martes, 22 de noviembre de 2011
jueves, 17 de noviembre de 2011
Alfilosofías.
Si las pelotas no te botan en el partido, ¿qué pelotas te votan en el partido?
Aquel arquitecto bajó por la escalera de su vida.
“En caso de poco peligro de incendio, aráñese el vidrio suavemente con uñas cortas.”
Se busca criada. No debe andar lejos.
Si no toca con trabajo, la viola.
Las pequeñas estampas de motivos indecentes ¿se llaman estamputas?
Más vale guisantes que crudos después.
No sé ya lo que sello.
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Gabriel
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miércoles, 16 de noviembre de 2011
LAS TRES HERMANAS
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Paquita
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martes, 15 de noviembre de 2011
NO ME DEJES.
No me dejes dormirme en un poema
cansino, calculado y derretido:
no me rías ni digas que has reído.
Pero sí si chamusca y no te quema.
No permitas el juego de la rima
por culpa de finales parecidos,
ni me abraces por versos conseguidos
si lo dicho con ellos te da grima.
Muéveme al fin, sacúdeme las venas,
que se aclaren de ripios bochornosos;
que soporten que no hay gloria en tanta pena.
Que renazcan de mil fallos gloriosos,
que intenten reducirme la condena
de andar en tanto verso mentiroso.
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Gabriel
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sábado, 12 de noviembre de 2011
¡De nuevo expongo!
Aquí, en primicia para vosotros os muestro el diseño del cartel de nuestra próxima expo. Será en
La Casa de las Sirenas. La inauguración, el día 5 de diciembre a las 7,30 de la tarde. Espero veros por allí.
Un besazo para todos.
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inma
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domingo, 6 de noviembre de 2011
EL GABINETE DE LA DOCTORA PLESNECTER.
Gabilonda Plesnecter Bifomatandaska, alias Brenda, soñaba con su propia consulta de otorrinolaringorrodillología. Estaba harta de Benito Spiriakatsis, quien nunca atendía de frente a los pacientes, fuera lo que fuera que hubiera que operar. Y de su otra colega, Petrasova Cantalobosblancos, una mujer con ideas fijas en cuanto a extirpar la mayor parte de cosas a los enfermos en cuanto se descuidasen, empezando por la cartera, que consideraba un bulto sospechoso en los pechos de muchos muchachos. Gabilonda no era así.
Acudió a un agente inmobiliario, Nasalio Estrepandabus, para que le buscara un local sencillito, de entre ocho y diez hectáreas, con techo cubierto, capaz para veinticinco mil espectadores en las cirugías. Gabilonda soñaba con la mejor marca mundial del año en extirpación de legañas furibundas. Sus compañeros no pensaban igual, a ellos sólo les guiaba el dinero.
Se gastó una fortuna en acondicionar el local y encargó la publicidad a la agencia japonesa Lodigoyotodo, quien se encargaba de cualquier detalle. Cuando apareció en la pista central con sus guantes de goma verde, su bata azul y su mascarilla amarilla, el público rugió y los aplausos despertaron al paciente, que hubo de ser anestesiado a palos limpios.
Al ratito, Gabilonda, después de exhibir como trofeo un chicle adosado al páncreas del paciente desde 1987, suturaba con una sola mano la mínima incisión y de dos tortas con el dorso de la mano invitaba al enfermo a saludar de pie: aunque se cayera al suelo después, eso ya no era responsabilidad suya.
Pero el final no parecía feliz. Al decir Gabilonda que todo el mundo podía irse a casa y dejar de molestar, las puertas del recinto no se abrían para fuera ni para dentro, ni para los lados, como supuso un listo. Hasta el enfermo se agobió.
Desde fuera, las voces de Benito y Petrasova, a capella, interpretaban el duetto “Muera la traicionera, muera en salmuera”, de Patritsio Monkismonkis. Era su forma de decir que la iban a majar por no contar con ellos para la gala inicial ni para el negocio final. Al final del canto, desembalaron cien kilos bien despachados de proyectiles con mechas rubias, listos para ser tirados para dentro desde fuera.
