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martes, 18 de agosto de 2020

DE PRONTO, ÉRAMOS...

 De pronto no eran aún las catorce horas y nosotros ya éramos cuarenta y tantos, en una generación de titos (tinto-titos) titas (tor-titas, pata-titas y croque-titas). La playa era nuestra, no sabíamos dónde poner la ropa que nos quitábamos para mojarnos al menos una rodilla (los prudentes) y tampoco averiguaríamos con facilidad dónde estaban las camisetas a la hora de volver: nadie se iba sin una puesta, pues las prudentes camise-titas siempre encontraban un traperío para ir prudentemente ataviado por la calle a la hora de volver a casa.

Yo era el encargado de la sandía, no siempre de acuerdo con la proporción de los tamaños respectivos, la Sandía y yo, que se ajustaba pronto al límite mis fuerzas. Mi tío Seluí celebraba el reparto de tajadas frescas, la alegría al verlas comer y el descanso de mis brazos, casi tan enclenques como hoy.
La jerarquía existía, claro está, pero es que Nerelda, de las primeras en llegar, tenía alquilada una case-tita, para todo el verano, de cuando poseer tiendas de campaña de madera podrida era un signo de distinción y toda la familia «guardaba algo inconfesable en ellas». El cénit del asunto llegó cuando, en vez de madera, las casetas pasaron a ser de cemento, con ducha y perchas. Se escenificó, un día tras otro, el cuento de los tres cerditos playeros: llegaba el tito Fabio, marido de Nerelda, y, ante la montaña de ropa y patos de goma, se resignaba a soplar. Después de la primera botella, se echaba bajo una sombrilla y criticaba al gobierno. Uno cualquiera. Por turnos, pero con fijación en los ministros de Rhodesia. O de Móstoles, según.
El resto, al asedio. Se olían las croquetas y la zona, como todos los días, estaba colonizada.
Seguido, los juegos y los baños de los temerarios, gritados desde la orilla como lo haría Ulises con las sirenas.
Y la primera comida, barrunta que barrunta la barriguita.
La tortillona de mi madre, un incunable. El origen.
Las croquetonas de Nerelda, siempre el punto fuerte: Con dos unidades comíamos diez.
Los pimientos asados y aliñados, en cantidad sobrante, sabiendo que el tito Fabio, en un tropezón perfecto, mandara un tercio del contenido de la fiambrera al bolso de la tita Fernanda quien tenía preparados una sonrisa de «no pasa ná, chiquillo» al mismo tiempo que una «guantá, sin queré» al tonto de siempre.
Y el «esperarse a la digestión, ninios», pero «irse», pero «¡no a lo hondo, shosho!», esto último gritado para un estadio por Sonsolita, la vecina que siempre nos encontraba a la hora de comer, se sentaba y se volvía al paseíto hasta la merienda.
Y un hoyo tapado por periódicos y arena para que, al llegar, lo pisara el tito Manolo y dijera siempre las mismas picardías con la poquísima autoridad que se tiene al hablar al ombligo de alguien, por estar metido en un bujero, «hay que vé hay que vé, los joíos niños», y lo tontísimo de caé siempre el mismo, pero se le pasaba con una tónica. Entonces, en mi tierra bebían tónica cinco personas, porque les hacía soltar un eructito.
Y algún primo de Madrí, que se las daba de ser de Madrí pero «aluego no son tan estiraísimos como parece ¿amo que no?», mu cariñosísimos las criaturas, que la distancia hace mucho.
Y los restos del día de sol, el regalo del atardecer, y el alquitrán de los barcos tan bonitos, que nos llevábamos en los pies para limpiarlo en casa. El principio del progreso. Y lo bien que se cagaba en Onasis mi tío Domingo todos los días de la semana, eso sí.
Y el recuento de niños. A nosotros siempre nos sobraba alguno. Una vez merendaba lo devolvíamos.
Y el recoger sin dejar ni un trozo de cáscara de manzana. Y despedirse de la sal del aire. Y quedarse una mijita más, porsavó, rogábamos todos los niños. Tesquiyá: Seguro que mañana el só sigue en su sitio.
Venga, cada uno lo que traía que se lo recoja. Y yo sonriendo: lo que llevé a la playa lo llevaba a casa asimilaíto en mi interió.
No sabe ná éste, repetía mi padre, que salía tarde y nos recogía y tirábamos pa la ducha y pa dormir. Todos, sin hablar, confiábamos en que er só estaría allí ar día siguiente. Así fue desde el primer día.

domingo, 5 de enero de 2020

BATALLA MEDIANA: UNA 40 TODO LO MÁS

  

            Resumen del Informe de la batalla de Que T K Yes, celebrada en el patio de la Cdad. de Propietarios Los trapos, por obras de fontanería en el desierto de Follapoc.
            –Demientra no haya ropa tendida, para mí que bien –dijo Nataliasha Yogurenka, presidenta en funciones, y añadió–: ahí tenéis la llave; la depositáis en la portería. Quiero decir los que no estéis muy occisos en ese momento. Dejármelo todo recogidito.

