lunes, 12 de julio de 2010

EL MONSTRUO

Aquel inmenso monstruo advirtió mi presencia. Me quedé petrificada cuando le miré a los ojos y noté que se estaba transformando. Sus pelos parecían amenazantes pinchos, la cara se encendió como una enorme bola de fuego y una especie de líquido transparente empezó a brotar de la parte superior de la cabeza.
Era una visión aterradora que me llenó de pánico al escuchar el latido desacompasado que salía de su interior. Logré reaccionar cuando profirió un estridente alarido. Me tropecé desorientada con un artilugio lleno de unos pelos muy duros y tiesos que olían a menta y conseguí guarecerme tras unos enormes cilindros de metal. Mientras, el monstruo agitaba uno de sus brazos con un arma mortífera que apretaba espasmódicamente con uno de sus dedos. De pronto, se hizo la oscuridad. Estaba atrapada, segura de que no saldría viva de allí. Pero uno cosa tenía clara, antes de que acabaran conmigo impregnaría con todos los fluidos de mi cuerpo cada uno de los rincones de mi improvisada mazmorra. Para que no se olviden de mí.

(gracias a Inma por inspirarme)


viernes, 9 de julio de 2010

GRANDES BATALLAS DE LA HISTORIA (XXVI).

Batalla de las rebajas de enero.

Bajo el título “Estampida y estampadas”, salí ganador del concurso de fotografía mural urbana de ayer día uno de julio de 2010. Explico el contexto de la obra.

La concibo como telón de fondo y visión global de una preimagen mental (yo me entiendo); la foto es en sí un universo de pelucas pegajosas que, paulatinamente, según la vista se acerca al centro de la imagen, va dejando ver pedazos de frentes y pómulos junto a –para terminar– los morros que, en plena maldición, se proyectan pegadas al grueso cristal de la puerta a punto de abrirse… ¡pero aún no abierta!

Vigilaba mi primo el guarda jurado que, terminado el bocadillo, me dio su parecer en relación al ángulo, luz y perspectiva para la instantánea. Según él, la visión de meleé de rugby de esta montaña de compradoras, donde sólo el azar decide quien es aplastada y quien no, daba una gran sensación de plasticidad. Yo le dije que me dejara en paz, que bastante tenía con intentar mandar la foto por Internet antes de que acabara el concurso.

Pedí un par de minutos extra para la apertura del comercio, debo confesarlo, pues los mofletes de personas muy bien maquilladas decoraban el gran mural de forma explosiva y expansiva, es decir, coloretes de uso privativo se acababan compartiendo con toda la que se dejaba aplastar en el vidrio por las jóvenes promesas recién llegadas que empujaban con todo el alma. Y los codos.

Una vez estudiados los detalles y conforme, disparé mi cámara y decidí quedarme a ver el desarrollo de la jornada en un día tan especial. Sentado en una cómoda viga colgante, me dispuse a observar.

Mi primo, a una distancia de doce metros y medio, accionó el botón de apertura y de modo inmediato se separaron dos inmensas hojas de cristal macizo que, a modo de faja de sesentón cervecero, desató el alud.

-¡Yostoi asquí desdante lascuatricuarto, cagüenlosmoños! ¡ahhh, aaaaahh!, -decía una señora delgadísima, cuyo objetivo principal era completar los ajuares de sus tres niños, que se le casaban en agosto.

Las cuatro señoras que le pasaron por encima lo hicieron con una sonrisa y deseándole muchas felicidades a los muchachos.

Una congregación de seglares llamada Flores En Tu Corazón irrumpía por la derecha del pasillo central, consiguiendo un hueco hacia la zona de útiles para la cocina. Buscaban ollas grandes y cacerolas inmensas, pues venía una delegación del Perú para un congreso, y la delegación masticaba hasta delante del micrófono, en el desarrollo de su ponencia.