Gabilonda comenzó a masticar el chicle rescatado para matar los nervios. El público se le echaba encima tanto con sus cuerpos como con sus opiniones, entre las que se distinguían claramente “chufla” y “tripona”. Finalmente, guardó el chicle y decidió echar por debajo de la puerta una copia modificada de su escritura de constitución, donde incluía como socios a Benito y Petrasova.
Se pudieron abrir las puertas, salió el público en avalancha con el satisfactorio resultado de mil seis personas pisoteadas y los socios se fueron a tomar un refresquito.
A las seis de la mañana, encendieron un cigarrillo junto a las mechas y viajaron juntos por los aires al mismísimo atolón de Blohamura, junto a la isla Karahorharo, donde aterrizaron calvos y sin ropas, pero con el título de medicina para colgar. Los nativos los acogieron con alegría y cantos de gratitud a sus dioses locales, que les daban la opción de abrir la consulta externa inaugurada hacía diecisiete años por un ministro de Sabadell que por fin podría volver a casa.
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Gabriel
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domingo, noviembre 06, 2011
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viernes, 4 de noviembre de 2011
Accidentalmente
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inma
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lunes, 31 de octubre de 2011
Mirando a Sevilla
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Peneka
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domingo, 30 de octubre de 2011
GRANDES BATALLAS DE LA HISTORIA (XXXII).
Batalla de la Nasa.
Tres, dos, uno, cero… fueron las calificaciones obtenidas por José Manuel Jefferson Olivera en sus exámenes para astronauta. La cuestión era peliaguda: estaba predestinado por su familia para ser el nuevo Amstrong, el dueño de las estrellas del siglo XXI, y ahora ese sueño parecía imposible.
Llamó a su abuela, doña Genara, residente en Bienvenida, provincia de Badajoz.
-Agüeli, que man mandao pal mierdo y no puedo montarme en los cacharritos.
-¿Y la mona Perchitas, dónde está la mona? –preguntó llena de angustia y malestar doña Genara. La mona era descendiente directa de la primera que viajó en un proyecto Apolo y la habían criado en Badajoz, en la finca de los abuelos; hasta el propio don Honorio, esposo de Genara, murió por ir a darle la merienda cuando estaba subida en un limonero. La mona lloró muchísimo.
-La mona está bien, agüeli, a ella sí la dejan subir a la cárzula. Pero tiene que ir otro con ella y a mí no me van a autorizar.
-Tuspérate quieto ahí y verán los pinchapollos ésos. Vete para el aeropuertuario, que estoy allí en un pis de pases.
Y la verdad es que tardó poco la mujer. Y eso en los relatos se agradece.
Aplastado bajo las cuatro maletas repletas de chacinas que se trajo doña Genara, José Manuel se metió en el taxi junto a su abuela, camino de cabo Cañaveral.
-Desde luego, mira que veniros aquí con tu padre, ese migas blandas, en lugar de quedaros en la tierra. Menos mal que te venías los veranos a curarte y recuperarte.
-Si, agüeli, que siempre me preguntaban por los gazpachos, las tortillas y los filetones de lomo. Así volvía de gordito y colorado a Colorado.
Al salir del taxi, fueron a su encuentro la madre, el padre y la mona. La madre, la abuela y la mona se fundieron en un abrazo. El padre recibió las maletas en los brazos.
Una vez en el centro de reclutamiento de astronautas para misiones interestelares, el grupo familiar fue recibido por los instructores en pleno, cada uno con su carpeta de exámenes de José Manuel.
-Buenos morning tener ustedes todos, -dijo el jefe del grupo en su más correcto espanglish.
Doña Genara, un poco lenta por el jet lag, falló al abofetear al de la sonrisa más prominente, aunque le tiró la gorra al suelo, que cayó al mismo tiempo que ella.
-Usted vieja estropiciada tener buena golpe, pero chirriar caderos y costar levantamienta vertical, up, ¿comprendería mi? hiei, hiei, hiei.
Mientras el grupo de monitores reía al mismo compás desangelado, surgió el factor desequilibrante: la mona, una experta en el combate de guerrillas y las combinaciones químicas de segundo orden. En menos de lo que tarda una vecina en llamar a la puerta de otra que se lo está pasando bien con su marido para recriminárselo, Perchitas se metió en el laboratorio y mezcló sustancias con precisión, logrando sintetizar el preparado llamado miermojonina, de la que, tras repartir máscaras para los suyos, esparció una buena cantidad por los pasillos mediante un aspersor, como es lógico suponer.
