Se trata de buscar.
Se buscan historias, pequeñas, escondidas, arrumbadas en armaritos, recogidas en esquinitas de cajones. Suelen juntarse con pañolitos que de la caja de regalo pasaron a suavizar tablas de ropa, a proteger calcetines o a intimar con las braguitas más tímidas, por lo poco que ocultan.
Se buscan miradas, a ese sofá que tuvo en su día brincando a niños que hoy nos ayudan a levantarnos de él, añadiendo eslabones a la cadena del cariño.
Se buscan guiños que a su vez se solapan con otros guiños que les combaten, unos de amigos, otros de cómplices, muchos de amantes. Y quizá todos los guiños hechos y contestados en la misma fiesta. El mismo baile. A saber.
Hay que jugar con las palabras, ellas no se cansan.
Ingrato y olvidadizo de mí pido perdón por no haber apuntado su nombre. Os digo lo mismo que dijo alguien sobre escribir:
Pero hay una minoría que se distingue por usar el lenguaje de forma diferente, sorpresiva, inédita: los escritores. Los escritores llevan el lenguaje a sus extremos, lo fuerzan para hacerle transmitir contenidos que antes no había podido decir, lo moldean para adaptarlo a nuevas ideas. Claro que los escritores tienen, además, otras especialidades: deben plantear historias con cierto encanto, cierto ritmo, cierta profundidad. Pero su especialidad es el manejo hábil, y muchas veces audaz, del lenguaje.
Nos invito a seguir soñando. Y nos invito a un volcán de ideas para llevar el sueño a la práctica: Trátase de volcar dicho volcán de vocales y consonantes en una o dos semanas. Nos invito a todos, sin excepción. Que a partir de este editorial se plasmen ideas, numeradas del uno al infinito, con la siguiente finalidad: Cada uno coge el número que le viene bien, no importa si compartido, y devuelve un relato de menos de veinte renglones al blog. Sin más,
Buen febrero.



