sábado, 28 de marzo de 2009

GRANDES BATALLAS DE LA HISTORIA (VIII).

Batalla del Sur de la Manchuria. 1935

 

Los japonésidos venían en cantidad igual a 2 elevado a 17 menos el logaritmo decimal de mil millones, lo cual da un número simpatiquísimo: 131.063 elementos.

Los chinos eran muchos más, pero al venir en fila india sólo se veía al primero y esa fue un gran factor psicológico a su favor, que no valió para nada porque en aquel tiempo se llevaba atacar de perfil, al estilo “cleopátrico”.

Se tiró la moneda y empezaron a pegar los japonésidos, con las dos manos llenas de salsa de soja. Esto irritó sobremanera a los mandos chinos, que dieron la orden de soltar arroz blanco y papas blandas cocidas sobre los enemigos, a los que consiguieron “empapal (absorber)” en dos horas. En lugar de retirarse a reposar el arroz, los japonésidos se fueron a por el segundo: Unos rollos imperiales muy filosóficos pero larguísimos y pesados de soltar. Antes de asentarse su contraofensiva, los chinos soltaron miles de rollitos de primavera con mensajes cortos y claros, fáciles de entregar, a los que sucumbieron los hijos del Sol naciente. Alguno intentó un ataque suicida a base de ensaladas de pescado crudo, pero eran más indigestos de lo que aparentaban.

A la postre, los japonésidos fueron flanqueados por los dos flancos, a base de flanes y más flanes mandarines. Eso los hizo incapaces de reaccionar y se largaron a echar la siesta.

Con la barriga hinchada y el cinturón con dos agujeros más, los representantes del emperador firmaron la rendición ante los chinos. Y un cheque en blanco, por los destrozos del local.

martes, 24 de marzo de 2009

GRANDES BATALLAS DE LA HISTORIA (VII).

Batalla de la misa del gallo.

 

El 24 de diciembre de 2008, fecha sin cicatrizar en muchos de nuestros corazones, se celebró la misa por el eterno descanso del gallo Onofre Malone, vigésimo descendiente en línea directa de la gallería Malone. De hecho, los cuadros de sus antepasados están expuestos en la gallería.

Onofre había despertado a su hora a una generación de granjeros que no tuvo continuidad en sus hijos, unos tipos que se confiaron al despertador mecánico. Si bien al principio convivieron gallo y máquinas, llegó un domingo  en que el animal recibió varios impactos del modelo Arrribahop 234HTD, de acero macizo, al cantar Onofre, imprudentemente, al amanecer del que sería su último día de fiesta.

No hubo dificultades para determinar la causa ni la hora de la muerte.

Y el día de la misa de difuntos, al salir de la iglesia, los bandos defensores de bichos con corbata y grito por un lado y de máquina reloj y radio por otro, se enfrentaron.

Al no haber dónde enchufar los artefactos, los mecanizados se cargaron de pilas cargadas a su vez. En el otro lado, de bolsas de lona emergían gallos de picos y gargantas afilados, con ojos desafiantes llenos de ira.

Antes de la primera escaramuza, rompió a llover como si hubieran abierto los grifos de un quinto piso. En los bolsillos de los poseedores de trastos mecánicos se produjeron chispazos y abandonaron el campo de batalla en desorden. Detrás, picoteándoles las corvas y los glúteos sin ninguna prisa, los gallos dirigidos por Giorgio y Conrado Malone, hijos mayores del finado, volvían de vez en cuando la cabeza para sonreír a sus amos que, sentados y felices bajo el porche de la iglesia, se resguardaban de la lluvia.  

lunes, 23 de marzo de 2009

IDA Y VUELTA.

