miércoles, 22 de septiembre de 2010
EL SECRETO
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Paquita
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martes, 21 de septiembre de 2010
APÓCRIFO.
Cuando Juan Luis Sautuola Palodulce vio las paredes de su nueva casa, se puso frenético más allá de la alegría: vio el mayor mural del que había dispuesto jamás para desarrollar su pasión pictórica y no perdió ni un momento.
No atendió ni una sola de las llamadas de sus amigos, los hermanos de su pueblo con los que había ido a cazar o a nadar desde que era un niño.
Se limitó a comer lo suficiente para resistir la pasión de la pintura, para la que, con ojos centelleantes, obligaba a su mujer a tenerle preparados los pinceles y los pigmentos, la mayoría de un ocre mezclado con aceites naturales; así, las gráciles figuras que viajaban en sus manos desde su memoria de amante de la Naturaleza hasta el lienzo de sus muros, no perdían ni un instante de vitalidad.
Siglos más tarde, montones de siglos más tarde, cuando Marcelino Sanz de Sautuola descubrió las pinturas, borró con saña la firma de Juan Luis en todas y cada una de sus obras. Él conocía la historia de abandono y soledad que padeció su tatatatatatatata…tatatatarabisabuela por parte de su marido Juan Luis, quien, febril, no celebró ni un aniversario de boda con ella en todo el Magdaleniense. No salieron jamás de Altamira.
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Gabriel
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RENOVACIÓN.
El albino de origen finlandés Jaramaldo Madero, de seis años de edad, conoció la noticia del próximo nacimiento de su hermano, a quien llamarían Claudio.
-Siempre será más joven que tú, ha, ha, ha, ha -le dijo una noche el espíritu de la Mala Gaita, un tal Eusebio. Y le hizo muecas feas, de las que ejecuta un portero que te ha parado un penalti con la nuez.
Incendiado de ira, envidia y crispación, Jaramaldo dejó confiarse al recién nacido y a los quince días lo envejeció con saña aplicándole dos manos mensuales de betún de Judea.
Desde entonces, cuando los padres presentaban en sociedad a sus vástagos, Claudio era dejado para el final, como el residuo familiar ennegrecido y arrugado que aparentaba ser.
Hasta que veinte años después, invitados a una travesía imprevista por el desierto, los miembros de la familia Madero fueron devastados por el Sol, que agrietó sus pieles y secó sus labios hasta el punto de no poder pronunciar con facilidad la palabra sherelfitoding al despertar. Todos menos Claudio, quien, al contrario, notó como, a medida que se arrastraban por las dunas y se marchitaban sus familiares, a él le protegía una densa capa de mugre oscura la cual, al llegar derretida al Oasis de cinco estrellas Fresquíbiris, dejó ver una piel blanca, hidratada y fresca junto a un pelo rubio, sedoso y liso.
En cuanto vio que el resto de su familia se recuperaba de la fatiga y las quemaduras por insolación, agarró una estaca y repartió equitativamente una buena somanta entre sus padres y hermanos, perdonándolos de buena fe y presentándolos en sociedad con correa pero sin bozal, y explicando vagamente lo arrugado de sus pieles.
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domingo, 19 de septiembre de 2010
NO PODÍA SER ÉL.
“Las seis mujeres habían sido degolladas de un tajo que dejaba un charco singular de sangre alrededor del cuello. Quedaban bocabajo, sin más signos de violencia que las caras sofocadas, fruto de la angustia de la huída. Y, claro está, el corte preciso.”
Este era el resumen de los informes forenses en los seis casos de asesinato sucedidos en dos semanas, cometidos en la jurisdicción del comisario Arroyo, y con la coincidencia de que todas eran mujeres excepcionales.
Pero surgió la esperanza de acabar con el horror, porque hubo un soplo que permitió saber quién sería la siguiente: Natalia Ortega, la gran bailarina. Y cuándo: El martes 14, tras su función de noche. Cincuenta tiradores expertos fueron apostados a lo largo del callejón al que daba la salida trasera del teatro, conectados mediante micrófonos a la emisora del comisario Arroyo, quien dirigiría las operaciones con su segundo de siempre al lado, un hombre fiel aunque criticara todas sus decisiones: El fiel subcomisario Lameda.
