jueves, 26 de abril de 2012

EN FERIA




Ayer, día de nuestro señor de veinticinco de abril de 2012, arribé a una calle que distaba menos de mil trescientos metros del recinto ocupado por la Feria de Sevilla.
A lo lejos, igual que a mi lado, según mi amigo Lolito Parker Smeit me relataba por el móvil, miles de mujeres giraban vertiginosamente y por parejas –a veces en grupos reducidos de cincuenta- y se cambiaban de lado y cruzaban, en lo que ellas llamaban “otra má, otra má” al compás de una música que surgía cada sesenta centímetros de avance del gentío. Una de ellas, en un movimiento de brazos invisible para el ojo humano europeo, le mandó el móvil a un puesto de azúcar de colores –algodón rosa, exactamente- lo que le hizo usar el de guardia, reservado sólo para contingencias de tipo extremo. A continuación, a punto estuvo de meter el citado en una jarra de líquido fresquito y amable de beber, con poca graduación alcohólica y casi ninguna exigencia de estatura para ingerirlo, según Parker Smeit, y según su nombre lo indicaba: rebajito.
Mientras, en mi vagar en busca de la fiesta universal retrocedí metro y medio debido a la vomitona de un señor catalán poco acostumbrado a mezclar pescado frito con mortadela rellenas con aceitunas rellenas. Juraba, admirado, que nunca había sido centro de atención de tanta gente cercana (no podíamos separarnos mucho) y agradecía el gesto repartiendo cientos de servilletas de papel de vivos colores.
Un guitarrista, con el hueco de su instrumento hacia arriba, pedía por favor que dejaran de introducir monedas de uno, dos y cinco céntimos de euro que los monederos de telas parecían disparar, como el efecto volcán hace con la lava, del mismo color cobrizo y brillante. Y pesado. Mientras más gritaba pidiendo euros completos, más se le aplaudía y concentraba gente alrededor, gente de todas las edades que unos autobuses rojos y naranjas vertían en las aceras, haciendo que mis cuatro metros ganados de avance en el día se perdieran. Como en la Bolsa.
Sentí como una mata de romero se metía por uno de los agujeros de mi nariz y cuando culminé una serie de diecisiete estornudos gracias al estímulo de dicha planta en mi pituitaria, fui incapaz de devolver la planta a su portadora, quizá también pensando que era una tontería dejar que la excepcional navaja que llevaba llegara a desabotonar mi inmaculada camisa. Por el móvil, Lolito me animaba a no dar más de sesenta céntimos en efectivo por el romero. Prudentemente, firmé un cheque al portador por otros sesenta céntimos y lo añadí al pago, lo que me permitió terminar mi entrevista con la señora escondida tras la espesura de su bigote, difícil de camuflar con el romero.
En otra trifulca, causada por el abofeteo a caballo de dos amazonas guapísimas, los animales se dedicaron a besarse sin recato alguno y a punto estuvieron de dar con sus bellas amazonas en el suelo. Una de ellas, concretamente la más morena de las dos, quedó hábilmente agarrada a una farola mientras su corcel intentaba maniobras mucho más atrevidas que el beso inicial con la otra, una yegua de tronío. El follón nos dio, como en el rugby, unas veinte yardas de avance.
Lolito, impaciente, me juraba que no me iba a esperar ni un minuto más y que, por primera vez, comenzaría su bailongo con la señorita jerezana doña Esperanza de Brandy y Aranguren. Que allá yo con mi baño de masas y mis ganas de mezclarme con la población local.
