domingo, 3 de mayo de 2009

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Hoy, los tres soles que tengo en casa, me han sorprendido con tres rosas rojas. Cada uno llevaba una en la mano. La han tomado del jardín para recordarme así que es el día de las madres. Parece mentira, pero yo, que no soy muy dada a celebrar estas fechas, me he emocionado al ver sus caritas de alegría al entregármelas. ¡Qué felicidad, tener en casa tres soles y tres rosas rojas!

jueves, 30 de abril de 2009

LA ENRRAMADA

Pajarillo que cantas
en la enrramada
con tu trinar alegre
al despuntarel alba.
Vuelas de un sitio a otro
picoteando,
contento y bullicioso,
siempre cantando.
Buscas el alimento
para tus crías
aqu el grano de trigo
allí la hierbecilla
insectos y gusanos
todo lo recopilas
y contento en el nido
lo depositas,
te esfuerzas y desvelas
para que a tus hijuelos
no les falte comida
para que crezcan fuertes
y hagan frente a la vida.
Cuando sean mayores
y el nido dejar puedan
levantarán el vuelo
y se irán a otras tierras,
te quedarás mirando
como de ti se alejan
más aunque ver su marcha
un poco te entristezca.
No le cortes las alas
por un momento piensa
que lo que hoy hacen ellos
es lo que ayer tú hicieras
piensa que es ley de vida
es la eterna cadena.

Paquita Ortiz Navarrete

30 -4-2009

lunes, 27 de abril de 2009

GRANDES BATALLAS DE LA HISTORIA (XI).

Batalla de al aire en el Principado.

 

Parece que, dos meses después de aquello, los papeles siguen sin desclasificarse. Otros dicen que perdieron los papeles. Yo cuento lo que oí. Y achaco lo ocurrido a cosas que pasan.

Tota Minguez es terrateniente desde que compró sus dos primeras macetas. Ella lleva en la sangre las fiestas al aire libre y cultivar sin ayuda yerbajos y comérselos después, también sin ayuda. Pero el año pasado sembró alubias por primera vez y obtuvo una cosecha de doce toneladas de las grandes. Por teléfono, carta y a algunos a gritos (los que vivimos en la parcela de al lado) nos invitó a una comilona.

Al llegar, como yo soy más de guardar las apariencias, no me eché a llorar como mi sobrino Perico al ver las cuatro ollas de cien litros hirviendo al fuego. Sequé delicadamente sus ojos con una fregona y lo senté con los chiquillos de su edad, entre cuarenta y cuarenta y tantos, que no querían jugar antes de comer.

A la hora del almuerzo, se nos advirtió de lo feo que está dejar comida en el plato. Más bien, con la firma de documento ante notario, se nos obligó un poquillo a un lametón donde no llegara la cuchara. Una vez concluido, Tota llevó a cada uno, renqueando, hacia una hamaca con una pegatina con su nombre y allí lo dejó.

Esa operación terminó a las cinco y cuarto.

El primer trueno, trombón de aviso que nadie quiso oír, fue a las cinco cuarenta y cinco. Se consideró apócrifo tras ver el cielo despejado. Tenía que ser, o casi seguro, de origen humilde, porque muchos juraban que provenía de la zona de los que cuidan las vacas de Marcial Mendrado, uno que viene poco a la finca.

La respuesta no se hizo esperar. Y fue en supermegaestéreo, como un fuego cruzado, con matices barítonos en progresión al agudo, pero partiendo de un estilo antiguo, permanente –sostenido- en su vibrante final de pandereta de piel nueva.

El siguiente paso ya fue coral, de increscenda puesta en marcha. Si algo hay que agradecer siempre en estos casos, es la protección de la comprensión del grupo, que ayuda y promueve la descompresión que nos angustia. Ahí, para el que goza de un oído atento, se mezclaron tonos altísimos, de efecto ráfaga, con otros toques trompeteros y alguno de corneta, para la partitura del aire libre que acogía al que poco antes no tenía libertad.

Tota no se amilanó. Con la excusa de recoger flores, hizo una docena de flexiones muy oportunas y, mirando a la cara a sus invitados, consiguió que el anemómetro de su casa –un regalo del Instituto Nacional de Meteorología- diera vueltas con extraordinaria velocidad.

