”Señor, ¿le ocurre algo?”, preguntó desde detrás del mostrador la chica rubia y sonriente que unos instantes antes le había cobrado. Tardó en responder. No conseguía articular palabra. Su cara se iba llenando de un sarpullido increíble mientras sus manos no dejan de temblar. “Señor, ¿se encuentra bien? ¿Puedo ayudarle en algo?” insistió de nuevo la muchacha que para entonces ya había abandonado su sitio tras el mostrador y se acercaba rápida hacia él.
Saturnino Villafran se giró. No veía a nadie. “mi coche…mi coche…”repetía una y otra vez “mi coche…mi coche…”.
Aquella mañana, mientras desayunaba había quedado con su mujer en que él se encargaría de recoger a sus suegra.”No te preocupes, cariño, yo recogeré a tu madre y su canario”. Esto segundo lo había dicho con cierto grado de sorna. “¿Para que querrá esta mujer un canario hembra?”, se dijo para sí mientras sonería a su mujer. “Saturnino, mira lo que dice tu horóscopo: en el día de hoy su sueño hecho realidad se esfumará frente a sus ojos. Pérdida irreparable.” “Bobadas”, respondió él “¿Has visto que día es hoy, cariño? a mí siempre me ha traído buena suerte este día: 29 de febrero”.
Y ahora estaba allí, en una gasolinera, donde había llevado su flamante todo terreno recién sacado del concesionario, con su suegra en el asiento del copiloto y la pequeña Piolina en el asiento de atrás dentro de su jaula rosa.
“Señor, ¿qué le ocurre?”. El solo pudo mover su brazo y señalar hacia el surtidor donde unos minutos antes había dejado su coche. Allí estaba, el surtidor marcando la cifra pagada, 50 euros, y un vacío aterrador. Ahora entendía, que no siempre los horóscopos son bobadas. Sólo había una pregunta que martilleaba en su cabeza, “¿cuando el horóscopo decía pérdida irreparable, se refería al coche no a mi suegra, verdad?”