Cuando el guitarrista notó las notas musicales que destilaba al chocar con mi cogote su guitarra, semi llena de monedas de cobre, cogió su libretita de composiciones espontáneas y allí mismo compuso una melodía que, días más tarde, había de darle en una canción del verano de gran éxito popular. Y, como consecuencia, los más de diez metros de avance que conseguí al ser introducido por la puerta de una ambulancia, reconocido y dado de alta de forma exprés, y expulsado por la otra.
Y allí, en ese momento, la vi.
La portada. Desde lejos, pero real. La Portada del Real.
Era cierto, después de todo.
El momento parecía, además, propicio. Era cuestión de aprovecharlo.
Unos jóvenes, por lo visto futbolistas e ídolos para la población autóctona, levantaron a modo de celebración una copa de latón apurpurinado, tal y como lo hacen los que ganan un trofeo o campeonato, encendiendo el fervor y el griterío de la gente cercana. Dado que la ceremonia incluye en su desarrollo la llamada fase “hacer el pasillo a los vencedores”, me vi succionado entre dos hileras, dos marabuntas de sevillanos que fabricaban un corredor que llevaba a la entrada del fiestorro. Un par de caraduras más, más o menos de mis años, pusieron la misma cara de entrenador que yo puse para justificar el privilegio de llegar varias horas antes al Centro Mundial del Bailongo que los que habían salido de su casa al amanecer.
Y traspasé el umbral. Lo juro por mi río Támesis y las corvas de mi reina. Y mientras el ruido de mis pisadas desaparecía al caminar sobre una alfombra depositada por el ardiente caballo de unos minutos antes, pude ver cómo millones de lunares surgían en movimientos de cinturas estelares, en cimbreantes andares. Pedí, pagué y bebí un agua de solares.
La llamada de Lolito me sobresaltó. Con el laconismo de un telegrama, me orientó lo suficiente para que me quedara quieto y él, golpeando suavemente mi hombro, me certificara que había llegado a mi destino. Acepté de modo inmediato y entré con él en una “caseta”, donde certifiqué de nuevo cómo, sin ser adhesivo, las hembras sevillanas pueden embutirse en trajes que ciñen como hay que ceñir.
Hechas las presentaciones pertinentes entre mi persona y los habituales asistentes al recinto, incluida la excepcionalmente guapa señorita Esperanza, de la que no resistí la invitación de bailar, me dispuse, en efecto, a dejar que el mundo girara alrededor de unos volantes envueltos en nubes de albero. 
Dado que la danza de seducción del baile de esta zona del Paraíso tiene momentos de cercanía inevitables, gocé como un cerdo de Yorkshire cuando de los hermosos labios de la señorita Esperanza brotó un “hueles a romero” que supe que le salía del alma.
Terminado el baile, surgió el momento de hablar de cosas que se lleva la gente a la feria para hablar de dichas cosas allí. Fue uno de los ratos sin medida de tiempo más agradables que he pasado.
Sé que corrió el vino, mucho más deprisa que yo. Pero algo hizo, el tiempo, la conversación, el baile, la cara de tonto de Lolito, los ojos de Esperanza… que no me emborrachara de alcohol. Quizá fue, hoy que lo recuerdo, eso que llaman embrujo. Estoy seguro de ello, hoy en el altar, a punto de besar a Esperanza, con Lolito a mi lado, de padrino.
Sevilla, a veintiséis de abril de 2012.