Pocas veces se ha visto una respuesta tan inmediata y eficaz como esa con la que la anfitriona contestó a las primeras acometidas.

No se contaba con los gases nobles que un antiguo barón asturiano atrincherado podría aportar, enriqueciendo con fanfarria la sonoridad de la batalla. Pero Tota sabía cómo no desairar a todo el espectro social y en cuclillas recogió un par de sonoras flores para el conde, tras una graciosa reverencia.

A eso del atardecer, la mucho más que noble Tota apareció por el umbral con una bandeja de vasos llenos de infusiones de anís con el que, junto a una banderita blanca bordada a mano, presentó la propuesta de armisticio.

Llegamos a un acuerdo.

Cuando el sol se iba, soltamos un centenar de globos.

sábado, 25 de abril de 2009

JUEGO DE NIÑOS

Jugaban los niños
en la plazoleta,
en tanto las madres
hacían calceta.
Jugaban, jugaban,
con algarabía,
al toro, a pídola,
y alegres reían.
Las niñas, aparte,
también se agrupaban;
unas con el tejo,
las otras saltaban.
Luego, todas juntas,
al corro cantaban.
Yo soy la viudita
del conde laurel,
que quiero casarme
no encuentro con quien.
En tan bello marco
de sana alegría,
se hallaba una niña
que no sonreía.
Con los ojos tristes
a todas miraba,
pero de los juegos
no participaba.
-Niña ¿qué te pasa
que tan sola estás?
Anda, ve con ellas
y ponte a jugar.
-¡Es que me han echado¡
pues no sé saltar,
y en el tejo pierdo
sólo hago estorbar.
Al único juego
que todas me invitan
es para el llamado
de la gallinita
y a la vez coinciden
que tengo que ser
la que el pañuelito
me debo poner.
Por eso prefiero
mirar y mirar
antes que mis ojos
dejarme tapar.

jueves, 23 de abril de 2009

HOY ES EL DÍA DEL LIBRO



A todos mis compañeros y a quienes pasan por aquí, os deseo un feliz Día del Libro. Me gustaría compartir con vosotros dos títulos en este día. Por un lado, el libro que me ha regalado mi amiga, tal como acostumbramos a hacer desde hace varios años ya: El blog del inquisidor, de Lorenzo Silva.
Y por otro lado, el que yo le he regalado a ella: El canalla sentimental, de Jaime Bayly. Cuando los lea (porque ambas leeremos los dos), os comentaré qué tal me parecieron.
¡Un beso y a leer, que son dos días!

GRANDES BATALLAS DE LA HISTORIA (X).

Batalla de la pescadería de San Severiano.

 

Desde que yo recuerdo, y una tiene en la mente grabada muchas cosas, las discusiones entre Tatiana Mendiluce, alias Berejeni, y su vecina Isaskia Vallejo, la Pipafloja, las dos pescaderas del mercado central, siempre se han llevado mal.

Al entrar, de madrugada y limpias como el oro, definiendo la asepsia hospitalaria en cada paso, se saludaban con un golpe plano de acedía como sustituto del guantazo.

Pero, hombre tenía que ser, llegó el miércoles pasado un noruego al mercado y dijo que entendía de pescado, que venía con una furgoneta llena y que quería el mejor material para invitar a su familia, que venían a verle para celebrar un cambio de dentadura (eso creímos entender). Hablaba a gestos y miradas, iba del puesto de Tati al de Isaskia, no se decidía, cogía algo y lo soltaba, comparaba… llegó a intercambiar un pulpo que estaba en plena faena con una calamara. Un desastre.

Salieron las dos con los brazos en jarras. Agarraron cada una por un brazo al noruego.

-Yo inosenten, las prometo por fiordos.

No hubo forma de parar la tangana. El noruego salió disparado. No era tan tonto.

Los primeros momentos de cualquier batalla indican la estrategia, la colocación, la idea básica. Pero si se enfrentan dos enemigos muy conocidos, hay que improvisar desde el principio.

Tati optó por colocarse de un salto detrás de Isaskia e introducirle gambas peladas sin descongelar por la espalda.

-¡Arehorihayayayayiiiiiiiiihijalagramp…! –dijo exactamente, que yo estaba allí y puedo certificarlo.

