martes, 21 de octubre de 2008

A SALVO

-Mi niña, ¿qué vas a pedirle a los Reyes Magos?
-Unas alas grandes, grandes.
-Los Reyes no traen esas cosas, cariño, porque son peligrosas.
-Mamá, si yo no voy a volar sola; son para volar contigo.

la ladrona de libros



Ayer terminé de leer, "La ladrona de libros". LLegó hasta mí a través de mi club de lectura. Teníamos que leerlo para luego comentarlo. En un principio me resultó un libro extraño, diferente.
No conseguía engancharme, pero por otro lado había algo que me hacía continuar, buscar esa tabla a la que asirme cual náufrago. Y allí estaba, Liesel, su protagonista que me tomó de la mano y me fue llevando por la ternura, el inconformismo, el arriesgar la propia vida por la vida del otro.
Me ha enseñado el poder de la palabra, de cómo éstas pueden salvar o hundir el mundo. Ella, una niña abandonada por su madre (ésta era comunista y tal vez acabase en un campo de exterminio), que vio morir a su hermano entre la nieve, que roba su primer libro y queda atrapada por él.
Es un libro que recomiendo. Ves el otro lado del cristal. Aquellos que no creyeron en las palabras de un demente.
Y para originalidad, la narradora de la historia es la tan temida y segura MUERTE.
Espero que disfrutéis tanto como yo .

domingo, 19 de octubre de 2008

LAS HIJAS DE ZEUS


Ligeritas de ropa y con flores en el pelo. Así deben imaginarse hasta en invierno y aún llevando abrigo, algunos, a las mujeres que tienen una necesidad de actividad sexual superior a la habitualmente reconocida. Digo que las verán de esta forma, por haberles puesto el nombre en cuestión: ninfómanas. Por cierto, ¿cómo se le llama técnicamente al hombre más activo sexualmente de lo común? ¿Requetemachote? Es que sátiro me resulta demasiado suave.
Cualquier adicción es dañina, porque domina nuestra voluntad, qué duda cabe.
Lo que no es a mi juicio normal es que para preservar la infancia, el cartel de una película, Diario de una ninfómana, se prohíba en la publicidad de los autobuses. Vaya tela con la doble moral que parece no admitir como natural una mínima muestra de sexualidad femenina, unida al placer de un cuerpo en bragas, preciosas por cierto.
Con tantas metralletas como ven los niños a diario, en tanta publicidad detestable. Es desconcertante, a mi modo de ver, esta censura. Pero aclaro que se trata de mi visión particular, donde no he podido dejar de lado el sentimiento machista asolapado que percibo tras estas reacciones.

sábado, 18 de octubre de 2008

SIN CONTAR.

Esta mañana ha muerto un hombre que, según él, sobraba. Se ha suicidado; después de anunciar que lo haría, lo ha hecho.

Llegó temprano y comenzó a contar la historia de su vida.

Resulta que su madre quedó embarazada por un salpicón de semen que se produjo al abofetear una enfermera el pene de un donante en una clínica de fecundación in vitro, cuando ya cerraba el frasquito.

Sin que apenas hubiera nadie para cuidarlo, una vaca que se escapó del establo, porque no cabía, se rompió una pata junto al niño y pudo alimentarse. Y más de una vez, cuando fallaba el cierre automático de los paquetes de galletas, las que no cabían en las cajas iban a sus manos y se mantenía vivo.

En el colegio que lo metieron, los profesores escribían su nombre  a lápiz al final de las listas hechas, mientras protestaban porque sus clases ya estaban completas y ajustadas.

No dijimos nada mientras nos relató el resto de su vida. Pero parecía algo más contento al ver una baraja española de cartas sobre la mesa.

-¿Mus? –preguntó, abriendo los ojos.

-Lo siento, ya somos cuatro, -respondió Andrés que entraba en ese momento, mientras se quitaba el abrigo-. No falta nadie.

El hombre que sobraba se pegó un tiro.

Al ordenar el levantamiento del cadáver, el juez observó que el revólver tenía el cargador completamente lleno.

