domingo, 24 de febrero de 2008

PRELUDIO DE UNA CANCIÓN

Intento que la inspiración me llegue por tus ojos, y se me cruza tu boca; vamos por buen camino.

Sigo buscando y es tu hoyito, ése que tienes junto a la boca, ése que mágicamente aparece con tu sonrisa, el que me colma; empiezan a encajar los ritmos.

Luego aparece tu pelo, mostrándome una naturaleza angelical, de la que yo carezco; comienzan a armonizar las notas.

Eres mi mayor deseo, hecho realidad, sellado con el mejor nombre que pude encontrarte: “vuela esta canción para ti, Lucía…”


viernes, 22 de febrero de 2008

PETICIÓN

-Buenos días, Nube de Evolución Diurna.

-Hombre, tú por aquí, Ala de Sombrero de Ala Ancha. ¿Qué oscuras razones, qué motivos retorcidos hacen que te acerques por mi tienda india de souvenirs, nota que añado para no confundir con esa especie de prisma cónico de las legendarias Sioux.

-El motivo viene a ser el pedir la mano de tu hija: por supuesto una cualquiera.

-De una cualquiera de las dos manos de una de mis hijas, habrás querido decir.

-Sí, digo; y deshaces así el posible malentendido que llevara a pensar que quiero una mano de cada una de las tus tres, o similar posibilidad semántica.

-La verdad es que no sé qué responder. Yo, es que en las conversaciones con estúpidos me bloqueo mucho…

-“Sí” es  la mejor opción que veo como alternativa; y es sólo una sugerencia.

-Me refería a la elección entre vete con “Viento Fresco” o con “Pluma de Oro”, mis dos primeras hijas, las más casaderas según mi forma de ver la vida.

-Te equivocas en ambos supuestos, pues se trata de tu tercera, Natalia, la que pretendo.

-Con tu loca petición de requerimiento de amores has traído la tristeza a este establecimiento, tal y como hizo aquella vez un imprudente inspector de fechas de caducidad y exactitud de balanzas. Se llevó grabadas las flechas de caducidad.

-Pues no veo yo el motivo para ese estallido de, en cuatro palabras, asco por tu parte.

-Verás, no es momento de realzar ni tan solo el diez por ciento de tus defectos, ni siquiera los más utilizados para humillarte cuando terminamos de trabajar. Ni aún el rencor que anidaría en mi corazón hacia todo el que se pareciera algo a ti. Se trata, exclusivamente, de que ya está comprometida la niña con un conde ruso cuarentón.

-Veo venir, aparte de mi desgracia al galope, una propuesta de cruce de razas la mar de interesante, con un proyecto de intercambio cultural y sociológico de un nivel altísimo en cuanto al futuro mestizaje se refiere.

-Hiciste muy bien en terminar el número dos de la revista National Geographic que te regalé por tu cumpleaños, la cual recibí repetida por error y sin coste para mí.

-Mis buenos seis meses que me costó el primer capítulo; pero mereció la pena, como puedes ver.

-Dado el curso de esta conversación y su duración, puede darte la impresión de suponer para mí un agradable rato de esparcimiento, con un cierto grado de interés por lo que tú puedas decirme. Y, en aras de no alimentar futuras esperanzas de que te pueda hacer caso o tomarte en serio alguna vez, debo aclararte que no es así en absoluto.

-Tu sinceridad, de tanto como la valoro, me induce a probar contigo mi nuevo arco de bambú birmano, disparando flechas nada más que a los brazos y las piernas amarrados.

-Esta tarde te dedicaré un par de temblores para mostrarte mi pánico. En cuanto cierre.

-En fin, como también he leído acerca de la aristocracia rusa, te comunico que estaré a la espera como marido suplente de tu Natalia, dada la poca estabilidad emocional que acompaña a esa raza, cuyos escasos méritos giran alrededor de unas cuantas patatas tiernas trituradas junto a zanahorias, algo de atún, tal vez guisantes, quién sabe, y una  salsa espesa por lo alto. Todo lo más, alguna montaña con pendientes pronunciadas.

-Estoy presintiendo, casi lo juraría, que has estado hablando conmigo durante los últimos cinco o seis minutos.

-Lo dicho, no insisto. Aquí te dejo mi tarjeta, por si tu niña se harta de la estepa y se vuelve, o bien un tren cumple con su sagrado deber de pasar por encima del ruso. Hasta otro rato.

-Adiós muchacho, adiós. ¡Y muy previsor el detalle de la tarjeta incombustible!

