sábado, 19 de diciembre de 2009
COPLILLAS ANTIGUAS
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Paquita
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sábado, diciembre 19, 2009
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Etiquetas: El Plumier revuelto, Paquita
miércoles, 16 de diciembre de 2009
DI.
Di que me traes el agua clara y fresquita,
para beberla a sorbos de tu boquita.
Di que, mientras me besas, la sed me quitas
gracias a que tus labios me dan su agüita.
Di que me das la luz con tus dos ojitos,
para espiar tus sueños asomadito
a tus ventanas verdes, verde oscurito
que hacen que vea y sueñe todo clarito.
Di que tu corazón baila pegado al mío,
con latidos de risa y de desvaríos
y musiquita fresca de agua de río;
de escalofrío, niña, de escalofrío.
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Gabriel
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miércoles, diciembre 16, 2009
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Etiquetas: Gabriel
martes, 15 de diciembre de 2009
A OBAMA
yanyan
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Paquita
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martes, diciembre 15, 2009
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Etiquetas: Paquita
domingo, 13 de diciembre de 2009
Editorial Diciembre 2009.
Navidades y nosotros. O viceversa.
Fiestas, crisis y algún que otro millón de noticias más. Son las reglas del juego, las que no vale cambiar según nos vaya mejor o peor.
Y en esas, Paraleernos culmina su segundo año dando pequeños pasos adelante:
Se han mantenido los reportajes de la intrépida reportera Beli, que manda fotos y sensaciones de los sitios por donde pasa como si siempre hubiera vivido allí.
Se ha echado palante Paquita, además de como poetisa, como rescatadora de los poemas y cancioneros de siempre, y eso, como tenerla a ella, es un lujo.
Ha habido dibujos de Loli que jugaban a las adivinanzas con imágenes bailonas, como las palabras pinceladas.
Se han encontrado otras pinceladas, las de ese humor fino de Isa dentro de la belleza con que se atreve –como pocos- a hablar del amor sin vueltas de hoja.
De lo que han compartido Lorenzo e Irene, nuestros poetas sin miedo, se queda grabado en nuestro blog de aquí a la eternidad.
Del espíritu más crítico en contenidos y congruencias de los escritos, hemos tenido a Inma que, junto a sus cuentos certeros y bien dirigidos, hace los juicios más sensatos y contundentes de los escritos. A ver si aprendemos y se lo agradecemos más.
Y algo más, de mucha importancia, es saber agradecer a quienes nos leen. No sé medir cuántos son, pero sí cuánto nos importan. Hay una Clea duende del bosque que nos levanta la persiana para ver el Sol cada vez que se asoma por el blog. A todos los demás, también muchas gracias y que sigan entrando sin llamar, que lo hagan para leernos, que aquí estamos.
Y, no se me olvide, Feliz Navidad.
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Gabriel
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domingo, diciembre 13, 2009
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Etiquetas: El Editorial
sábado, 12 de diciembre de 2009
CÍRCULOS.
Elena se despidió del pintor, Julián, para ir a recoger a su hijo. Lo hizo en el coche del propio Julián, quien había traído por error el utilitario rojo de su mujer en lugar de su camioneta de trabajo, donde colocó la escalera la noche anterior. De camino a la escuela, al pasar por delante de la casa de Julián, vio cómo la mujer de Julián, Aitana, se despedía de un hombre que, dentro de una camioneta, arrancaba desde el jardín hacia la carretera. Se paró un momento a charlar con Aitana, mientras ésta terminaba de llamar a un servicio de grúas para que recogiera un coche azul estropeado, el de Elena. Mientras, el conductor de la camioneta, se acercaba a la casa de Elena, para controlar la pintura de la fachada.
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Gabriel
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miércoles, 9 de diciembre de 2009
GRANDES BATALLAS DE LA HISTORIA (XXI).
Batalla de maletines del Metro de Brooklyn.
En la mañana del día dos de octubre de 2009, Fred Deville y Gregory Snipes esperaban el mismo tren para ir a trabajar.
Tan cerca estaban, que Gregory se abrochó el cinturón pasándolo por una de las presillas laterales del pantalón de Fred antes de cerrarlo y al abrirse la puerta del vagón fueron empujados hacia dentro como un solo cuerpo.
-¿Siameses, mamaíta querida? –preguntó una niña morena de rostro de manzana y voz aguda y chirriante.
-No sabría decirte, perlita linda de mi corazón, -respondió la mamita querida con una voz aún más chirriante.
Un frenazo para no arrollar a una señora de la limpieza secando a mano unos raíles fue lo que provocó el amasijo de cuerpos sobre la parte delantera del vagón. Los siameses de hecho, en cambio, quedaron a ambos lados de una de las columnas de la plataforma, aunque sus carteras sí salieron disparadas hacia la montaña de carne humana.