viernes, 17 de octubre de 2008

LA PLAZA DE LOS PERFUMES


















Llegué a la plaza casi por azar.Aquella mañana de octubre, el cielo me ofrecía su mejor color, sin humos ni miserias. Me reconfortó aquella placa de azulejería en la que podía leerse PLAZA DE LOS PERFUMES.
Cerré los ojos por un momento, aspirando lentamente aquel aire cargado de fragancias, romero, albahaca... Me sentí en paz, poseída por los recuerdos de un ayer lejano, ausente ya. "No he venido hasta aquí para recordar sino para vivir".
Recorrí con la mirada cada uno de los rincones de aquella plaza. Allí el romero. Allá la albahaca. Seguí caminando, dejando tras de mi su recuerdo, su aroma... su amor.
Caminé calle arriba. Al frente, un sol poderoso y altivo lanzaba contra mis ojos una luz vivificadora, intensa, inmensa. Parpadeé. Acomodé mis pasos a mis ojos, y éstos a ese mar blanco que lo invadía todo.
Como antes había alcanzado la plaza, ahora encontré la entrada de aquel pequeño hotel. La puerta era de madera. Ese detalle me atrapó. Siento debilidad por las hojas de madera que te invitan a pasar. El recibidor era pequeño. Un mostrador, también de madera, en un lateral y una dócil escalera al frente. Toda ella de madera. Entré. Me recibió una sonrisa fresca, juvenil, acogedora.
-Buenos días ¿en qué puedo servirle? -me dijo aquella boca sonriente, mostrándome una dentadura perfecta, inmaculada.
-Desearía una habitación -respondí mientras dejaba mi mochila a los piés del paragüero.
-¿Sencilla?
-Sí, por favor.
-¿Para una noche...
Ahora estoy aquí , en esta habitación de hotel, donde todo huele a madera, a bosque, a libertad. Ahora me doy cuenta que no respondí a su pregunta, ¿para una noche? No, para una vida.
Asi se llamará mi nueva novela, la que he comenzado a escribir en este libro en blanco que tengo entre mis manos. Que nació cuando dejé de mirar atrás y solo aspiré el aroma de la PLAZA DE LOS PERFUMES.

jueves, 16 de octubre de 2008

A MI RIO GUADALQUIVIR, Y BETIS

Río que hacia el mar caminas,
tranquilo y majestuoso,
con tus transparentes aguas
entre pinares y chopos.
El olivar a tu paso,
se inclina reverencioso
cuando tus aguas lo besan 
en su discurrir airoso.
En tus orillas dejé
mis recuerdos de chiquilla;
al cruzar tus limpias aguas,
volaba mi fantasía.
Río de grato recuerdo,
en tu paso hacia la mar
vas derrochando elegancia,
con melodioso cantar.
Al pasar por la ribera,
de Córdoba la sultana,
abres tus brazos contento
porque tu caudal se ensancha
y sigues majestuoso
hacia Sevilla y Triana.
Allí te haces adulto,
ya tienes puerto y fragata
y las velitas al viento
navegan sobre tus aguas.
Ay río de mis amores,
Guadalquivir hechicero;
si pudiera, por besarte
me convertía en velero.

Paquita Ortiz Navarrete 15 octubre 2008

DESDE ENTONCES.

Como es fácil de entender, aprovechaba los recorridos en autobús desde mi barrio al centro para cantarle a mi mujer canciones de Emilio el Moro. En general (me gustaban casi todas) le comenzaba con esa que dice “Con dos losas… con dos losas. Me endiñaste con dos losas y al porrazo me rendí. Y por si era poca cosa, me largaste un puñetazo con más fuerza que Urtaín”.  Venía después la que canta “pocos abrigos te podrás comprar, como no dejes letras sin pagar. Y si las pagas todos pensarán, que tu señora tralaralará”.

El trayecto no daba para más. Llegábamos a la Plaza Nueva y nos disponíamos a resolver alguna compra o simplemente a pasear el centro de Sevilla.

Pero aquel día pasó un autobús fuera de servicio y el siguiente se llenó a base de esperas en paradas. De modo que mi mujer pasó antes y yo me rezagué para darle dos picotazos al bonobús y franquear nuestro viaje. El avanzar se hacía difícil, maletas y carros de la compra incluidos, de modo que consideré aceptable quedarnos en la zona media del autobús, aunque nos gusta llegar hasta el fondo, sea con o sin asiento.

La cosa es que pude sentarme a su lado en cuanto, dentro del atasco humano, vi su pantalón negro y su blusa roja. De modo inmediato, dado el tiempo perdido en llegar, entoné en voz baja uno de los grandes éxitos de don Emilio: el que dice que “gitana, tú te verá, lo mismo que una coneja, que no para de criá”, al que siguieron los expuestos al principio.

Me pasará siempre. Por mucho que las haya oído, me hacen reír. Y las celebro con mi mujer, que, paciente, me hace caso. Lo que me sorprendió fue que al levantar la cabeza, ella me saludara desde el fondo del autobús, muerta de risa. Volví a certificar la blusa roja, idéntica a la de mi mujer, y el pantalón negro sin duda, nada de afroamericano, fotocopia del que llevaba mi cónyuge desde que salió de casa. Y al fin volví la cara, a la izquierda, para conocer el rostro de quien había sido objeto de la pequeña serenata. La mujer, de un pelo copiado al de mi esposa, me miró sin pestañear, con una duda palpable entre huir o llamar a urgencias.