Isaskia contaba con el rencor del pulpo interruptus y éste, con breves instrucciones, consiguió subir por los holgados pantalones de Tati.

-¡Ohohoihohohoi, ehtoqué é, ehtoqué é, pero qué eeeeeeee, cashocabríiiii! –dijo.

Allí las dejé, zambullidas entre los chocos y un atún que no había terminado de morirse y quería su propio espacio, una cosa como el de ver la tele en tu sillón.

El jueves volví al mercado.

El marcador señalaba seis golpes de lenguados a cinco a favor de la abuela de Tatiana contra la madrina de Isaskia. Según me contaba mi prima Yeroleraida, las dueñas de los puestos se tuvieron que ir a un bautizo y dejaron a las familiares que siguieran la refriega.

Me dio por preguntar el precio de los jureles y estoy en el hospital intentando que me saquen una cáscara de ostra de la nariz.

No sé qué pasaría el viernes.

OFERTA DE HONOR.

El instructor de guerra del joven conde Arana levantó la espada una vez más. Tras dos horas de esfuerzo metido en la nieve hasta las rodillas, presentaba la posición de guardia de la esgrima, con una hoja que pesaba tres veces más que cualquier espada. El discípulo se levantó tras su última caída y con él también su espada y el escudo. Entonces el maestro dio la orden de regresar al castillo.

Doña Inés de Saltera, viuda de Guillén, el  tercer conde de Arana, veía pasar a sus aposentos a su hijo, medio muerto de frío y cansancio tras la instrucción para la guerra. A pesar de ser unos tiempos de paz, el entrenamiento era espartano. Y diario.

Eran tiempos en que el honor era pretexto suficiente para pelear. Bastaba decirse insultado para cruzar con un guante la cara de un caballero y desafiarle. Después se inventarían las razones, mucho después de establecer el premio para el vencedor.

-Yo tengo lo que deseáis, -dijo el joven conde al noble Tomás de Laredo, quien se había levantado para gritarle en medio de un banquete y retarle a muerte-. Decidme qué puedo ganar yo si os ganara.

-Mi hacienda y mi título, -respondió Tomás.

-Entonces, cambiad de castillo, -intercedió doña Inés en medio del silencio de la reunión, dejando boquiabiertos a todos los presentes-. Y demostrad que sois digno de ser mi amante sin matar a nadie. Mi hijo, al mismo tiempo, desposará a vuestra hija y las dos casas se llenarán de vida en lugar de hacerlo de muerte. Una oferta de honor.

Doña Inés era una mujer hermosa, de ojos negros centelleantes y un cuerpo deseado por los hombres tras mirarla una sola vez. Y de las que no bajaban la mirada.

En silencio, con una sonrisa de desprecio, Tomás de Laredo se levantó de la mesa y recibió su espada de su escudero para avanzar hacia el centro del enorme salón. El conde Arana no vaciló y fue a su encuentro.

El ruido del primer choque de las espadas oscureció el tañido de la campana de la torre del castillo, que avisaba del cierre de las puertas para la noche.

Tomás de Laredo, sin levantar la vista del suelo, se arrodilló y dejó caer la media espada que aún agarraba con la mano.

Enfrente, Doña Inés de Saltera, mucho más rápida en la esgrima que su hijo, le levantaba la barbilla con su hoja tras romper por la mitad la espada del de Laredo. Quería mirarle a la cara antes de cortarle la cabeza.

Pero no lo hizo.

Dirigiéndose a todos los nobles allí reunidos, se cogió del brazo de su hijo y se retiró a sus aposentos. Era tarde y los dos, el aprendiz y la instructora de guerra se levantaban al alba para ejercitarse. Caminaban con las espadas en alto.

lunes, 20 de abril de 2009

GRANDES BATALLAS DE LA HISTORIA (IX).

Batalla de la Paz.

 

Celebrada en el lago Leada, en pleno centro de la capital de Bolivia, tiene la virtud para los investigadores de ser la primera con propuesta de intermedio para comer, en el que se repartirían refrescos y bocadillos.