Mientras se reanudaba la marcha, fue desmontándose el Himalaya de cuerpos. Una vez redescubierto el suelo, el revisor repartió con orden los diversos artículos esparcidos por el piso, incluida su gorra de autoridad ferroviaria.
El dilema surgió al devolver dos maletines. Los dos se habían abierto a causa del violento parón y el revisor se quedó tan callado como el resto de los viajeros.
Un maletín estaba lleno de ropa interior femenina. El otro contenía, al menos, medio millón de dólares en su interior, en billetes nuevos y grandes.
La máquina comenzaba a ganar velocidad. Los viajeros, redistribuidos de nuevo, impedían que Fred y Gregory pudieran avanzar. Aún no se explicaban por qué parecían pegados y la siguiente era una parada donde entraría mucha gente y habría menos sitio para moverse.
El revisor comprobó que ninguno de los maletines tenía identificación.
Quedaban dos curvas. La velocidad bajó algo después de la primera, pero aceleró en una recta intermedia. Los dos hombres pidieron ayuda y la recibieron de un tipo con exceso de músculos que arrancó la barra vertical que impedía moverse a los de la cintura compartida.
-¿Cómo sé que cada uno cogerá la cartera correcta? –preguntó el revisor.
El tren silbaba hasta romper el tímpano, anunciando su próxima parada: Nada de riesgos con más operarios suicidas de la empresa de mantenimiento de raíles.
Como respuesta, los dos se abalanzaron sobre las maletas.
-La mía es la del dinero, -dijeron Fred y Gregory al mismo tiempo.
Fue la única declaración que esperaban los ocupantes del vagón. Se produjo entonces, sin necesidad de otro frenazo a destiempo, una segunda montaña de cuerpos que concentró al pasaje en la zona delantera del vagón. Esta vez sin excluir a nadie.
Al llegar el tren a la siguiente parada y abrirse las puertas automáticamente, una explosión de viajeros gritando con bragas de múltiples colores en una mano y un fajo de billetes en la otra, se extendió por la estación como un hormiguero.
Por último, descendían los dos hombres con las ropas arrugadas, sin sombrero y con una maleta vacía cada uno.
Mientras cortaban el cinturón umbilical que les había unido, Fred pudo mirar a Gregory por primera vez y lamentar el incidente.
-¿Por qué dijiste que era tuyo el maletín del dinero? –preguntó Fred, derrotado.
-Porque no podía imaginar, si no llega a abrirse, que alguien me hubiera cambiado mi maletín por otro con un puñado de bragas de colores.
Magullados y frustrados, los dos transportadores de fondos para compañías de seguros tendrían que dar muchas explicaciones al llegar a sus respectivas oficinas.
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Para Leernos
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miércoles, diciembre 09, 2009
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martes, 8 de diciembre de 2009
HAIKU
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Isa
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Etiquetas: Poesía
jueves, 3 de diciembre de 2009
PRIMAVERA PERDIDA
Dos horas de vuelo han bastado para poner punto y final a quince años de nuestra vida. Mañana amaneceré a casi dos mil kilómetros de la que nunca volverá a ser nuestra casa; en una cama que no es nuestra cama; y la nuestra ya sólo será tuya.
Vuelvo a tomar el tubo y, mientras coloco la pasta a lo largo del cepillo, recuerdo todos y cada uno de los días en que a esta misma hora, Blanca y Sergio me brindaban (cuesta trabajo hablar en pasado, cuando el pasado fue ayer y se trata de tus hijos) sus cepillitos ya desenfundados. Para sus pequeñas manos es complicado aún lavarse sin ayuda los dientes. Esta noche lo harás tú.
No sé cuántas preguntas te habrás hecho; sé todas las que me hago yo. Y no entiendo, Beatriz, cómo a ti y a mí nos llego a pasar esto; cómo, a lo largo de los años, tú has ido siendo cada vez más tú; yo, cada vez más yo, y cómo el nosotros se nos perdió por el camino. Por un camino que juntos iniciamos, abundante de proyectos fértiles. Un camino cálido, excitante, como cada uno de nuestros encuentros.
Sergio y Blanca se irán hoy a la cama con mi beso de esta mañana, que no fue un beso de buenas noches, sino de despedida.
Tú darás todos los besos que yo les daría, pero los míos se quedarán aquí, en mí, y en este piso oscuro y frío al que tendré que acostumbrarme.
Pintaré las paredes de blanco; las acuarelas que me han regalado los niños destacarán mucho más así. He sacado de una de las maletas una carpeta llena de figuritas de cartulina.
Mañana iré a comprar un corcho grande y colocaré todas nuestras fotos; esas que ya nunca nos haremos, porque hemos dejado de ser nosotros definitivamente, y ahora nos queda ser vosotros y yo; o nosotros y tú.
