miércoles, 20 de enero de 2010
NOÉ Y MOISÉS
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martes, 19 de enero de 2010
POR TI.
Vuelve aquí,
por favor,
donde vale la pena morir.
Por un sueño,
de esos que te permiten vivir.
Sal de ahí,
de ese cielo aburrido y grotesco
que te impide que apuestes por mí.
Esa gloria tan triste y sin fin,
donde no quepo ni quiero ir;
pero si hiciera falta mentir
por traerte de nuevo hasta aquí,
renegando del diablo,
mira bien lo que hablo,
volvería a rezar para ti.
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viernes, 15 de enero de 2010
UN VIAJE AL PARAISO INTERIOR
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jueves, 14 de enero de 2010
DINASTÍAS.
El príncipe Az Hulón, de Aresistania, quería a la princesa Rosa Isaura para compartir su reino, y ella lo mismo, pero en su reino natal, Pensilboina.
El muchacho organizó un fiestón con baile y bocadillos y se sentó a esperar en el trono de sus padres, que querían que causase la mejor impresión a la princesa.
La muchacha hizo lo propio en los jardines del palacio Real, entre miles de globos de colores y jóvenes damiselas que soñaban con verla cogida de la mano del príncipe.
Treinta años más tarde, se celebraron las bodas de plata de las constituciones de las repúblicas de Aresistania y Pensilboina. Entre las credenciales intercambiadas por el cuerpo diplomático, se encontraron dos preciosas y ajadas invitaciones a las antiguas residencias reales escritas a mano.
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miércoles, 13 de enero de 2010
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martes, 12 de enero de 2010
VUELOS.
-Ding, dong, última llamada para los pasajeros a Bruselas, puerta diez. De las tres que están abiertas, la puerta diez.
Quien graznaba por el altavoz era mi tía Ufrasia, que sacó el número dos en las oposiciones de 1.949, un año antes de que construyeran el aeropuerto.
Delante de la puerta nueve tropecé con un notario de Salamanca y se me abrió la maleta; y me quise morir en directo. A mí, que si me tuercen un folio araño con tenedores la parte de dentro de los párpados. Como pude, dicté al notario el orden de la ropa blanca y seguí mi camino.
-Ding y dong, repito, ding y dong. Última llamada de verdad a los pasajeros a Bruselas. Puerta diez. Que no digan después que no hemos avisado.
Recogidos mis pañuelos y vueltos a doblar, me fui hacia la diez, que me quedaba enfrente. Y un señor que pilotaba un carrito de golf, empujado por otro en otro carrito igual pero con gasolina, se me puso delante. Como mejor pude, pasé por encima de ambos, tirando primero la maleta bien cerrada, luego el maletín y finalmente mi persona, dejando como único efecto colateral el haber pisado los reverendos del que iba primero. Ninguno de los dos iba a volar, pero dijeron que les gustaba ver salir los aviones y allí estaban, siempre por medio, por si podían ayudar en algo.
Antes de dirigirme al tubo claustrofóbico que lleva al embarque definitivo, me cachearon de nuevo y yo, qué le voy a hacer, me pongo la mar de débil si me meten las manos por dentro de la camiseta. El guardia decía que era para buscar objetos peligrosos y encontró mi medalla de la Virgen de la Caspa tallada en carey. Pero con la risa nerviosa se me cayeron los lápices.
-Ding y ya no digo ni dong. Que cerramos la puerta del avión y aquí ya no entra ni la madre del piloto. Ahí sus quedáis.
Ordené como pude por colores mi caja de ciento veinticinco lápices y, cuando la azafata cerraba la puerta, en un salto de pantera me metí en el avión hasta caer en mi asiento, todavía con la cosa de la cosquilla revoloteándome por dentro. Al ratito, la azafata se pudo quitar de debajo y volvió a sus quehaceres.
-¡Uyyychss, chiquillo pordió!, -gritó entre dientes mi tía Ufrasia, que me controlaba por pantalla-. No sé cómo no tas partío un muslo, -dijo para todo el aeropuerto, pero dirigiéndose a mí.
Sentado y con el cinturón desabrochado del cuello, me dediqué a revisar los encargos: servilletas, sellos de goma y pantalones de chandall que llevaba para los belgas. Y, al secarme el sudor con el pañuelo número veinticuatro, se me heló la sangre: Había perdido mi peluquín en la terminal. Vi cerrarse la puerta y me encogí como un globo pinchado.
Al encarar el avión su pista según le indicaba Ufrasia al comandante, desde el suelo los tipos de los carritos levantaban mi bisoñé rubio platino como lo harían los pieles rojas. Los dos acompañaban el enarbolado del postizo con un par de cortes de mangas. Hice como que giraba un volante hacia donde se encontraban y ambos salieron corriendo a meterse en un camión de equipajes para salir pitando de la pista. Aquello me animó bastante y, ni corto ni perezoso, di la orden de despegar, como hago siempre que vuelo. Después, mi tía Ufrasia lo transmite a los pilotos.
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sábado, 9 de enero de 2010
Aromas
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viernes, 8 de enero de 2010
Editorial Enero 2010
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miércoles, 6 de enero de 2010
VICEVERSA.
Mis pinceles exigen del lienzo la tersura de la piel de un tambor para avanzar sobre él; así se deslizan o se quedan clavados en el punto donde paro a descansar.
No concebía esas ondulaciones de mi último cuadro, un lienzo de varios metros de largo por más aún de alto: Mientras yo hundía mi espátula en el ángulo superior izquierdo, veía promontorios en el centro, que se desplazaban hacia abajo, bien en línea recta, bien con la cadencia de una pluma.
Muerto de miedo, bajé de mi escalera y moví hacia mí el enorme bastidor. Y, en efecto, allí estaba ella, pintando un cuadro parecido al mío pero menos tenso, por la parte de atrás.
No nos dijimos nada. No supimos por qué había un lienzo en lugar de pared para dividir en dos el enorme estudio. Nos dimos los buenos días y seguimos pintando. En el museo, bastará un sitio giratorio para cuando expongamos la obra terminada.
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miércoles, enero 06, 2010
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