viernes, 16 de mayo de 2008

BAILAR POR DENTRO

Ni sabe el tiempo que lleva echando de menos su mirada; ésa con la que a veces la miraban sus ojos; ésa que, de tanto contenido, provocaba que bajase los suyos; ésa que le decía que ella formaba parte de sus anhelos. La misma mirada que poco a poco, con el transcurrir de los años, había dejado de ver.

Hoy soñó con su mirada. Ahora busca en sus ojos y reencuentra la magia que la hacía bailar por dentro. Y llega a la conclusión de que siempre estuvo ahí, sólo que dejó de verla, ciega y al borde del abismo donde le llevó esa ausencia. Donde lo arrastró y se arrastró a sí misma, y donde casi llega a olvidarlo de creer que él la olvidó.

Hoy soñó con su mirada, entre aromas de café y amanecer recién estrenado. Y comprende que nunca dejó de tenerla. Hoy sabe que estuvo dormida y ausente; gastando el tiempo, sin brillo y sin baile.

Hoy bailará con él, con una incansable orquesta, con resplandor de lentejuelas…

…Y mi corazón con tu mirada. Hoy…, si me dejas.

miércoles, 14 de mayo de 2008

"SE NECESITA PERSONA PARA LA COCINA"

 El letrero del pequeño restaurante “Todo Carne” de la calle Pavía, fue colgado por su propietario el día catorce de enero de 2006. Al día siguiente, antes de la hora de comer, dos personas preguntaban por el empleo y el mismo dueño, Federico Bellido, les atendió.

Tras presentar cada uno su currículum, la aportación de los dos aspirantes fue considerada excelente por Federico. Uno de ellos, de nombre Ladislao, colaboró con toda la grasa que sus rotundos muslos contenían alrededor de unos filetes compactos, pero rendidos después al mínimo impulso de un cuchillo manejado con suavidad. Su hígado, fresco y sin el menor atisbo de drogas o alcohol, se valoró al ser servido con guarnición como uno de los momentos estelares de la cena. El otro aspirante, Armando, más fibroso y delgado, ocupó las bandejas de entremeses de las reuniones pequeñas, además del centro de múltiples bocadillos para los más pequeños, menos acostumbrados a la solemnidad de la mesa. El plato principal, su corazón, hizo las delicias del invitado principal de la noche, el concejal Abel Dorado, antiguo compañero de colegio de Federico.

Después de la cena, concebida para satisfacer a sus mejores clientes el citado día quince de enero, Federico, como de costumbre, cerró el local para limpiar bien y tomarse un día de descanso. De ese modo, el letrero de “SE NECESITA PERSONA PARA LA COCINA” no fue colocado en la puerta de su restaurante hasta el día diecisiete de enero de 2006, bien entrada la tarde.

MICROHISTORIAS (II).

J. L. Gallo no era ningún ogro caníbal devorador de personas ebrias, pero lo encarcelaron de por vida por presumir, a gritos y en la plaza, de haberse comido cientos de borrachos aún calientes, después de trocearlos. Su familia traspasó la pastelería.

 Virginia M. D., mujer muy rizada, lloró muchísimo al ver partir a su novio tras devolverle el anillo de compromiso, a pesar de que juró y juró que no se había dedicado jamás a la prostitución. Era cierto, no lo negaba, que había sido imputada varias veces por atrasos en los pagos a la Seguridad Social, pero nada más.

 Clarencio L. G., de unos veintiocho años, se casó con su madre, a la que no conocía, y tuvo con ella un hijo que se casó con su hermana (de Clarencio, más joven que él, a quien tampoco conocía). Pues bien, su hijo, su cuñado, y su nieto, eran la misma persona, así como también coincidían en una sola su hijo, su padre y su abuelo. Consiguió numerosas ventajas legales al presentarse él solo como familia numerosa.

 Sin haber pisado jamás una escuela de ingeniería, Pablo J. F., de Móstoles, llevó a cabo más de mil ochocientos puentes bajos y casi los mismos altos durante su vida profesional. Eso sin contar algunos días laborables que caían entre dos fiestas, en los que no cerraba su consulta de dentista.

