la orilla del Guadalquivir, en el lado de Coria del Rio. Han sido unas horas muy divertidas, compartidas con una amiga que como a mí, no nos importa madrugar un domingo de otoño. Espero que os gusten tanto como a mí.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Viaje por África.

Después de un rápido viaje por África...antes de comer y después de desayunar esta mañana, ahí os dejo documento gráfico de tan "veloz" paseo. ¡¡Va por vosotros!!








martes, 3 de septiembre de 2013

Rosa y tiempo.

Ahí os dejo esta foto a la que le tengo mucho, mucho cariño. Espero que disfrutéis de ella y del poema de Miguel Hernández.

viernes, 19 de julio de 2013

Rincones de mi ciudad.




Aprovechando el fresquito de la noche para pasear con mi cámara, amiga inseparable, los rincones de mi ciudad. Y ahora, compartirlas con vosotros.

domingo, 30 de junio de 2013

Mi cámara va allá donde yo voy.



 ¡Hola  amigos de paraleernos!, ya sabéis que  mi cámara va allá donde yo voy, y que de esas miradas siempre hay una para vosotros. Ahora os dejo algunas de las instantáneas que he captado en Jaén. Disfrutad de ellas como yo he disfrutado captándolas. Besitos.

Además aprovecho para invitaros a la inauguración de la exposición fotográfica que tendrá lugar el próximo día 4 en la biblioteca de montequinto a las ocho de la tarde. Espero veros allí.

miércoles, 11 de abril de 2012

Aquí estoy con vosotros, mis amigos de paraleernos; y con vosotros compartir estas imágenes que tomé el domingo de Resurrección en el camino de vuelta a su casa de la Hermandad de San Gónzalo, sin ninguna duda, una de las más bellas de nuestra semana grande. Espero que disfrutéis tanto de ellas como yo disfruto al ofrecérosla.



domingo, 25 de diciembre de 2011

Os regalo un atardecer en el parque natural de los Alcornocales. La foto no hace honor a la belleza del lugar, pero os garantizo que es de una hermosura y una calma difíciles de olvidar.

"LO BUENO ESTÁ POR VENIR"

domingo, 26 de diciembre de 2010

NOVENTA Y CINCO

Caminaba por la calle cuando comenzó a llover. Al principio me dejé envolver por una lluvia fina, lágrimas de ángel tal vez, pero el cielo comenzó a regar la tierra con fuerza. Y yo, que había ignorado las previsiones meteorológicas confiando en mi suerte, me sentí mojada hasta el alma. Mis ojos, que hacía tiempo habían olvidado el color del mar, se convirtieron en caracolas y guardaron en ellos todo su sabor, toda su brisa, todos sus sueños.

Caminaba por las calles y recordé de pronto la monótona voz del locutor de radio "hoy existe un noventa y cinco por ciento de probabilidades de lluvia" y comencé a reír con carcajadas sonoras, contagiosas. Fuí una ilusa al confiar en mi suerte, en mi cinco por ciento de probabilidad.

Caminaba por la calle... y me mojé, ¡cómo me mojé!, pero me sentí reconfortada al comprobar que mi suerte, mi cinco por ciento de suerte, se había convertido en río, en un río que busca el mar.

Miré hacia dentro, hacia ese mundo oculto a las miradas. Todo en mí se replegaba, mi cabeza, mis brazos, mi tronco, mis piernas... y al final me uní a mi suerte y encontré el mar.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Seré Caronte para ti (para Inma)


Toma mi mano.
Mi corazón tu barca.
Cruza sin miedo.

lunes, 26 de julio de 2010

ABUELO, ¿POR QUÉ BRILLA AQUELLA ESTRELLA?

