sábado, 24 de octubre de 2009

CARTA DE SANTA POLAINA A LOS TEBETEOS.

Hermanos:

Maldigo todos vuestros páncreas a partir de las diez de la mañana de hoy.

He sabido por la abadesa/madre superiora /jefota del mi convento situado en vuestra villa la que le habéis liado este fin de semana anterior. Dirijo especialmente estas letrillas, con dolor en mi corazón, al soplabollas que tenéis por regidor/alcalde/mandón, que a la vista de los testimonios se quedó pusilánime, quieto y arropado de mantas y prototipos de edredones. Intolerable.

Conocéis de sobras el motivo de mi ardorosa misiva, pero no me importa recordároslo, en titulares, para que no vuelva a repetirse o, por mis callos, que hago una rogatoria y os llueve hasta debajo de las alfombrillas de baño.

Una tuna es una tuna. De acuerdo. Si se le meten ritmillos recién llegados del Caribe, se mueven las pajarillas y, con letras adecuadas, se deja oír. Pero que haya llegado hasta mis oídos que mis ciento once monjas han hecho lectura de maitines al compás de “darle a tu cuerpo alegría, Ana Bolena, que manque sea sin cabeza tú sigue estando güena…”, etc., por ahí no paso.

En vuestras manos lo dejo, a sabiendas de que el concejal de fiestas tomará nota de mi enérgica protesta y ensayará sus carnestolendas en el patio de su casa, que es particular.

Siempre vuestra, Polaina de Menjíbar y Chascarra, directora, fundadora y administradora única (según escritura de constitución) de la Orden de la Metralla.

jueves, 22 de octubre de 2009

Novedades

Amigos y amigas del alma:
Sé que Loren no es muy dado a estas cosas pero como yo también formo parte de esta noticia pues me doy el permiso de informar.

El próximo sábado a las 8 de la tarde, la asociación literaria a la que pertenecemos dará un recital en la Plaza de Santa Isabel o en El Perro Andaluz en caso de lluvia.

Está mal que yo lo diga pero está currado a muerte y está precioso. Mucha poesía pero también mucho dramatismo y muuuuuchas sorpresas.

Me encantaría que estuviérais allí aunque fuera sólo el tiempo de daros un beso.

Mil abrazos.

miércoles, 21 de octubre de 2009

DECISIÓN.

Ayer mismo tomé la decisión. Mi mujer y mi hijo no me acompañarán. Ellos sabrán lo que hacen.

Soy amante de los árboles; desde que nací. Jamás he mutilado una rama. Si acaso, he ayudado a podarlos como hacen los peluqueros de todo el mundo. Pero el que tengo delante me tiene amargado. No para de crecer multiplicando sus tupidas hojas y, al final, ha conseguido taparme las extraordinarias vistas que siempre he tenido del valle y las montañas. Intenté protestar:

-Antes del mediodía no tengo apenas luz, es peor que una nube negra, -dije delante de un buen número de vecinos.

-No talaremos ese árbol por ti. Sal más, muévete y mira desde otro lado tus montañas, -me contestó un viejo, a quien nadie discutió su autoridad moral.

Después de una semana no lo dudé: Me mudé de árbol. Mi mujer y mi hijo, que viven en las ramas más altas, no me acompañarán. Ellos sabrán lo que hacen. Pero, al despedirme,

-Vuelve cuando quieras, Tarzán -me dijo Jane.

PREMIO NOBEL ¿MERECIDO?


No, no me cae mal este señor, me parece honesto y con talante conciliador.
Pero ¿qué ha hecho para merecer el Nobel de la paz?
No ha levantado el embargo a Cuba, no ha eliminado en su "democrático país" la pena de muerte, tampoco ha cerrado Guantánamo, etc. En cambio, se propone instalar bases militares en un país latino americano.
Es posible que el jurado que concede esto premios se lo haya otorgado como inversion de futuro; pueden ocurrir dos cosas, una que tome conciencia de lo que el premio significa en sí y trabaje duro por la paz, y dos, que se le suba a la cabeza, lo endiose y crea que ya ha hecho suficiente y no trabaje en ese sentido (el de la paz). Bueno, el tiempo dirá si hace honor a tan prestigioso galardón y no defrauda.
Podría haberlo rechazado -otros lo hicieron- pero él lo ha aceptado, eso sí, con humildad; esperemos los resultados.

martes, 20 de octubre de 2009

AGILIDAD.

El día catorce de septiembre de 2009, a las doce y media de la mañana, John Mapplestore, cuarenta y ocho años, pelo rizado y negro, tez blanca, unos ochenta kilos, metro setenta, entró rompiendo la puerta del establecimiento de la calle Michigan esquina Melbourne cargado de una escopeta.

-¡Esto es un atraco!, -gritó.

Los presentes no hicieron preguntas. Se deshicieron de sus carteras y billeteras y las pusieron en una bolsa.

Antes de salir sin un centavo del local, sólo Albert Placer, cincuenta años, pelo cano, rostro lleno de viruelas, metro setenta y cinco y ochenta y ocho kilos, fue capaz de hablar mirando hacia el atracador:

-Cuando decíamos que tus precios eran un atraco no lo decíamos en serio, John. Al menos, podrías dejar que nos lleváramos la compra.