Yo no fui capaz de hablar. La mujer de ropa duplicada, al cruzar la mirada con mi mujer, esbozó una sonrisa. Antes de que bajaran los dos escalones para pisar la Plaza, estalló la carcajada. Simultánea. Desbordante.

Desde aquel día, sólo canto mirándole a los ojos. Son inconfundibles. 

martes, 14 de octubre de 2008

HABITACIÓN DE HOTEL

Sentada al borde de la cama de la habitación de hotel todo era nuevo a su alrededor. Las paredes pintadas de blanco grisáceo, la moqueta verde de tacto suave, los muebles austeros de caoba oscuro, la cama… Se había quitado el traje color gabardina que aún conservaba la etiqueta con el precio, y los zapatos de punta redonda, recorridos en las comisuras del empeine por una única arruga fruto de una primera postura. Después, había ido al lavabo, blanco, ordenado, y se había lavado la cara con un jabón de fragancia indefinida. Se sentó en la cama y su piel se sorprendió cuando rozó la tela fría y desconocida. Se echó sobre aquel mar blanco que prometía nuevas ilusiones y respiró el olor a limpio.
Le pareció que habían transcurrido años desde su llegada. Se incorporó, y vio el trozo de papel doblado que descansaba en la mesilla de noche. Lo cogió y lo desdobló. Tenía profundas grietas en los dobleces, las esquinas despuntadas y la tinta parecía vibrar nerviosamente a punto de estallar de un momento a otro. Lo leyó como tantas veces lo había hecho y miró a su alrededor. Entonces se dio cuenta de que aquel trozo arrugado desentonaba con aquella habitación, con sus ropas, con ella misma. Porque todo era nuevo, todo, menos el papel.

En el silencio se oyeron unos nudillos golpear la puerta tímidamente. Se levantó sin soltar el papel y se puso el traje color gabardina a medio abrochar. Tras recomponerse un poco el pelo, abrió. En la penumbra, una chica de uniforme sostenía una carpeta entre sus manos.

-Disculpe señora, pero no tengo anotado si le hemos puesto toallas limpias.
Ella miró a aquella chica de aspecto sonriente.

-No se preocupe, ya he comprobado que las toallas están recién puestas. Muchas gracias.
-De nada, señora –asintió la chica con la cabeza.
-Perdone –le detuvo ella-. ¿Le importaría deshacerse de este papel?

La chica miró la pequeña hoja amarillenta y asintió nuevamente.

-Como quiera, señora.

-Y, por favor -le advirtió-, no lo lea. Su contenido puede destruir a quien lo haga. Conmigo, casi lo consigue.

lunes, 13 de octubre de 2008

REFLEJOS


Recuerdo vagamente la noche de ayer. Mi mente y yo no nos llevamos muy bien de un tiempo a acá.
Intento poner en orden la serie de acontecimientos que me ha traído hasta aquí, y los escribo, y los releo, aunque de momento no consigo sostener una sola idea que no sea tu rostro y todo lo que llega a despertar en mí, hasta el punto de olvidarme del mío; aunque lo siento fusionado, compenetrado y extrañamente idéntico.

Mi mente y yo no nos llevamos muy bien. Sentada en esta cama, las horas pasan a un ritmo tedioso y desesperante. Ojalá no existiesen los espejos. Ojalá tus ojos, tan iguales a los míos, hubiesen sido únicamente tuyos y nada más. Ojalá careciese de memoria que me hiciera ver toda la que estoy perdiendo.

Sólo atino a recordar un gran edificio con ventanas enormes, donde pude llegar a estar varios días; un dolor que hacía estallar mi garganta y una huida vacía hacia muchos lugares, que ha durado veinte años.

Anoche, al encontrarte, se silenció mi ahora, y sólo me quedó la opción de tomar de nuevo un tren con destino a no sé dónde, para seguir huyendo de mí misma, de tus ojos. De mi rostro sombrío y yermo.

Microrrelevo 12

“Y le haré soportar la mirada de los que tanto esperaron su vergüenza”. Aquel joven arqueólogo había logrado descifrar por fin su primer jeroglífico, pero… ¿Qué quería decir exactamente? ¿Por qué la inscripción se hallaba tallada bajo una una especie de figura femenina? Durante tres días seguidos no pudo dormir dándole vueltas a la cabeza. Cuando por fín logró conciliar el sueño despertó rodeado de gente absorta que lo miraba ¡Se había dormido dando su primera conferencia! Fue el principio de su final.