Natalia Ortega, con las zapatillas blancas y un abrigo negro sobre el tutú, recién terminada la función, se avino a ser el anzuelo. Desde que salió veía brillar los fusiles automáticos bajo las farolas; por tanto, se sentía segura y no forzó el paso cuando adivinó tras de sí al asesino.
Al final del callejón, ella se paró enfrentando sus ojos a los de él. Ya podría identificarlo.
Tras unos segundos de pie, a su lado, el hombre se quitó el abrigo y la emprendió a golpes con algo metálico muy pesado; después, en el suelo, le retorció el cuello dejándola caer casi sin ruido. En ningún momento empleó cuchillo alguno, de eso no había duda alguna. Se produjo un silencio mortal y ningún componente del pelotón disparó un solo tiro al no recibir la orden.
El tipo se alejó de allí andando con el abrigo doblado sobre el brazo, quizá por el calor del esfuerzo, ya con la primavera a la vuelta de la esquina... A la mañana siguiente, el informe fue redactado en un par de líneas, plenas de decepción ante el operativo desplegado y las expectativas creadas. Pero esta vez se incluyó la nota negativa de Lameda, que insistió hasta última hora en que la mujer se cambiara antes de salir del teatro: Le parecía ridícula esa forma de ir por la calle para colaborar con la policía en un asunto como éste, si bien al final, tras la discusión técnica, aceptó de buen grado el criterio de su superior y firmó las conclusiones:
“No coincidía el modus operandi. No era el que buscaban. No podía ser él.”
En su casa, el asesino discutía acaloradamente porque su mujer había empleado su cuchillo grande en la cocina, en contra de lo que le tenía dicho, sin ponerlo después en su abrigo.
-Esta noche parecía un aprendiz, -dijo apesadumbrado mientras metía los platos en el lavavajillas.
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Gabriel
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FIESTA DE PRIMAVERA.
La señorita Andrea Pomeroy, hija del laureado general Lawrence H. Pomeroy, preparaba su fiesta de primavera tras un largo y reparador sueño.
Lo primero eran los invitados, como es lógico suponer. Y para ello, la señorita Pomeroy, sentada en su sillón azul, elaboraba una lista escrita con pluma de ganso y tinta china negra y compacta, que incluía a las personas de su agrado, así como algunas más distantes pero convenientes.
Comenzó su lista por el doctor Tomas Heinz, antiguo camarada de su fallecido padre. Era alguien cuya compañía le confortaba y agradecía. El único que no había faltado ni una sola vez a sus invitaciones.
Los siguientes invitados eran los Maverick, una familia compuesta de un matrimonio con dos hijos gemelos, William y Joseph, nada alborotadores. Eran jóvenes, pensó la señorita Andrea Pomeroy sonriendo, pero muy fieles, pues tenía contabilizadas veinte asistencias.
Hizo una pausa para, en una hoja de papel aparte, contar con el servicio adecuado. Nunca le había fallado Miss Anna Tiriac, casada con el cocinero y pastelero Míster Paul Tiriac, gracias al cual no le había faltado nunca una tarta de manzana en su menú. Sabía que podía contar con ambos, así como con la ayuda de sus cuatro hijas, Pamela, Susan, Diana y Jane, para servir la comida y atender a los invitados. Hizo cuentas y salían más de sesenta asistencias de la familia Tiriac a su reunión.
Con su letra gótica alemana, cuyos elegantes rabitos hacían caracoles al terminar cada nombre, la señorita Pomeroy finalizó la confección de la lista de asistentes seguros a su fiesta de primavera.
Antes de revisar la vajilla que utilizaría al día siguiente, abrió su armario y contempló el vestido blanco que contaba con el récord de apariciones igualado por el doctor Heinz. Se lo probó y sonrió otra vez al comprobar que su cintura encajaba sin esfuerzo. Como todos los años.
Se acostó y durmió con un sueño profundo y reparador.
Al levantarse, se sintió agradecida por un día que amaneció radiante y con olor a flores. Abrió la ventana y le saludó una brisa fresca.
Sin desayunar, se puso una bata y corrió al sótano. Allí encontró al doctor Heinz, quien llevaba horas levantado y había inyectado ya el Diavital a la mayoría de los invitados a la fiesta de primavera de la señorita Pomeroy. Según despertaban, se vestían con ropa de gala que debían procurar no manchar ni arrugar y se dirigían a la planta alta. La señorita Pomeroy esperó junto a la puerta hasta tachar al último de la lista. No faltaba ninguno. Después fue a su cuarto y se arregló para la ocasión.