domingo, 22 de abril de 2012



sábado, 21 de abril de 2012

domingo, 15 de abril de 2012

Anuncios por palabras (1).

Vendo todo tipo de armas: lo hago con un tejido fuerte, mitad cáñamo impregnado en resina, mitad lona, que las deja perfectamente preparadas para ser envueltas y enterradas.

----------------------------------------------------

Caballero formal, de cuarenta y cuatro años de edad, se ofrece como sustituto de tito gorrón del que han conseguido librarse gracias a que saliera por tabaco y no se llevara la llave. Jamás he perdido una y no fumo. Interrumpo cualquier conversación entre matrimonio e hijos, no pierdo el mejor sitio del sofá y termino con todas las croquetas que quedan sueltas para por la tarde, así como con las galletas para mojar. Total discreción. Podrán encontrar las mejores eferencias en varios domicilios anteriores, en los cuales sólo el aumento de edad de los niñatos en paro ha conseguido que perdiera mi sitio y mis privilegios.

----------------------------------------------------

Señorito de cortijo, patillas largas y pelo bien pringado a diario de gomina, se ofrece para tertulias donde se acabe hablando de algo que no se sepa bien qué es. Consumo lo mínimo –dos copitas- de oloroso y unas aceitunitas. Porfa, que mis amiguitos se han ido todos a un crucero y no vuelven hasta después del verano.

----------------------------------------------------

Fontanero plomo, pero plomo, se ofrece para retocar cualquier obra recién terminada y tardar un minuto en estropearla algo más y quedarse tres horas poniendo verde al que realizó la otra tarea. Aunque fuera yo mismo y no me acuerde, que a la hora de criticar algo mal hecho, no tengo pelos en los ojos.

----------------------------------------------------

Princesa a la espera de ocupar -por reformas- su torre para reclusión y posible rescate, se ofrece temporalmente para comentar los cuentos nocturnos a niñas pequeñas insomnes. Ni una me aguanta diez minutos cuando añado comentarios a lo mal que me sientan las perdices; y eso en el mejor de los casos: la mayoría de las veces los príncipes están ocupados en faldas más plebeyas que las mías.

----------------------------------------------------

Luchador de varias artes marciales a la vez y bailarín consumado, se ofrece para brincar por el salón con gamuzas en los pies cuando Trini, la señora de la limpieza, no puede pasar bien la mopa por la reuma en los sitios difíciles.

----------------------------------------------------

Catador de comida de reyes se ofrece para familias de renta media/alta que no pisen jamás un Urger king o un PatDonald. Vamos, que le peguen a la verdurita y la fruta a media tarde. Allá la aristocracia con sus colesteroles.

----------------------------------------------------

Corneador de matrimonios se ofrece, junto con mi secretaria Lali (un equipazo) para engaños y adulterios varios. Visitamos a domicilio y reconciliamos en el mismo día, diciendo aquello de “una canita al aire ¿cómo va a desmoronar lo vuestro, tan auténtico?”. Garantizado: hasta Lali ha vuelto con su marido.

----------------------------------------------------

Novedad. Distribuidor de champú oriental Nikalvo ofrece su producto para introducirlo en Occidente. Pruebas sin compromiso en lavados (exteriores) de cerebro. Multitud de sabores a elegir. Untable en pan para meriendas sin azúcar añadido.

viernes, 13 de abril de 2012

Ya que estás.


¡Ay, Qué bien he dormido esta noche!

Ni que hubiera encontrado el amor,

que pusiera en mi vida su broche

sobre tanto penar y dolor, ooor.


¿Ay?, ¿qué penas te duelen, fantoche,

si has llegado de día y fatal,

sin saber que estrellaste tu coche

justamente contra mi portal?


¡Lo que hace una noche estrellada!

Ahora mismo me visto y me voy,

pues lo cierto y verdad es que estoy

confundido de casa adosada.


Más despacio, tarugo integral:

Soy vecina, mi nombre es Inés,

no tu madre, cretino, ¿no ves

que has dormido en mi casa, chaval?


Ay, mujer, ahora cómplice y luz,

no me ataques en un sentimiento

tan profundo, no claves mi cruz,

destrozándome así este momento.


Es domingo, es la fiesta y, es más,

no te expongas a irte sin café.

Un error de portal, ya lo sé…

esto… en fin, quédate ya que estás.

miércoles, 11 de abril de 2012

Aquí estoy con vosotros, mis amigos de paraleernos; y con vosotros compartir estas imágenes que tomé el domingo de Resurrección en el camino de vuelta a su casa de la Hermandad de San Gónzalo, sin ninguna duda, una de las más bellas de nuestra semana grande. Espero que disfrutéis tanto de ellas como yo disfruto al ofrecérosla.



domingo, 1 de abril de 2012

OfICIO DE ESCRIBIR (5).

Precipitación.

Jack Torrence recibió el encargo de escribir una breve biografía de su suegro, Mortimer Grow, el lunes por la mañana. Por la tarde, un desconocido contratado por unos accionistas de la empresa de Mortimer, le encargó que lo matara.