Entramos en detalles. Preámbulos. Declaración. Insultos.
            –Pues a mí me ha pegado antes, ése de ahí, el calvo por parcelas  –bramó el general Ife, al capitán Pancho Pedpork, de una hoja de servicios impecable.
            –Para tanta gente con una sola hoja en los servicios, digo yo que es poco –gritó como un poseso el teniente  Remigio Pruebolasalsa. 
            Ahí ya tuvieron que intervenir los de la ONU, a eso de la UNA, porque los vecinos… en fin que cada uno es de su padre y de su madre. En especial protestó la modelo de axilas doña Fernardette de Bujías: tenía sesión por la tarde y se veía ella apabullada con tanto ajetreo. Desde su ventana, estratégica a más no poder, se tirarían globos de agua casi con toda seguridad. 
            –Y es que en cuanto te pasas de quince rones con picatostes, no eres ni persona –decía por la ventana la modelo, medio desgañitada.
            A estas alturas no me callo que el técnico de sonido era de lo más mierdoso que he visto desde el discurso de fin de curso de la Asociación de Atragantados por miga de pan, con CIF H31313131 y sede en Maracaibo. 
            Corregidos a palo limpio los problemas, uno dijo «probando, probando» hasta que se hartó de arroz con leche que se estaba enfriando en la ventana y empezó el conflicto, que un imbécil, desde el contenedor de envases, llamó conflagración. Menudo bobo, cuando la mayoría simple dejó en acta que se trataba de una contienda, sin lugar a dudas: allí había hasta puestos de bocadillos.
            Aclarado el término, el comandante Aligieri dijo con claridad:
            –No quiero a nadie por medio. Esta guerra está pagada y tenemos una sola toma, así que ¡Acción!
            Serían las catorce y cuarto, hora de Tanganika.
            Bofetones, empujones en el cuello (atragantás) patadas con botas de agua (una alcantarilla medio atascada, lo paga el seguro, decían), un dedo en el ojo, otro dedo en otro distinto, pisotones, robos de gorras, paraguas abiertos, libros sin desenvolver del plástico, una guía telefónica abierta por la página de contactos para lo que surja… Una cosa apocalíptica… se cuenta que uno perdió un tatuaje de salva sea la parte.
            Entregó su espada en señal de rendición don Periñón de Gibralt, un singanas como le decía la suegra.
            –Si tú le pones a este encuentro lo que hay que ponerle a este tipo de encuentros, ganamos de calle, so pedazo de croisán del día antes. Qué poquito, hijo.
            El ganador, un caballero, no se le rió en la cara. Él mismo, en su casa, también tenía que aguantar lo suyo. Y los domingos comer en la calle.
            El patio, en dos días, estaba otra vez lleno de macetas. Pero, además, saturado de japonésidos con cámaras haciendo clicliclicli para llevarse el espíritu de un lugar mágico, que en su día fue escenario de la batalla más intensa de enero de 2020.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

COSAS DE LA NAVIDAD

                  Un Erasmus de Luxemburgo que lleva aquí media vida (y de nombre en clave Pier DT), a quien no hace caso ni la Agencia Tributaria, chapurrea el castellano y, rodeado de gambas blancas de Huelva, se hace el gracioso al comentar un chiste del siglo XIX, ese que dice “y uno suelta esta leche no está buena, y el otro le responde y mañana es Navidad”. Ejecuta la gracieta invitado a una cena familiar de estas fiestas entrañables. Casi de inmediato es golpeado con alfajores duros (solera, no para el consumo) muchas más veces de lo que dice el sentido común, el cual también pierde, junto al vital. Se despierta antes de las campanadas y larga otra de las suyas. Se siente protagonista, es su minuto de gloria. Lo llevan envuelto en una alfombra de playa (rafia 100%) hasta la plaza del Excmo. Ayuntamiento y, cogido como un ariete, le dan doce cabezazos contra la campana del Consistorio y así, con una precisión impecable, inaugura el año. 

                  Portal de Belén. Vaya con el protocolo. Plantear la instalación de interfonos. Basta de hablar a gritos con el Arcángel, los Reyes Magos y los pastores, que no son horas. Otra cosa es que San José se haga el sordo cuando le abordan reporteros con preguntas incómodas. Y la limpiadora, por muy laica que le llamen, tiene su razón la mujer: estaba el portal como un espejo y hoy se lo encuentra hasta con burros. 

