sábado, 19 de septiembre de 2009
"Curiosités"
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LaRubia
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sábado, septiembre 19, 2009
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quenosleen
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GRANDES BATALLAS DE LA HISTORIA (XVIII).
Batalla del baile de clausura del curso 2000/01. Universidad de Pavolonch.
A la entrada se mascaba la tragedia. Ver sonreír a la rectora Paula Tina estremecía la parte del cuerpo más cercana al páncreas, provocando una serie impar de estornudos. Los aspirantes a reina y rey del baile, los tontitos Angelosa Mari Miramar Mota y Borjavier Tanganito, premios de ortografía y coloreado de mapas, lloraron con lágrimas al verla en la puerta. Sólo gracias a la intervención de la jefa de limpieza, Amadora Quintana, la única que le hacía frente, consiguieron llegar hasta la pista de baile. Pero era inevitable que estuvieran allí las dos.
Con los que entraban detrás, se componía la clase A, la de los alumnos buenísimos, guapísimos y elegantísimos que adoraban a Angelosa y Borjavier. Eran los que mejores notas habían sacado en las asignaturas más poliválidas del Distrito, a saber: doblado de servilletas en tres picos, dar azúcar a los caballos, pedir que le cambien la rueda… Eran muy felices casi todos los días del año.
Por la otra puerta, con Jacinto el Chachi y Juanola Pomodora al frente, iban entrando los demás. Los otros. El resto, los de la clase B. Los que habían sacado su título justo a tiempo, antes de que arrancara el camión de la basura. Sus rostros, cuando conseguían tener aspecto humano, daban más miedo que en los días normales. Sus ropas, prohibidas como armas bacteriológicas. Sus modales… ahí estaba otra parte del problema. Sus asignaturas variaban pues ningún profesor les dio clases más de un curso.
Con la prudencia y el temor que establecía la presencia de la rectora a unos y la limpiadora a otros, más un buen tabique en medio, el baile alcanzó los diez minutos sin incidentes, pero alguien dio el soplo de que la rectora y la limpiona se liaron al póker.
A los veinte minutos, los destinados a sustituir a la munición de los carros blindados se habían quedado sin música propia, saltado el tabique, y barrido de la pista a los ñoñis, que se preguntaban qué hacer en caso de no encontrar su pañuelo. O aún peor, encontrarlo muy arrugado.
La invasión daba a los brutos una sensación de poder absoluto frente a los flojis, y se embriagaban de poder. Rompieron flores, abanicos y tacones, se bebieron tres tes y cuatro limonadas y derramaron dos vasitos de chocolate… La victoria parecía definitiva.
Pero la vida da muchas vueltas. Un golpe cúlico de la gran Juanola, al echarse sobre una mesa, puso en marcha el tocadiscos previsto para el baile estelar de los pijifliquis. Y la aguja, feliz de caminar en el surco de un disco de vinilo, puso a sonar “Los suspiritos de tus labios, niña, que sí, que sí”, y a la propia Juanola, junto con el feroz Chachi, se les escapó un baile agarrado con finura, lento y elegante.
Ahí se acabó. Sorprendidos por partidarios y enemigos, los líderes de la vida birriosa perdieron su glamour y los suyos la confianza. El giro que tomó la batalla fue de los grandes: Se cantó “Cielito Lindo” a continuación y, antes de que pudieran huir, dos veces una de Paloma San Basilio, acompañada de palmas y saltitos.
La huida de los feítos fue bochornosa. Los suavicutis rieron, descorcharon batidos y se quedaron hasta las siete y media de la tarde bailando tras dos rondas del juego de la silla.
De los chorras se sabe bien poco, aunque hay quien cuenta que se dispersaron y alguno anda por ahí de alcalde. Jamás volvieron a aparecer por el Campus.
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miércoles, 16 de septiembre de 2009
Plagas (y 9)
Oscuridad.
