Aunque es invierno, los campos visten el color de la primavera y las cigüeñas ya no vuelven porque nunca llegaron a irse. Ahí os dejo dos fotos de hoy mismo. Un regalito para vosotros, mis amigos.
¿Nos vemos el jueves para tomar un café?
domingo, 22 de enero de 2012
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Peneka
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domingo, enero 22, 2012
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OFICIO DE ESCRIBIR (1).
ARREBATO.
José Manolito Aswaiser, un escritor entusiasta e innovador, se levantó el sábado pasado con la intención de poner en orden las notas que llevaba tomando durante cinco años, y estructurar definitivamente su novela. El título, por fin, había acudido a su mente en forma de papelito escrito por su abuelo, don Jeffren Aswaiser, quien a su vez lo había oído en la pescadería de doña Evelynda: “Lo que teme, harás”, mitad narración, mitad ensayo sobre la incontinencia.
Con su viejo ordenador comprado la semana anterior, y un sistema operativo que ¡aún obligaba a teclear y estar despierto al usuario!, José Manolito distribuyó los papeles en ciento cincuenta y seis montones. Esto le llevó un buen rato, pero era un paso ineludible para fijar la base de su obra. Las carpetas más importantes, personajes, trama y argumento, estaban llenas a rebosar. En cambio, las que portaban títulos como “tono”, “conflicto”, “idea generadora” o similares, tenían un único post it dentro, a la espera de que alguna circunstancia inesperada le ayudara a poner algo sobre ellos. Cualquier cosa valdría para despegar.
Se rascó un poquito la entrepierna y, a pesar de que su teclado le esperaba para chivar a la pantalla lo que él dijera como confidencia, JM procedió a llenar de tinta las tres plumas estilográficas con que siempre se acompañaba. Hizo la transfusión desde los distintos botes (azul, rojo y negro, no le quedaba ya nada del tintero verde) y se levantó a buscar el frasco de alcohol puro que guardaba para quitarse las manchas de tinta de los dedos. Y de la nariz. Y de la oreja.
De nuevo sentado ante la pantalla, ésta ya se había acomodado a mostrarle unas imágenes de floreros, únicos salvapantallas que le permitía poner su esposa para cuando se produjeran intervalos no creativos en su trabajo, o momentos de “chochera espesa” que llevaran a un buen rato de inactividad en la grabación.
Todo el párrafo anterior saltó en pedazos cuando JM puso su corazón derecho sobre la k. Ahí estaba, de guardia y sin pestañear, el documento nuevo; en riguroso blanco virgen.
Ante el redescubrimiento, JM se rascó la entrepierna y acomodó la espalda al asiento, que crujió con no mucho estruendo, lo suficiente como para que el respaldo del sillón cayera hacia atrás y JM quedara en ángulo obtuso de más de 180º, posición de la que fue rescatado por su esposa, que le ayudó a levantarse y le cambió el sillón, llevándose el desatornillado a la cocina para proceder a su reparación.
Restituido el orden, JM tenía las cicatrices suficientes como para que su espíritu le llevara a navegar sobre un mar de letras. Comenzó a escribir.
“Renaldo Motes, el protagonista, injustamente acusado por su prima del robo de una licuadora, vuelve a su hogar para vengar, azotar y arrastrar a su vil familiar”. -Fin del capítulo I, -se dijo JM-. Breve y conciso para poner en marcha el mundo ordinario del protagonizante. Suficiente como para agarrar al lector.
En el capítulo II, Renaldo, agazapado tras los rododendros, descubre el partido que le han sacado a la licuadora: potitos, pureses, zumos (con y sin pepitas, según el gusto), cócteles riquísimos… y –aunque todo su ser se estremece- tira al suelo el ticket de compra (prueba circunstancial y caducada, pero moralmente válida) lo que le lleva a ser multado por una guardia urbana con una sanción de veinte euros con doce céntimos. Instantes después, sin llegar a entrar a saludar a sus familiares, vuelve al coche de caballos que le trajo desde la cárcel y piensa en empadronarse cuatro calles más abajo, donde nadie le reconocerá y podrá comenzar una nueva vida con exprimidores manuales, los de toda la vida, fáciles de limpiar y conservar. A su lado, la agente urbana le da el cambio de los veintiún euros con los que pagó y él, gentilmente, le dice que “para el bote”. Fin del capítulo II, se dice JM, satisfecho, rascándose la entrepierna.
La esposa de JM aparece cargada con el sillón arreglado y un par de bolsas grandes, recias y vacías. Es la hora de ir a comprar al súper. JM ve cómo, una vez más, su carrera de escritor se precipita al abismo. Sabe que no ha fijado la idea básica, su tesis, su objetivo, y que antes de comer, después de guardar las latas, y mientras mastica el aperitivo, esa idea se habrá ido al éter por el wáter. No habrá alternativa, a menos que…
-Ñañi, oye, mira… -JM llama Ñañi a su mujer- ¿por qué no te adelantas y ya luego voy yo y cargo la compra del coche?
-Ni hablar, -responde Ñañi-. Ni mihita. Vengamos ya mismito.