                  La figurita del tipo agachado y cagón. Que venga cuanto antes su perro y recoja el resultado en una bolsita de lona, lana o lino, según escala social del perro. Aplicando la ordenanza municipal, imponer –y cobrar– sanciones de forma inmediata. 

                  La competición anual de Atasco de Esófago por cachos de turrón desata pasiones a lo largo de toda nuestra geografía. La final, muy exigente, se celebra en Pontevedra, que suena a piedra, como el turrón. Los dos finalistas (de nombres en clave Chipirón y Rapadito) se ajustan los dientes plenos de implantes y atacan con alegría. Al minuto y medio, uno de los dos, sin haber masticado nada, y con el rostro azul cobalto, se sabe ganador. El segundo aplaude y reconoce los méritos del campeón; a continuación, pleno de nobleza, participa en la extracción del cartón y el papel de aluminio que dificultan la libre circulación del aire dentro del vencedor. Las reglas eran claras: el desenvolver las tabletas era opcional. Masticarlo antes de tragarlo, también. El trofeo, un lote de peladillas, lo entrega el concejal de fiestas (nombre en clave Palpelo).

                  El taponazo tiene, por fin, su Ley Orgánica. El Parlamento está para algo, dicen los titulares de los periódicos. El sistema funciona. Según las estadísticas a pie de mesa, el 84% de los impactos por tapón de cava en nariz y ojos es intencionado, o sea doloso y doloroso (también, pero menos, alguna ceja, algún diente por alguna boca abierta a destiempo). La multa puede estar entre diez y doce euros, según la calidad del contenido de la botella. Realizadas las primeras denuncias, el 82% de los multados (nombre en clave mucha gente) asegura que por diez euros le endiña al menos tres taponazos a su cuñado (llamémosle Boris) y paga la sanción. De hecho, durante la entrevista, un entrevistado pone tres billetes de a diez encima de la mesa y apunta mientras agita tres botellas cerradas.  

                  Digestión de polvorones. Se lleva a buen término en torno al 27% de las unidades ingeridas. Dicen que ayuda el anís, pero sería mucho anís. En otros estudios, se estima que un buen cantante, con una pella de los de canela con pepitas en fase de masticado y pegado al paladar, sabrá superar pruebas de ópera ligera. Varía según el aria. La mayoría se lleva preparado el tema “Avanti e Atraganti...” y lo tose en fa, obligando al jurado a cepillarse las solapas y las gafas.

                  Villancicos.
                  En las previas al pavo, no (o sea, NO) dejar el laúd de 1777 en manos de un pelanas medio ingeniero, noviete reciente de la niña, que toca en la tuna. Aquí ni anfitrión amable ni porras en almíbar: al arrancársela de las manos, se mirará fríamente al pelanas (nombre en clave PélaT) mientras con un paño limpio de cocina (se afirma que quedan, es un secreto a voces) quitará la mugre de mejillones al instrumento incunable. Si falta alguna cuerda, se manda al pelanas al departamento de música de algún gran almacén, sea la hora que sea, y deja su móvil como rehén. Si ha venido con su madre y futura consuegra, se deja además como rehén al pavo, con el móvil del niño entre los pechos. Ahí no toca nadie. Ni al laúd, mira tú qué leches.

                  Atención. Considerar la pizza olvidada del verano anterior, con lonchas redondas:  posible confusión con panderetas.

                  Caldito reparador. 
                  Aplicable a todos los que puedan conquistar el sofá y hacerse fuerte allí. Ojo con el que se te aterriza en un hombro porque no te lo quitas a tiempo de encima y te pone el cuello como una percha. Con agilidad, haz como si te pincharan un glúteo (o los dos) y respinga hacia arriba. Por impulso simple, la cabeza del durmiente oscilará hacia el hombro de quien está al otro lado y que se busque la vida. Lo importante aquí es el caldito. Ingredientes: hasta que se consiga vaciar los cajones de plástico/metacrilato del frigorífico. Esas medias cebollas, esos dientes de ajo olvidados, esos tomates tirando a pochos, pimientos sin brillo alguno, alguna col despreciada, un muslito de pollo sin nombre… y fideos del nº 3 (máx 6 minutos de cocción) configurarán un reconstituyente que para sí lo querría Walt Disney.

