se nos rinde el invierno
En ti renazco
Al salir de casa, la muchacha, linda, nerviosa con su traje de volantes, llevaba consigo el miedo que le paraba la sangre. Mientras subía al tintineante coche de caballos, luchaba por escapar del viento helado que la perseguía, rugía y le hacía apretar los puños hasta clavarse las uñas.
Porque, ¿qué haría si no viene?
En su caseta, mientras se bebía el vino antes del baile, la muchacha no podía contar a nadie que la nieve la ahogaba; que un manto de agua dura y blanca la paralizaba. Unas amigas que reían tiraban de sus manos para hacerla girar, pero ella tenía el aire justo para sobrevivir bajo el peso del frío, y no era capaz de salir al tablao; de modo que la música, al ver su carita blanca, no sonaba para ella.
Apenas podía luchar; una pena, que parecía capaz de acabar con ella, la asfixiaba de frialdad; y todavía sin poder bailar. Porque a nadie más el primer baile. Con ningún otro.
Así que abrió los ojos, lo vio entrar echando a volar el sombrero; se agarró el vestido, gritó a las guitarras que arrancaran y comenzó a girar como un torbellino, un ciclón de quince años que llevó a que los presentes vinieran a su compás, sobre todo él, que acababa de mirarla.
Su sangre volvió a encenderse y pudo sentir la nieve separarse de ella. Su cara rescató la sonrisa cuando la danza le hizo rozar los brazos de su pareja y al aire le dio por correr a sus pulmones; por las ventanas, el Sol ayudaba a derretir su corsé de hielo.
No paraba de bailar y la risa se le desbocaba. Al mismo tiempo que se acercaba el instante de fundirse en su primer abrazo, se ayudaba furiosa con cintura, pies y manos a salir del alud. Y se sabía ganadora.
En los últimos giros del baile, una sola vida y el despertar al beso. Los dos corazones se ponían de acuerdo para seguir bailando y el Sol se quedó allí para celebrarlo y cuidar de los enamorados.
El frío se fue rabiando de la Feria de Sevilla.
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sábado, abril 05, 2008
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viernes, abril 04, 2008
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La primera se encendía nada más tocarla. Era negra y fuerte, imposible de mover. Demóstenes agradecía la firmeza.
La segunda parecía cansada y se tambaleaba; le sostenía, pero no le ayudaba a caminar: Parecía querer quedarse con el abrazo.
La tercera había sido maltratada. Tirada en el suelo, atravesada en la acera, le hacía tropezar y caer.
Y así, hasta veinte. Veinte farolas cada noche en el camino del bar a casa. La última se asomaba a la ventana de su dormitorio y, viéndole caer dormido, se apagaba despacio.
Y así, hasta el día siguiente.
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viernes, abril 04, 2008
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Las ganas de llorar se me habían pasado antes de llegar la noche. Por eso mis ojos atendieron la mirada del espejo, mucho más decididos que los míos a buscar de nuevo alguien con quien arriesgarse en el juego del amor. Seguí las instrucciones al pie de la letra y, una vez preparado, me despedí con el mismo gesto que me devolvió.
Puse un pie en la calle y sentí el vértigo de no coger su mano para andar. Recorrí varias manzanas aprendiendo a respirar y paré sin saberlo en el bar de nuestras charlas, proyectos y peleas incluidas. Pero no pude entrar. Choqué con alguien al volverme, me disculpé sin mirarle y volví a casa.
No quise llamarle porque la voz delataría mi pena. Con el cuerpo cansado, me levanté para revolver armarios y después, como un pintor, decoré mi cara hasta tapar los surcos de las lágrimas. Entonces me atreví a salir. Hay que buscar, me dijo la cara maquillada.
Era un andar sin saber a dónde, de modo que mis zapatos me llevaron al bar de siempre, donde aprendimos a mirarnos y a reír juntos, antes de dejar que lo nuestro se partiera en pedazos. Pero no pasé de la puerta. Incluso tropecé con un tipo que tampoco llegó a entrar. Me disculpé sin mirarle y volví a casa.
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jueves, abril 03, 2008
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Pitarri Pons de Llorente, más que nada marquesa de Larameu, llegó a su nueva mansión, o sea, estaba ya como al lado de la puerta principal. Bajó del auto de dos colores que se llevan siempre y, moviéndose como una gran dama del saber estar, dejó que Arturito Llorente Colomer, su marido recién casado en nupcias tras celebrar su boda durante el matrimonio, le abriera el coche por su lado, o sea. Estaba el servicio a su servicio la mar de bien dispuesto en filas y ella pasó revista y alisó unos rizos a la pinche de cocina, dos solapas de camareros y una cofia de Rosaura Lambert, la ama de llaves de la Hacienda Colomer. Después mandó sacar sus maletas todas, o sea “sin dejar alguna por ahí, como de no saber después dónde buscarla, es un decir para entendernos”. “Y punto pared y aparte, o sea”, añadió antes de resbalar algo, caerse un poco, medio erguirse, reírse sin tragarse el chicle y entrar por la puerta, como a ella le gustaba.
Dos semanas más tarde, Pitarri Pons ya no era ni marquesa ni nada en sí misma. Limpiaba y ordeñaba a Baturra con una sola mano mientras tarareaba alguna de Sinatra. Compartía faenas en la granja con Laurita Doménech, Carola Barbeitio y Casildita Gabadián, las otras ex marquesas de Larameu. Las cuatro habían fracasado en su fiesta de recepción de la alta sociedad de Canet de Mar y habían sido ipso facto divorciadas en su totalidad, o sea, por doña Pompeya Colomer de Llorente, madre de Arturito, que las consideraba como muy impropias a nivel de su hijo, por lo que las degradó a obreras.
El empleo no era malo “para nada en sí mismo”, se decían las cuatro al terminar de limpiar los establos con los collares puestos. A veces decían “qué fuerte, tía”, al derramar mucha lejía por los suelos; vamos, para que se limpiaran las cosas y eso.
Y todo, por unos detalles como muy súper así; o sea, que serían los siguientes: Preguntar muchas veces por su edad a la mujer del gobernador civil, tirar al suelo el tenedor de pescado y, tras los postres, dar grititos al ponerse ciegas de marihuana durante una orgía con el equipo de rugby local, que entrenaba en los jardines de la Hacienda: Las tres pruebas de fuego que toda marquesa de Larameu debe superar como si nada.
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Gabriel
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miércoles, abril 02, 2008
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