 Al no ser capaz de aprenderse el papel de Ricardo III para la función de fin de curso, Honorino P. L., de Chipiona, recibió un folio en blanco para su intervención como cortina doblada en la obra. Aún así, tartamudeó en silencio con la mirada.

 En el pilón del pueblo, Teresita Galán lavaba la ropa. Según se iba quitando la falda, la camisa o el sujetador, mojaba, fregaba y ponía a secar al Sol. Al final, cuando enjuagaba su última prenda, como ya tenía secos los calcetines, se los puso, lo que le quitó esa incómoda sensación de desnudez de la que le advertían los vecinos al pasar.

 La bala pensaba por sí misma. Esquivó al niño arrancado de los brazos de su madre para la guerra y se desentendió del soldado que acababa de saber que era padre. Pero al acercarse a un fanático, gastó su impulso en hacerle volar el casco por los aires. Decidió que era la mejor forma de que entraran más ideas en esa cabeza. Después descansó en el campo el resto de su vida.

 El gorila de la discoteca se jubiló y volvió a la Selva, donde Tarzán le organizó una comida homenaje. Acudieron todos los animales, incluso los que llevaban zapatillas informales. Ese día hizo la vista gorda.

 El egipcio Asomatek Phorahi  no vivió lo suficiente como para conocer a su sexagésima esposa. Su primera mujer, su primera viuda, lo impidió la noche de bodas.

Los dos sabios, hombres mayores y venerables, lograron por fin aproximar sus ideas. Durante un breve instante, sus pensamientos estuvieron más cerca que nunca a lo largo de sus vidas. Momentos después, ambos eran atendidos tras el tremendo cabezazo sufrido al intentar pasar los dos al mismo tiempo al interior del laboratorio.

 Pepa Gloria Jalón Serrano, mujer tradicional y de ideas conservadoras, acabó por entender la realidad de un pobretón que, durante doce años, había visto sentado sobre un cartón, cabizbajo, mientras pedía limosna en la esquina de Sierpes con calle Granada. Y la verdad es que su corazón ya estaba tierno ante la perseverancia, pero acabó por derretirse cuando el pobretón, a la salida de misa de doce de la Catedral, se le apareció en un lugar apropiado para Pepa Gloria Jalón Serrano: la puerta de una iglesia grande. Sin pensárselo ni un instante, se soltó del brazo de su marido, don Nicodemo Pascual Redondo, se dirigió al pobretón y, sonriendo le preguntó: ¿Tiene usted cambio de diez céntimos, buen hombre? Resuelta su transacción, sin mirar atrás, Pepa Gloria Jalón Serrano bajó a saltos los escalones que le separaban de su esposo y se aferró a su brazo con la alegría de una chiquilla. Juntos, comenzaron su paseo hacia el barrio de Santa Cruz, donde algunos yernos, hijas, hijos y nueras, les esperaban para tomar un aperitivo, según la costumbre.

NI UN SOLO DÍA.

Con sus propias manos echó el último puñado de arena sobre el ataúd y volvió sola a casa en el coche que tan bien usaron para llevarles a sitios fantásticos, incluso sin moverse de él.

No esperó ni un solo día.

Sin cerrar la puerta, se cambió de ropa dejando en el suelo el mínimo luto de una camisa y una falda. Cogió la ropa más alegre del armario y soltó su pelo moreno y largo sobre la espalda, en un claro homenaje. Con la pequeña maleta en la mano, antes de salir, garabateó una nota para la señora de la limpieza y dejó un par de mensajes en contestadores de amigos y familiares.

No huía de nada. Iba a servir al amor, como había hecho siempre. Estaba orgullosa de lo que había amado a su hombre y no estaba dispuesta, cercana a los cuarenta años, a permitirse llorar por lo irremediable.

Después de un corto viaje, volvió a casa con alguien de nuevo a su lado para compartir la vida, los deseos, las penas y todo lo demás.

