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Peneka
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domingo, enero 24, 2010
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quenosleen
Etiquetas: El Plumier revuelto
Cauto por verte venir,
me escondí tras las palmeras
al no saber bendecir
el baile de tus caderas.
Ni me lancé a sonreírte,
ni le pedí que saliera
al corazón a rendirte
para que al mirar me vieras.
Tuve que verte parar
con otros que te decían
los versos que me pedían
para podértelos dar.
Y yo al verte me moría.
Eran canciones de amadas
que a los amados consumen;
versos de mis madrugadas,
después de noches bañadas
del sueño de tu perfume.
Pero una rima sutil
hizo que se removiera
algo que yo te dijera
en algún juego infantil.
Y tu risa dijo loca
-Basta, Cyrano sal fuera
y recita de tu boca
lo que escribes para mí.
-Tu risa de hada redime
mi fealdad de la tristeza
y da a mis versos nobleza.
Pero cómo saco, dime,
el rubor de mi cabeza.
-No quiero seguir perdida,
amigo mío y amado;
ni soy hada ni mi vida
es vida sin ti a mi lado.
Entonces, con el cariz
de los acontecimientos
y de tu mirada clara,
de las sombras al momento
apareció mi nariz
y a continuación mi cara.
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Gabriel
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jueves, enero 21, 2010
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Peneka
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miércoles, enero 20, 2010
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Etiquetas: El Plumier revuelto
Vuelve aquí,
por favor,
donde vale la pena morir.
Por un sueño,
de esos que te permiten vivir.
Sal de ahí,
de ese cielo aburrido y grotesco
que te impide que apuestes por mí.
Esa gloria tan triste y sin fin,
donde no quepo ni quiero ir;
pero si hiciera falta mentir
por traerte de nuevo hasta aquí,
renegando del diablo,
mira bien lo que hablo,
volvería a rezar para ti.
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Gabriel
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martes, enero 19, 2010
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martes, enero 19, 2010
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viernes, enero 15, 2010
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Etiquetas: El Plumier revuelto
El príncipe Az Hulón, de Aresistania, quería a la princesa Rosa Isaura para compartir su reino, y ella lo mismo, pero en su reino natal, Pensilboina.
El muchacho organizó un fiestón con baile y bocadillos y se sentó a esperar en el trono de sus padres, que querían que causase la mejor impresión a la princesa.
La muchacha hizo lo propio en los jardines del palacio Real, entre miles de globos de colores y jóvenes damiselas que soñaban con verla cogida de la mano del príncipe.
Treinta años más tarde, se celebraron las bodas de plata de las constituciones de las repúblicas de Aresistania y Pensilboina. Entre las credenciales intercambiadas por el cuerpo diplomático, se encontraron dos preciosas y ajadas invitaciones a las antiguas residencias reales escritas a mano.
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jueves, enero 14, 2010
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miércoles, enero 13, 2010
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-Ding, dong, última llamada para los pasajeros a Bruselas, puerta diez. De las tres que están abiertas, la puerta diez.
Quien graznaba por el altavoz era mi tía Ufrasia, que sacó el número dos en las oposiciones de 1.949, un año antes de que construyeran el aeropuerto.
Delante de la puerta nueve tropecé con un notario de Salamanca y se me abrió la maleta; y me quise morir en directo. A mí, que si me tuercen un folio araño con tenedores la parte de dentro de los párpados. Como pude, dicté al notario el orden de la ropa blanca y seguí mi camino.
-Ding y dong, repito, ding y dong. Última llamada de verdad a los pasajeros a Bruselas. Puerta diez. Que no digan después que no hemos avisado.
Recogidos mis pañuelos y vueltos a doblar, me fui hacia la diez, que me quedaba enfrente. Y un señor que pilotaba un carrito de golf, empujado por otro en otro carrito igual pero con gasolina, se me puso delante. Como mejor pude, pasé por encima de ambos, tirando primero la maleta bien cerrada, luego el maletín y finalmente mi persona, dejando como único efecto colateral el haber pisado los reverendos del que iba primero. Ninguno de los dos iba a volar, pero dijeron que les gustaba ver salir los aviones y allí estaban, siempre por medio, por si podían ayudar en algo.
Antes de dirigirme al tubo claustrofóbico que lleva al embarque definitivo, me cachearon de nuevo y yo, qué le voy a hacer, me pongo la mar de débil si me meten las manos por dentro de la camiseta. El guardia decía que era para buscar objetos peligrosos y encontró mi medalla de la Virgen de la Caspa tallada en carey. Pero con la risa nerviosa se me cayeron los lápices.
-Ding y ya no digo ni dong. Que cerramos la puerta del avión y aquí ya no entra ni la madre del piloto. Ahí sus quedáis.
Ordené como pude por colores mi caja de ciento veinticinco lápices y, cuando la azafata cerraba la puerta, en un salto de pantera me metí en el avión hasta caer en mi asiento, todavía con la cosa de la cosquilla revoloteándome por dentro. Al ratito, la azafata se pudo quitar de debajo y volvió a sus quehaceres.
-¡Uyyychss, chiquillo pordió!, -gritó entre dientes mi tía Ufrasia, que me controlaba por pantalla-. No sé cómo no tas partío un muslo, -dijo para todo el aeropuerto, pero dirigiéndose a mí.
Sentado y con el cinturón desabrochado del cuello, me dediqué a revisar los encargos: servilletas, sellos de goma y pantalones de chandall que llevaba para los belgas. Y, al secarme el sudor con el pañuelo número veinticuatro, se me heló la sangre: Había perdido mi peluquín en la terminal. Vi cerrarse la puerta y me encogí como un globo pinchado.
Al encarar el avión su pista según le indicaba Ufrasia al comandante, desde el suelo los tipos de los carritos levantaban mi bisoñé rubio platino como lo harían los pieles rojas. Los dos acompañaban el enarbolado del postizo con un par de cortes de mangas. Hice como que giraba un volante hacia donde se encontraban y ambos salieron corriendo a meterse en un camión de equipajes para salir pitando de la pista. Aquello me animó bastante y, ni corto ni perezoso, di la orden de despegar, como hago siempre que vuelo. Después, mi tía Ufrasia lo transmite a los pilotos.
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martes, enero 12, 2010
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inma
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sábado, enero 09, 2010
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