Le acabo de abofetear y va a dispararme. Paro el tiempo y viajo a diez minutos antes. No ha entrado, cojo su arma y le quito las balas. Si le vuelvo a abofetear ¿será la primera o segunda vez que lo haga? Saca del bolsillo una pistolita como de juguete, y he de volver a parar el tiempo. Retrocedo dos horas, para pensar tranquila. Cojo la pistolita de su mesa, espero la hora del bofetón y se lo zampo. Supongo que la cara reacciona como si nunca antes le hubiera dado el golpe, pero a mí ya me pica la mano. ¿Por qué? Al variar el tiempo según mi punto de observador ¿no cambia para mí? “Ojo”  -me digo- “no sea que esto del viajecito sin respetar fechas me impida hacerme un horario para las comidas”. Tras el tercer bofetón según mis cuentas, él busca bajo el sofá y me apunta con un revólver antiguo de su colección ¡Señor! Harta, pongo el reloj diecisiete años antes. Veo a mi marido desnudo, con ganas de engendrar en nuestra noche de bodas y le suelto un bofetón tremendo, que sí es –para él- el primero. Se vuelve y se duerme. Mi mano arde y me libro de dar en el futuro guantazos que tengo conciencia de haber dado, porque no nace nuestro hijo, incapaz de encajar que venga borracha y le abofetee al abrir la puerta cada noche. Esto se complica. Llega mi marido, que no ha hecho el amor conmigo desde el día en que nos casamos, hace diecisiete años. Vendrá de buscar sexo con cualquier furcia. Esto no es vida. Deberíamos tener un hijo, ahora que todavía somos jóvenes.

Maximas Curiosas

Máximas Curiosas

1º No digas todo lo que sabes
2º No creas todo lo que oyes
3º No hagas todo lo que puedes
4º No gastes todo lo que tienes.
 
Porque el que dice todo lo que sabe.
El que cree todo lo que oye,
El que hace todo lo que puede
Y el que gasta todo lo que tiene.

Muchas veces
Dice lo que no conviene,
Hace lo que no debe,
Juzga lo que no ve
Y gasta lo que no puede.


domingo, 22 de marzo de 2009

La Madeja

Hola amigos/as:
Como sabéis, Loren y yo pertenecemos a un Grupo Literario llamado la Madeja.
Hace ya casi un mes tuvimos un recital en el Perro Andaluz por invitación del Cangrejo Pistolero.
Allí estuvimos todos excepto Álvaro. Ahora nos han llegado los vídeos que se grabaron esa noche y es por eso por lo que podéis vernos recitar y montar el numerito.
Nos tenéis el Youtube con el nombre Noche 74. La madeja.
Espero que lo disfrutéis y, sobre todo, que no dejéis de hacer vuestros comentarios. Así nunca dejaremos de crecer.

Besos y abrazos para todos/as.

CAPÍTULO FINAL.

Mi personaje estaba a punto de ser redondo. La trama de mi novela había conducido al relato a un punto irreversible, claro para cualquier lector. El villano resultaría ser Homónimo J. Skinner, el padre del policía que investigaba el caso. Y el último capítulo, a las once de la noche del domingo, fluía como un río hacia su última catarata.

A las once y cinco minutos recibí una llamada. Era mi hermana. Alguien a quien nunca he podido negar nada.

-Estoy en un apuro. Necesito que vengas.

A las once y veinte me reuní con ella. A las once y veintiuno me encontraba en un cuarto oscuro, frente a una luz que me cegaba, con las manos atadas a una silla. En el silencio de la noche, una voz se dirigió a mí:

-No sé quién te ha podido ir con esa mentira. Pero te aseguro que no he sido yo.

Era la voz de mi personaje. Era Homónimo J. el que me daba información. Y era de primera mano. Comenzaba a acostumbrarme a la luz del local.

-Juraría que en el capítulo sexto te reuniste con la víctima a solas en aquel parque, –le dije.

-En realidad, estamos aquí para que sepas la verdad, -interrumpió mi hermana, de pie junto a la mayoría de los personajes de mi novela–. Se trata de  Parásito J. Skinner, el hermano gemelo de Homónimo. Él la mató, como parecía claro en el capítulo siete, pero la verdad se te difuminó y ahora estás a punto de condenar a un inocente.

Allí mismo redacté el final del capítulo con las modificaciones. Al estar todos presentes, incluso Parásito J., el auténtico culpable, fue todo más fácil.

La novela fue un éxito. Sigo aquí, en el tugurio, a la espera de que alguien venga a liberarme. Mi hermana gemela fue quien presentó el libro y firmó miles de ejemplares. 

EL DERRIBO


Aparcó enfrente. Quería llegar hasta allí sola, para que ninguna mirada, ningún comentario la distrajera de sus sensaciones.

Al bajar del coche notó cómo el pulso se le aceleraba: ya no estaba allí; como si nunca hubiera existido; únicamente el color de las paredes de lo que hasta ahora había sido la casa, el hogar donde se crió, donde nació Elena, su hermana. Fue en ese cuarto pintado de azul, el de sus padres, donde la oirían llorar por primera vez.