Los Yankees querían irse gou hom del tirón. Ni uno solo podía mantener la sonrisa y tres de ellos se refugiaron dentro de una lavadora cercana, donde se lavaban los calcetines de los caballos.
Llegaron rápidos refuerzos y se fueron mucho más deprisa. La Nasa estaba nasalmente aturdida y la mona daba volteretas. José Manuel estaba maravillado, sus padres sentados charlando y su abuela en una hamaca sostenida entre dos percheros. Doña Genera aspiraba y sentía los componentes de la miermojonina, donde no podían faltar doce miligramos de pellejo mustio batido de su Collantes, el cochino con mejores andares del siglo XX.
Las pantallas gigantes dieron la noticia: “Jesé Manuelo aprobar por mis muertas todos. Abrir puertos y ventanas. Firmado con sangre, el director jefasa de todos completas los proyectos de la Nasa, ¿qué pasa?”.
Y la mona, feliz y consciente de que su protegido podría aprender cosas de provecho durante el viaje, le arregló los botones del traje, se despidió de la familia y, con los tapergüeres de empanadillas de doña Genara, se llevó a José Manuel de la mano hacia el cohete.
Desde lejos, doña Genara, en suspensión, lanzaba y encasquetaba el casco limpiamente sobre la cabeza de José Manuel, que iba loco de contento.
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Gabriel
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domingo, octubre 30, 2011
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domingo, 23 de octubre de 2011
AMOR AL AIRE LIBRE.
Horacio Mendrattore era el clásico gentleman de peo fácil. Su capacidad para airear sus asuntos internos estaba contrastada, y durante su larga e intensa vida se le reconocieron escapes producidos en miles de circunstancias: Desde la tronada en fiestas del tambor de Alicante hasta la más insonorizada, estilo pinchazo de bicicleta, producida en las trincheras, en primera línea de batalla del frente de Treaxurin, durante la guerra checo-china, una contienda asquerosa donde Horacio ocupó con gran éxito el mando en los puestos de guerra bacteriológica.
Al declararse el armisticio, Horacio se licenció con honores, pero mandó a un íntimo amigo a recoger su medalla al valor, dado que ese día por la mañana había ingerido un par de kilos de coles. En el viaje de vuelta, tuvo que cambiar de asiento seis veces, hasta que consiguieron que viajara al aire libre, en la plataforma del vagón de cola, por las coles.
Cuando sus familiares supieron de su llegada, dejaron la ciudad y se marcharon unos días al Polo Norte, donde, si Horacio se les acercaba, el aire –gracias al eje Terrestre allí pinchado- se movería con mayor facilidad de un lado a otro y podrían huir a contraviento.
Al no ser recibido por nadie en la estación, Horacio suspiró de un modo distinto al habitual, dando rienda suelta a su furia intestinal sin reparar en que la fuerza de reacción le desplazó unos metros hacia delante, hasta estar a punto de caer sobre las vías, situación de la que fue rescatado por una dama que, al agarrarle, soltó tal estruendo que su vestido se levantó como sostenido por un artista de las marionetas. Y todo con una sonrisa compartida mientras duró el dueto de la sección de vientos.
-Ha estado usted a punto de matarse, señor, -le dijo la mujer, joven y de cara redonda, hoyuelos y piel de manzana-. Menos mal que estaba cerca.
Los dos, a sabiendas de su predestinación, se pusieron rápidamente de espaldas a la vía, conscientes del peligro de que una nueva ráfaga los impulsara hacia la posibilidad de ser arrollados.
De hecho, una vez recogieron las maletas de Horacio, no necesitaron taxi para llegar al domicilio de la mujer.
Ambos vivían solos y decidieron hacerlo juntos a partir de ese momento, elaborando un plan conjunto que evitaría, si no la descarga y simultáneo desarrollo fónico, sí la posterior difusión con ataque a las pituitarias, de modo que muchos alimentos pro aeróbicos quedaron prohibidos por decreto y los permitidos se guisaron en una cocina eléctrica, descartando el gas natural dentro de lo posible.
Ambos propulsaron un porvenir dichoso.
Y no les fue mal juntos.
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Gabriel
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domingo, octubre 23, 2011
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