Lo prometido es deuda, y aqui os dejo las últimas fotos captadas por mi cámara. Espero que disfrutéis de ellas tanto como yo al hacerlas...
martes, 6 de marzo de 2012
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Peneka
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martes, marzo 06, 2012
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quenosleen
domingo, 4 de marzo de 2012
Abuelita.
Yo, en cuanto aprendí a andar, me solté de la mano de mamá y me puse una bolsa roja por encima de la cabeza y abuelita Ana, al abrir la puerta, lo entendió: de inmediato me llamó Caperucita y de ahí para siempre. Antes de morir, dicen, me llamó a gritos y sólo perder el tren semanal que debía llevarme a casa ha impedido que le preguntara, una vez más mientras la abrazaba, por qué tenía esos dientes tan afilados, ese aliento tan fétido y esas garras tan largas.
Jamás me metí en su vida privada y el Lobo, aunque poco hablador, se hacía a un lado en la cabaña cuando visitaba a abuelita Ana. Sólo soltaba monosílabos, incluso para ofrecerme una taza de té, lo único que había aprendido a cocinar.
Al principio, los cambios eran inapreciables. La espalda de abuelita se enderezaba y su porte se hacía elegante. Pero cuando la vi levantar ella sola un haz de leña más grande que yo, me miró y lo dejó caer con estrépito, dejando rodar los troncos delante de su puerta, con la cara tan sorprendida como la mía.
Otras veces la visitaba al caer la tarde y siempre venía a recibirme corriendo, sin su pañuelo en la cabeza, sin el delantal blanco y limpio a la cintura. Detrás, callado y sombrío, aparecía el Lobo, cargado de leña incluso en verano. “Para reserva”, decía abuelita.
Comía con ella y charlábamos sin parar de nuestras cosas, mucho más de las mías, ella nunca tenía prisa por saber si era feliz o si mis estudios y mi trabajo avanzaban, si estaba enamorada. Cuando le pregunté lo mismo a ella, bajó la mirada para que no viera el rubor intenso de sus mejillas, tanto que fui yo quien dijo que Caperucita Roja era su nombre de soltera. Hasta el Lobo, tan fuera de todas las conversaciones, rió con nosotros. Nunca pensé que supiera hacerlo, y tuve claro que los cambios de los dos habitantes de aquella cabaña aislada del bosque iban en las dos direcciones. Que había intercambios.
Antes de viajar a París para leer mi tesis doctoral, fui a visitarlos y les cogí por sorpresa: en la parte de atrás, desnudos, abuelita y el Lobo rodaban sobre la nieve abrazados y aullando. Corrí a la cabaña a esperarles, muerta de risa. Cuando entraron, los tres miramos al suelo y cenamos casi en silencio. Esta vez me despedí de los dos y me desearon suerte.
Unos meses más tarde, una batida de hombres de un pueblo cercano sin nada mejor que hacer, armados con escopetas, se encontró con el Lobo una mañana en la que éste se comía uno de los jabalíes abatidos por los disparos. Sin dudarlo, abrieron fuego sobre él, que apenas pudo andar para llegar hasta la cabaña, donde la abuelita Ana intentó curarle las heridas. A las pocas horas se desmayó en sus brazos y lo enterró en la parte de atrás de la casa. Después, como pudo, me llamó y se metió en la cama para morir de amor.
Cuando llegué varios días después, la cabaña ya estaba vacía y abrí las ventanas para despejar el aire viciado, el olor intenso a sudor animal mezclado con el suave perfume que siempre usaba la abuelita.
Al abrir la última ventana, mi corazón se encogió al sentir un latigazo de pies a cabeza: allí estaba la cara del Lobo mirándome sin hablar tras una capa de tierra.
No cerré la puerta y esperé desde el fondo a que entrara en la sala, junto a la chimenea apagada, temblando de frío y él, como siempre, hizo una candela que me devolvió el correr de la sangre.
Pasaban los minutos sin que dijéramos nada y, una vez cerrada la puerta, el Lobo me mostró algo que llevaba en la mano: catorce cartuchos de bala. Conté con los dedos los mismos agujeros en su pecho.