El aluvión más significativo fue, sin duda, el perpetrado por la asociación de amas de casa Tus lanas y sus goles, que, tras reservar unos videos de Maradona y unos cojines de sofás, se lanzó a la lencería, la sección que anunciaba los mayores descuentos. Allí, un sujetador de la talla 120 demostró cómo, tirando entre ocho manos por distintas costuras, puede valer fácilmente para una poseedora de la talla 140. De hecho, una tal Morgencia Valladares recogió la prenda, la pagó y se fue a ponérsela en un probador. Una ganga.

Los pasillos iban depurando la marabunta, según el cansancio y el sofoco seleccionaban a las más fuertes.

Armadas de varias docenas de prendas luchadas, y algunas con el peinado original, avanzaban hacia el puesto central y circular de las cajas, donde diez empleados vaciaban cilindros de monedas para el cambio y quitaban las telarañas a las máquinas de pagar con tarjeta.

Y llegaron.

Y fue el rechinar de horquillas, rotura de tacones y despegue de botones, y gafas pisadas y dedos en los ojos como nunca se pudo ver en Almacenes Ramírez Pujol. Y un griterío que recordó al afinamiento de las Trompetas del Valle de Josafat con coro de niños de San Ildefonso sin micrófono.

Y, en un descuido, me caí de la viga para llegar en volandas al mostrador, sin deterioro físico al aterrizar sobre moños en permanente, aún turgentes según pude comprobar.

Ya finalmente preguntado por una cajera que qué y no saber qué decir lo que quería, me quité mi viejo sombrero y se lo pagué con Visa.

Sobre la misma alfombra de pelos con laca fui deslizado hasta que, llegado a la puerta de la sección de Informática Moderna, pude enviar por Internet mi foto para el concurso.

El primer premio, por cierto, era un sombrero, así que volví por la tarde a los almacenes, devolví el mío viejo y recuperé la pasta.

Desconcierto

Y allí estábamos él y yo a solas mirándonos fijamente a los ojos. Se me erizó la piel. Pude notar cómo se me aceleraba el corazón de repente y como me subía un extraño calor desde dentro del estómago para convertirse luego en sudor frío en mi frente. Nos volvimos a mirar.
Paralizada de angustia grité histéricamente y el asqueroso bicho salió corriendo para otro lado. ¡Dios, se ha metido entre los cepillos de dientes! ¡Y estoy sola! Torpemente busco el spray milagroso que no quiere responder ante mi desatinada maniobra. Con un golpe de valor infinito cerré el estante del baño dejando aquella cucaracha asquerosa y patilarga dentro del mueble confiando que pronto llegara a casa la artillería pesada.

martes, 6 de julio de 2010

Encuentro

Me entreabriste la puerta de tu alma
me asomé a ella con pasos quedos
vislumbré un volcán medio dormido
que avivó mi ser sin pretenderlo.
Quise entornar la puerta
y una llamarada quedó prendida de mis dedos
abrasándome con fuerza las entrañas
calcinando mi pecho al descubierto.
¿Cómo pude olvidarme la armadura
sabiendo que el dios Eros anda suelto?
Turbada sigo mi camino
soñando con volverte a ver de nuevo.

lunes, 5 de julio de 2010

¡QUÉ SORPRESA DE IMAGEN!


¿Quién habrá colgado esa preciosa foto a la derecha? Creo que voy a adivinarlo: ha sido Beli, y eso es el caño la culata en Huelva. Es que una servidora se bañaba recien nacida, y antes, en esas aguas. ¡Qué gustazo de imagen! Gracias por compartirla con nosotros (anda que como no seas tú, vaya chasco, jajajá...)

domingo, 4 de julio de 2010

REVISIÓN.

El niño dijo que no. El padre tomó las gachas. La madre dijo que no. El niño tomó la copa. La suegra dijo que no. El perro tomó la sopa. El padre dijo que no. La esposa se tomó el pienso. El perro ladró que no. La suegra tomó el filete. La niña dijo que no y el suegro cogió el chupete.