Y JM, resignado, sabe que la obra de su vida, el legado de su fuerza creativa, se va al guano sin remisión. En una pataleta, se impulsa hacia atrás para golpear de un manotazo la pantalla de su ordenador, lo suficiente como para caer de nuevo hacia atrás doblado, con la cabeza esta vez pegada al suelo, pendiente de ser recogido, ordenado y puesto en marcha. Como sus ideas. Como su compra semanal. Como su vida entera.
Y luego dicen que los albañiles son los que sufren.
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Gabriel
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domingo, enero 22, 2012
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jueves, 19 de enero de 2012
CRONICA DE UN VIAJE
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Paquita
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jueves, enero 19, 2012
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El banco (el de la foto)
Cada mañana miro al banco,
está helado.
Tan blanco, tan frío, tan húmedo…
Me quedaré aquí
junto a la chimenea caliente,
y sola
esperando la primavera,
aunque no te vea.
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inma
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jueves, enero 19, 2012
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jueves, 5 de enero de 2012
PRUEBA LITERARIA.
Explíquese el texto siguiente:
Par1:
…Y cuentan que el jeque tonto Solumenín de Balikasar, al ver a un campesino con una espiocha descomunal golpeando una roca más dura que las bongolias de Beyoncé, le preguntó:
Par2:
-Oh, tú, tontaina del Kalahari y el Sahara juntos, ¿por qué motivo, que no razón, pierdes el tiempo pegándole a un piedro macizo con una herramienta hecha más para ahondar en tierra blanda, con fines generalmente sembradizos o enterrativos? Ilumina mi alma con tu respuesta.
Par3:
-Porgge me szale los goone, -respondió el hombre que terminaba de partir kilo y medio de piñones. Llevaba así toda la tarde. Iba a celebrar un cumpleaños con una tarta de piñonate, pero al final decidió trasegárselos todos de golpe y, cuando comenzaba a disfrutar masticándolos, le hicieron una pregunta improcedente e inoportuna: de ahí la mala dicción en la desabrida contestación.
Par4:
Tras la respuesta oral, para completar, el tosco cavador golpeó suavemente a Solumenín entre ambos omóplatos con una linterna de petróleo encendida de cuatro kilos de peso. Después, se despidió de él.
---
Indicación 1)
En Balikasar, los poetas cuentan que el alma se encuentra entre los dos omóplatos.
Indicación 2) Léanse con atención los finales de los párrafos segundo y cuarto y átense cabos para sacar conclusiones narrativas.
En efecto:
Pasan la prueba aquellos que, sin consultar con el Espasa, han acertado a ver que, al golpear con una linterna “encendida” en el sitio donde se encuentra el alma, LÓGICAMENTE, han iluminado ésta.
Las notas se publicarán dentro de seis años, según bases de la convocatoria.
Quedan citados para la siguiente etapa: lucha grecorromana con una mano atada a una farola. Sin corbata.
Las oposiciones no son fáciles en general. Estas de peladores de patatas para el ejército de Laponia no iban a ser menos.
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Gabriel
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jueves, enero 05, 2012
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lunes, 2 de enero de 2012
Sin Norte
Cuando tiembla la mañana
y no es por frío,
cuando estremece la noche
y no es por soledad,
cuando atormenta la vida
cada día…
Quizás sea el momento
de cambiar el rumbo.
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inma
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lunes, enero 02, 2012
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domingo, 1 de enero de 2012
Apelativos cariñosos.
-¡Bruja, más que bruja! –dijo el mago oscuro Cloroformokor a su mujer Tilsamora con el rostro bañado en lágrimas, cuando ella le presentó su título de hechicera de primera recién adquirido en la carísima universidad de Trukkonian, del segundo mundo inmundo y paralelo, el selectísimo Peogordovon.
Y sin copiar ni hacer trucos.
-¡Capullo, más que capullo!, -respondió Tilsamora cuando vio cómo –en una cajita junto a su esposo- el primer gusano –Fernandito- se había enroscado en una hermosa nubecita de seda amarilla.
Como por arte de magia.
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Gabriel
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domingo, enero 01, 2012
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domingo, 25 de diciembre de 2011
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Peneka
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domingo, diciembre 25, 2011
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sábado, 24 de diciembre de 2011
NAVIDADES
Navidades.
En plural. Las de cada uno con sus seres queridos o más cercanos. O en concreto, La que queremos compartir aunque sea única. Ese pequeño mini mes donde proponemos sentimientos solidarios.
Desear felicidad se ha ido decantando a tener salud y cosas buenas y bonitas. Así la hemos definido, pero nos gustaría –eso decimos- aderezar el bienestar con una pizca de gracia, de magia, de sensación cariñosa vaga pero entendida de modo que se invente un toque común imprescindible; de una comunión real. De una mirada y un abrazo.
Necesitamos compartir.
Por eso se crean tantos grupos, alguno de la nada –o porque nadie se acuerda de cómo fue- y otros de un proyecto de los que no avisan y piden muchas manos. Trabajar juntos nos une más de lo que nos creemos.