Llevados los coches de las bombas por caminos abruptos, al ejército A, muy revolucionario, se le cayeron dos cajas de petardos por el camino que nadie se bajó a recoger en un error calificado como histórico. En su haber, diremos que el uniforme, blanco con media manga, medias negras, gorra de plato y pelo recogido, provocó aplausos en el ejército B, que por su parte hizo furor en el público nada más dejar ver su pantaloncito corto caqui, gorritos flexibles de pescador maduro, tres trenzas y gafas de sol. Mucho más pret a porter sin duda.

El árbitro tiró la moneda al agua y bajó la cabeza, azorado. A los dados ganó el jefe de los A y empezaban los suyos.

La batalla era mixta. El primer torpedo, de aviso para que se fueran colocando, lo tiró el comandante Flavio Hortensio Macarandeido. Él quería salpicar al almirante Walter Wonder Wells, alias el Internet, que buscó –y halló pronto- unos pantalones de recambio.

La respuesta, aérea, sorprendió. Del portaaviones de fabricación soviética Llevomoskas partió el legendario kamikaze Chokokontó que se fue de cabeza al mueble de la vajilla de los otros. Un desastre. Aquella noche, y el resto del mes, cenas en platos y vasos de plástico.

El contraataque, de manual. El comandante echó al agua dos millones de buceadores que, con la mano libre –la otra para taparse la nariz-  quitaron los tapones de cinco destructores. Desesperados, se puso en marcha la operación “Cúbica”, a base de fregonas y bayetas, achicando agua en plan bestia. Desde el condecorado almirante hasta el último marinerito.

En el paroxismo de la batalla, el segundo árbitro que dice que se tiene que ir. Que su Elena está de parto y que él le prometió estar con ella. Sin más, y lo dice el reglamento, el juez principal pitó descanso y sirvió una comida, desde mi punto de vista (y lo mismo para todos los que estábamos allí), muy alta en calorías.

Y ya después de la sobremesa, cerca de las cinco y media, sin las dos horas de la digestión, se echó la noche encima.

El administrativo, con el acta preparada, no quería saber nada.

Allí las camas estaban sin hacer, no se había preparado cena y las madres llamaban sin parar, poniendo loca la cabeza a la niña de la centralita.

-Yo firmaba el empate, -dijo socarrón el administrativo.

Así fue. Un apretón de manos y todos para casa.

En el autobús de vuelta, la mayoría con su walkman y cansados, no se veía la alegría del principio de las excursiones.

Bodas (I).

Mediodía.

-Stamo paselebrá ¿Quiere que sí, ooouuuuaaeeehboda y eso, tú? ¡she, tú!

-Pssséeeah, quesí, fijo.

-¿Y tú, tamién?

-Síi, massomeno, ¿no?

-Yo os declaro y toeso…

-¿Alguien quiere tarta o argo?

-Yo… bueno, algo. Una cucharaíta.

Ruido de latas y coche, clanc, clanc. Una sola lata. Una lata.

-Adió, adió niñoh; ser felí. Lo má. O argo.

Por la noche. En el hotel.

-Mete los carsetine en una bota, que despué los barren.

-Sí, ya ¿Ta cansá? Yostoi que me caigo de tordía.

-Queseyó, sí, sssomenos.

-Tamañana, nos vemo y eso. ¿Vasito dagua?

-Bien, bueno. Apaga la lú der vate.

-Sapagasola. Shatepallá.

Bostezooooouaahhh.

La pasión desmedida, el desenfreno y el desmadre han sido y son características comunes que hacen inconfundible cualquier boda celebrada en Canadá. Baste el ejemplo anterior en la que fui testigo de mi propia boda. Que no me lo ha contado nadie. Una pasada.

jueves, 16 de abril de 2009

DESPEDIDA DE SOLTEROS.

Jennifer Tilidad odiaba esas reuniones. Pero, después de escuchar lo que había pasado en otras anteriores, se echó el abrigo por encima, pidió un taxi y apareció justo en el momento más oportuno: Su novio, Bartolomé Jordel Mundo, estaba a punto de ser despedido por no haberse casado tras dos años de trabajar en la empresa, según la cláusula dos de su contrato. El jefazo de personal, en cuanto vio firmados los cursillos prematrimoniales y la fecha de reserva en la Iglesia de Santa Bique, el mes siguiente, rompió el expediente de regulación de empleo.