                  Ceremonias de despedida. 
                  Recogida de abrigos y sonrisa de anuncio de dentífrico hasta agrietarse la piel. La causa lo merece. No sacar en esos momentos –bajo ningún concepto– una discusión o comentario sobre algo no tratado durante la fiesta. Podría alargarse la despedida sine die; al darse el estornudo de algún soplabrevas, podría surgir un sentimiento de protección y prestar una bufanda de cachemir que jamás, jamás, volverás a ver.
              Besos sonoros en la madrugada. Abrazos en número aproximado a calcular. Si son veinte familiares, unos trescientos ochenta. El número merma si ha habido bronca inherente a la celebración o se traía de casa. 
         Portazo final. 
        Suspiro. Masaje facial para recobrar el aspecto de la cara de antes de las fiestas. Los cacharros sabrán esperar al día siguiente para darse un buen baño con agua caliente en el lavavajillas.

                  Aun con todo esto, remoto e improbable por supuesto, sepamos seguir aprendiendo a querernos. Que ninguna chufletería de las anteriores nos quite nunca la sonrisa amable ni la hospitalidad. Sigue mereciendo la pena. 
                  Un abrazo y Muchas Felicidades.

domingo, 30 de junio de 2019

RESPONSABILIDAD

–¿Y a mí qué me cuentas, monstruo irresponsable?; mira que te regalé una caja de zepelín bien grande, de seis unidades –dijo Crispín Balboa das Tormentas, conde de Osmoratonia y aspirante a regente de Chamboria, provincia de Chicago. 
Mientras, el dragón Kolmogonto, descendiente directo de una lagartija del Edén, un chulito bajo un lago de gomina, agachaba la cabeza mirando al suelo. 
–Supongo que te casarás con ella, ¿no? –le dijo levantándole la barbilla con una grúa mediana, para que le mirara cara a cara–. Ahora no me vengas con que el fuego de la pasión se te ha venido a menos. Ella es una princesa Drakoniona de pura escama, y ha dejado de asolar reinos mágicos para volar a tu lado. Vamos, chaval, pídele que se una a ti y juntos crearéis la desolación en media Europa. 
            Kolmogonto levantó el hocico y preguntó: –¿Vendrás entonces los veranos, a intentar cazarnos, a nosotros y a nuestros hijos?, a lo que Crispín respondió con un evasivo «ya hablaremos de eso en otro momento. Ahora vuela a su lado y cumple con tu obligación. Chaval».

viernes, 14 de junio de 2019

Ópera prima

ÓPERA PRIMA

                  No quise volver a casa en cuanto mi posible editor, Güiliam Persevere, terminó de tragarse el octavo borrador a lápiz de mi novela, titulada El nuevo fontanero de GrinBilich Escuare. No quería dejar huella de su fracaso absoluto como editor, me dijo, mientras añadía sal al prólogo. Le concedí el detalle de pasar el índice de ochenta y dos páginas por el pasapuré y me lo agradeció.
                  Definitivamente, su comentario sobre mi obra literaria me pareció inapropiado y falto de palabras. Compensé la carencia con ciento doce insultos y di un portazo al salir.         
                  Salí de allí hacia fuera, sin dudarlo. Me dirigí a casa de mi nueva amante a tiempo parcial.  Quizá ella tendría alguna solución para algo en esta vida, aunque no tuviera nada que ver conmigo. Ni con ella. No sabía qué hacer. Pronto cumpliría los setenta y dos y Virgilia, una pirómana rubia, no iba a esperarme eternamente. Ni yo a ella, me dije, pero no se lo dije. Anduve dando vueltas a su edificio en llamas, sin saber qué hacer hasta que bajó y abrió la puerta. Antes, cuando no tenía puerta, todo era más fácil. Olía a quemado y se lo dije así de claro.
                  Apenas terminó de abofetearme, le dije lo que había sucedido con el borrador. Hizo una pausa de diez minutos, reanudó la tanda de bofetones y me dijo:
                  –Le has llevado la carpeta que contenía mis Bonos del Estado a interés fijo. Fijo que ya no tienes interés para mí, zopenco. Para colmo, has dejado tu borrador en la última estantería del palomar de la azotea y, aunque el edificio sí, tus papeles no han ardido. Batracio abyecto, eso es lo que eres: un cenutrio desdentado, un escarabajo interino. Un mierdófilo. En fin, decide nuestro futuro mientras salvo algo del ajuar de novios que se ha carbonizado. No me creo capaz de concebir una pareja estable partiendo de lo imbécil que eres y mi altísima dosis de ingenuidad.
                –Me encantaría que me tragara la Tierra, créeme  –le dije prudente–, o cualquier otro planeta vivo, cercano y capaz de engullir como el nuestro. Pero nada, no ha podido ser, hija de mi vida.
                  No hubo acuerdo amistoso y opté por suicidarme a las 16 horas, 16,30 en segunda convocatoria. Como acudieron todos los vecinos a las 16, rescaté mi borrador y, sin más ayuda que la de una tetera de dos litros llena de limonada, engullí enterito el capítulo XII, ése tan comentado en el psiquiátrico de San Gerencio de la Serna, de donde me rescató mi amante.
                  –Hijo por Dios –contestó–, no dejes que se te haga bola. Mastica despacio y bebe.
                  Terminé y fui objeto de comentarios negativos. No sólo no me moría. Ni siquiera me atragantaba. Qué trabajito les cuesta reconocer que tengo una prosa ligera.
                  –Ni pa matarse vale el joío tonto –soltó Purita Mari Gámez, la del sexto H, mientras miraba por el móvil las cotizaciones del yang, del ying, del ping y del pong y del dólar de la Isla Perejil, una economía floreciente y en auge (bajó la voz al comentar que se preparaba otra invasión del pedrusco, esta vez con cobertura aérea de un dron, doscientos globos verdes llenos de polvo pica-pica y seis o siete cometas de plástico del bueno).
                  El resto se largó entre murmullos grabados en pendrive por el del cuarto B, un tipo raro con ganas, según su esposa, una de Tombuctú que cosía para la calle, junto al  alféizar de una ventana pintada en la pared.
                  Virgilia me suplicó con ternura que no escribiera más novelas. Ni prospectos. Ni libros de instrucciones para usar cucharas. Le juré que lo dejaba al instante y guardó el revólver.
                  Vivimos desde entonces de pequeños robos en comercios regentados por gente de nacionalidad más bien china y sonriente. Nos llevamos con violencia lo que van a tirar, porque, bien se ve a simple vista, las criaturas ya no saben dónde poner más chanclas de plástico ni tupperwares para guardar filetes empanados. No somos unos torpes, ni mucho menos. Cambiamos cada dos meses de establecimiento y usamos medias distintas para taparnos la cabeza. Mañana mismo, con el mayor rigor, a mí me tocan unas beige que me aplastan los párpados pero con ellas no me reconoce ni el párroco de la barriada, quizá porque ninguno de los dos sabía que hubiera parroquia. 
                  Corren tiempos difíciles para los artistas.        