-Ninguna era de plata, -dijo-. De todos modos, no me curé a tiempo de las heridas para salir de la tumba y volver a abrazarla.
Me dio después una carta donde decía que la abuelita esperaba que yo le cuidara para siempre. Azorado, comenzó a leerla.
-Déjalo, no hace falta. Se la escribí yo, -le dije-, porque tenía las gafas rotas gracias a ti y no quería que supiese que veía mejor que yo.
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Gabriel
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domingo, marzo 04, 2012
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viernes, 2 de marzo de 2012
OFICIO DE ESCRIBIR (3).
Agradecimientos.
Señá Liboria, desde siempre, ha limpiado en casa.
Es prima segunda de una prima más segunda todavía de mi mujer, y de chica jugaban todas juntas, primas, segundas y demás, en la alberca del pueblo de Forraentera, un pueblo puesto más o menos por el Sur.
Digo lo de limpiar en el más absoluto de los términos. Señá Liboria desinfecta, aísla, prohíbe cualquier idea relacionada con la pringue o la más mínima sepsis.
Así que he tenido que andar con ojo los jueves por la mañana, cuando viene a casa. Mi mujer se va temprano y yo tengo que levantarme también al alba con ella, pero lo hago antes, despavorido, pensando en la que puede caerle a mis montoncillos de papeles ordenados según mi criterio, mi memoria, o el curso de la novela en la que ando metido, capítulo dos, desde hace diecisiete años nada más.
Sé lo que me busco si no defiendo a capa y espada mis torres de folios, alguna con más de doce unidades de altura, perfectamente numerados en todas las esquinas, cuyo orden férreo puede irse al traste si cae en manos del paño anti ácaros de la Atila del Polvo.
Pero el jueves pasado, fiesta para los ingenieros mecánicos de Ferrari, mi mujer no trabajaba y no puso el despertador.
El timbrazo, en un in crescendo de lujo coreado por algunos vecinos que bajaban la escalera, nos despertó y provocó un pequeño choque frontal al querernos bajar al mismo tiempo y por el centro de la cama. Sin consecuencias graves, nos fuimos a levantar el telefonillo para que aquel trompeteo apocalíptico se acabara de una vez. A los treinta segundos, apareció por la puerta Señá Liboria, impecable, radiante y oliendo a gloria, supongo que después de haber inaugurado alguna sala de desinfección en algún hospital de la ciudad.
Nos mandó a tomar café, ducharnos, vestirnos y peinarnos en doce minutos, mientras ella recogía los cacharros. Después, tocó a retreta:
-Cada uno a sus cosas y sin molestar, que hoy vengo con el orden del día sin fijar y no quiero gente por medio.
Yo aún no había podido hablar. Mi cerebro no había sido avisado y el café previsto era –destino traidor- descafeinado. Me eché en el sofá, lo bastante alto como para que ella lo moviera y limpiara alrededor y debajo sin levantarme.
Y ese fue mi error.
La vi bajando con el montoncillo número cuatro, el del centro; los papeles de color verde; los de la idea principal y la lista de personajes. Los que tenían el final “hilvanado”, pendiente de si el malo se llevaba o no la pulsera encontrada en la pirámide del faraón Onfara, en pleno centro de Calatayud.
Con el brillo de sus horquillas clavándose en mis ojos, Señá Liboria bajó las escaleras solemnemente, como una vedette de las que no se caían, y dijo:
-Vaya birria, oiga usted señorito. Siga usted acostado, que esto se lo arreglo yo mientras termina la lavadora.
No pude reaccionar y rendí mi obra a una mujer que, antes que nada, repasó cada folio con una pequeña pero potente aspiradora de mano. Era su forma de hacer borrón y cuenta nueva, me dijo.
Pero lo cierto es que, con su intervención, mi libro estaba en las librerías a las seis semanas de aquel incidente. Una novela de acción, donde –supongo que por la crisis y un monumental ERE literario- Señá Liboria había mandado a la calle a ciento sesenta y seis personajes de los inicialmente ciento setenta y dos previstos por mí, al mismo tiempo que situaba el desenlace en una salita de estar, tomando un cafelito, en lugar de ir cavando un túnel a través del Ministerio de Agricultura, como yo había planeado.
