lunes, 12 de mayo de 2008

Foto: I. Orta


NADA IMPORTA


No importa
ni cuanto amastes
ni cuanto ames aún.

No importa
lo que fuiste.
Ahora,
sólo eres el monumento
al amor que un día fue,
y que sin fanfarrias,
ni cohetes,
ni guirnaldas,
ni carteles
se acabó.
Dijo adiós
y se marchó.

No importa
ni cuanto amastes,
ni cuanto ames aún.

sábado, 10 de mayo de 2008

UN CUENTO ETERNO


Madrugada del dos de julio del setenta y tres. María llora. Sólo tiene siete meses de vida. Su llanto parece estar reclamando el chupete que a media noche ha perdido entre las sábanas de su cuna.
Su padre se levanta, pero de pronto el llanto cesa y en el silencio se oyen unos chupetones aliviados que la introducen de nuevo en su apacible sueño.
El padre vuelve a la cama.

Madrugada del cuatro de julio. María llora. Unos segundos antes, su madre oye cómo el chupete cae al suelo. Probablemente la niña, dormidita boca arriba, lo tuviese en la mano y, al igual que en otras ocasiones se haya escurrido por entre los barrotes de la cuna. Pero, desde el pasillo, justo antes de llegar a la habitación, se abre paso un extraño silencio. Al llegar a la cuna, el bebé mueve sus cachetitos entregado al sueño.

Madrugada del siete de julio del setenta y seis. María ríe. Las carcajadas despiertan a sus padres que sobresaltados acuden a ella. Cuando llegan a la habitación, encuentran a la pequeña sentada en la cuna mirando a una esquina, tan absorta en su risa que ni se percata de la presencia de Carlos y de Ana, que con gesto de preocupación se miran y observan.

Madrugada del dos de agosto de setenta y seis. María habla. Sus padres vuelven a su lado y la encuentran con la mirada fija en el mismo punto y lanzando preguntas al aire:
“¿y pocqué codía e conejito Pedico?... ¡Ahh!... ¿Y no venía zu mami? … ¿Y ze lo comió e zodo malo que ze llamaba Bigotez?”.
Ana comienza a temblar. Carlos intenta calmarla y le dice que no se ponga así. -“María debe estar viviendo eso que le sucede a algunos niños; eso del amigo imaginario. Verás cómo no pasa nada.”-

Ana sale de la habitación y regresa con una caja de cartón que guarda en el altillo de su armario. Apenas acierta a abrirla. Rebusca y rebusca hasta encontrar una serie de folios grapados. Y mientras la niña sigue mirando y lanzando preguntas al aire, Ana pone los folios en las manos de su marido. Están ilustrados con dibujos preciosos, algo gastados por el tiempo. Carlos lee: “El cuento del conejo Perico y el zorro Bigotes Largos” y una nota a pie del título:

“Ana, para ti este cuento que fui formando entre una y otra tarde de siesta, cuando yo intentaba que te durmieras y tú me pedías un cuento, entre las sombras del cuarto que nos aliviaba de las tardes de agosto. Con él te hacía dormir a ti y haré dormir a mis nietos.
Te adora:
Tu madre.”

Ana corre hasta la cuna y abraza a su niña, tendiendo la mano hacia ese punto, queriendo encontrar una caricia como respuesta. Una caricia que perdió hace hoy quince años. Carlos, atónito, se convierte en el espectador de un hecho al que no puede dar un sitio en la realidad, tal como él la entiende. Pero algo extraordinario ha pasado ante sus ojos. Algo que ambos guardarán para siempre. Un cuento eterno.

viernes, 9 de mayo de 2008

IMPOTENCIA

A galope entre el tiempo y los anhelos,
puedo sutilmente observar, sin remedio alguno,
que lo primero reta sin piedad a lo segundo;
y yo, simplemente, no lo soporto.

jueves, 8 de mayo de 2008

MAESTROS PINTORES (y II)

Diego José de Pocobrillo y Tarimas.

