Se me habían olvidado muchas cosas sobre ti. Entre ellas, la forma en que tus manos se movían sin parar, mientras me explicabas cualquier cosa tuya, mía, o acerca de la camiseta blanca que viste en aquel escaparate con El Principito dibujado en azul. Todo lo llenaban tus manos. Todo. Todo mi universo.
Se me habían olvidado muchas cosas sobre ti. Otra de ellas, cómo tu presencia lo iluminaba todo a tu alrededor. Eras un imán, un sol radiante. Eras algo imprescindible. Imprescindible, sí. Y en nuestro caso, el tiempo no se encargó de que dejaras de serlo.
Hoy nos vemos después de que las circunstancias nos separasen hace muchos, muchos años. Hoy comparto contigo las mismas escaleras mecánicas de estos grandes almacenes, y al mirarnos, al abrazarnos, hemos dejado de tener clara nuestra vida individual hasta ahora. Se nos tambalea el mundo que hemos creado aparte del nuestro, porque habíamos dejado nuestra suerte en manos del destino y hoy ese destino caprichoso y cruel ha querido volver a unirnos.
¿Y qué hacer entonces? ¿Cómo conciliar mi compromiso presente y nuestro deseo? ¿Cómo volver a perder lo que ya una vez con dolor perdimos? ¿Cómo apagar ese sol radiante que para mí sigues siendo? Después de tus ojos sé que no habrá vuelta atrás. Y pese a lo que pese, hoy dormiré contigo. Y que el tiempo siga su juego.