-La mitad del dinero está bajo tu cama. La parte de debajo de los billetes, para ser exactos, -dijo la voz al teléfono antes de colgar.

Jack debía darse prisa para poder terminar las dos cosas. Estaba acostumbrado a trabajar bajo presión.

La vida de Mortimer era la de un hombre que se hace a sí mismo haciendo la vida imposible a muchos hombres más. Entre ellos, Jack Torrence, esclavo de su condición de yerno con contrato indefinido y sueldo infinitesimal, tendiendo a cero.

El documento, preparado para ser un depósito de fechas y grandes acontecimientos de la vida del magnate, se paró en blanco. Jack pensaba en su trabajo de por la tarde y medía los preparativos, pero no podía hacer las dos cosas al mismo tiempo. Lo malo era no poder cambiar el orden de las dos faenas, lo que sería mucho más lógico. Llamó al teléfono que le dieron y el desconocido se negó a alterar los horarios. Además, ellos querían acudir también al acto de la biografía. En casa de Mortimer se comía bien.

Jack intentó que la biografía incluyera las etapas más significativas en la construcción del gran hombre. Pero, viendo la hora, se preocupó de reseñar las pequeñas imperfecciones del ser humano que había tras el semidiós; unas inclinaciones al juego, las mujeres y demás debilidades que, dado que la señora Grow ya no vivía, no harían demasiado daño.

Sin grandes frases, incluyó episodios de fiestas donde él mismo, junto con algún amigo íntimo, había tenido que ir a recoger a Mortimer en más de un motel perdido en caminos de tierra. El mismo Mortimer pagaba en efectivo alguna que otra multa de jueces comprensivos y se dejaba llevar a casa. Todo esto, si el gran jefe sonreía, haría que los invitados de la fiesta aplaudieran y brindaran por él, que firmaría el pequeño libro –unas veinte páginas- como recuerdo. Pero también haría que nadie dudara de la causa de la muerte. En documento aparte, apuntó algunas notas para no fallar en la bebida que tendría Mortimer en su copa.

Antes de la hora de comer, Jack tenía el borrador preparado aunque sin corregir, pero lo envió a toda prisa desde su ordenador para su impresión.

En cuanto terminara de leer la introducción y algún capítulo, Mortimer debía caer fulminado y quedarse allí, muerto delante de todos los amigos e invitados.

Cuando Jack levantó su copa y brindó a la salud de su suegro, después de su breve lectura, Mortimer le agarró para que no cayera al suelo.

-Es un trabajador incansable, -dijo el anfitrión al público-. Esta misma mañana ha terminado este pequeño cuento sobre mí y me lo ha enviado para que lo revisara antes de la encuadernación. Yo mismo he tenido que encargarme de llevarlo a la imprenta.

Mientras cogía la copa de Jack y pedía ayuda para llevarlo dentro de la casa, se despidió de sus invitados:

-Le pondré a descansar un buen rato. Tiene mucho estrés y he tenido que darle la tarde libre; disfruten de la fiesta.

Ni uno sólo de los accionistas aplaudió.

lunes, 26 de marzo de 2012

OfICIO DE ESCRIBIR (4).

Oscuridad Compartida.

Olga María era escritora de encargo. Una negra. Y además, negra como el betún. Preciosa y brillante, suave y turgente. De espalda mordible, de cintura besable, de muslos de pellizco. De boca para sonreír. De ojos para ver en la oscuridad. De pechos para temblar. De hombros para no cubrir con nada salvo caricias. De ritmo imparable al bailar. Pero detalles aparte, sobre todo, era escritora de encargo.

Su amante era Julen, un broker de Wall Street; el peor broker de la quinta avenida. Un ingenuo. Un iluso convencido de su inmensa capacidad para los negocios “limpios”. Pero un amante tierno, paciente y buen acariciador, como no podía ser menos para quien amara a Olga María.