Alumno predilecto de Zumbarán, se dedicó a las miniaturas. Le dabas una lupa, medio papelito de fumar, y con esa labia que tenía, salías con la certeza de llevar en tu bolsillo –en marco de lujo, que pagaba el artista- Las Minimininas, una obra algo impúdica, donde –juraba el pintor- diecisiete chiquillos orinaban en el Guadalquivir al despertar la mañana. Sus obras están expuestas en un cuarto de folio que se exhibe en el Museo de Pesos y Medidas Infinitesimales de Groenlandia. Pocos españoles han visitado este museo, lo que demuestra escaso interés por la obra de un compatriota.

 

Herminio Guassonne.

La conciencia de lo plano de un cuadro se acabó con este hombre. Pintaba clásico hasta los 30, edad a la que conoció a Lady Pingurria Macoken. Con la inspiración de esta mujer, llevó a cabo la obra titulada “El color de un buen eructo”. Se murió con prisas.

Peter Hans Krugen.

Pintor correoso, duro y directo, de la escuela de Munich. Inventó el estilo tosco, ese que da como dentera cuando miras sus cuadros. Nadie estaba a gusto en su estudio, y eso se hace evidente por la cara de asco de sus modelos, siempre con cepillos de dientes en sus manos.

 

Carletto Magro di Lóbrego.

Hijoprimo de Rafaelotto di Parmensia, fue el paradigma del realismo. Anuló la venta de un cuadro en una exposición de 1.729. La razón: Ana Sofietta Porugarolli, modelo de su obra “El buzo” acudió tal como la había pintado el maestro, pero la muy carajota lo hizo con el vestido limpio, mientras que en el cuadro aparecían dos manchas de huevo frito. Carletto devolvió el dinero. Los teóricos compradores, como muestra de buena voluntad, rompieron la hoja de reclamaciones. Una hoja de acero afiladísima, lo que agradeció de buen grado el pintor.

 

Doña Basilia de Mosquera y Estotro.

Fue la alumna aventajada y adelantada del maestro Tabiquillo, porque llegaba a todas las fiestas unos diez minutos antes que él. Como pintora, introdujo ideas revolucionarias, algunas de las cuales figuran en manuales como “Limpie, limpie el pincel, no lo tire mientras haya pelillos” o “Con el trapo, no con la camisa”, que han llegado hasta nuestros días y siguen siendo la Biblia del pintor no muy guarro. Aportó ideas nuevas sobre el blanco encima del blanco y así hasta nueve o diez capas. Murió adorada por los esquimales.

lunes, 5 de mayo de 2008

CHARLA MÍSTICA INFORMAL.

¡LaVihen!

Tras el martillazo en el dedo, era lógico que dijera algo así. Pero no esperaba que se le apareciera allí, en el garach, (lo pronuncia así porque estuvo en Puerto Rico tres días por vender más seguros que nadie). Pues le deslumbra y le dice que no está Ella para que la invoquen sin un motivo serio. Trata de calmarla y le propone un ratito de charla, si no tiene nada mejor ni más urgente que hacer. Accede.

Mire usted (esa confianza piadosa popularota del pueblo no le parece conveniente de entrada) sin dogmas ¿de acuerdo? Sin dogmas, concede.

Pues verá, que digo yo que lo primero es que si Dios es tres, pero que por ser El-que-man-da-en-to-do, yo transijo (en un plano como de creyente/estudioso, ver si me comprende) explíqueme cómo nos vamos a entender si usted, sólo en Andalucía, es miles.

Mira muchacho (comprende mi mayor facilidad para tutearte) (acepto, siga), cuestión de utilidades. Y puede que me explique:

Allá por Huelva, con una humedad relativa superior al 80%, en esas mañanitas que si no te pones algo coges un resfriado, no me voy a llamar de la Condensación, digo yo. Lo del Rocío es breve, elegante, y describe esa cosa bonita de algo que cae del Cielo de forma suave, sin que se note como empieza, pero dejando un suelo que brilla.

Oiga, esto lo trae usted preparado.

Se hace lo que se puede. Son muchos martillazos.

Está bien el principio. Le rogaría algún otro ejemplo.