Esta plaga no es fácil de ver. Nadie consigue explicarla con claridad y pocos arrojan un poco de luz sobre el asunto. Mandan la mayoría de las veces a gente con pocas luces para entenderla y, como poco, hay que ponerse las pilas para intentar disolverla. Es fuente de gran movimiento para el dinero negro y para preguntas básicas como “y estas dos cosas tremendas que estoy tocando sin poder evitarlo, aquí a oscuras en el ascensor, ¿de quién qué serán?”.
La plaga, extensible a más de la mitad de nuestro tiempo, se ataca con interruptores, linternas, cerillas y soles cercanos, ordenados de mayor a menor gasto.
Dilata las pupilas como algún que otro yerbajo y no tememos quedarnos a dos velas.
Agudiza los cuatro sentidos restantes y nos hace dependientes de los ciegos, con los que tantas veces decíamos no tener nada que ver en este asunto.
Iguala los dos ojos de los piratas, que sin el parche pueden tomar el aire y refrescarse las ideas sin temor a que alguien quiera copiárselas echando una miradita.
Elimina reparos, pudores y tiempos perdidos en los sucesivos asaltos de cama, si bien se recomienda evitar caídas de la misma y acabar en el pasillo, tirando por el camino perchas, cuadros y jarrones valiosos.
La oscuridad elimina razas, raseros y razones, roces y rezos y pone la piel de gallina a todo el ser humano. La hace más sensible, busca cualquier caricia, mientras que la deslumbrante contrincante se preocupa de buscar sólo las diferencias y sembrar distancias.
La oscuridad siempre sorprende, se lleva la fealdad y trae la mayor complicidad. Y, digan lo que digan, establecer un par de asaltos de verdadera lucha libre compartida se multiplica por mucho si la ardiente oscuridad nos envuelve. Entonces buscamos con más afán los brazos que nos cobijen.
Por eso no huyo de esta plaga, aunque se crezca por las noches y me engulla. Aunque no sepa cuánto tiempo me condenará a esperar el brillo de los ojos que me mantienen vivo. Bueno, ésa es otra historia.
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Plagas (8)
Langostas.
Surgió la bulla en una cena no consumada por no consumida. El menú propuesto por Cándida Faltona para su familia en su flisogésimo aniversario era el siguiente:
De primero, galletitas marroncito claro. Pan, picos, agua y servilletas, cubiertos incluidos.
De segundo, sal, pimienta, aceite y vinagre, salsas mahonesa y bechamel y más pan para mojar el pan y agua para desentrombonar el esófago.
De tercero, langostas. Así, como suena.
Y fue que todos los invitados, soltando los puñales traídos para ensartar a Cándida y decorar después su cadáver, se sentaron alborozados a la mesa agarrando con fuerza sus monodosis de condimentos servidos por los camareros Esteban Deja y Vicente Nedores.
Y fue verlos sentados, con la paulóvica saliva esperando un manjar conocido por su carne marinera y tierna, sabrosa y aromática, que Cándida mandó abrir al mismo tiempo las cuatro ventanas del salón para que por ellas se colara el grueso de los setecientos mil millones de insectos voladores, zumbones y devoradores con los siguientes efectos devastadores:
La flor del ojal de Jeremías Paramí, recién cortada esa mañana, desapareció.
El plato de espinacas servido por tercera vez para el niño caprichoso que no hubo con quién dejarlo, acabó limpio como una patena.
La maceta de hierbabuena de la tía abuela de Cándida, doña Bermeja Bones, acabó pelada.
Y, por último la huída despendolada de los familiares, que abandonaron sus perversos planes. Como obsequio, el niño recibió un tuperguare de espinacas con todo su valor nutritivo.
Y ni uno sólo de los pastos o sembrados de las zonas de alrededor quedaron perjudicados o asolados, pues el convenio establecido entre los bichos, unos profesionales, y doña Cándida, contenía con claridad las formas y las fechas de aparición, susto y retirada con pago por horas. En cuanto a su manutención, el menú era el mismo ya mencionado, con un primero y un segundo platos.