Se conocieron en la presentación de un libro firmado por el gran Lesmon Cartwright, una máquina de fabricar best sellers desde 2005, con un volumen de ventas desmesurado. Olga María había rellenado una por una las cuatrocientas doce páginas de la obra, Tu mirada fría, y veía desde su sillón del fondo del salón cómo se abrían las carteras para soltar los veinte dólares que costaba el libro. Entonces llegó Julen y soltó en voz alta que ese libro sólo podía haberlo escrito una mujer. Y además –añadió cuando llamó la atención de los presentes- una mujer inteligente.

La carcajada de Olga María le desdibujó hasta quedarse callado. Como ella no dejaba de mirarle, la invitó a tomar un café y salieron juntos a vivir juntos, aunque cada uno guardaba su piso para llenarlos de sus cacharros.

Un libro tras otro, Olga María hacía subir las ventas de los autores encallados en su falta de creatividad. Ella recibía bastante dinero de color oscuro, como su piel –decían las editoriales sonriendo- pero el dinero no era suficiente. No lo era todo.

Julen, en uno de los momentos en que apenas murmuraba con sus dedos la espalda desnuda de Olga María mientras ésta escribía, comenzó a susurrarle historias cortas, pequeños cuentos de gente que él –con toda su buena intención- había llevado no a la ruina, sino algo peor: ganar poco, pues no hacía caso a rumores, sólo al valor real de los títulos que manejaba. Olga dejó a un lado la obra de encargo de turno y pasó a encadenar los relatos, sin poder llegar a terminar el último debido a los escalofríos en su espalda, su cuello y, finalmente, su cintura.

Al día siguiente se quedaron grabadas en papel otras historias que tenían que ver con la poco brillante gestión financiera de Julen con otros especuladores. Hablaban ahora de ambiciones estrelladas, de traiciones, de información privilegiada –que Julen nunca distribuía a tiempo, no sabía hacer trampas- y de imperios que comenzaban a derrumbarse.

Olga María organizó en un solo bloque la colección de historias. Su idea era cambiar los nombres reales por unos inventados, pero una ráfaga de viento lo evitó: se publicaron al aire libre y caprichoso que los hizo entrar por las inmensas ventanas del parquet de la Bolsa de Dow Jones. Al día siguiente se desparramaban infinitos trapos sucios de los más afamados tiburones de la Bolsa. Sus tirantes se aflojaban y sus sonrisas desaparecían. Aquel día Julen no fue a trabajar. Decía tener un déficit profundo en el abarcar los pechos de Olga María y ella le dio la razón y ambos invirtieron toda su materia prima y energía potencial en resolver esos asuntos a diario. Lograron beneficios instantáneos.

La editorial de los falsos genios elevó al Sol sus ganancias cuando editó la colección de trucos contados antes de cada sesión de negocio de los títulos en la Gran Manzana. Se publicó sin el nombre del autor, esta vez por precaución –dijo el editor-, con un éxito de ventas arrollador.

A los dos años y después de diez ediciones, por fin se vendió con el nombre de “su verdadero autor”, y su colaborador, Julen, cuya foto sonriente en la portada acompañaba la de Olga, cubierta con un sugerente velo negro. El título: Secretos del dinero.

Una vez pasada la tormenta de literatura financiera, Olga María, cansada del oficio de escritora ajena, presentó su primer libro de poemas, Oscuridad Compartida. Lo hizo en Sevilla, donde vive desde hace tiempo con Julen, quien le lleva todos sus asuntos menos las cuentas. Y es que con dichos asuntos no para de trabajar.

sábado, 24 de marzo de 2012

DEJARSE LA PIEL.


Al final me dieron a mí el encargo.

Los tíos Juan Carlos y Nicolás dijeron que no llegarían a tiempo. Se sentían incapaces de dar un solo paso.

Las títas Carlota y Nani dijeron temblando que no se atrevían.

Y el quinto hijo, mi padre, Anselmo, me cogió la mano, puso en ella algo blando y frío que no pude ver y salió con sus hermanos de la única habitación de la casita donde siempre vivieron los hermanos, la casa de los niños, enfrente del caserón habitada sólo por el abuelo Julio. Los cinco me empujaron para que iniciara el camino de tierra de cuarenta metros que llevaba a la gran puerta.

