martes, 20 de octubre de 2009

AGILIDAD.

El día catorce de septiembre de 2009, a las doce y media de la mañana, John Mapplestore, cuarenta y ocho años, pelo rizado y negro, tez blanca, unos ochenta kilos, metro setenta, entró rompiendo la puerta del establecimiento de la calle Michigan esquina Melbourne cargado de una escopeta.

-¡Esto es un atraco!, -gritó.

Los presentes no hicieron preguntas. Se deshicieron de sus carteras y billeteras y las pusieron en una bolsa.

Antes de salir sin un centavo del local, sólo Albert Placer, cincuenta años, pelo cano, rostro lleno de viruelas, metro setenta y cinco y ochenta y ocho kilos, fue capaz de hablar mirando hacia el atracador:

-Cuando decíamos que tus precios eran un atraco no lo decíamos en serio, John. Al menos, podrías dejar que nos lleváramos la compra.

-Tienes razón, Al, -respondió John mientras se anudaba el delantal-. Coge las bolsas y repártelas. Yo sólo trataba de que la cola para cobrar fuera más deprisa.

domingo, 18 de octubre de 2009

MONTAÑA IMPRESIONANTE

Subí de la montaña
hasta la cumbre
y contemplando
desde aquella altura
la bella inmensidad
que la rodea,
silenciosa quedé
de asombro muda.
La maravilla
que ante mí tenía,
con palabras
no puedo describirla
hay que tenerla cerca
y admirarla,
llenar el corazón
y los sentidos
de tan alba hermosura,
soberana.
Al descender,
antes de despedirme
quise posar en ella
una nueva mirada
y llena de emoción
sólo le dije:
Yo me inclino ante ti,
Sierra nevada.

TURNOS.

Norma Bowles, la gran dama de la pantalla, se miró al espejo y se convenció de que todavía era capaz de seducir a cualquiera. Se dijo “basta” a la soledad, se maquilló y se fue al cine. A verse de joven.
Thomas Bellenger, ardiente seguidor de Norma, la llamaba todas las semanas, cuando el repartidor de flores le confirmaba haber hecho la entrega del ramo a la diva en propia mano.
Ella no le respondía nunca. Se sentía capaz de encontrar el amor como mujer, no como un mito. Pero tantas flores le hicieron mella.
Thomas tuvo un accidente y ella se enteró por casualidad. Fue a verle al hospital y él se lanzó a hablar en cuanto la enfermera terminó la cura diaria de la herida.
-Lo siento, señorita Bowles, -dijo Thomas-, ya no puedo enamorarme de usted. Ahora sé que ha venido a verme para cuidarme mientras estoy enfermo y quién sabe si para que le cuide yo cuando sea vieja, teniendo en cuenta nuestra diferencia de edad. Hay momentos en la vida en que se nos presenta una oportunidad de amar, ese momento único que no hay que dejar pasar, sin pensarlo, y arrojarse en unos brazos que reman un barco que pasa, como el propio río de la vida por delante…
Norma bajaba por el ascensor más o menos por lo del “momento único” del discurso de Thomas mirando al techo.
Cogió su agenda y se dirigió al domicilio del situado en segundo lugar de su ranking de admiradores incondicionales, un tal Lawrence Ford, economista. No vivía lejos de allí, pero llamó antes para saber si se encontraba bien de salud.

SEGUIMIENTOS.

De todas las camareras, en tantos caterings a los que he tenido que acudir, sólo me interesaba ver los ojos de una. Su altura y la altura a la que llevaba la bandeja en alto, suponían contentarme con su trenza, gruesa, brillante y castaña, que adornaba los canapés que ofrecía.
Antes de ayer, desesperado, soborné a una encargada de la limpieza que puso en su taquilla unos tacones negros, altos pero muy cómodos.
Al ver su trenza más alta, supe que había aceptado el regalo. Me acerqué y, ahora por fin mirándola a sus ojos, la saludé con un brindis:
-Hola, Sagrario, -le dije a mi cuñada.
-Hola, Segis, -me contestó- coge de los de salmón con queso, que están buenísimos.
Con las manos llenas de canapés, dirigí mi vida a descubrir quién sería la mujer del vestido rojo que dejaba ver unos preciosos hoyuelos en los músculos de su espalda. Pero no había prisa, de modo que miré hacia la ventana cuando ella se dio la vuelta. De vuelta en casa, me pegué contra el marco de la puerta del cuarto de baño al ver el vestido rojo tendido en mi cama.
-Ni me has mirado en la cena, cariño, -me dijo Laura cuando terminó de cepillarse los dientes-. Es un vestido nuevo, para darte
una sorpresa.

viernes, 16 de octubre de 2009

ORDEN Y CONCIERTO.