Tenían la mirada algo perdida, pero todos sin excepción se instalaban en el salón de la casa estilo colonial, entregaban su regalo a la señorita Pomeroy, y tomaban el té acompañado de un trozo de tarta de manzana que siempre calificaban como deliciosa.
Al caer la tarde, se despedían ordenadamente de la anfitriona y bajaban despacio las escaleras hasta el sótano, donde se desnudaban e iban quedándose aletargados.
La señorita Pomeroy los cubrió con mantas y guardó ordenadamente sus ropas hasta el año próximo. Era una tarea que había que realizar con el máximo esmero, y el doctor Heinz le ayudaba encantado.
Antes de apagar la luz, contemplaba al mejor grupo de invitados que se puede tener para una fiesta: Divertidos y pendientes de ella año tras año. Con un suspiro teñido de melancolía, cerró la pesada puerta del sótano y subió con premura las escaleras del brazo del doctor: El efecto del Diavital puro no les duraría mucho más.
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Gabriel
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Hasta luego, Labordeta
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Peneka
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sábado, 18 de septiembre de 2010
LAS MULETAS
Una mañana más; una más entre todas mis mañanas. Al levantarme descorro las cortinas y abro la ventana de mi cuarto. Observo el cielo, como siempre, y doy gracias por el regalo que me ha sido ofrecido: el nuevo día.
Alzo la mirada e intento atravesar el manto azul, infinito, etéreo, para encontrar alguna respuesta a tantas preguntas, a cada duda que me asalta, pero no la encuentro.
Camino libremente, ya no tengo ataduras; mis piernas responden a todos y cada uno de los estímulos a que son expuestas. No me siento encasillada en la distancia existente entre dos palos de madera que durante tantos años han sido mi apoyo, mi refugio, mi guía… y mi centinela.
Mi caminar ya no es seguido por su soniquete, por su ritmo. Disfruto de la libertad de marcar mis propios pasos, de hacerlo a mi manera.
Por la senda que he elegido, a veces llevo el paso lento; doy un traspiés y me levanto; y, a veces corro, corro tanto como mis piernas me lo permiten, sin renunciar a ninguna de mis formas para acatar las establecidas.
También mis manos sienten la libertad de moverse a su antojo. Han sido muchos años con la necesidad de dejar caer su peso en los dos palos de madera que durante tanto tiempo me han llevado sobre sí.
Pienso en todos aquellos que aún viven con el miedo a deshacerse de las muletas, con el miedo a caer, y quisiera poder decirles que las suelten, que así no podrán ser libres; que la seguridad que aportan es engañosa; que fui feliz desde el momento en que comprobé la estabilidad de mi cuerpo, porque soy fuerte, mi cuerpo es fuerte. ¿Qué sentido tiene el uso de esos dos palos de madera en un cuerpo sano?
Pero algunas madrugadas, cuando ya lo azul es imperceptible, cuando se abren paso las sombras y anidan en el pensamiento; cuando en las noches sin luna, mi senda sin guía se oscurece, cuando el cansancio me invade y correr es imposible; cuando el pánico a lo que pueda surgir tras el recodo del camino me atormenta y las piernas tiemblan, echo de menos las muletas que por muchos años me dieron seguridad, esperanza, consuelo.
Echo de menos las muletas de la fe que me impusieron y que con amor llevé; y la sencilla felicidad que ahora no tengo.
Y echo de menos a Dios, a mi asidero.
¿Dónde estás, que no te encuentro?
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Isa
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sábado, septiembre 18, 2010
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viernes, 17 de septiembre de 2010
Oda al barro
Materia humilde,
bíblico origen del hombre.
Al hundir mis manos en ti,
un viento creador me invade,
conectamos,
te amaso, te golpeo,
te acaricio, te humedezco…
Tú me llevas a la forma
emerges entre mis dedos,
te creas, te creo.
¿Facciones humanas?
¿Materialización de recuerdos?
humedad, textura, olores me envuelven,
te dejas hacer,
te modelo,
impregno mi alma en ti,
compartimos secretos;
surge entonces la obra, la siento.
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inma
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EL REFUGIO DE MI RÍO.
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Paquita
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jueves, 16 de septiembre de 2010
AQUÍ SE QUEDA TODO.
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Paquita
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