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martes, 15 de septiembre de 2009
Entremés.
Ecos de sociedad.
Se celebra el próximo sábado, en la parroquia de Nuestra Señora de la Flauta Dulce, el enlace entre la Srta. Miriam De Harris Pinocchio y el Sr. Alberto Cyrano y Gaztelu.
Media etiqueta o toalla de baño, nos la suda. Pero un detalle: Métanse debajo de las mesas, agáchense o tírense al suelo. Insistimos, nos da igual. Pero por lo que más quieran, no toquen las narices a los novios.
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Plagas (7)
Granizo, fuego y hielo.
El fabricante de paraguas y sombrillas Teodoro Migrañas, en conferencia celebrada el pasado domingo en el centro cultural de Baldehigos, expresaba lo siguiente:
“Muy buenas. Me dirijo a ustedes con una idea firme, la de que me compren mis paraguas negros, y para ello les fumigaré la cabeza con la siguiente historia:
Érase que se era el reino de Sékeland, un país donde fue vista una gota de agua por el cielo en 1777 y, capturada y llevada ante el rey Paké Pisheras II para un interrogatorio con esponjas, confesó que era, en realidad, el salivaso de un labriego. Sirva este rodeo para decir que se trataba de una tierra muy seca.
Y para no tardar en cenar, seguiré con la historia a un ritmo más ágil. El primer ministro, Loklavo Hentér, y la reina, Kaderagitar, mantenían una serie de intercambios culturales durante los cuales la reina estudiaba con detalle los maravillosos grabados del techo de su dormitorio, y el ministro profundizaba lo mejor que podía.
Quiso el destino que el chivativo y feo primer ministro suplente, Lamías Mayor, supiera de los lances pictóricos y fuera con el cuento al Paké, que paqué te cuento. El rey, ofuscado, contrató los carísimos servicios del mago Tolohago Simepag, que, durante el tercer asalto de la conferencia sobre bóvedas de aquella tarde, hizo que miles de agujeros se abrieran en el techo de madera y cayeran de ellos infinitas gotas de agua, cada vez más frías, que consiguieron enfriar el ánimo de los amantes y mojarles al mismo tiempo.
Fue entonces que reina y primer ministro salieron de la estancia con el mayor decoro posible para refugiarse en la suite de invitados, pero les siguió la lluvia, que arreciaba y endurecía hasta la granizada. De hecho, Loklavo tuvo treinta y siete y medio durante toda la noche.
Y por más que pusieron techos duros sobre sus vidas, los engañizos reina y ministro vieron crecer sobre sus cabezas verdaderas tormentas tropicales y huracanes en cuanto hacían la menor indicación de yacer rítmicamente con fricciones mutuas. Y, de alternativa, fuegos quemadores que ayudaban a que las cosas ardieran y se chamuscaran o se pusieran muy calientes.
Y fue que todas las acciones encaminadas a adornar frentes maritales fueron castigadas con trombas de agua, fuego y granizo, bajas presiones y aguaceros tormentosos que llevaron a la desesperación a la pareja origen hasta el punto de pagar una fortuna a la ex mujer de Tolohago, Bengapakaya, que en un pis pas, sin cogerse ni un pellizco, sacó de un bastón un hongo negro que cobijó a la pareja durante un par de días antes de firmar el cheque, pues podían devolver el producto sin compromiso.
Y fue también que desde entonces la promiscuidad se propagó protegida, gracias a la cobertura de “una tela circular, ajustada con varillas, unidas éstas a un eje común de donde obtienen su rigidez”. Vean, señoras y señores, qué definición tan buena de un paraguas para aquellos tiempos.
No sorprendió al profesor que el 92% de las compras de aquella tarde la realizaran mujeres. Nada en absoluto, pues era el único hombre en el salón de conferencias.
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martes, septiembre 15, 2009
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