Es cruel no poder verles a diario. ¡Como si no fuese ya suficiente el no tenerte!
Hay algo que me alivia y es saber que a los niños los mantendremos al margen de todo esto, porque los dos nos hemos encargado de que así sea, y porque hemos podido maquillarles los moratones de una realidad que nos golpeará, sobre todo a nosotros, en nuestras horas más oscuras.
Esta noche marcaré un número de teléfono que no será nunca ya mío, y les contaré a los niños cómo ha sido el viaje, cómo es esta ciudad a la que he llegado y a la que ellos en un mes vendrán. Les daré mi tiempo y mi vida de la única forma que puedo. Y cuando cuelgue, imaginaré sus ropitas en la silla, ordenadas y dispuestas para la mañana siguiente; sus cuentos en la mesita; los mil besos que en estos días, más que nunca, sé que les darás y guardaré los que yo no puedo darles; ni a ellos, ni a ti.
Y cuando vengan, esta casa se inundará con los colores de una primavera en la que faltará tu alegría; en la que estarás sin estar, en los ojos de Blanca, en la boca de Sergio y en todas y cada una de mis largas noches.
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Isa
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jueves, diciembre 03, 2009
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Etiquetas: Isa
martes, 1 de diciembre de 2009
Cuando me llegó el encargo del alcalde, creí que todo era una broma macabra de mi amigo Santi. Él sabía de mi pasión por los cementerios y de mi viajera costumbre de visitar los camposantos de allí a donde fuere. Pero no, no se trataba de ninguna broma y mi amigo Santi no tenía ni idea del tema.
Concerté una cita en el ayuntamiento y cuando entré, el señor Santiesteban me esperaba impaciente. Su rostro cetrino, su continuado y rítmico girarse el anillo y el vaivén de sus piernas no dejaban lugar a dudas sobre su estado.
-Gracias a Dios que ha llegado, señor Sempere. Ya creí que no aceptaría nuestro ofrecimiento -me dijo mientras intentaba dibujar lo que me pareció una mueca sin más, muy lejos de su intención de ofrecerme la mejor de sus sonrisas.
-Pues aquí me tiene -contesté mientras extendía mi mano para saludarle- ¿en qué puedo ayudarles?
-No sé si habrá leído el periódico en estos últimos días, más concretamente el del viernes 13 de abril.
-Pues no -respondí mientras tomaba asiento en el sofá que había en el rincón del despacho del alcalde.
-Bueno, no me entretendré más. Iré al grano, aunque más bien debería decir… -hizo una pequeña pausa en su discurso para tomar unos sorbos de agua-. Disculpe, el tema es cuanto menos doloroso para mí, bueno, para todos en el pueblo. No sé si sabrá que este pueblo no tiene más que unos seiscientos habitantes. Aproximadamente-. Todos casi familia. Y cuando ocurrió aquello…
-¿A qué se refiere concretamente -le inquirí.
-Bueno, hace unas semanas -prosiguió- todas las lápidas del pueblo, mejor dicho, del cementerio del pueblo, aparecieron sin nada -inspiró profundamente y se deshizo el nudo de la corbata-. Discúlpeme.
-¿Cómo sin nada? -pregunté.
-Borradas, Limpias, como si tras ellas no hubiese restos a los que presentar o mostrar. ¿Me entiende? -dijo buscando mi aprobación con su mirada inquisitiva.
-No del todo -contesté.
-Señor Sampere, que alguien se dedicó a borrar las inscripciones que tenían.
Me recosté sobre mi asiento. No daba crédito a lo que aquel hombre me contaba. ¿Quién podía “limpiar“ las lápidas?¿Y por qué? ¿Y para qué? Ahora entendía la palidez del alcalde, su inquietud… su miedo.
Escuché atentamente su relato, al terminar me miró y me dijo: “Necesitamos de su ayuda. Ayúdenos a descubrir al sinvergüenza que ha hecho esto".
Permanecí en silencio unos minutos. Terminé el café que amablemente me había ofrecido y me ofrecí para resolver aquel misterio.
Durante unas semanas paseé por aquel pueblo pequeño rodeado de encinas. Tomé notas. Hice algunas fotos. Hablé con los vecinos, y nada: nadie podía imaginar o sospechar quién podría haberlo hecho y, sobre todo, ignoraban el porqué.
Cuando casi estaba a punto de darme por vencido, me encontré con Andrés. Era un hombrecillo menudo, de pelo blanco y que yo imaginé de andar pausado. Le encontré sentado en uno de los recodos del río. Jugueteaba con una vara de avellana, dibujando formas en el agua. Al acercarme, levantó la cabeza y me miró unos segundos. No dijo nada, volvió de nuevo su mirada hacia el agua y continuó jugando con ella.
