Aparcó enfrente. Quería llegar hasta allí sola, para que ninguna mirada, ningún comentario la distrajera de sus sensaciones.
Al bajar del coche notó cómo el pulso se le aceleraba: ya no estaba allí; como si nunca hubiera existido; únicamente el color de las paredes de lo que hasta ahora había sido la casa, el hogar donde se crió, donde nació Elena, su hermana. Fue en ese cuarto pintado de azul, el de sus padres, donde la oirían llorar por primera vez.
Y ya no quedaba nada; nada del lugar que fuera testigo de los juegos en el patio, de las ilusiones de su adolescencia, de la felicidad que la había anegado con la llegada de su primera carta de amor, de su primera cita, de sus primeros besos…
Ya no quedaba más que un puzzle, una especie de adivinanza en la cual acertar qué trozo de todos los que ahora, cualquiera que pasara podría llegar a ver, perteneció a cada una de las estancias que dieron cobijo a su vida durante treinta años y que siempre le quedarían en la memoria como escenario principal de sus recuerdos.