Hoy me he levantado y cuál ha sido mi sorpresa al descubrir que es el día de los abuelos. Estaba en el patio, bajo el olivo que me ha visto crecer, soñar, imaginar y espero que también madurar. Junto a él, recuerdo como me gustaba contemplar a mi abuela mientras se cepillaba el pelo, blanco y suave, que luego recogía en una trenza con la que se hacía un moño bajo. También era allí, donde mi abuelo se dejaba peinar por mí y yo me dejaba envolver por las historias que me contaba sin prisas, con su voz cálida y serena.
Recuerdo como contaba los días para venir a pasar las vacaciones con ellos. Aquí, en el pueblo, pasaba el verano sin más preocupación que jugar y ser feliz. ¡Y cómo fui feliz aquí! ¡Cuánto cariño me dieron! Nos sentábamos a cenar bajo el olivo, y también bajo un cielo cargado de estrellas. Después, recuerdo que nos salíamos a la calle a tomar el fresco y charlar con los vecinos, y fue ahí, donde mi abuelo me enseñó a mirar a las estrellas. Él me señalaba el firmamento con su dedo huesudo y arrugado, y yo me dejaba guiar y buscaba la estrella que me marcaba. “Abuelo, ¿por qué brilla aquella estrella?” y mientras me miraba con sus ojillos negros me decía “mira, mira, ¿no ves a unos enanitos que cuidan la candela?”, y yo miraba y miraba, y no dejaba de mirar. “¡Sí, sí, los veo, los veo!”. El reía y abrazados reíamos los dos.
Hoy, cuando ya hace tiempo que se fueron, miro al cielo y aún veo a los enanitos alrededor de la candela y entre ellos a mis abuelos.
¡Qué afortunada fui teniéndolos! ¡Cuánto amor me dieron!

sábado, 24 de abril de 2010


CUANDO
Cuando mis pies me llevan
libre,
sin miedos.
Cuando mi alma
la mece el viento.
Cuando el reloj
no mide el tiempo.
Cuando las gentes sonríen
y me ofrecen sus afectos.
Cuando miro a los cielos
sin prisas, sin anhelos,
la vida se abre a mi paso,
me ofrece el regalo inmenso
de vivir en esta vida,
de soñar sueños nuevos,
de compartir ilusiones,
de saborear el tiempo,
de dibujar amapolas,
de susurrar te quieros.
Cuando mis pies me llevan
libre,
sin miedos,
descubro color en la vida,
en los ojos,
y en los cielos.

domingo, 7 de marzo de 2010

CAJAS DE CARTÓN


Ignacio me miraba desde su trona. Jugaba con su osito de peluche mientras saboreaba el último trozo de galleta que se había llevado a la boca. Miraba mi ir y venir de una esquina de la casa a otra. Todas las cajas a medio completar. La ropa de invierno sobre el brazo del sofá; la de él, en la maleta grande azul con ruedas. No había forma de llevárselo todo, lo sabía pero me negaba a aceptarlo. Seguía intentando no dejarme nada atrás, ¿o tal vez sí?
Desde que Charly se había marchado, nada había sido igual. Durante un tiempo me aferré a la idea de su vuelta. Le llamaba. Tomábamos un café. Charlábamos como dos amigos. ¡Qué ironía!, nunca fuimos amigos, ahora lo sé, o tal vez sea mejor decir que ahora lo siento así. Charly se había ido y yo debía irme también, lejos, muy lejos. Ignacio era lo único que me unía a él, pero ni siquiera su hijo, nuestro hijo, nos había hecho alcanzar esa amistad que tanto había deseado tiempo atrás.
Las cajas se amontonaban por el piso. En todas las habitaciones una o dos cajas de cartón aguardaban a ser cerradas, a no ser llenadas con más objetos. Se me olvidó, como siempre, cuanto pesan los recuerdos; una vida entera. Se me olvidó que luego no iba a poder con ellas; pero qué más daba, si la empresa de mudanzas que había contratado tenía buenos y robustos porteadores.
Miré a mi alrededor: toda una vida dentro de unas insignificantes cajas de cartón. Las desnudas paredes contemplaban la imagen desordenada de lo que era ahora mi vida. Al otro lado del atlántico, allende los mares, me esperaba otro país, otro sol, otro amanecer.
Volví al salón. Ignacio se abrazaba a su oso de peluche viejito. Se había dormido mientras yo despertaba de un largo sueño.