domingo, 16 de diciembre de 2018

Feliz año, chavalotes

Queridos niños todos:

Resumamos el año y la suma sale regular,
con decimares de fiebres de tristezas: hasta el mar 
se devora el sueño simple de la simple dignidad,
Con el signo cruz de más que querría echar de menos y poner sólo el Portal.
Medimos muy bien las horas de no cuidar la amistad… 
Y nos quejamos muy bien para volver a quedar.
La bebida esa, la sangre negra para circular,
nos endulza las mentiras, nos disuelve la verdad,
y yo con ella disuelvo la herrumbre para apretar
los abrazos que me quedan, tantos abrazos por dar.
¡La euforia me dice el alma: no te dejes tú llevar!,
enfría estas pocas líneas, para para recordar
lo fácil que se saluda en Fechas de Navidad…
pero por favor no olvides desear felicidad.
Una cosa y la contraria no se tienen que anular.

Sed buenos. Es cosa de ponerse y en nada se le coge el truco.

Abrazos para todos y buen año 2019, que no es primo[1]




[1]O sea: no le saco el jugo.

jueves, 25 de octubre de 2018

A CHAGALL, «Volando la ciudad»

A CHAGALL, VOLANDO LA CIUDAD

Vamos, volemos, volemos.
Es más fácil que nadar,
hay más aire que en el mar
y no precisamos remos.

Soñemos alas los dos,
blancas, negras, transparentes,
con un beso es suficiente.
Visitaremos a un dios
de amor, un dios sonriente.

No volemos por huir,
quiero hacerlo por reír
sin miedo a poder caer.
¿A qué podemos temer
si no sabemos mentir?

Si se nos cruza una nube
mojada y quiere llorar,
déjala llover y sube
por encima en tu volar.

Sin tu amor mi afán es vano.
Eres mi fuerza y lo sabes.
Para jugar entre aves
no sueltes nunca mi mano.