Lo que más me fastidió fue tener que firmar a los compradores con la chaqueta gris del traje de novio, planchado hasta por dentro de los bolsillos. A pesar de ello, en la contraportada, en medio del índice, puse una nota dedicatoria muy clara, que Señá Liboria agradeció: “A algunas personas”.
Además, le vendí un ejemplar dedicado a mitad de precio.
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Gabriel
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viernes, marzo 02, 2012
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miércoles, 29 de febrero de 2012
miércoles, 22 de febrero de 2012
Reflexiones de Misha [3]
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inma
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miércoles, febrero 22, 2012
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martes, 21 de febrero de 2012
OFICIO DE ESCRIBIR (2).
Perseguir la idea.
El germen de la novela de Mikel, la idea generadora, eran los celos. Él los sentía rugir en sus entrañas, las cuales correspondían con el mismo ruido. Se levantó de la silla, dejó el ordenador en reposo y se fue a preparar algo de comer.
Mientras estructuraba su obra mentalmente, se limpiaba una mano con la otra y tiraba al cubo de la basura –y fallaba- la servilleta pringada de mayonesa que había recogido del suelo, tras dejar caer la sardina en aceite que había intentado poner en un bocadillo. Mikel pensó en Sonia González de Allende. Su ex novia.
Sonia era preciosa, era inteligente. Pero Mikel tenía muy claro que no sabía elegir al hombre de su vida y que se equivocaba al mudarse de piso para irse a vivir con el tal Joaquín, rompiendo -además de una pareja- la estabilidad económica de Mikel. Y dejando el frigorífico dedicado a custodiar latas de sardinas y tarros de mayonesa, lo único que Mikel supo –y pudo- comprar desde que ella se fue.
Quería vengarse por escrito. El tal Joaquín era muy grandote y aún le dolían los nudillos por el golpe que le dio en la cabeza por detrás. Un golpe que se encargó de devolverle la propia Sonia golpeándole a él por delante. Se frotó el ojo y aún sentía el calor del puñetazo. Después se limpió la mayonesa del párpado.
Cuando la sardina recogida volvió a salir despedida de entre las dos rebanadas de pan, Mikel vio una metáfora de su vida: todo lo que se aprieta en exceso, todo lo que se quiere morder con prisa y se agarra con desesperación, acaba escurriéndose entre las manos. Como la sardina. Como el amor de Sonia.
Volvió a agacharse para recoger la comida del suelo y, al subir, sintió un vértigo que le hizo trastabillarse. Intentó agarrar la puerta de la nevera, pero la mayonesa le hizo perder capacidad de adhesión y volvió al suelo, esta vez con todo el peso de su cuerpo, su pijama y su batín.
Algo más tarde, sin prestar atención a que tenía las gafas metidas en la boca, dejó la comida en el suelo, cerró la puerta del frigorífico y se dirigió con paso corto pero firme a su escritorio.
Sin vacilar un segundo, con la idea fluyendo como un torrente, rellenó en un documento nuevo un capítulo tras otro, con especial regusto en el que contenía la forma en que Sonia y Joaquín iban a morir estrangulados por las manos de Mikel. Por las manos –pringosas- del despecho. Aunque les daría una oportunidad de salvarse.
No sintió hambre ni sed. Sólo los celos le provocaban un dolor extraño, un vacío sin final.
La noche le acompañó en su teclear, hasta que algo le hizo detenerse, un simple ruido al que no atendió más que lo suficiente como para guardar lo escrito hasta entonces, evitando el desastre de que se borrara por un descuido.
Sabía que tendría que reescribir más de una vez su historia, pero ya tenía la columna vertebral, el centro de gravedad.
Apenas terminado el capítulo donde Sonia intentaba que les perdonara la vida y él se lo pensaba en un derroche de generosidad, Mikel oyó otro ruido, apenas perceptible.
Se levantó y, al ver a Sonia y Joaquín en el dormitorio, se llevó un susto de muerte. Ellos recogían ropa y libros de Sonia y los guardaban sin hablar en una maleta. Cuando entró Mikel, se quedaron petrificados.
-Un momento, esperadme aquí, -dijo Mikel mientras apuntaba con una pistola sin balas a la cabeza de Joaquín, que estaba pálido.