Conoció a varios hombres, con los que supo compartir sexo, más de una locura, y toda la complicidad. Incluso hubo una mujer de amistad y caricias, diciéndose que no besar aquellos labios era un pecado que no se podía permitir contra el Cielo, ese Cielo desde el que Juan, su Juan, su compañero desde niña, aprobaría que no se dejara vencer por la tristeza.

Murió con una sonrisa, igual que vivió.

Y se alegró de veras de que fuera Juan el encargado de recibirle.

lunes, 12 de mayo de 2008

Foto: I. Orta


NADA IMPORTA


No importa
ni cuanto amastes
ni cuanto ames aún.

No importa
lo que fuiste.
Ahora,
sólo eres el monumento
al amor que un día fue,
y que sin fanfarrias,
ni cohetes,
ni guirnaldas,
ni carteles
se acabó.
Dijo adiós
y se marchó.

No importa
ni cuanto amastes,
ni cuanto ames aún.

sábado, 10 de mayo de 2008

UN CUENTO ETERNO


Madrugada del dos de julio del setenta y tres. María llora. Sólo tiene siete meses de vida. Su llanto parece estar reclamando el chupete que a media noche ha perdido entre las sábanas de su cuna.
Su padre se levanta, pero de pronto el llanto cesa y en el silencio se oyen unos chupetones aliviados que la introducen de nuevo en su apacible sueño.
El padre vuelve a la cama.

Madrugada del cuatro de julio. María llora. Unos segundos antes, su madre oye cómo el chupete cae al suelo. Probablemente la niña, dormidita boca arriba, lo tuviese en la mano y, al igual que en otras ocasiones se haya escurrido por entre los barrotes de la cuna. Pero, desde el pasillo, justo antes de llegar a la habitación, se abre paso un extraño silencio. Al llegar a la cuna, el bebé mueve sus cachetitos entregado al sueño.

Madrugada del siete de julio del setenta y seis. María ríe. Las carcajadas despiertan a sus padres que sobresaltados acuden a ella. Cuando llegan a la habitación, encuentran a la pequeña sentada en la cuna mirando a una esquina, tan absorta en su risa que ni se percata de la presencia de Carlos y de Ana, que con gesto de preocupación se miran y observan.

Madrugada del dos de agosto de setenta y seis. María habla. Sus padres vuelven a su lado y la encuentran con la mirada fija en el mismo punto y lanzando preguntas al aire:
“¿y pocqué codía e conejito Pedico?... ¡Ahh!... ¿Y no venía zu mami? … ¿Y ze lo comió e zodo malo que ze llamaba Bigotez?”.
Ana comienza a temblar. Carlos intenta calmarla y le dice que no se ponga así. -“María debe estar viviendo eso que le sucede a algunos niños; eso del amigo imaginario. Verás cómo no pasa nada.”-

Ana sale de la habitación y regresa con una caja de cartón que guarda en el altillo de su armario. Apenas acierta a abrirla. Rebusca y rebusca hasta encontrar una serie de folios grapados. Y mientras la niña sigue mirando y lanzando preguntas al aire, Ana pone los folios en las manos de su marido. Están ilustrados con dibujos preciosos, algo gastados por el tiempo. Carlos lee: “El cuento del conejo Perico y el zorro Bigotes Largos” y una nota a pie del título:

“Ana, para ti este cuento que fui formando entre una y otra tarde de siesta, cuando yo intentaba que te durmieras y tú me pedías un cuento, entre las sombras del cuarto que nos aliviaba de las tardes de agosto. Con él te hacía dormir a ti y haré dormir a mis nietos.
Te adora:
Tu madre.”

Ana corre hasta la cuna y abraza a su niña, tendiendo la mano hacia ese punto, queriendo encontrar una caricia como respuesta. Una caricia que perdió hace hoy quince años. Carlos, atónito, se convierte en el espectador de un hecho al que no puede dar un sitio en la realidad, tal como él la entiende. Pero algo extraordinario ha pasado ante sus ojos. Algo que ambos guardarán para siempre. Un cuento eterno.

viernes, 9 de mayo de 2008

IMPOTENCIA

A galope entre el tiempo y los anhelos,
puedo sutilmente observar, sin remedio alguno,
que lo primero reta sin piedad a lo segundo;
y yo, simplemente, no lo soporto.

jueves, 8 de mayo de 2008

MAESTROS PINTORES (y II)

Diego José de Pocobrillo y Tarimas.