Que no nos engañe hablar 
para no prometer nada
salvo ser libres y amar.
Yo tu duende tú mi hada.
No dejemos de volar.

jueves, 7 de junio de 2018

QUÉ DIFÍCIL ES SER PADRE (Y DE UN IMBÉCIL, MUCHÍSIMO MÁS)



Luis Estragos fue recogido del suelo de la tasca sin terminar la partida de dominó y llevado a urgencias; de ahí, sin pérdida de cabello alguna, fue conducido al quirófano seis, sacado de allí e introducido de nuevo allí, porque lo habían metido al revés. Se alegró por lo del seis doble.
Esa tarde operaba su padre. Se saludaron cordialmente con un apretón de manos muy suave para no escoñar las falanges de un virtuoso del bisturí.
Durmieron al paciente con un cuento pesadísimo. Después le pusieron la primera cadena y hubo que despertar a tres de los ayudantes del equipo quirúrgico, el Sangresita CF.
La primera rajada se produjo a las 16,45, hora española. Y se acabaron las contemplaciones.
-Niño, tontobolla, despierta.
El Luis, con anestesia para una ballena en celo, hizo lo que pudo y se medio incorporó. La otra mitad parecía descuajada, viscosa, como de goma derretida en leche condesada.
-¿Pasa padre? ¿Qué tenemos entre manos?
-Que me expliques por qué te has comido mi changüi de queso  y york. Y no me vengas con que es mentira podrida porque, como masticas tan mal, te lo estoy viendo en directo.
-Tenía hambrecilla, padre. De todos modos, con lo que me duele el abdomen y zonas periféricas al mismo, te ruego eches un vistazo a otra posible causa de mi molestia. El changüi estaba riquísimo.
-Échate otra vez en la camilla y déjame dar una vuelta por ahí con un buen manoseo.
-Hi, hi, hi, me haces cosquillas.
-Ay qué chaval de 42 años más majo tiene usted, señor jefe de quirófano seis –le decían sus ayudantes más pelotas.
-Callarse, que noto algo –dijo el padre y cirujano a partes iguales.
Hubo una expectación grandísima.
-Ajajajajá –soltó exultante el progenitor y experto rajador de tripas.- Aquí está: el envase de plástico –enarboló un pequeño taperguere de un solo uso recién extraído. No le había quitado ni el precio.
Hubo aplausos de los que se dan con el corazón más que con las manos.
-Mira, palmípedo soplaperas, esto que has hecho NO es hacerte tú la comida. En cuanto te recuperes dentro de dos años te llevo a un cursillo de manipulador de alimentos. No me importa si esta vez tampoco te vas de casa, pero por mis corvas que tú aprendes lo que es envase y lo que es comida. Anda, Paco, cóseme al niño y échalo a  reciclar.
-Al niño no, cachocabrí. Al envase.
-Taluego, papá.
-Adiós, hijo de mi vida. Nos vemos en casa.

sábado, 3 de febrero de 2018

Febrero

FEBRERO, EL LOCO


Arranqué dos hojas del calendario de una sola vez. Reconocí mi equivocación, fui denunciado y me puse de rodillas, primero las tres y luego sólo una, más tradicional. Quería pagar mi pena con sufrimiento. El juez dijo que no bastaba. Era incalculable la indemnización si se aplicaba estrictamente la Ley: alrededor de siete mil millones de (una aproximación del censo terrícola) meses mandados a la Nada por un irresponsable es algo difícil de compensar.
Compré a plazos una caja de ocho mil millones de calendarios con hojas arrancables. Debía actuar con rapidez.
Los primeros en recibir –y aceptar- el cambio de calendario (el «interrumpido» por el completo),  fueron los estudiantes. Gracias a las becas y los ciento setenta y seis mil millones de titulaciones universitarias con postgrados y Erasmus, reduje la opción de demandantes en un buen montón aproximadamente. No he visto un colectivo que pierda mejor el tiempo y me juraron –y firmaron- que no me demandarían.
De modo inmediato, vi el email del juez reduciendo el importe de mi fianza. En el visor de mi rodilla, el único sitio de mi cuerpo que quedaba libre para la pantalla, vi una cifra que, si bien elevada, ya era, al menos, posible de escribir.
Me dirigí lo más rápidamente que pude al colectivo unificado de pensionistas, jugadoras de pádel y observadoras meteorológicas. Al momento aceptaron el tiempo invertido en mirar obras, retocarse los calcetines y soñar con amor verdadero respectivamente. Estas últimas algo azoradas, pero no dudaron en firmar.
El juez, algo más cercano a mi error humano, fue vertiginoso en su respuesta:  dejaba ver una cifra cercana, palpable, para alguien como yo, con un sueldo que no llega ni a los ochocientos cincuenta mil dólares cada veinte minutos, después de impuestos. El mes de febrero dependía de unos cuantos, apenas veinte o treinta personas en el planeta, quienes valorarían mi fallo con frialdad, mediante declaración oral, a sabiendas de que no se puede escribir nada que mejore la búsqueda del tiempo perdido.
El tiempo se me echaba encima. Sobre todo el climatológico, con una pequeña lluvia ácida de seis millones de litros por metro redondo.