En nuestro grupo, Paraleernos, escribir tuvo y tiene que ver con una puesta en común de sensaciones que nos emocionaron. Teníamos cuentos para contar y nos sorprendimos compartiéndolos. Fue gracias a leernos en voz alta como mejoramos de modo inmediato los relatos y veíamos que pulirlos una vez atrapados del mundo donde vuelan era labor de paciencia: empezamos a ver el oficio.
Después, mes a mes, han empezado a cumplirse los años.
Y aquí estamos.
Con la necesidad de sentir que nos ocupa pescar palabras para ordenarlas en cuentos. Como el barro y el alfarero. Así nos esperamos y encontramos en este rincón.
Recordarnos en estas fechas, creyentes cristianos o no, es una tradición simpática. Y la agradezco: nos avisa de que hay que pensar en los demás. Rescatemos esto por encima de las compras, el consumo y el regalo obligatorio. Tiempo habrá para eso.
Lo primero, Beli, Isa, Inma, Irene, Paquita, Lorenzo, Loli: os mando un abrazo y os deseo lo mejor.
Al resto del planeta, asiduo lector de este blog, también.
Felicidades.
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Gabriel
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sábado, diciembre 24, 2011
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Etiquetas: El Editorial
jueves, 22 de diciembre de 2011
UN DÍA CUALQUIERA.
Pongamos por caso el de hoy, sin ir más lejos.
Golpe de esos de calambre en el codo al apagar el despertador. Me duermo. Me despierta el segundo despertador. Golpe en el codo. Picardía gorda. Se despierta mi mujer que jura que ella no eligió el color de las cortinas del Congreso de los Diputados. Se duerme no antes de girar como una peonza y empellonarme contra la lamparita de mi mesa, que se hace pedacitos.
El de la radio, envalentonado, me dice que hace frío, que llueve y que el viento me va a llevar en volandas a trabajar, para que suba la productividad del país yo solo, sin ayuda de nadie.
Llego a la ducha, donde resbalo y no caigo, pero habría sido mejor hacerlo. Quedo en realidad en postura anaxagórica, es decir, piernas abiertas en lateral con pubis pegado a la peana del lavabo. Son apenas diez minutos lo que tardo en desdoblarme y recuperar una verticalidad digna. Resbalo de nuevo y caigo como Dios manda, o sea, mandíbula contra el frasco de gel con ph neutro –que amortigua el posible k.o. técnico- y culo sentado con gran superficie de contacto en la baldosa.
En cuanto el agua caliente cae sobre mí, me acuerdo y me quito la camiseta cutre del 92 que me pengo para dormir si no hay visitas. Controlo la aplicación del champú para los pies, así como la cantidad justa de pasta de dientes para el pelo y salgo hecho un chaval con la toalla del bidet en la cintura y la alfombrilla sobre los hombros.
Peino mis canas con soltura y mi mujer, al entrar sin preaviso por detrás en el cuarto de baño, configura en el espejo de enfrente una imagen de ministro de hacienda eficaz que logra que suelte el peine y éste quede clavado en una de las placas de escayola del techo. Justo de la que, al arrancar el peine, comienza a caer polvo gris, polvo blanco, agua gris y cadáveres de moscas verdes. Mi pelo pierde su brillo, el que le había provocado la pasta de dientes plena de bioclorosidenoldentina, un compuesto que va de maravilla para los implantes, testado en tiburones y presentadores de telediarios.
Me sacudo el pelo como puedo y mi mujer tose expulsando la mayoría de las cosas que se había tragado en un bostezo simultáneo a mi barrido del cabello.
Nos miramos y, en un nudo elegante, sin apretar mucho, como sólo ella saber hacerlo, se ajusta la corbata sobre su pijama de franela y se va disparada hacia la puerta de la calle, con mi maletín.
No trato de detenerla, pues mi cerebro –antes de las diez y sin cafelito- no articula expresiones reconocidas por la Real Academia.
Ella es lista y, en dos volteretas laterales, se echa de nuevo a dormir sin importarle las incidencias. Pero no jura haber dejado la puerta cerrada.
El reloj sigue su camino. El de la radio se cree que le estoy haciendo el menor caso a sus amenazas climatológicas, económicas y la madre que lo trajo.
Mi mujer vuelve a girar y se rebulle entre las sábanas. Yo trato de recobrar algo del ritmo habitual de mi vida y me voy al sitio donde pongo los calcetines y los zapatos. No entiendo cómo aparecen allí las zapatillas de felpa y unas medias de rejilla de mi talla.
Algo tendrá que ver el orujo, pensamos los dos al mismo tiempo.
-Sí, si no digo que no –expongo- pero eso fue hace muchas noches, ¿no, querida?
Y me da por fin un tembleque sísmico al sistema musculopulmonar que me advierte que son cuatro días los que llevo –llevamos- sin ir a trabajar.
El suave siseo de una carta de despido ¿improcedente? bajo la puerta parece llegar con la idea de esclarecer mi mente.
Ya la abriré mañana, seguro.
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Gabriel
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jueves, diciembre 22, 2011
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Etiquetas: Gabriel