Tomo el bolígrafo, que ya daba tiritones de frío por el tiempo que hacía que no lo abrazaban mis dedos (es mi boli de siempre), agradeciéndole los buenos ratos que ambos hemos compartido.
Soy consciente del abandono que ha sufrido por mi parte, pero hoy lo uso para contarle que, sin tener nada especial que contar, cuento con él para contarle que la cuestión es contar. Contar cómo te levantaste, cómo no llueve, con las ganas que tienes de ver, de oír llover. Cómo a tu vecino, el juez del quinto, se le abre la maleta en plena calle, dejando el pijama de Snoopy y el Tuppersex, recién comprado, a la vista de todos; ¡qué putada!
Contar que tienes ganas de contar y no sabes qué, y no sabes cómo. Contar que las ideas se te agolpan en tu cabeza sin acabar de tomar forma. Contar que tu médico te aplaude porque le confiesas que cuando alguien no te contesta a los buenos días, le reivindicas la respuesta diciéndole: “disculpe, pero le he dicho buenos días”.
Contar que no sabes qué hacer con tu poco tiempo libre, de tanto como quisieras hacer, pero que quizá sería conveniente contar más con él, con tu boli digo, que el pobre no se merece un abandono tan prolongado. Contarle además que nadie es perfecto y que ayer tarde, sin poder resistirlo, te compraste un pijama de la abeja Maya. Y sólo eso.