viernes, 26 de febrero de 2010

ANDA SUELTO SATANÁS

Las paredes de la habitación comenzaron a acercarse tanto unas a otras, que sintió como le faltaba el aire. Debía estar soñando, no podía ser real. Satanás andaba suelto de nuevo, pensó mientras iba y venía, de aquí para allá, buscando entre montones de ropas esparcidas sin ningún orden. Sujetadores y braguitas le sonresían a su paso, ¿o más bien se burlaban de su estampa?. No podía ser. Miró su reloj de pulsera y las dos agujas en linea se clavaron en sus pulilas como dagas. "¡Dios mío, las seis y no encuentro mi sotana!". Buscó y buscó. Su frente comenzó a emanar todo su miedo, toda su vergüenza.
A su espalda, los goznes a medio engrasar delataron la presencia de otra persona. Se giró, y allí estaba Rebeca enfundada en su sotana. Toda la ira salió por su boca. La chica se dejó caer en el quicio y le sonrió burlonamente, como solo ella sabía hacerlo. "Pero mujer, ¿qué haces con eso puesto?" le gritó mientras sus brazos se batían en el aire enrarecido y cargado del pequeño habitáculo."Nada padre, que al Matías le ponen los uniformes", contestó la muchacha mientras no dejaba de sonreirle. "¡Quítatelo!". Ella acostumbrada a hacer realidad todos los deseos, se levantó la sotana lentamente dejando al descubierto todos sus encantos, que eran muchos y muy variados, como la pequeña mariposilla que ocultaba la cicatriz cercana a su ingle, o el lunar en forma de rosa que coqueteaba con sus senos, allí en el valle que los separaba.
El hombre miró sin querer mirar, pero vio todo cuanto había que ver. Fue entonces cuando sintió que de nuevo Satanás elevaba sus armas hacia el cielo. Cerró los ojos y suspiró, "la carne es débil"


jueves, 18 de febrero de 2010

¡MALDITO LUCIFER! ¡MALDITO SATANÁS!

¡Maldito Lucifer!¡Maldito Satanás y toda su corte de aduladores!
Con la última de las sílabas, se llevó las manos a la cara. Se sentía avergonzado, hundido. ¿Cómo había podido llegar hasta allí?, ¿cómo había podido dejarse arrastrar por encajes y satenes? ¿Cómo aquellas maldiciones? No se reconocía en aquella voz elevada y confusa, en aquellas palabras groseras, en aquellos gestos desvergonzados.
Ahora él también pertenecía a los poseídos por el Ángel Caído, a aquellos que rendían pleitesía al mayor de los desgraciados y desagradecidos de los Ángeles del Cielo. Dejó caer sus manos y frente a sus ojos la imagen de su vergüenza. Se levantó despacio de la cama; junto al sillón, recargado y obsoleto, el liguero morado que unos minutos antes había arrancado a mordiscos de los muslos de Rebeca. Y en un rincón, casi oculto a una primera mirada, la fusta de cuero negro.
Se arrodilló. Cerró de nuevo los ojos y se dejó caer sobre la alfombra roja cuajada de pétalos azules. Reptó por ella hasta sentir entre sus manos el tacto de aquel látigo maldito. Sus carnes rosadas, comenzaron a gemir cuando sintieron el beso envenenado del cuero.
Uno, dos, tres... se golpeaba sin compasión. En su mano izquierda el liguero juguetón amortiguaba ahora sus gritos. Tras sus ojos cerrados, lentamente comenzaron a aparecer los senos de Rebeca, la boca de Lulú y las insinuantes caderas de Jasmín.
¡Maldito Lucifer! ¡Maldito Satanás!, gritó de nuevo mientras dejaba el liguero sobre el sillón y buscaba su sotana entre encajes y satenes.

martes, 9 de febrero de 2010


no era el fin...

Se acercó hasta la orilla. Aquel día todo había amanecido nevado. Era la primera nevada del invierno, y también la primera de su vida. Hasta entonces había vivido en el sol, en el cálido país de su familia. Ahora todo eso había quedado atrás: su vida, sus amigos, sus recuerdos...