No pude sino recurrir a medidas desesperadas. Tiré los ejemplares que aún conservaba y contraté al mejor fotógrafo; en menos de treinta segundos me fabricó un álbum-calendario-book donde, sin apenas doce bufandas, aparecí en posturas casi ilegales, pero con un rostro lleno de pícara ternura. Imprimí por si acaso un par de ejemplares más de los necesarios y pude reunir en un pabellón al resto de los humanos a quienes, de forma irreversible, dejé sin mes de febrero. A la tercera página, mis muecas impresas en ochocientos mil billones de colores los ablandaron. Llevé las declaraciones en audio  en persona al juez y salí absuelto. No debía nada a ningún ser humano. De hecho, me he librado del pago de la hipoteca este mes de febrero. A ver qué me invento ahora, para marzo.

lunes, 1 de enero de 2018

ÑONUEVO


Para las novias celosas, Feliz te araño de nuevo.

Para los que echan de menos, Feliz  Te extraño de Nuevo.

Para los que les gustan las obras en casa, Feliz Cuarto de baño Nuevo.

Para los hipocondríacos y traumatólogos, Feliz  Daño Nuevo.

Para los políticos recién elegidos, Feliz Escaño Nuevo.

Para los pastores de ovejas, Feliz Rebaño Nuevo.

Para los que no dejan nada en el plato, Feliz Rebaño de Nuevo (con pan).

Para los Tramposos o trapalones, por si los hubiera en España, Feliz Amaño Nuevo.

Para los nostálgicos, Feliz Antaño Nuevo.

Para los que prueban la viagra, Feliz Tamaño Nuevo.

Para los sastres, Feliz Paño Nuevo.

Para los recién nacidos en Aragón, Feliz Maño Nuevo.

Para los ilusos, Feliz Desengaño Nuevo.

Para subir la cuesta de Enero, a ver cómo me las apaño de Nuevo.


A seguir bien.

martes, 5 de diciembre de 2017

Feliz año


Queridos todos:

            Se pone uno tristón en las despedidas, pero con este año haré una excepción. Que se vaya al guano a la mayor brevedad. Sin finiquito. Y que reclame.
            Me limito a un panfleto esperanzador. Lo pongo en frases chicas y cortaditas y así puede que acierte en alguna.
            Dejemos de quemar cosas. Ni los árboles ni la sangre. Pirómanos de profesión, malditos pirómanos mercenarios, no encendáis ni una maldita cerilla más. Si acaso, en el interior de una tinaja con agua y, más exactamente, dentro de uno de vuestros bolsillos. Ajajá: quemaos los pelos de los huevos y ya tenéis cómo pasar la tarde.
            Ni un mal trato más. A nadie, pero menos a quien no puede defenderse. Tantas mujeres ofendidas sin que se nos caiga la cara de vergüenza es una locura. Propuesta: ante una bronca familiar, un paseíto, un apagar la tele, un aprender a callarse y escuchar. Nunca dejar crecer esa sensación de dominio y posesión sembrada en quienes como emblema, enarbolan un pito. Subpropuesta: si se acaloran los ánimos, buscarse un boxeador y pagar con él, si se puede, toda esa autoridad de mierda que los hombres argumentamos para hacer daño.
            Menos fútbol. El otro día vi a un chaval jugando al hockey y le eché en cara que así no se juega al golf, mamarracho.
            Ahorrar agua. Me ducho a diario. Pongo lavadoras y lavavajillas cada dos días. Nuestro consumo diario es de unos ciento setenta litros. Como propuesta sencilla, uso el agua de la ducha, recogida en cubos, para la cisterna y el suelo. Sigo sin efectos secundarios. Ruego lo probéis.
            Lo de los móviles. He probado a dejarlos en casa cuando salgo con amigos. Con enemigos no estoy saliendo mucho. Pues bueno: la de cosas tan interesantes que aprende uno mientras, además, trinca más aceitunitas que con el peazo silicio ése de los cojines. Además, el conductor tonto de siempre de mi barriada, ha probado a apagarlo dentro del coche y lleva el hombre un 125% menos de sustos a los vecinos en los pasos de cebra. Entre todos le hemos comprado una caja de polvorones. Y es cierta la leyenda: sabe hablar en directo.
            No quedarse metidos en casa con el frío, ni con el calor. Darse paseítos a ritmo de paseíto, no siempre de escaparate. Comprad lo que vayáis a disfrutar, compartir o gastar. Eso de pasar las cosas de una estantería (en la tienda) a otra (en casa) es de semitonto.
            Las cosas, para usarlas. Lo mismo para los cuerpos serranos. Si están ahí, pues qué demonios y no se hable más. Gastarse a base de titos, cariñitos y vaivenes es, sigue siendo, la mar de entretenido.
            Y, bueno, vida no hay más que una. Y la quiero, y os la deseo, sencilla y con algún toque simpático.
            En particular, dedico ese deseo a todos los que sufren. Tengo amigos, tengo ese lujo. Algunos se han enfrentados al cáncer con un espíritu envidiable. Derrochan ganas de vivir. Este pasquín va por ellos.