Mikel encontró con rapidez el párrafo donde –después de cavilar- seguía dudando entre el perdón y la tortura con estrangulamiento de los dos traidores, más inclinado a lo primero que a lo segundo.
Sin preocuparse en borrar nada antes, intercaló una escena donde vaciaría un cargador repartiendo plomo entre su antigua novia y su amante moderno. Sería sustituir frialdad por pasión canalla, pero no se alteraría lo más importante, el crimen pasional como fin lógico para unos celos infinitos.
Al pulsar la primera tecla, el ordenador le devolvió un mensaje: “Versión para demo caducada. Introduzca el disco original del procesador de textos.”
Mikel volvió a la habitación donde Sonia y Joaquín, aterrorizados, esperaban su muerte cogidos de la mano.
-Mira, Tití, (así llamaba a Sonia desde que la conocía) a ver si te llegas en un momento a casa de tu madre y le pides el programa este que me instaló, pero con la clave buena.
Sonia no quiso responder. Se relajó, cogió la maleta y empujó a Joaquín hacia la salida.
-Vámonos, -dijo-, éste no será capaz de disparar si no lo tiene por escrito. Jamás haría nada que no tuviera antes en un documento.
Mikel dejó caer el revólver. Ella le conocía mejor que nadie. En efecto, se remitió a lo escrito y, como un dios, dueño de la vida y la muerte, les condujo a la salida y, aún en el rellano, les dio su bendición. Como en la novela.
Al entrar en la cocina, resbaló sobre un charco de mayonesa y se quedó en el suelo, viendo amanecer a través de la ventana. Como en la novela.
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Gabriel
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martes, febrero 21, 2012
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quenosleen
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domingo, 19 de febrero de 2012
¡¡¡¡POR FIN!!!!!





POR FIN ACCEDO DE NUEVO A LAS TRIPAS DE "PARA LEERNOS" (QUIZÁ SEA MEJOR DECIR "AL CORAZÓN") AHORA NO PUEDO SEGUIR AQUÍ; TENGO QUE IRME, PERO DESPUÉS DE MUCHOS INTENTOS, SIN SABER POR QUÉ, LO HE CONSEGUIDO. UN ABRAZO Y HASTA PRONTO. YA QUE ESTOY, OS VOY A DEJAR UN REGALITO. ESPERO QUE OS GUSTE.
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Isa
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domingo, febrero 19, 2012
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viernes, 10 de febrero de 2012
DOCUMENTOS.
Me encantaba la letra de mi padre. Desde chico la imitaba copiando cientos de páginas del periódico que no entendía. Daba igual: él me explicaba lo que querían decir y se sorprendía de cómo algunas palabras parecían hechas de su puño y letra. No sabía que, debajo del periódico, yo guardaba documentos escritos por él para aprenderme sus letras, una a una.
Cuando dejamos de comprar el periódico, comencé a copiar documentos completos, casi siempre los mismos. Al cabo de un tiempo, me dictaba las cartas en su despacho y se limitaba a firmarlas.
El día que mandó a la muerte a cien soldados del ejército contrario, le pedí que les perdonara. La guerra había terminado y se trataba de un crimen sin más. Con una carcajada celebrada y coreada por sus subordinados, sacó un sello de su cajón y me pidió una carta de amnistía que saqué de su carpeta. La selló y me ordenó que la entregara al sargento Márquez para que liberara al preso que yo quisiera. “Elige a tu Barrabás”, me dijo.
Mi padre salió de su despacho rodeado por su camarilla y me quedé sólo. A los pocos minutos, el sargento Márquez daba su visto bueno a los cien documentos sellados y escritos a mano por el general, mi padre, para que yo mismo liberara a los presos indicados.
Al mes siguiente, mi padre adquirió el primer ordenador que se ha usado en una oficina del Ejército. Y una impresora.
A mí me mandó a estudiar al extranjero. No volví a verle.
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Gabriel
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viernes, febrero 10, 2012
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martes, 7 de febrero de 2012
Y la noche convierte a Sevilla en una amante misteriosa
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Peneka
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martes, febrero 07, 2012
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