-Buenas tardes, ¿le molesta si me siento junto a usted? -pregunté amablemente.
-No, ¿por qué iba a molestarme? Parece usted una buena persona. Siéntese a contemplar el río, ¿a que es hermoso? -dijo sin separar la vista del extremo de su vara.
No sé cuanto tiempo estuvimos allí sentados, en silencio, él jugando con su vara de avellano y yo contemplándolo a él.
-No hay ningún misterio Saúl -me dijo.
-¿Cómo sabe usted mi nombre?
-Era mi oficio, inscribir a todos los del pueblo. Sabía sus nombres, su fecha de nacimiento, cuándo se casaron… Y la respuesta que busca es fácil: no hay nombres porque no hay nada que nombrar.
-¿Cómo?
-Que todos mis vecinos, mis paisanos, mis amigos, se han ido… allí ya no queda nada. Todos han vuelto a donde siempre debieron estar, de dónde nunca debieron salir.
-No le entiendo.
-Que abandonaron aquellos huecos tan fríos y sombríos.
-¿Y a dónde fueron?
-Cada uno buscó cobijo en los corazones de quienes les quisieron. Allí, allí es donde están. Y allí no necesitan nombres, ni fechas, ni nada.
Miré el agua del río. Atardecía y las luces malvas de la noche fueron ocupando su lugar. Cuando quise darme cuenta, era de noche y estaba solo. Andrés no estaba.
A la mañana siguiente, cuando le conté lo sucedido al señor Santiesteban, éste se quedó petrificado. No parpadeaba, sólo al final dijo:” Ese era el señor Andrés, el secretario del pueblo. Murió hace años. Reuniré a los concejales y haré un pleno extraordinario”.
Se reunieron a media mañana, y hablaron y hablaron sobre lo que sucedió y lo que harían ahora con el cementerio.
Yo me fui. Cedí mis honorarios porque al fin y al cabo yo no había resuelto nada.
Hace unos días leí en el periódico que habían convertido el cementerio en un jardín donde al atardecer se reunían a conversar. Todos hablaban de sus seres queridos. Todos hablaban. Todos hablaban, sobre todo los muertos.
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Peneka
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martes, diciembre 01, 2009
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Etiquetas: BELI
lunes, 30 de noviembre de 2009
EXPOSICIÓN DE PINTURA.
En la sala “Pillastre” se realiza exposición de cuadros del conocido artista Joselu Cecita, de Chiclana, presentando obras con los siguientes títulos y características:
Cuadro número 1: El Trote. Dos figuras en chándal se abofetean en la sala de espera de un hospital. El tono pálido sugiere que son hermanos, que iban a dar una carrerita antes de una barbacoa, y que ambos se han olvidado de renovar la bombona de oxígeno del padre, octogenario. Composición, clásica. El marco, incomparable. De feo.
Cuadro número 2: La Pampa. Una única, enorme, burbuja de jabón sobre un niño bastante mocoso. Sugiere la libertad, la capacidad pulmonar de un niño pequeño y un error en el título. Debe llamarse la Pompa, porque además el niño no es argentino, sino de San Fernando; lo delata un pantalón comprado en el Carrefour de allí, en oferta. La composición, novedosa, establece un ángulo de visión como si miraras por una cerradura. El marco, pringoso, porque alguien ha quitado el letrero de “recién pintado” demasiado pronto.
Cuadro número 3: El Origen. De un fondo negro total sale un punto blanco. Lo bueno que tiene es que sale cada cinco o diez minutos, sorprendiendo alegremente al que mira el cuadro. El marco, alemán, muy sólido a pesar del euro.
Cuadro número 4: El Triste. Un señor de mediana edad, vestido de tenista mediocre, duda ante la entrada de una cafetería. El contraste de colores sugiere que lleva así más de veinte minutos y que se ha citado con una lagartona, con la excusa de las clases de tenis. La visión en un segundo plano de un motorista de correos introduce la idea de desazón del sujeto. El marco se ha caído, mal pegado.
Cuadro número 5: La Nube. Una hembra de armas tomar -vestida con un ceñido tutú rojo- se refugia bajo un paraguas minúsculo. Acude un hombre joven, en actitud caballerosa, ofreciéndole un paraguas que podría cubrir un estadio. La posición de las figuras indica que un equipo está haciendo fotos a la muchacha -modelo- y que el hombre estorba la sesión. Queda esto último bien patente en el rostro del hombre, que está encogido, como quien por fin ha recibido en los profiteroles la patada que los fotógrafos soñaban con darle. El marco, sobrio, como debe ser para compensar tanto chufleteo.
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Gabriel
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lunes, noviembre 30, 2009
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Etiquetas: Gabriel