Pues está lo del Rosario, en Cádiz. Resulta que allí tuvo mi hijo un detallito precioso, que no necesitaba mucho tiempo: Cuentan que el camino para ir a curar a un niño estaba lleno de espinas. Vi el plan que había y le dije a un médico que podía ir descalzo. No lo pensó y anduvo sobre rosas hasta la camita del niño. Comprenderás que no me conozcan allí por la de Urgencias 24 Horas  o Mutua Gaditana.

Me da usted un momentito, que se me ha metido algo en un ojo…

Ya, ya, aquí con las herramientas…

Justamente, siga, siga usted, que le sigo.

Nos vamos ahora, y comprendo que es un buen salto, a lo de Pilar, allí en Zaragoza. Si esos amables lugareños y yo nos vemos en un peñasco que resulta después que les hace el avío para un buen edificio, mira, un mínimo sentido estético, por favor: A ver si por cuestiones arquitectónicas vas a querer que me llamen Virgen de la Estructura o del Basamento.

No, si yo lo voy pillando, pero no me diga usted que esto parece serio.

Ya, pero sí se acepta que la milla y el metro han convivido midiendo lo mismo ¿no? Pues vamos a lo que vamos. Y siento dejarte, pero el móvil está atascadito de mensajes.

Ea, pues vaya usted con Dios.

No te quepa duda. Y ojito con los martillos, hijo, que hay unos guantes que son el ABC de la protección laboral.

Pequeño fogonazo, sin grandes aspavientos. Desaparece.

Se mira el dedo. No le duele nada. Sonríe agradecido.

sábado, 3 de mayo de 2008

EL SUICIDIO. ENSAYO (y II)

Akinori Camamusha Hilloraimama, de Okinawa.

Sin discusión, el samurai más legendario. El dueño del harakiri. Es nuestro único deseo dejar claro aquí que no todo fue fácil para este hombre, sobre todo si pensamos en qué época llevó a cabo sus investigaciones: En 1.777. Menudo año aquel. Repasemos su biografía:

Nació.

Durante su infancia, se metió en el ombligo una de las primeras cerillas –un prototipo- que hizo las delicias de sus compañeros de colegio. La encendió en su sexto cumpleaños, siendo utilizado para prender las velas de su tarta.

Más tarde, investigó con cuchillas de afeitar afeitándole la barriga a su padre, que no le veía con buenos ojos, por lo que le invitó -a base de patadas- a dejar esa práctica.

Es durante su vida de adolescente y despertar al amor cuando se comienza a forjar su leyenda. A cada desengaño amoroso, se daba un pequeño navajazo, a rayita por cada calabaza, a modo de muesca contable de sus desamores. Lo hacía con primor y siguiendo un ritual que le haría famoso: Se desmayaba del susto cada vez.

En una de las terribles batallas entre los grandes señores de la guerra de Japón, los Shogun, Akinori buscó un “harakiri externo”, aprovechando un ataque del ejército enemigo de turno, recogiendo, tras un rasguño en el codo, un sonoro fracaso que le apartó de las simpatías del pueblo.

Sin desanimarse, cumplidos los veintinueve años, llegó su momento de gloria. Se sabía enfermo de apendicitis y de piedra en el riñón izquierdo (izquierdo si te pones mirando para él). En presencia de los médicos, y con un espejo, inició el camino al suicidio más elegante del mundo abriendo su estómago para que hurgaran los cirujanos, y cada uno cogiera lo que necesitara.

Vivió el tiempo justo para dejar su obra escrita: Noventa y cuatro años después de recibir el alta.

viernes, 2 de mayo de 2008

MAESTROS PINTORES (I)

Lollobrígido Dicarpio.

Escuela tallarinesa, mediados del siglo XVI, llamado “el siglo del medio” por la mitad de los pintores. Su estilo, el brochazo desde lejos. Las sirvientas le duraban poco, pues recibían impactos de azul pálido o marrón sospechoso en los delantales. Entre sus obras están las famosas Vallas de Grimaldi, el Muro del Mogolloni y tres tabiques de Milán conocidos como el Tríptico Dil Saloni. Murió incomprendido, porque hablaba en ruso. Sólo al final de su vida se supo que no quería mayonesa en los bocadillos.