Alumno predilecto de Zumbarán, se dedicó a las miniaturas. Le dabas una lupa, medio papelito de fumar, y con esa labia que tenía, salías con la certeza de llevar en tu bolsillo –en marco de lujo, que pagaba el artista- Las Minimininas, una obra algo impúdica, donde –juraba el pintor- diecisiete chiquillos orinaban en el Guadalquivir al despertar la mañana. Sus obras están expuestas en un cuarto de folio que se exhibe en el Museo de Pesos y Medidas Infinitesimales de Groenlandia. Pocos españoles han visitado este museo, lo que demuestra escaso interés por la obra de un compatriota.

 

Herminio Guassonne.

La conciencia de lo plano de un cuadro se acabó con este hombre. Pintaba clásico hasta los 30, edad a la que conoció a Lady Pingurria Macoken. Con la inspiración de esta mujer, llevó a cabo la obra titulada “El color de un buen eructo”. Se murió con prisas.

Peter Hans Krugen.

Pintor correoso, duro y directo, de la escuela de Munich. Inventó el estilo tosco, ese que da como dentera cuando miras sus cuadros. Nadie estaba a gusto en su estudio, y eso se hace evidente por la cara de asco de sus modelos, siempre con cepillos de dientes en sus manos.

 

Carletto Magro di Lóbrego.

Hijoprimo de Rafaelotto di Parmensia, fue el paradigma del realismo. Anuló la venta de un cuadro en una exposición de 1.729. La razón: Ana Sofietta Porugarolli, modelo de su obra “El buzo” acudió tal como la había pintado el maestro, pero la muy carajota lo hizo con el vestido limpio, mientras que en el cuadro aparecían dos manchas de huevo frito. Carletto devolvió el dinero. Los teóricos compradores, como muestra de buena voluntad, rompieron la hoja de reclamaciones. Una hoja de acero afiladísima, lo que agradeció de buen grado el pintor.

 

Doña Basilia de Mosquera y Estotro.

Fue la alumna aventajada y adelantada del maestro Tabiquillo, porque llegaba a todas las fiestas unos diez minutos antes que él. Como pintora, introdujo ideas revolucionarias, algunas de las cuales figuran en manuales como “Limpie, limpie el pincel, no lo tire mientras haya pelillos” o “Con el trapo, no con la camisa”, que han llegado hasta nuestros días y siguen siendo la Biblia del pintor no muy guarro. Aportó ideas nuevas sobre el blanco encima del blanco y así hasta nueve o diez capas. Murió adorada por los esquimales.

lunes, 5 de mayo de 2008

CHARLA MÍSTICA INFORMAL.

¡LaVihen!

Tras el martillazo en el dedo, era lógico que dijera algo así. Pero no esperaba que se le apareciera allí, en el garach, (lo pronuncia así porque estuvo en Puerto Rico tres días por vender más seguros que nadie). Pues le deslumbra y le dice que no está Ella para que la invoquen sin un motivo serio. Trata de calmarla y le propone un ratito de charla, si no tiene nada mejor ni más urgente que hacer. Accede.

Mire usted (esa confianza piadosa popularota del pueblo no le parece conveniente de entrada) sin dogmas ¿de acuerdo? Sin dogmas, concede.

Pues verá, que digo yo que lo primero es que si Dios es tres, pero que por ser El-que-man-da-en-to-do, yo transijo (en un plano como de creyente/estudioso, ver si me comprende) explíqueme cómo nos vamos a entender si usted, sólo en Andalucía, es miles.