Eros desolado

Rasgó Eros su carcaj
esparciendo sus flechas por el suelo
jugó el amor a ser mortal
huyendo de su olimpo tan perfecto.
Experimentó placeres prohibidos
traspasó el umbral de los deseos
pasiones para él nuevas lo arrastraron
bailó la sintonía de los besos.
Creyéndose inmortal fue vulnerable
abrió su corazón aún muy tierno
las llamas del amor lo sofocaron
prendiéndose ese fuego por el cuerpo.
Sus alas no supieron apagarlo
quiso huir y quedó quieto
se fundió como el oro en un crisol
sellando para siempre su secreto.
Buscando Eros emoción
bebió el veneno de los celos,
jugó el amor a ser mortal
y la vida…
se le fue entre los dedos.
Temió que un día lo olvidaran
olvidando que el amor es algo eterno.

jueves, 21 de febrero de 2008

INVITACIÓN

Querido Manuel:

 

  Te mando esta carta para poder hablarte sin prisas después de tanto tiempo, cerca de cinco años. Y la escribo yo desde el principio hasta el final, porque hice caso a una maestra  de aquí, de Barcelona, y aprendí a leer y a escribir.

Nunca he querido que te sintieras un pelele, ni que me guardaras rencor, aunque sé lo que has tenido que sufrir por mi culpa, desde aquel maldito día en casa de mis padres.

Mis hermanas mayores sabían que ya estaba dicho y arreglado lo que había que hacer. Nunca he sabido si tú también estabas al corriente, Manuel, pero me parece que habría dado igual, porque te portaste como un valiente.

Recuerdo el momento en que mi padre, sin dejarme hablar, se levantó para estrechar la mano del tuyo y decir “Pues esto ya está dicho y hecho. Mi niña está pedida para tu niño”. Quise decir algo, pero me eché a llorar cuando los mayores me volvieron la espalda y, al momento, mi madre me metió para la habitación y, tirándome del pelo, sin hacerme daño pero con firmeza, me decía “hay que respetar nuestras leyes, Rocío, obedecer y callar”.

Pero lo que más recuerdo es tu cara cuando te levantaste, temblando con tus catorce años, y le dijiste a tu padre que yo era muy chica, que podías esperar para ver si yo me enamoraba de ti. No sabías que yo era de tu misma edad.

Entonces, tu padre, sin hablar, te cruzó la cara de una bofetada que sonó a crujido; seguro que fue tu nariz, tan bonita, porque te recuerdo muy guapo, Manuel.

Asomé la cabeza por la puerta del salón y te vi llorar sin lágrimas mientras sangrabas. Y no supe entonces de dónde sacaste eso que dijiste tan serio:

“Yo puedo no estar de acuerdo con ella, padre, pero daría mi vida por defender su derecho a elegir a quien quiera”.

Hoy te puedo decir que hace poco lo he leído en un libro.

Me marché corriendo una noche, y me vine a trabajar a Barcelona.

Las cosas fueron difíciles al principio, pero hoy tengo un trabajo y te escribo esta carta, Manuel, para decirte que me caso con un gitano de aquí. Y que mis padres van a venir a la boda y yo voy a recogerlos en mi coche a la estación. Vienen porque entienden y aceptan cómo vivo. Ellos también han sufrido para defenderme, como tú.

No te he escrito hasta saber que tú también te habías casado, Manuel. Y que te quiere mucho tu mujer, y que tú la quieres a ella.

Te digo para terminar que mi novio y yo, en el convite de boda, tendremos un asiento en nuestra mesa esperando a que lo ocupes tú, para brindar por lo que hiciste. Te ganaste mi respeto para siempre, Manuel. Ojalá seas muy feliz.