Se acercó hasta la orilla. Desabrochó lentamente sus botas y las dejó a su lado, junto a la vieja mochila que desde hacía años le acompañaba.

Miró a lo lejos; en el horizonte el sol timidamente se zambullía en las aguas; un petrolero, o eso le pareció, recortó sobre él su perfil metálico.

Abrazó sus piernas dejando caer la cabeza entre ellas. Un viento helado le envolvió. Su cabello oscuro y rizado, su pálida piel, sus pies descalzos...su soledad. Fuen entonces cuando reparó en ella, en su mirada, en su sonrisa calmada y pétrea. La miró fijamente. ¿Cómo no la había visto antes?¿Tan grande era su dolor que todo a su alrededor había perdido su valor?¿Tan hastiado estaba?- Ella le devolvió la mirada. Le ofreció su sonrisa. El lo entendió todo. No estaba solo. No era el fin sino el principio. Aquella pequeña estatua de bronce, diminuta y solitaria; soñadora e imaginada; creada para amar y ser amada. Aquella pequeña estatua le ofreció la mano y él la tomó entre las suyas. Sonrieron juntos.

Desde aquel día, la Sirenita nunca más se sintió triste y él dijo adiós a sus botas y a su hastío.


domingo, 7 de febrero de 2010

SUEÑO


Cerró los ojos antes de sumergirse. No quería que ninguna imagen enturbiase aquel momento mágico. El agua le envolvió de golpe en un principio, para convertirse en una caricia más tarde. Dejó su cuerpo unirse a aquel aliento acuoso y templado; sintió que flotaba, que se elevaba y descendía a cada respiración. Por un momento su corazón, sus pulmones y todo su ser regresaron al ayer, a ese ayer donde todo había comenzado.
Había otro latido acompasando al suyo. Una voz ajena a la suya pero tan igual a ella que creyó confundirse.
Permaneció durante horas, días o tal vez tan solo unos minutos. ¿Qué importaba el tiempo?Los relojes se habían detendido en aquella barca mecida por unas manos amantes.
Sus ojos continuaban cerrados a todo cuanto acontecía fuera. ¡Era tan hermoso lo que sentía!
Inspiró profundamente y su cuerpo se elevó sobre las aguas.
Oyó una voz. Abrió los ojos y allí estaba, su monitora que le recordaba que su clase había terminado.
¿Había soñado o realmente había vuelto al seno materno?

