jueves, 17 de octubre de 2013

Último recurso.



Melania María cortó anteayer con Luis Elviro, su vecino de enfrente, debido a las excesivamente frecuentes infidelidades de éste, un golfo sin paliativos y sin excusas ni imaginación para justificarse.
Ayer, Melania se recalentaba unos fideos con tendencia a la caducidad y mientras alguno dentro del cazo escapaba a la fosilización, le dio por mirar desde la cocina a la ventana de enfrente, la del dormitorio de Luis, un piso más abajo, con la que le unía una recia cuerda de marinero, profesión de su ex amante. Esa cuerda, dura y tensa, había enviado y reenviado tanto mensajes de amor como cestitas con flores y chocolatinas, además del propio Luis en persona, quien recogía la ropa seca, se la dejaba y se volvía un buen rato después aunque fuera sin la ropa.
Melania no tenía cogido el truco a su cocina y una columna de humo la atacó a traición. Tuvo que sacar la cabeza para respirar y sintió miedo al ver que apenas podía ver el patio. Se aclaró bien la garganta y pidió auxilio en un tono vibrante, agudo y creciente, que estremeció a todos los vecinos. Se avisó a los bomberos de que no era necesaria encender la sirena y un londinense de paso reconoció con nobleza que las nieblas de su Londres perdían en la comparación de visibilidad.
En un vistazo, Luis comprendió lo que había que hacer, pero las dos mujeres con las que yacía en la cama pidieron una lógica prioridad en ser salvadas del incendio pavoroso del que aún no se veían las llamas, pero quién sabe, dijeron.
Los brazos de Luis eran fuertes y cada uno sostuvo a una de las dos mujeres para deslizarse y llegar al suelo, pero justo antes de realizar la maniobra, oyó a Melania subir dos octavas el tono de sus gritos pidiendo auxilio. Miró hacia arriba y temió que el humo asfixiara a una mujer de grandes cualidades, quizá algo tendente a la exclusividad. Se dirigió a la ventana de enfrente y comenzó a subir a pulso por la cuerda pensando en el rescate, sin pensar en que ya llevaba los brazos ocupados por dos cariátides desnudas.
Era una emergencia. Melania reaccionó con rapidez y, sin pensárselo, describió a voz en grito una serie de posibilidades acrobáticas y picantes de verdad, que obtuvieron como resultado una sólida opción de tercer agarre de sus manos para que el cuarteto formado por ella y el trío inicial pudiera deslizarse hasta el piso de abajo y llegar al suelo sanos y salvos.
Los bomberos, después de girar la llave de la cocina vitrocerámica hasta la posición de “apagado”, pusieron el resto de sopa de fideos debajo del grifo, llevaron mantas para el/las que las necesitaban, hicieron un breve informe y se largaron.
Melania se sintió segura de pie en el suelo del patio y minutos después soltó su agarradera.
Luis salió  a saludar varias veces ante el atronador aplauso del público de la comunidad de propietarios que daba al patio.
Después, todos a su casa, poco más o menos.

Consejos y avisos (1).-


Bloque I. Para general conocimiento:
1.- Pensad, amigos, en que no sólo los astronautas pueden tener los ojos fuera de las órbitas.
2.-  Un popurrís:
2.a.- Si para decir que estáis callados necesitáis hablar, cometéis antiveritatis in declaratio, que está mal visto.
2.b.- Si para saber si alguien duerme tenéis que preguntárselo, vuestra probabilidad de recibir un alpargatazo aumenta horrores.
2.c.- Si a vos, Sissi, os preguntan si volveréis en sí tras un desmayo y respondéis que sí, yo diría que no, fíjate.

Bloque II. Avisos personalizados.
1.- Esto que sigue tiene aspecto pastoral, pero va dirigido en particular a José Julio Jaramago Gengibre, alumno de segundo de fisiotetapia (recuperación y cuidado de las paredes):
Haz revisión panorámica mental en 3D de lo que sé que hiciste el 24 de agosto, sin ir más lejos. Verás cómo, en la escena en la que silbas dos de a diez del monedero de tu abuela, surge una pequeña luz azul que apenas tintinea. Se trata de la alarma silenciosa instalada por la viejales, que mañana, cuando venga a casa porque le toca este mes, te molerá los lomos a palos de fregona.
2.- Para los matrimonios que se cansan del sexo antes de ponerse a ello:
Cuando, una tarde con ochenta y siete años cumplidos, queráis agitación sincronizada mutua, la Naturaleza os responderá que mohón y medio, que ya no son horas. Así pues, y sin más, poneos nada menos que al asunto, que los cuerpos, según se dejan de turgencias gratuitas, tienen ese no sé qué de puesta en marcha despacito la mar de simpático. ¿O es que todo el mundo suda en invierno sentado en el sofá?
3.- Aviso para doña Candela Brosyvelas, presidenta de la comunidad de propietarios de la calle Sellaoledoy número 2:
Por la ventana del bajo donde vivo, al patio de vecinos yo tiro lo que me da la gana cuando discuto con mi novio. Ahora bien, eso de que usted lo recoja todo y se lo guarde en casa, incluido mi novio, ni hablar. Esta misma tarde lo quiero de vuelta delante de mi puerta, con el juego de ollas y los jarrillos de lata.
4.- Llamada a don Rigolindo Pormayor, alcalde de Fuenteanillos:
Desde donde quiera que esté usted, mande usted la llave del gallinero, por lo que más quiera. Hemos querido entrar a separar a los gallos Dionisos y Kalesterio y no hemos podido. Hay un ataque de nervios masivo día sí, día también; los huevos no hay quien los ponga en su sitio y estos dos, embravecidos, se dicen de todo en cuanto uno de ellos se acerca a cualquier gallinita joven. Hay quien ha propuesto llamar a los antidisturbios, pero ¿queremos salir en los papeles? Esto es un caos, yo le pido por Santa Ala Picona que la próxima vez que tenga usted un aniversario lejos del pueblo, nombre un responsable de la granja municipal, porque no sé a dónde vamos a llegar.

miércoles, 9 de octubre de 2013

La semana pasada. Martes, me parece.