-Tienes razón, Al, -respondió John mientras se anudaba el delantal-. Coge las bolsas y repártelas. Yo sólo trataba de que la cola para cobrar fuera más deprisa.

domingo, 18 de octubre de 2009

MONTAÑA IMPRESIONANTE

Subí de la montaña
hasta la cumbre
y contemplando
desde aquella altura
la bella inmensidad
que la rodea,
silenciosa quedé
de asombro muda.
La maravilla
que ante mí tenía,
con palabras
no puedo describirla
hay que tenerla cerca
y admirarla,
llenar el corazón
y los sentidos
de tan alba hermosura,
soberana.
Al descender,
antes de despedirme
quise posar en ella
una nueva mirada
y llena de emoción
sólo le dije:
Yo me inclino ante ti,
Sierra nevada.

TURNOS.

Norma Bowles, la gran dama de la pantalla, se miró al espejo y se convenció de que todavía era capaz de seducir a cualquiera. Se dijo “basta” a la soledad, se maquilló y se fue al cine. A verse de joven.
Thomas Bellenger, ardiente seguidor de Norma, la llamaba todas las semanas, cuando el repartidor de flores le confirmaba haber hecho la entrega del ramo a la diva en propia mano.
Ella no le respondía nunca. Se sentía capaz de encontrar el amor como mujer, no como un mito. Pero tantas flores le hicieron mella.
Thomas tuvo un accidente y ella se enteró por casualidad. Fue a verle al hospital y él se lanzó a hablar en cuanto la enfermera terminó la cura diaria de la herida.
-Lo siento, señorita Bowles, -dijo Thomas-, ya no puedo enamorarme de usted. Ahora sé que ha venido a verme para cuidarme mientras estoy enfermo y quién sabe si para que le cuide yo cuando sea vieja, teniendo en cuenta nuestra diferencia de edad. Hay momentos en la vida en que se nos presenta una oportunidad de amar, ese momento único que no hay que dejar pasar, sin pensarlo, y arrojarse en unos brazos que reman un barco que pasa, como el propio río de la vida por delante…
Norma bajaba por el ascensor más o menos por lo del “momento único” del discurso de Thomas mirando al techo.
Cogió su agenda y se dirigió al domicilio del situado en segundo lugar de su ranking de admiradores incondicionales, un tal Lawrence Ford, economista. No vivía lejos de allí, pero llamó antes para saber si se encontraba bien de salud.

SEGUIMIENTOS.

De todas las camareras, en tantos caterings a los que he tenido que acudir, sólo me interesaba ver los ojos de una. Su altura y la altura a la que llevaba la bandeja en alto, suponían contentarme con su trenza, gruesa, brillante y castaña, que adornaba los canapés que ofrecía.
Antes de ayer, desesperado, soborné a una encargada de la limpieza que puso en su taquilla unos tacones negros, altos pero muy cómodos.
Al ver su trenza más alta, supe que había aceptado el regalo. Me acerqué y, ahora por fin mirándola a sus ojos, la saludé con un brindis:
-Hola, Sagrario, -le dije a mi cuñada.
-Hola, Segis, -me contestó- coge de los de salmón con queso, que están buenísimos.
Con las manos llenas de canapés, dirigí mi vida a descubrir quién sería la mujer del vestido rojo que dejaba ver unos preciosos hoyuelos en los músculos de su espalda. Pero no había prisa, de modo que miré hacia la ventana cuando ella se dio la vuelta. De vuelta en casa, me pegué contra el marco de la puerta del cuarto de baño al ver el vestido rojo tendido en mi cama.
-Ni me has mirado en la cena, cariño, -me dijo Laura cuando terminó de cepillarse los dientes-. Es un vestido nuevo, para darte
una sorpresa.

viernes, 16 de octubre de 2009

ORDEN Y CONCIERTO.

La comitiva fúnebre ascendía lentamente por la suave pero pronunciada ladera, con una magnífica organización en los aspectos técnicos de un grupo que se precie para este menester: Ni todas las mujeres lloraban al mismo tiempo, confundiendo y quitando valor al llanto individual de las plañideras solistas, ni todos los hombres sostenían el ataúd de seguido, sino que, en un orden establecido de antemano, recios brazos se alternaban en la carga. En el punto máximo de sensatez, cuando el lado izquierdo de los porteadores se tambaleó por un resbalón inoportuno, el mismo muerto bajó con agilidad de la caja y, como el primero, se echó la pesada carga al hombro. Antes de llegar a la cima, uno de los mozos, con la misma delicadeza, le relevó y ayudó a ponerse de nuevo en su lugar. En el final del camino, ahora sí, las mujeres lloraban al unísono.

jueves, 15 de octubre de 2009

PATIO DE LA INFANCIA


Patio de mi infancia,
luminoso y blanco,
siempre te recuerdo
como te dejé,
lleno de geranios,
jazmines y albahaca.
Patio de mi infancia
jamás te olvidé.
Por la tapia trepa
una enredadera
con sus campanillas
llenas de color;
en las largas tardes
de la primavera
el bello conjunto
esparce su olor.
Pasaron los años
y no he vuelto a verte,
pero no por eso
de ti me olvidé.
No sé qué daría
por verte de nuevo,
patio de infancia
patio de mi sueño.
Tú fuiste testigo
de todos mis juegos
recuerdos de niña
en ti yo dejé,
ha pasado el tiempo
y aun te recuerdo.
Patio de mi infancia
patio de mis sueños.