La comitiva fúnebre ascendía lentamente por la suave pero pronunciada ladera, con una magnífica organización en los aspectos técnicos de un grupo que se precie para este menester: Ni todas las mujeres lloraban al mismo tiempo, confundiendo y quitando valor al llanto individual de las plañideras solistas, ni todos los hombres sostenían el ataúd de seguido, sino que, en un orden establecido de antemano, recios brazos se alternaban en la carga. En el punto máximo de sensatez, cuando el lado izquierdo de los porteadores se tambaleó por un resbalón inoportuno, el mismo muerto bajó con agilidad de la caja y, como el primero, se echó la pesada carga al hombro. Antes de llegar a la cima, uno de los mozos, con la misma delicadeza, le relevó y ayudó a ponerse de nuevo en su lugar. En el final del camino, ahora sí, las mujeres lloraban al unísono.

jueves, 15 de octubre de 2009

PATIO DE LA INFANCIA


Patio de mi infancia,
luminoso y blanco,
siempre te recuerdo
como te dejé,
lleno de geranios,
jazmines y albahaca.
Patio de mi infancia
jamás te olvidé.
Por la tapia trepa
una enredadera
con sus campanillas
llenas de color;
en las largas tardes
de la primavera
el bello conjunto
esparce su olor.
Pasaron los años
y no he vuelto a verte,
pero no por eso
de ti me olvidé.
No sé qué daría
por verte de nuevo,
patio de infancia
patio de mi sueño.
Tú fuiste testigo
de todos mis juegos
recuerdos de niña
en ti yo dejé,
ha pasado el tiempo
y aun te recuerdo.
Patio de mi infancia
patio de mis sueños.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Marisma Desecada (Aguafuerte II)

Nació una flor al pie de unas ruinas...
(Mercedes de Velilla)

Urbanista que deslinda urbes.
Que deseca paisajes
para cultivos futuros

que jamás poblarán las grietas,
fosilizadas de sal.

Que vengan las aguas y encaucen
línea abajo esta sed,
que las aves zancudas
te vuelvan a inundar.

lunes, 12 de octubre de 2009

OCASIONES Y MIRADAS

De pronto, sin esperarlo, nos quedamos en casa solos, sin las niñas y sin el abuelo. A las primeras se las llevaron nuestros amigos, para un día entero, y mi hermana vino a por mi padre, para pasar juntos el fin de semana en la sierra (una raya en el agua).

Cuando la puerta se cerró, nos miramos cómplices y nos dijimos: ¡al cine ahora mismo! No íbamos desde hacía tres años. Eran las doce de la mañana y en Internet nos aseguraban que, aunque la película empezaba a las doce, había una sala (la quince) que la proyectaba a las doce y media.
Corrimos como locos para llegar a tiempo, cosa casi imposible, si tenemos en cuenta que habíamos de llegar a la ciudad.

Estábamos en la taquilla a las doce y treinta y cinco; todo un récord. Al comprar las entradas nos dijeron que no, que había empezado a las doce y que no se ofrecía ningún otro horario especial. Nos desinflamos, nos frustramos. En fin, “qué le vamos a hacer. Lo hemos intentado”.

Bajamos al aparcamiento del centro comercial, desértico y oscuro como él sólo. Nos metimos en el coche. Álvaro arrancó. Nos miramos. Nos reímos. Paró el motor de pronto…

Estábamos demasiado guapos ese día, y nuestra cama, demasiado vista.

jueves, 8 de octubre de 2009

POR ESCRITO

Me diagnostiqué con precisión y me lancé a un informe claro. Después de, al menos, rechazar un imperdonable “hemos”, pasé a escribir:

“He perdido el sentido del amor. Habrás observado que no me río con las últimas caricias, ni me parto de risa con esos orgasmos compartidos, los únicos que reconozco oficialmente, ni…”

La vi pasar a la azotea, me levanté y, al abrazarla, no solicité una puesta al día de esos maravillosos calambrazos simultáneos, sino que le pedí que se volviera y me mirara. Lo hizo, y su sonrisa, una vez más, me sorprendió sin preguntar.

Arrugué la hoja escrita y volví a aprender que al que se lo han dado todo en esto del cariño, lo valora mucho más si cree haberlo perdido. ¿Que, además, no era éste el caso? Pues mucho mejor.

EL VIENTO

El viento silba en la noche,
se cuela por las ventanas;
¿de dónde vendrá este viento
que me desvela y alarma?
Igual da que sea levante,
norte, sur, la tramontana,
de donde quiera que venga
siempre temo su llegada.
Es que sopla con tal fuerza,
y con tanto brío pasa,
que va arrastrando con él
todo cuanto al paso alcanza.
Creo que el viento se asemeja
a las pasiones humanas,
arrastran cuanto a su paso se opone,
y no las detiene nada.
Pasan de un lugar a otro
con tan frenética danza
sin concederse reposo
ni descanso para el alma.
El viento silba con fuerza,
pero cuando ya se amansa
veo lo efímero que es,
como la vida, que pasa.
Creemos que no termina
que jamás se nos acaba.
Pero igual que a la hoja seca
la lleva el viento y arrastra,
así volará la vida, como el viento,
en alguna madrugada.