Y buscaba y buscaba… Y seguía buscando la manera de no quedar siempre por inocente, por simple, pero parecía imposible. Al fin y al cabo siempre sería el menor de doce hermanos.
sábado, 19 de abril de 2008
viernes, 18 de abril de 2008
COMO SI FUERA HOY.
Diciembre de 1967.
Yo mi apellido mi apellido, veo en un escaparate un juego de ajedrez cuyas piezas representan figuras humanas, reina, rey, ministros, caballos encabritados y torres preciosas.
Me quedo embelesado y pido a los Reyes que me lo traigan por Reyes, valga la redundancia.
Se acerca el día de Reyes y hago pasar a Mi padre mi apellido primero su segundo apellido por la tienda donde se vendía el ajedrez. Ya no está. Mi padre mi apellido primero su segundo apellido me mira, se encoge de hombros y me dice que así es la vida. Me encojo de hombros yo también, para no ser menos.
Llega el día de Reyes y nos levantamos como ardillas, los cuatro hermanos, mis tres hermanas mi apellido mi apellido y yo mi apellido mi apellido.
Intento hablar durante un rato pero no puedo. En una butaca de la salita, marrón, brillante, está el tablero con todas las piezas situadas, esperándome.
Mi padre mi apellido primero su segundo apellido me mira, se encoge de hombros y me dice que así es la vida. Me encojo de hombros yo también, para no ser menos. Mi madre mi segundo apellido su segundo apellido, sonríe.
Hace sesenta años de aquello. A ver si el Alzheimer tiene cojones de quitármelo de la cabeza.
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INNECESARIO.
Serguei Godfrensko, junto a sus compañeros Otto Lamprievesptein, Mattías Brogtritres y Karl Gagoflatblo, se pasaron la tarde buscando excusas para no invitar a su recién llegado compañero de oficina al cumpleaños del jefe, Sigfried Ataklestat. Pero no fue necesario: Con lo que le escupieron al presentarse y decir su nombre, el nuevo, un tal Gómez, se sintió incapaz de acudir.
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martes, 15 de abril de 2008
SIN TIEMPO
La mujer se despertó con un olor agrio a goma quemada; se levantó y abrió la ventana: Madrid ardía por los cuatro costados. Volvió a la cama.
El hombre hizo mal en moverse: Una de tantas balas arrojadas al fuego entró sin romper ningún cristal para alojarse caprichosamente cerca de su corazón.
-Tardaré en morir –le dijo a su mujer, que no quiso levantarse más.
No insistió en hacer el amor como póstuma hazaña. Por lo visto, bastaba con la última de minutos antes.
Su sangre caía hacia dentro, donde el humo negro conquistaba todos los rincones. No quiso tapar la herida.
-Abrázame -dijo la mujer desde la cama.
-Ven tú, es más fácil, yo ya estoy sin tiempo -dijo él.
Pero ella no quiso levantarse más.
Fuera, sin que nadie pudiera evitarlo, se abrían otras ventanas para que el humo y las balas ocuparan los espacios libres.
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lunes, 14 de abril de 2008
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domingo, 13 de abril de 2008
LEGALIDAD.
Juan Antonio Landa fue el primero en pararse a mirarlo. Al día siguiente vendió sus propiedades y nadie volvió a verle.
Después fueron Diego Mora, Pablo Solé y Arturo Miralles, por ese orden, quienes se detuvieron a leer el cartel para desaparecer al día siguiente sin dejar nada que les recordara.
El alcalde tenía miedo; no se atrevía a pasar por el centro de la plaza del pueblo, junto al pilón, donde habían dejado clavado el papel sobre la estaca de madera. Él también era soltero, pensó, como todos los que se habían parado a mirar, así que mandó a Elena Valle, su concejala de Urbanismo casada y madre de familia, a leer el cartel. Cuando volvió al despacho del ayuntamiento, Elena ya llevaba su maleta hecha y un cheque en la mano producto de la venta de su casa, una de las mejores del pueblo.
Aquello era más grave. Nadie parecía estar a salvo.
Un gañán bravo, Tomás Del Horno, cogió un trapo para tapar el cartel. Pero en el último momento, envalentonado, quiso leerlo. El trapo quedó tirado en el suelo y Tomás, llorando, se montó en su coche con rumbo a la capital una hora después de haber firmado la venta de todo lo que tenía en el pueblo.
En una semana no quedaba ningún vecino.
El alcalde, temblando de miedo, me llamó al bufete.
-Ayúdame –me dijo.
Con un hacha enorme me acerqué al cartel por detrás, para que no me atrapara, y no caí en la trampa de mirar a los cristales de unos coches cercanos, ya que me obligarían a una lectura al revés, y por tanto más atenta. Pero me sorprendió un charco de agua cristalina, donde pude leerlo reflejado y volví a ver a mi amigo el alcalde para decirle que le había fallado.
Al verme con el cheque en la mano, se sorprendió de la buena venta de un descampado, lo único que me quedaba en el pueblo, y que valdría como cochera, no mucho más.
El alcalde fue el último en buscar las escrituras de su casa y hacer las maletas.
De regreso a la capital, me crucé con Satanás que conducía un cadillac rojo del 54, con el asiento de atrás repleto de documentos de propiedad.
-Vengo del catastro –me dijo.
Yo ya había oído que pretendía adueñarse del mundo, pero no pude hacer nada: Actuaba dentro de la más estricta legalidad.
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SEGUNDO.
Adoro las carreras tácticas, donde la cabeza cuenta tanto o más que los músculos. En la de ayer, sonó el disparo de salida y, sin pensármelo, me coloqué segundo. Eran diez vueltas. Cogí la referencia del primero, el dorsal, y no miré atrás. Desde entonces, sólo pensar en adecuar mi ritmo al suyo. La zancada, la respiración…
Sonó la campana. Última vuelta.
El esfuerzo era máximo, pero me resigné a ver cómo el que marchaba primero se iba hacia la meta como un cohete.
Detrás, a los quince segundos, llegué yo. Subcampeón. Segundo.
Por los altavoces, sonó el nombre del primero, el gran Segundo Amaro y la ovación al recoger su medalla de oro.
En el segundo escalón, me subí yo, Hilario Segundo. También recibí muchos aplausos.
Me encantan las carreras con dos participantes.
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