Ocurrió más de una vez, que todos se equivocaron. Pero al volver con sus gafas, nuevecitas que compraron, cada uno acabó viviendo en un barrio muy lejano, pues no supieron de quién se cogieron de la mano.

REDESENCUENTROS.

Deborah Johnson encontró al hombre de su vida en la universidad, se casó con él cuando ambos terminaron los estudios y trabajaron juntos como socios colaboradores de la empresa del padre de su marido.

La noche en que se miraron por primera vez a los ojos desde que se casaron, hicieron las maletas y cada uno volvió a la casa de los padres. No se conocían, era como si nunca se hubieran visto.

El cardenal Vittorio Masanti y la abadesa de la congregación Silencio Cristiano, Carmela Dorani, coincidieron al salir del Vaticano el día en que fueron excomulgados. Al salir del hotel donde durmieron juntos, dejaron sus antiguas ropas tiradas por el suelo y se fueron a vivir al extranjero, a una casa llena de espejos para jugar con sus remordimientos.

El hotel Dante de Roma clasificó esa habitación de prohibida por orden expresa de Su Santidad.

Deborah Johnson y su ex marido coincidieron en una recepción en la Santa Sede y, al mirarse de nuevo a los ojos, se ausentaron a la menor oportunidad y corrieron juntos a encerrase en la única habitación de hotel libre que quedaba en Roma, que pagaron a precio de oro. Durante una noche jugaron a perdonarse vestidos con unos extraños ropajes que alguna pareja había dejado tirados por el suelo.

REUNIÓN.

-Nadies pariese contenta de obsequiass, altezza, -dijo Igor en su mejor transilvano.

El conde se levantó y un criado turco, empalado en una sombrilla de playa, acercó el presente a su amo, que cortó las cuerdas del paquete con una sola uña afilada como un puñal.

En silencio, leyó el prospecto que sacó de la pequeña cajita: “Hemostop, el remedio contra cualquier derramamiento de sangre. Composición: Taponato atóxico de algodonia. Consérvese en frío. Dosificación: Tres veces a la noche, en mordiscos.

La primera risita, cuyo eco rebotó por las enormes bóvedas del castillo, la soltó el Hombre Invisible. A él también le dolió un espejo como regalo. Se unió el Hombre Lobo, en una franca y abierta carcajada, hasta el punto de dejar caer varias de las tabletas de turrón que recibió. La Momia se levantó y lanzó al aire cientos de rollos de papel higiénico, que se abrieron como serpentinas, tras lo cual Frankenstein desenvolvió varias docenas de las cremalleras que encontró en su caja y las aplicó con maña a las costuras abiertas más llamativas de las que había provocado su estruendosa risa.

En copas de oro, poco valoradas por su originalidad, brindaron algo más contentos los cinco amigos de toda la vida y más de una muerte.

miércoles, 30 de junio de 2010

TODO LATE, TODO FLUYE

Una tarde cualquiera; es igual. Todo fluye ante mis ojos a un ritmo que me invita a acoplarme, a incorporarme a la vida de la calle y disfrutarla. La gente que camina, las bicicletas, los peatones con su vaivén por las aceras. Una tarde cualquiera; es igual. Los vendedores deseosos de público, los escaparates, rebosantes de detalles alrededor de cada artículo. Todo fluye, todo sigue. Únicamente se para mi pensamiento en el mismo lugar, en las mismas escenas, en el mismo tiempo de mi memoria.

Avanzo al paso de la mayoría, queriendo dar vida a mi sueño que late al ritmo de mis pulsaciones. A mi sueño, que aún dormido, sueña con despertar del letargo de veinte años de inconsciencia.