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 20 de febrero de 2008

HORÓSCOPO

Saturnino Villafran no podía dar crédito a lo que estaba viendo. O mejor dicho, a lo que no estaba viendo. Había llegado hasta allí en las últimas, bueno aunque era más preciso decir que quien realmente llegó agotado fue el deposito de su magnifico y soberbio todo terreno que acababa de recoger del concesionario. Desde que lo viese anunciado en el televisor y más tarde por todas las vallas publicitarias que engalanaban su lujosa urbanización, supo que aquel poderoso auto debía ser suyo. Y así fue, como aquella mañana de febrero, sin contar con el beneplácito de su esposa, se acercó al concesionario e hizo realidad su sueño: poseer entre sus manos aquel volante todo de piel y sentir como rugía el motor con un leve movimiento de su pie derecho. ¡Ah, qué placer!, y así fue, como sin más que una firma y una trampa de cinco años, aquella maravilla de la ingeniería automovilística fue suyo. Y ahora, aquí estaba, viendo lo que no veía, sintiendo que todo su mundo se había esfumado, dibujando en su rostro la imagen misma de la sorpresa.” ¡Dios mío, y cómo se lo digo yo ahora a mi mujer! ¡Pero esto no puede ser!” Repetía una y otra vez, sin conseguir dar un paso.
”Señor, ¿le ocurre algo?”, preguntó desde detrás del mostrador la chica rubia y sonriente que unos instantes antes le había cobrado. Tardó en responder. No conseguía articular palabra. Su cara se iba llenando de un sarpullido increíble mientras sus manos no dejan de temblar. “Señor, ¿se encuentra bien? ¿Puedo ayudarle en algo?” insistió de nuevo la muchacha que para entonces ya había abandonado su sitio tras el mostrador y se acercaba rápida hacia él.
Saturnino Villafran se giró. No veía a nadie. “mi coche…mi coche…”repetía una y otra vez “mi coche…mi coche…”.
Aquella mañana, mientras desayunaba había quedado con su mujer en que él se encargaría de recoger a sus suegra.”No te preocupes, cariño, yo recogeré a tu madre y su canario”. Esto segundo lo había dicho con cierto grado de sorna. “¿Para que querrá esta mujer un canario hembra?”, se dijo para sí mientras sonería a su mujer. “Saturnino, mira lo que dice tu horóscopo: en el día de hoy su sueño hecho realidad se esfumará frente a sus ojos. Pérdida irreparable.” “Bobadas”, respondió él “¿Has visto que día es hoy, cariño? a mí siempre me ha traído buena suerte este día: 29 de febrero”.
Y ahora estaba allí, en una gasolinera, donde había llevado su flamante todo terreno recién sacado del concesionario, con su suegra en el asiento del copiloto y la pequeña Piolina en el asiento de atrás dentro de su jaula rosa.
“Señor, ¿qué le ocurre?”. El solo pudo mover su brazo y señalar hacia el surtidor donde unos minutos antes había dejado su coche. Allí estaba, el surtidor marcando la cifra pagada, 50 euros, y un vacío aterrador. Ahora entendía, que no siempre los horóscopos son bobadas. Sólo había una pregunta que martilleaba en su cabeza, “¿cuando el horóscopo decía pérdida irreparable, se refería al coche no a mi suegra, verdad?”

martes, 19 de febrero de 2008

THE BLACK HORSE



La noche casi había llegado, acompañada de un olor dulce a flores blancas. El cielo se mostraba radiante de plata, con algunos trazos de nubes que nunca antes habían brillado más; “nubes nacaradas”, así habían sido anunciadas en el diario de la tarde. Y de fondo, para Elsa, sólo para Elsa, Days are numbers, y en sus labios entreabiertos, esperando, como siempre, la sensación de un recuerdo volvía a posarse. Mientras el saxo alcanzaba su máximo esplendor, sus ojos húmedos se cerraron para buscar otra escena, otro instante; para rescatar del tiempo, una vez más, un rostro, por momentos casi olvidado, pero necesario aún.

Víctor, en sus recuerdos, aún podía llevar las riendas de Azabache, aún podía montar a su tresañero y pasar todo el día en los establos. En su recuerdo, la enfermedad no había llegado a hacerse presente a diario, como lo hiciera después, dejando su huella bien marcada en todos los momentos del día y recordándoles a ambos, como si hiciese falta, que la cuenta atrás había comenzado.

En esta noche que acechaba y que pronto ensombrecería las aguas del estanque, testigo en otro tiempo de todos los besos que hoy no tenía, una sombra fugaz, obligó a Elsa a asomarse a la ventana, desde la cual podía divisar todo el jardín.

Sus ojos buscaron la necesaria presencia de alguien, y no encontraron más que la espesa vegetación, cada vez más sombría. Pero al instante, un sonido, en otro tiempo familiar, irrumpió en la estancia, trayendo de golpe a su memoria las últimas palabras de Víctor:

-“Cariño, es hoy tu cumpleaños. Qué suerte, cumplir ocho años, teniendo treinta y dos. Sería una ironía desearte felicidades.”- Su voz moribunda y sus manos frías presagiaban lo peor para los próximos minutos.

-“¿Sabes, amor mío? Ahora daría... lo que estoy a punto... de perder, por ser un caballo, para llevarte... sobre mí, hasta que mis fuerzas... me lo permitieran. Sería un buen regalo... de cumpleaños”.- Ella le sonreía mientras tragaba las lágrimas más amargas y besaba su frente.