Mira muchacho (comprende mi mayor facilidad para tutearte) (acepto, siga), cuestión de utilidades. Y puede que me explique:

Allá por Huelva, con una humedad relativa superior al 80%, en esas mañanitas que si no te pones algo coges un resfriado, no me voy a llamar de la Condensación, digo yo. Lo del Rocío es breve, elegante, y describe esa cosa bonita de algo que cae del Cielo de forma suave, sin que se note como empieza, pero dejando un suelo que brilla.

Oiga, esto lo trae usted preparado.

Se hace lo que se puede. Son muchos martillazos.

Está bien el principio. Le rogaría algún otro ejemplo.

Pues está lo del Rosario, en Cádiz. Resulta que allí tuvo mi hijo un detallito precioso, que no necesitaba mucho tiempo: Cuentan que el camino para ir a curar a un niño estaba lleno de espinas. Vi el plan que había y le dije a un médico que podía ir descalzo. No lo pensó y anduvo sobre rosas hasta la camita del niño. Comprenderás que no me conozcan allí por la de Urgencias 24 Horas  o Mutua Gaditana.

Me da usted un momentito, que se me ha metido algo en un ojo…

Ya, ya, aquí con las herramientas…

Justamente, siga, siga usted, que le sigo.

Nos vamos ahora, y comprendo que es un buen salto, a lo de Pilar, allí en Zaragoza. Si esos amables lugareños y yo nos vemos en un peñasco que resulta después que les hace el avío para un buen edificio, mira, un mínimo sentido estético, por favor: A ver si por cuestiones arquitectónicas vas a querer que me llamen Virgen de la Estructura o del Basamento.

No, si yo lo voy pillando, pero no me diga usted que esto parece serio.

Ya, pero sí se acepta que la milla y el metro han convivido midiendo lo mismo ¿no? Pues vamos a lo que vamos. Y siento dejarte, pero el móvil está atascadito de mensajes.

Ea, pues vaya usted con Dios.

No te quepa duda. Y ojito con los martillos, hijo, que hay unos guantes que son el ABC de la protección laboral.

Pequeño fogonazo, sin grandes aspavientos. Desaparece.

Se mira el dedo. No le duele nada. Sonríe agradecido.

sábado, 3 de mayo de 2008

EL SUICIDIO. ENSAYO (y II)

Akinori Camamusha Hilloraimama, de Okinawa.

Sin discusión, el samurai más legendario. El dueño del harakiri. Es nuestro único deseo dejar claro aquí que no todo fue fácil para este hombre, sobre todo si pensamos en qué época llevó a cabo sus investigaciones: En 1.777. Menudo año aquel. Repasemos su biografía:

Nació.

Durante su infancia, se metió en el ombligo una de las primeras cerillas –un prototipo- que hizo las delicias de sus compañeros de colegio. La encendió en su sexto cumpleaños, siendo utilizado para prender las velas de su tarta.

Más tarde, investigó con cuchillas de afeitar afeitándole la barriga a su padre, que no le veía con buenos ojos, por lo que le invitó -a base de patadas- a dejar esa práctica.

Es durante su vida de adolescente y despertar al amor cuando se comienza a forjar su leyenda. A cada desengaño amoroso, se daba un pequeño navajazo, a rayita por cada calabaza, a modo de muesca contable de sus desamores. Lo hacía con primor y siguiendo un ritual que le haría famoso: Se desmayaba del susto cada vez.

En una de las terribles batallas entre los grandes señores de la guerra de Japón, los Shogun, Akinori buscó un “harakiri externo”, aprovechando un ataque del ejército enemigo de turno, recogiendo, tras un rasguño en el codo, un sonoro fracaso que le apartó de las simpatías del pueblo.

Sin desanimarse, cumplidos los veintinueve años, llegó su momento de gloria. Se sabía enfermo de apendicitis y de piedra en el riñón izquierdo (izquierdo si te pones mirando para él). En presencia de los médicos, y con un espejo, inició el camino al suicidio más elegante del mundo abriendo su estómago para que hurgaran los cirujanos, y cada uno cogiera lo que necesitara.

Vivió el tiempo justo para dejar su obra escrita: Noventa y cuatro años después de recibir el alta.