Llamé y volví a temblar al oír el timbre, con el que se activaba la grabación de un grito que el abuelo Julio había obtenido del último hombre que mató en la guerra, en 1945. En vez de pegarle un tiro, le clavó su bayoneta y, antes de que muriera encendió su grabadora para recoger los aullidos de dolor del soldado alemán.

Al rato apareció Bonilla, el mayordomo del abuelo, que abrió la puerta de cuatro metros de altura, de roble macizo, tan bien engrasada que con un dedo se podía empujar para abrir. Y para cerrar, me dijo Bonilla si seguía allí parado, callado y sin hacer nada. Pero siempre que iba a casa del abuelo a pedir algo me quedaba helado hasta que me empujaban –siempre lo hacían- mis tíos. Después, uno a uno, si les nombraba el abuelo, entraban ellos. Una o dos veces al año.

Bonilla no me dijo que entrara. Dejó la puerta entreabierta y, antes de meterse dentro para avisar –o no- al “señor”, giró su cuello, me mostró sus dientes negros y escupió con habilidad entre mis zapatos. Miré hacia abajo y se me revolvió el estómago al ver una cucaracha debatiéndose dentro de la saliva que había soltado. Se dio cuenta y caminó hacia dentro entre el sonido de unas carcajadas grabadas, difundidas a todo volumen, que supimos pertenecían a unos locos del manicomio cercano, donde el abuelo había internado a la abuela el día en que ella osó responderle mirándole a la cara. Mi padre y mis tíos dicen que la mandó drogada, sin apenas ropa que manchó de sangre, fingiendo una herida provocada por ella misma. Cuando iba a verla, aprovechaba para grabar risas y aullidos de los internos en máquinas cada vez más modernas y con mejor calidad de sonido.

Yo no pude evitar orinarme encima.

Aparecieron juntos, Bonilla y mi abuelo, éste en una silla de ruedas de la que se levantó para acercarse a mí con la ayuda de un bastón. El sirviente se fue adentro llevándose la silla y el abuelo se paró en el primer escalón a mirarme desde arriba.

-Si no tienes algo importante que decir, repítele a esos cerdos que aquí no ha cambiado nada y que seguirán con una comida al día. Incluido tú, mocoso. Y meón, -dijo con una sonrisa desdentada y original; su risa sin grabar, en directo.

Aproveché que tenía los ojos cerrados y le cogí la mano para ayudarle a bajar los cinco escalones que le separaban del jardín.

En el primer escalón, sin prisa, abrí el papel húmedo que me habían puesto en la mano y puse su contenido en el suelo, justo debajo y delante. En el segundo escalón, el abuelo tenía preparada la cáscara de plátano para que patinase sobre ella y sus pies, al elevarse como sentado en el aire, le hicieran romperse la cabeza al caer. Una cáscara de plátano que correspondía a la ración de fruta mensual que el abuelo nos tenía asignada y que ni él ni Bonilla consideraron como posible arma.

Al comprobar que el abuelo no respiraba, giré hacia la casita donde mi padre y mis tíos esperaban y alcé los brazos como un goleador, un héroe que celebra una hazaña. Incluso con mis piernas llenas de cicatrices por los bastonazos semanales del abuelo y Bonilla, corrí hacia ellos, que me abrazaron.

Por la noche, cuando Bonilla cerraba los candados de nuestras cadenas, su semblante era distinto al de otras veces. Prometió agua a diario y, dentro de veinte años, cuando yo cumpliera los veinticinco, llamar a alguien del pueblo que supiera leer y abrir el testamento.

Había merecido la pena dejarse la piel sin comer.

martes, 20 de marzo de 2012

Poesía

El canto del agua
la risa de un niño
el beso del amado.
Amanecer entre caricias
sonreir a los problemas
florecer en otoño
reina la poesía.