En esta tarde viva, donde todo late, donde todo fluye, tomo de la mano a la joven que fui, y la coloco a mi lado, atendiendo a cada detalle que me llega de sí; intentando recopilar toda diferencia entre ella y yo; todo lo que ya no hay y todo lo que aún queda. Lo que deseó y lo que desea. Y a la vez, gentes van y vienen, abrigadas, en soledad, en compañía, aceleradas, embelesadas con el encanto de una ciudad que te hace sentir viva sin concesiones. Incluso aún llevando a cuestas un lastre cadavérico y terrible, incluso así, el ritmo de la vida se impone y el lastre acaba abandonado en una calle cualquiera, aunque vuelva a dar contigo y colgarse de tu cuello cuando la soledad tome presencia.

Voy buscando una escena de entre las que me rodean, que me sirva para representar mi sueño vivo. Puede valer la sonrisa de una madre que aúpa a su pequeño y le señala a una cigüeña que los sobrevuela lentamente. Puede ser el gesto de felicidad de dos amigos al encontrarse, después de mucho tiempo. Podrían ser las manos entrelazadas de dos enamorados que se buscan con la mirada constantemente. Y mientras todo sigue su ritmo, mientras todo fluye, de pronto elijo, sin pensarlo dos veces, a un par de chicas jóvenes que se dicen adiós. Una de ellas lleva una bolsa de viaje azul con rayas blancas; una bolsa en la que probablemente haya intentado meter a empujones su gran tristeza, el vacío al que más tarde tendrá que enfrentarse sola y en silencio; un silencio que ya no romperá con sus risas esa otra chica de la que hoy se despide y a la que le otorgará dentro de muy poco el último beso de despedida, hasta que el tiempo se encargue de volver a darles otra oportunidad, otro instante que compartir, donde las caricias de ambas encuentren su sitio en todos y cada uno de los recodos de sus jóvenes cuerpos.

Y entre tanto, el ritmo de la ciudad sigue imponiendo su pulso al tiempo que mis anhelos invocan a esta memoria dormida, y la aceleran, y no cesarán, lo sé, hasta que decida qué hacer con mi momento perdido, olvidado en una habitación pequeña, muy cerca del mar y lejos de esta ciudad, que en esta tarde cualquiera, hoy más que nunca, me grita tu nombre…

lunes, 28 de junio de 2010

PAGOS Y COBROS.

Una vez que Pedro le robó la cartera al ministro del Interior, corrió hacia el puesto de policía del aeropuerto para alertar de que una banda de carteristas estaba haciendo presa en los viajeros. Pedro había dejado su propia cartera a cambio en el bolsillo del pantalón del ministro.

Antes de salir hacia el aeropuerto, Pedro había apostado diez mil euros con el ex convicto Juan a que éste no sería capaz de quitarle la cartera dentro del propio aeropuerto sin que se diera cuenta.

Cuando Juan terminaba de sacar la cartera del ministro del bolsillo de Pedro, dos agentes le colocaban unas esposas en las manos.

-Aquí tiene, señor ministro, no sabíamos que viajaba solo, -dijo uno de los agentes al devolver la cartera y ver el pasaporte diplomático, sin fijarse lo más mínimo en la fotografía del documento, tapada por el pulgar de Pedro.

-Yo me encargo de él, -dijo Pedro- y se alejó con Juan hacia una sala VIP algo alejada de los pasillos del aeropuerto.

-Dame los diez mil euros y te saco de aquí, -dijo Pedro mientras soltaba las muñecas de Juan.

Mientras, el ministro, sorprendido al sacar la cartera de Pedro del bolsillo, era sacado de la cola para embarcar y llevado sin miramientos a la misma sala donde le esperaban Juan y Pedro.

-Yo me encargo de él, déme la documentación que llevaba y la llevaré a la comisaría -dijo Pedro a los agentes. Se quedaron los tres solos.

-Me debes diez mil euros, -dijo Pedro al ministro, con quien había apostado que sería capaz de hacerle perder el vuelo si viajaba sin escolta.

Cuando se hicieron los pagos y se devolvieron las carteras a sus dueños, Pedro pudo pagar por fin los veinte mil euros que había perdido al póquer con las mujeres del ministro y Juan la semana anterior.