-“Elsa..., te prometo que la próxima vez... que cumplas años... no te faltará mi regalo; ese que hoy... no puedo darte. Volveré... a por ti, mi amor, y seré… como Azabache…, seré un caballo negro, como a ti te... gusta, y vendré a buscar...te, de verdad... mi amor, de verdad te digo… que no te abandonaré. Espérame... Elsa, seré tu caballo... negro; the black horse, mi vida…, the black...horse.”

Tras el recuerdo de los últimos momentos con Víctor, secó sus ojos y volvió a la ventana.

En el estanque, un caballo negro bebía, mientras el reflejo de la luna brillaba en su lomo.


viernes, 15 de febrero de 2008

ESTATUTOS

El tiempo es oro. Un reloj hecho desde la primera hasta la última de sus piezas del dorado metal, regalo de mi mujer, redondea el refrán. Un prodigio de precisión, con una maquinaria que no avisa del ordenador que contiene. Una maravilla.

Lo llevo a todas partes. Durante tres años, once meses y veintiocho días, lo saco del bolsillo de mi chaleco, de donde aparece para sostenerlo una hermosa y fina cadena también de oro cosida por dentro, y doy la hora a todo el que me lo pidiera en mi club, el Crines Grises, que reúne a todos los aficionados a la hípica de la ciudad.

Un club donde ninguna mujer ha entrado, ni siquiera las esposas, ni una camarera, ni una reina, desde que se fundó.

Las esposas lo entienden y respetan. Además, ellas tienen mucho más sitios donde ir.

Ayer, la señorita Virginia Preston, recién llegada de Maryland, desafió desde la puerta al recepcionista, Longobard Collins, llamándole machista por no dejarle entrar.

Ante la insistencia y los comentarios ingeniosos pero despectivos de la señorita Virginia,  Longobard bajó los escalones de la entrada y, en plena calle, le dijo:

-Señorita, según nuestros estatutos, sólo aceptaremos su solicitud el día de un año bisiesto en el que se celebre el primer aniversario de boda de nuestro socio cuyo número coincida con su edad.

-¿Qué día es hoy? –preguntó la señorita con una mirada pícara.

Yo entraba en ese momento y saqué mi reloj. Le di la fecha además de la hora, al variar a “calendario” la apariencia gracias a uno de sus botoncitos. Me pidió ver de cerca mi reloj y, antes de devolvérmelo, le dio la vuelta y vio la inscripción grabada al dorso.

Hoy, día 29 de febrero de 2008, la señorita Virginia Preston ha sido admitida como socia femenina número uno de nuestro club.

Llevo cuatro años casado sin poder celebrar, hasta hoy, ningún aniversario propiamente dicho.

Por  supuesto, no diré el número de socio con que figuro en la lista del club. Y sobra decir que la señorita Preston ofició de dama de honor en mi boda.

TEOREMAS FUNDAMENTALES (INDISPENSABLES)

El del punto.

Deben estar a punto las siguientes cosas:

1)    Las lentejas, o se pegan.

2)    El arroz, o se pasa.

3)    El vino, o se pica.

4)    Un piropo, pues la mujer se pica y te pega si te pasas.

 

El de la recta.

Deben ser rectas las siguientes cosas:

1)    La conducta, o te pegan.

2)    Tu esposa, o te la pega.

3)    La espada, o es de pega.

4)    Las alas del avión, o no despega.

 

El del volumen.

Debe controlarse el volumen de las siguientes cosas:

1)    Del televisor, o te deja sordo.

2)    Del relleno del wonder bra, o te deja bizco.

3)    De la botella, o te pones ciego.

 

El de las paralelas.

Hipótesis Generales:

1) El gimnasta iba sin calzoncillos. De acuerdo.

2) Faltó esa sintonía con el personal de mantenimiento que le ha llevado a tantos éxitos. No era momento de pasarle el teléfono móvil.

Tesis/Conclusión: Se deja como ejercicio.


Aproximación.

Redondear a la baja no debe confundirse con lijar a una señorita de menos de 1,50 metros de altura (con tacones).


Teorema sobre números primos.

Solo sirven para contar a los pringados.


El polígono. Grandes preguntas.

Si tiene tantos lados, ¿no debería parar ya? ¿y cambiar su nombre por el de muchígono, algo más popular?


Principio de Aquí me des.

No pienso moverme de tu casa, de aquí, hasta que no me devuelvas, me des, lo que me debes, Arquímedes, que tienes tú mucha cara. Por principios.


Continuidad.