martes, 1 de diciembre de 2009

TODOS HABLABAN

Cuando me llegó el encargo del alcalde, creí que todo era una broma macabra de mi amigo Santi. Él sabía de mi pasión por los cementerios y de mi viajera costumbre de visitar los camposantos de allí a donde fuere. Pero no, no se trataba de ninguna broma y mi amigo Santi no tenía ni idea del tema.
Concerté una cita en el ayuntamiento y cuando entré, el señor Santiesteban me esperaba impaciente. Su rostro cetrino, su continuado y rítmico girarse el anillo y el vaivén de sus piernas no dejaban lugar a dudas sobre su estado.
-Gracias a Dios que ha llegado, señor Sempere. Ya creí que no aceptaría nuestro ofrecimiento -me dijo mientras intentaba dibujar lo que me pareció una mueca sin más, muy lejos de su intención de ofrecerme la mejor de sus sonrisas.
-Pues aquí me tiene -contesté mientras extendía mi mano para saludarle- ¿en qué puedo ayudarles?
-No sé si habrá leído el periódico en estos últimos días, más concretamente el del viernes 13 de abril.
-Pues no -respondí mientras tomaba asiento en el sofá que había en el rincón del despacho del alcalde.
-Bueno, no me entretendré más. Iré al grano, aunque más bien debería decir… -hizo una pequeña pausa en su discurso para tomar unos sorbos de agua-. Disculpe, el tema es cuanto menos doloroso para mí, bueno, para todos en el pueblo. No sé si sabrá que este pueblo no tiene más que unos seiscientos habitantes. Aproximadamente-. Todos casi familia. Y cuando ocurrió aquello…
-¿A qué se refiere concretamente -le inquirí.
-Bueno, hace unas semanas -prosiguió- todas las lápidas del pueblo, mejor dicho, del cementerio del pueblo, aparecieron sin nada -inspiró profundamente y se deshizo el nudo de la corbata-. Discúlpeme.
-¿Cómo sin nada? -pregunté.
-Borradas, Limpias, como si tras ellas no hubiese restos a los que presentar o mostrar. ¿Me entiende? -dijo buscando mi aprobación con su mirada inquisitiva.
-No del todo -contesté.
-Señor Sampere, que alguien se dedicó a borrar las inscripciones que tenían.
Me recosté sobre mi asiento. No daba crédito a lo que aquel hombre me contaba. ¿Quién podía “limpiar“ las lápidas?¿Y por qué? ¿Y para qué? Ahora entendía la palidez del alcalde, su inquietud… su miedo.
Escuché atentamente su relato, al terminar me miró y me dijo: “Necesitamos de su ayuda. Ayúdenos a descubrir al sinvergüenza que ha hecho esto".
Permanecí en silencio unos minutos. Terminé el café que amablemente me había ofrecido y me ofrecí para resolver aquel misterio.
Durante unas semanas paseé por aquel pueblo pequeño rodeado de encinas. Tomé notas. Hice algunas fotos. Hablé con los vecinos, y nada: nadie podía imaginar o sospechar quién podría haberlo hecho y, sobre todo, ignoraban el porqué.
Cuando casi estaba a punto de darme por vencido, me encontré con Andrés. Era un hombrecillo menudo, de pelo blanco y que yo imaginé de andar pausado. Le encontré sentado en uno de los recodos del río. Jugueteaba con una vara de avellana, dibujando formas en el agua. Al acercarme, levantó la cabeza y me miró unos segundos. No dijo nada, volvió de nuevo su mirada hacia el agua y continuó jugando con ella.
-Buenas tardes, ¿le molesta si me siento junto a usted? -pregunté amablemente.
-No, ¿por qué iba a molestarme? Parece usted una buena persona. Siéntese a contemplar el río, ¿a que es hermoso? -dijo sin separar la vista del extremo de su vara.
No sé cuanto tiempo estuvimos allí sentados, en silencio, él jugando con su vara de avellano y yo contemplándolo a él.
-No hay ningún misterio Saúl -me dijo.
-¿Cómo sabe usted mi nombre?
-Era mi oficio, inscribir a todos los del pueblo. Sabía sus nombres, su fecha de nacimiento, cuándo se casaron… Y la respuesta que busca es fácil: no hay nombres porque no hay nada que nombrar.
-¿Cómo?
-Que todos mis vecinos, mis paisanos, mis amigos, se han ido… allí ya no queda nada. Todos han vuelto a donde siempre debieron estar, de dónde nunca debieron salir.
-No le entiendo.
-Que abandonaron aquellos huecos tan fríos y sombríos.
-¿Y a dónde fueron?
-Cada uno buscó cobijo en los corazones de quienes les quisieron. Allí, allí es donde están. Y allí no necesitan nombres, ni fechas, ni nada.
Miré el agua del río. Atardecía y las luces malvas de la noche fueron ocupando su lugar. Cuando quise darme cuenta, era de noche y estaba solo. Andrés no estaba.
A la mañana siguiente, cuando le conté lo sucedido al señor Santiesteban, éste se quedó petrificado. No parpadeaba, sólo al final dijo:” Ese era el señor Andrés, el secretario del pueblo. Murió hace años. Reuniré a los concejales y haré un pleno extraordinario”.
Se reunieron a media mañana, y hablaron y hablaron sobre lo que sucedió y lo que harían ahora con el cementerio.
Yo me fui. Cedí mis honorarios porque al fin y al cabo yo no había resuelto nada.
Hace unos días leí en el periódico que habían convertido el cementerio en un jardín donde al atardecer se reunían a conversar. Todos hablaban de sus seres queridos. Todos hablaban. Todos hablaban, sobre todo los muertos.