            Y para todos, seguidores del Manchester United incluidos, feliz año.
           

martes, 25 de octubre de 2016

AL ADÁN: QUE LE DEN DEL EDÉN




                  -Estoy a dieta desde ayer mismito –dijo la ninfa, la nueva, el centro geométrico de la reunión para comer. Inaccesible para los oscuros y los que somos más de nieblas que de tinieblas-. La ninfa, segunda secretaria de la Secretaria Segunda, apartó la copa de cristal y se acercó el vasito de plástico para el agua. Sonó bien a coro el oooooh.
                  -Aquí ya no pagan las dietas –dije desde el Hades, a sabiendas de lo poco que  tardaría Gómez Pérez de Pons en fulminar mi intento de broma polisémica.
                  -Aquí pagan mejor los silencios –me disparó GPP sin mirarme. Pensó con razón que la comida de Ideas, con esa frase suya, se encarrilaba bien. De hecho, Contabilidad al completo y más de la mitad de Diseño coreó la carcajada. No desentonó ni un solo solista.
                  Entró Dios acompañado del segundo Dios y se hizo la luz con un alud de móviles en modo linterna iluminando su camino al verdadero centro de la mesa. Dios se plugo y bendijo la sinfonía de verduras con que la ninfa presentaba credenciales.
                  -Parece estar en su punto justo de cocción, no como otros –dijo Dios sin especificar a qué se refería. Los arcángeles sí miraron hacia mí.
                  Marketing, por proximidad, sonrió por acompañar. El resto, ante la duda de la dirección de la Sentencia, guardó prudente silencio. Bien analizada, la frase tenía provecho. Nunca sabes cuándo se te cuela por la puerta un fabricante de sopas listas para calentar y tomar, y vas y le zampas el lema como recién salido del horno.
                  Mi trozo de rincón en la mesa menguaba a base de la expansión de los codos limítrofes. Tomé la decisión de pedir otra de verduras. Lo hice por escrito, terminado el pedido en un poema para la camarera, que me preguntó en voz alta el significado de turgente.
                  -Es urgente –le dije-, urgente por la hora.
                  -Pues voy –dijo.
                  El Olimpo se dedicaba a su plato. Planificación distribuía la carne fresca entre las patatas, intercambiando alioli con Dirección Financiera. No era la primera vez que esos feudos compartían planes que «se complementaban».
                  Dios amenizaba con algún chascarrillo.
                  -Siendo martes, no quiero bodas ni cruceros en casa. Es esta piña natural lo que quiero: el día en que comemos juntos –dedicó media sonrisa a la ninfa entre lechugas-. Salvo que haya separar el trigo de la paja, claro está.
                  Mi rincón recibió demasiadas miradas que se suavizaron gracias a la camarera. Me sirvió la sinfonía y me agradeció el poema.
                  -Ahora sí lo he entendido, es que hay que cogerle el sentido –explicó.
                  Pedí útiles de aliñar e intervino Intervención, su portavoz a la cabeza.
                  -No apaguemos el sabor natural de las cosas –sentenció y hubo petición de bis por Marketing. A saber si este slogan no justificaba por sí mismo la reunión.
                  Nadie podría soportar un fracaso más. Tiré un trozo de lechuga al suelo para justificarme, estornudé y me levanté de la mesa. Dios no quiso saber nada. Él bastante tenía con regir este Universo, y una sola mirada suya bastó para sonarme: sus pupilas me dirigieron a la mesa del chófer, también nuevo, sobrino suyo, que comía sólo.
                  Si había mediado Dios, o sea, dios mediante, me senté con él. Sin protocolo alguno, el chaval –no tendría ni cincuenta-, cortó por la mitad su hamburguesa y me la puso en el plato, aplastando mi sinfonía.
                  Pinché y corté, engullí y la miré. Tenía mucho mejor ángulo que cuando estaba en la Mesa. Volví a trinchar un buen trozo, lo unté en mostaza y se lo mostré con una sonrisa que ella correspondió como pudo desde su pedestal. Alguien se fijó, le preguntó algo y ella desvió la mirada y le prestó atención. Era la hora de volver al trabajo.