La función, si no se levanta, no sé cómo puede ser continua. Será la disfunción, digo yo.


jueves, 14 de febrero de 2008

DÍA DE BODA

Mientras sonaba el despertador, su pie salió de debajo del edredón y se le enfrió. Consiguió reconquistar algo de sábana –tirón suave, para no despertarla- y volvió a acurrucarse poco a poco hasta quedarse encorvado. Pero ella, aunque aparentemente dormida, escaló hacia la almohada y logró incrustarle en los riñones los rulos cogidos con horquillas. Rulos necesarios y no premeditados, de permanente en pelo para la boda de ese día, sábado. El miró en la penumbra, colgado, el traje azul, el ultraje, que debía ponerse para la ceremonia. Sintió que había engordado algo durante la noche y lamentó no parar tras la quinta cerveza. No lo dudó un segundo y se tiró al suelo para hacer flexiones, pero fue un error, pues ella se apoderó de toda la cama y él no consiguió el ejercicio en plural. Para no reconocer su fallo, se arrastró hacia la cocina. Allí se levantó maldiciendo la recogida de pelusas en su camiseta durante el trayecto. Consiguió deshacerse de la mayoría, con el leve zumbido de la aspiradora manual, que sabía suficiente para que ella no volviera a conciliar el sueño y la mantuvo funcionando un ratito más, recogiendo antiguas miguitas de la tabla del pan. Al girar la cabeza, ella apareció tras él en la cocina, sin hacer ruido y, del susto, el café molido salió disparado hacia el fluorescente. Ella volvía a tener el dominio psicológico de la situación. El pensó que, tal vez cuando le pidiera el azúcar, con lo bajita que es, se recuperaría algo. Pero allí estaba el banquito de madera, tan moderno con sus peldaños, que le ayudó para cogerla del último estante, curiosamente. Cuando llegó la hora de untar una rebanada de ese pan de molde tan tierno, él supo que aumentaría su desventaja a la primera tostada, viendo como el puño de su camiseta del pijama se impregnaba de manteca ante la falta de dominio. Casi se hunde al ver un esbozo de la sonrisa de ella reflejado en los azulejos junto al frigorífico. No la miraba fijamente desde hacía tiempo. Con el final del desayuno, un último sorbo de café y ella se vio perdida, sin servilletas de papel. Él hizo ademán de levantarse y coger un paquete nuevo, pero sacó finalmente un kleenex de su bolsillo derecho y se limpió fácilmente con él, utilizándolo con cierto acierto para quitar la mantequilla del cuchillo y tirarlo al cubo de la basura (el kleenex). Se pavoneó al levantarse. Ella no tuvo más remedio que volver a hacer uso del banquito con peldaños. Y entonces el efecto no fue el mismo, pues esta vez él se puso debajo, y miraba adonde había que mirar cuando una mujer se sube a una escalera, ya sea para cambiar una bombilla, o para buscar el tomo XXXIII de la Enciclopedia Espasa en la Biblioteca Nacional, del último estante, curiosamente. Ella saltó con gran agilidad desde el banco para terminar con esa situación de indefensión. Sin poder evitarlo, cayó sobre él resultándole a ambos agradable por lo mullido, pero deshaciendo en pocos instantes el abrazo de posible recogida o protección. Se acercaba la hora de la boda y marcharon al baño, cada uno al suyo, independiente. Hubo portazos simultáneos y grifos abiertos a la vez: Agua fría en ambos. Los cerraron a la vez, para sorprender, y los volvieron a abrir a la vez. Pausa. Él decidió afeitarse y ella retocar su peinado. Sabiendo que no les veía el otro, pero pensando en cogerle desprevenido, volvieron de un brinco a la ducha y a abrir el grifo. Agua fría para ambos. Resbalones para ambos, enjabonados. Sobre ambos cayó el agua fría, con la que se enjuagaron para adelantar. Al salir, cada uno vio tiritar al otro en el camino a la habitación para vestirse. Encajó de milagro el traje azul, el ultraje. Encajó a base de fajas el vestido negro algo transparente, que él consideró cristalino. Sin hablar, le puso un chal sobre los hombros, para tapar el inicio del pecho. Lo hizo de modo que su colonia estalló en el cuarto, junto al vestidor, y la  envolvió de aroma, lo que provocó que ella se diera la vuelta y le mirara a los ojos. Llegaron muy tarde a la boda.

 

CATORCE DE FEBRERO


"Quisiera yo que de esta rosa,
símbolo de mi silencio,

la luz que de mi alma brota
cuando te escribo estos versos,

se alzara, cual mariposa
y remonte raudo vuelo;

y que se pose en tu alma,
que descanse en tus deseos;

sorba el néctar de tu entraña,
robe de tu boca un beso,

y que después me lo traiga.

Sólo eso."

Paco Herrera.