 Van Dickens Chokopik.

De la Escuela Holandesa, de donde robó gomas y tizas. Su trazo era recto como ninguno: Nunca dio su trazo a torcer. Para pintar circunferencias ya están las maricoides esas italianas, decía a sus primos, Van Cruiff y Van Dálico. Pero ¿y las cinturas? ¿y las manzanas? le preguntaban sus posibles compradores. ¡Pues bien que se las comprarán vuestros tatatataranietos al Picasso y nadie protestará el precio! Se ponía hecho una furia y le compraban algo para aplacarle.

 Malostratto Tiffossi.

Heredero directo de Miguel Ángel, le tocó en el reparto una docenita de pinceles. Hombre práctico, se dijo ¡pues hala, a pintar qué coj…! Y compró varios tubitos de pintura, dos lienzos, aceite, media botella de disolvente y algo para merendar para los niños. Pagó al contado la mitad. Cuando hubo acabado su famosísima obra “El que está tras el lienzo” no pudo cobrar hasta que convenció a todos de que debían mirar la parte posterior del cuadro muy deprisa pues “el que está detrás, corría a ponerse delante”. Legó muchos lienzos en blanco al museo del ayuntamiento de su ciudad, Pocanatta, cercana a Paggadero, cercana a su vez a Pocanatta por otro camino. 

jueves, 1 de mayo de 2008

HACIA ALGO MÁS

Voy en busca de un camino; el camino que me asegure un paradero donde los males no acechen.

Busco un camino a la sombra, resguardado de los vientos que me cimbreen.

Busco un sendero apacible, donde quepan mis sueños: los que me ayuden a andarlo.

Busco la senda de mi integridad y la de quien conmigo vaya, y sólo encuentro temor por saberla incierta, inalcanzable.

Busco; y encuentro miedo por lo vulnerable de nuestra existencia; por la indefensión a que es expuesta nuestra alma, nunca dispuesta a marcharse de estos senderos, por los que todos vagamos.

SERVICIOS.

Del Automóvil.

Nada más ver una posible avería -sin entender ni nada- le dije a mi mujer: Esto va a ser del mismo coche. Y aquí se lo traigo, con la fe que tengo en usted, tras ver lo bonito que han inaugurado su taller. En confianza, quien conduce siempre es ella. Pero de vez en cuando lo arranco porque me encanta ese ruido como de gargajo mañanero que hace al meter el contacto. Luego, cuando ella sale de la casa para ir al trabajo, yo salgo corriendo y le tiro las llaves. No suele cogerme, porque va cargada de libros. Hoy sí, porque no iba cargada de libros. Y aquí estamos, que no anda el vehículo. Yo, nada mas mirarme ella con esa mirada de día de evaluación y sin coche, le dije: Esta avería va a ser del mismo coche. Y aquí se lo traigo. No, no, lo del ojo ha sido con una puerta.

Médico de urgencia.

Mira, lobo gris del Seguro: Yo tengo cuarenta y tres años y mi Toribio me se murió de gastao. El lutazo que yo le respetao a ese hombre –mi hombre- ni las congoleñas de noche y sin suministro eléctrico. Hoy justo se cumplía el año a rajatabla. No trates de huir, que esa puerta está pero que bien blindada. Esto es una urgencia médico social de carácter irrenunciable. Cuando presentes el parte a tu superior lo va comprendé como nadie.  A vé, a vé cómo me reseta en horisontá.

Información telefónica.

¿Clamez Trunia? ¿Grálmez Turia? ¡Oyyy, sáquese usté el chicle! A vé, me repita. Que sí, letra por letra, mejón. Sí, yo soy nueva, pero usté habla como moscovita. Que no le llamado nada raro, oiga. Operadora número doce, pero no me amargue usted dando hoja de reclamaciones el primer día. A ver, la Ce, la Eble, la A, Mel y Ez. Aquí. Tome usté nota, en el doce de la calle Corbina doce: El 9. Mejor se lo doy poco a poco y así no se cansa. ¿Que tengo la voz bonita?, pues me llama usted mañana, quedamos y llevo todo el resto  del número distribuido por mi lencería. ¡Iiiiiiiiii, picarón! Cuelgue, bueno cuelga; no, tú primero. Bueno los dó a la vé . ¡Sigues ahí, picarón! ¡iiiiiiiii!