Y ya no quedaba nada; nada del lugar que fuera testigo de los juegos en el patio, de las ilusiones de su adolescencia, de la felicidad que la había anegado con la llegada de su primera carta de amor, de su primera cita, de sus primeros besos…

Ya no quedaba más que un puzzle, una especie de adivinanza en la cual acertar qué trozo de todos los que ahora, cualquiera que pasara podría llegar a ver, perteneció a cada una de las estancias que dieron cobijo a su vida durante treinta años y que siempre le quedarían en la memoria como escenario principal de sus recuerdos.

lunes, 16 de marzo de 2009

TRANQUILO, MAESTRO.

-Pero maestro,  hágale u dígale  usté argo ar bicho, que tós tenemos cosas que hasé en casa.

-Ya, ya mismo voy,  Emeterio,  ya mismo se lo pongo claro.

En la Plaza de la Maestranza, primer día de la feria de abril, Chabacanito toma la alternativa y la gente al principio ha comprendido su toreo de calma y sosiego, de parada y pausa, pero son las once de la noche y no queda ni un alma entre el público. Abajo, en la arena, solos están el toro Damocles II y el diestro, aunque es zurdo. Cerca, en la barrera, su fiel subalterno, Emeterio Román, que le ha guiado en su carrera, con su sabiduría y su paciencia, su tenacidad y capacidad para buscarle esta gran corrida, donde iba a dar el gran paso como matador de toros. Iba.

El hombre no se decide y el toro, dormido, se tumba junto a unas tablas confortables. Finalmente, Emeterio y Chabacanito le echan un capote por encima, no sea que coja frío. Salen los dos por la puerta del Príncipe, imposible de cerrar desde hace un mes por culpa de una bisagra sin reparar.

-Tienen que traerla de Madrí, explica el hombre de confianza del torero.

-Ya, ya, me hago a la idea, -responde desde el fondo de su alma el llamado a copar las tertulias taurinas de los próximos diez años, mientras buscan un sitio abierto para cenar.

 

HORAS CONTADAS.

Sala 4. Morgue de París. Un cadáver yace frío sobre la camilla, a la espera de que alguien lo raje. Número 66.214: Mujer blanca, de unos treinta años, pelo negro rizado y uñas largas y esmaltadas. Pesará unos sesenta kilos, es/era alta. Presenta heridas de bala. Una tubería gotea con el ruido de un sonar submarino, nota aguda al final. El bisturí se acerca. A un par de milímetros del corazón sin latir, la hoja se detiene. El forense deja caer el escalpelo, que choca metálicamente contra la losa, acompañando a un grito de desesperación: Ha vuelto a dejarse la ropa dentro de la lavadora. Sabe lo que pasará si su esposa le descubre. Echa a correr como un poseso y antes del final del pasillo su ayudante le grita desde la sala: ¡Piegg, no coggas, sivuplés; es la última de hoy y nos vamos. Hasló pog mí! Pierre se detiene y, apoyado en la pared, hace gestos a su ayudante, que le ve volver despacio a la tarea. Pero por dentro sabe que, después de lo del pantalón sin doblar del martes pasado, es cuestión de horas. Mira el informe sobre la cabeza de la mujer y, tras los datos personales, puede leerse “Disparos a quemarropa. Hallada por sus suegros sin peinar dos veces en un mismo año”. 
“Es lógico”, piensa, “Ella se lo ha buscado”. 

El cuento de "La princesa cautiva"

Y la princesa, harta de esperar un caballero que la rescatase de aquella torre en la que la habían encerrado, decidió poner remedio a su situación.
Había leído muchas historias al respecto, pero ninguna la convencía, así pues, se quitó la corona y con la brillante estrella dorada que tenía al frente, logró forzar una gran caja de herramientas que encontró tras una gran cortina. Semanas estuvo trabajando para construir una escala con el somier de su cama, y las puntillas que iba quitando a todos los muebles.
Cuando estuvo lista, aprovechó la noche para huir mientras el guardián dormía.
Como era muy mañosa, logró arrancar el 4x4 puenteando y así puso kilómetros de por medio.
En su huída, recogió a un stopista del que se enamoró. Pero no se casó porque no quiso y lo puso a trabajar en su cocina mientras ella acababa el máster que había empezado siendo cautiva. Y colorin… Fin