¡Ay, Qué dura la rutina de la teleoperadora telefónica, soportando la frialdad, la lejanía de los que solicitan en la distancia un número impersonal, un frío conjunto de dígitos… que yo llevaré en mi interior…! ¡iiiiiiiii!

EL SUICIDIO. ENSAYO (I)

 

Marta Jari Crisma, de Argelia.

La dama del veneno negro, la incomparable propulsora de poner porquerías en las comidas a la gente. Y en las bebidas. Las de la televisión no son su culpa, como defienden algunos de sus biógrafos.

Muy niña, más niña que nadie, emponzoñó un pozo. El resultado fue de cambios en la estructura dental de cientos de cabras en la explanada cercana a su choza. La pillaron y fue obligada a seguir unos cursos de francés por correspondencia. Esto acabó agriando su carácter ya de por sí venenoso. El día de su décimo cumpleaños, compró un décimo de lotería que regaló a su padre. No hizo nada bueno más en toda su vida.

El décimo no resultó premiado.

Cuando pudo huir de su hogar, dejó tras de sí un reguero de maíz con estricnina para que no le siguiera su adorada gallina Dolores. Quería romper con todo lo que significaba una vida sujeta a un poste de telégrafos. Y lo hizo.

Llegó a Gijón tras desempeñar múltiples trabajos. En todos aprendía un brebaje, pócima o bebedizo capaz de dejar a cualquiera con cara de último de la cola que ya no encuentra entradas. Se comenzó a fraguar su leyenda. Y fue en Andorra donde se consagró:

El seis del seis de mil novecientos noventa, Marta dirigía un servicio de catering. Puso algo en la salsa de los langostinos de una fiesta de vendedores. Semanas más tarde, todos los comensales seguían leyendo los libros de derecha a izquierda.

Los periódicos sensacionalistas sacaban en primera página el ranking de sus hazañas, como la de los seiscientos cincuenta monaguillos que se hicieron socios del Liverpool en una sola semana, tras ingerir una bebida sazonada con peligralaminina en polvo, una sustancia que no se detecta en laboratorios por más que se intente.

Su fama hizo que llegara el día más difícil: Salvatore Pomodoro Liquasto, jefe indiscutible de la Cossa Staquearde, la Mafia Suprema, le hizo llegar su interés por hacer desaparecer a un jefe de estado. ¿En qué Estado está?, preguntó Marta. Vivo, le respondió Salvatore. Decidió aceptar el trabajo.

En la recepción que Abucadonimas Pasteleraitis, Primer Ministro de la pequeña república de Karakartonis celebró en su palacio presidencial, Marta contrató el servicio de menús. Consiguió quedarse a solas con la sopa el tiempo suficiente para introducir setenta gramos justos de venenitogordín, un potentísimo acelerador de la tartamudez. Después de esa fiesta, no hubo continuidad en los mensajes del Primer Ministro a su pueblo y fue derrotado en las urnas.

Pasaron los años y Marta se notaba cansada en las labores del hogar. Decidió dejarlo todo y para ello ingirió una dosis enorme de espesisimamasacotina, hecha con una mezcla por partes iguales de pasta de dientes, piel de pollo, papas fritas prensadas y ralladuras de limón. Sus vecinos la encontraron el nueve del nueve del dos mil tres hecha un ovillo en su sofá, carísimo. Se llevaron el sofá, si total...

El forense Luis Tetrinquet la encontró hecha un ovillo en el suelo. En una muestra de respeto ante la gran dama que se encontraba a sus pies, no le hizo la autopsia y empezó con frenesí a escribir su historia. Una historia que, lo que son las biografías, ha llegado a nosotros como la de una gran suicida. Es justo, pensamos nosotros.

Vendió sesenta y cuatro mil ejemplares, en siete ediciones; la última de bolsillo, pero con letra grande.