La semana pasada entró en nuestra peluquería la concejala de Punto de Cruz doña Estebanita Macarena Deplaya, nacida en el barrio y conocida como Jigitonto por la facilidad de caída al suelo en cualquier situación: cuando jugaba en la calle, la acera, el parque, el columpio o a la comba.
Venía con una sonrisa al punto del agrietamiento facial, que, dicen sus biógrafos, es capaz de mantener hasta tomando la copita de después de las celebraciones. Y de eso se trataba.
Mi jefaza y dueña del local de estética universal, el centro que colma mis ilusiones profesionales, ponía en marcha la semana pasada un nuevo sistema de secado cabellero, para la dama y el caballero, que incluye la modalidad de peluquines. Es decir, mucho más allá del mecanismo soplador, cálido y variable, envolvente y suave o fuerte, estaba el hecho de que nuestro salón de belleza se abría al público masculino y al público bisoño (portador/usuario de bisoñé). Y doña Estebanita, esposa y amante desgarrada antes que concejal, se encalomó al evento mucho más para fisgar y enterarse de por dónde respiramos que por ver cómo peinamos, despeinamos y volvemos a peinar. Y es que el marido nuevo de Estebanita, el mismo de siempre pero casado por varios ritos (el civil, el bantú, el marismeño, el protestado…) fue el primero en venir a darse unas mechas en su postizo.
El casposo, El ESPOSO quiero decir, tiene unos añitos más que la concejala, pero se las da de sandunguero, bailón, bebedor y exitoso con toda mujer que se pasee por su radio de acción (que yo calcularía en veinte centímetros, pero él mide en hectómetros, la criaturita). Esta circunstancia obliga a la edila a un constante seguimiento de su cónyuge, realizado bien a través de costosas empresas de vigilancia y control que los contribuyentes pagamos encantados, o bien, en los casos sencillos, de investigación personal del pollo pera: su hombre. Dado que en nuestro centro mundial de la estética corporal laboran y se contonean más de tres niñas de contrastada turgencia, el asunto requería, según ella misma, la presencia sólida e inmediata de doña Estebanita.
Lo que sigue es un pobre intento de expresar o recoger algo de cuanto sucedió desde las 9:42 (mi cerebro no procesa casi nada antes de esa hora) hasta las 9:48, momento en que los geos, con su buen hacer, se llevaban para su casa a un conglomerado (melé, marabunta, decía el sargento de guardia) de mujeres que se agolpaban en la escena y que, según la normativa vigente, emitía ruidos muy superiores a los permitidos, sin dejar oír la radio.
–¡Pero mira quién es, pero mira, pero miraaaaahhhh!; ay shoshorro, qué alegría pa este sitio, qué nivel, qué estatúscuo, qué fanfarria y qué más quieres, hijapordió –saludó mi jefa con los brazos abiertos, rodillas algo flexionadas, como esperando acoger en sus brazos a alguien que salta desde lejos, estilo Dirty Dancing.
–Pos que vengo –respondió Estebanita con una cara cercana al cubismo– para poner en su sitio a las pelanduscas que acoges con la única y sofística idea de arrancar a mi hombre de mis brazos.
Mi jefa tiene un primer guantazo la mar de bueno. Lo zampó, quizá, demasiado pronto. La conce venía con botas pisotónicas y vaya si eran útiles. Contabilicé un ajustadísimo empate de empujones y bocados de caballo, a mandíbula abierta. Ya en el suelo, habiéndose mordido hasta el NIF, vieron volar una peluca. La del pollo pera. No pudo darse peor circunstancia. El botón rojo sangre de la máquina nueva, el que pone “máximo: huracanado” para el secado de las melenas densas, que sin querer pulsé con la fregona, fue demasiado para el arreglo final del pelucazo del presumido edil consorte, que salió del establecimiento maldiciendo en holandés mientras las dos mujeres elevaron el griterío hasta el nivel de ambulancia.
-Lagartona de cartón, sijaputona, estratega del separamiento conyugal, toma gancho al hígado, toma este merecido golpe que hoy, en nombre del ayuntamiento que me honro en formar parte, te endoso –declaró para las cámaras la Estebani.
Ya dije que doña LolaPili había soltado uno de sus mejores golpes al principio, lo cual le obligó a tirar de catálogo con pataditas, darle vueltas a la falda de la otra y pellizcarle el cuello por más de un lado a la vez. Esto equilibró el combate, que se embarulló en el momento en que unas doce mujeres, de años sin definir pero hechas al defender la cola en el pescado, tomaron parte en la refriega, cada una según sus inclinaciones personales o políticas.
Sólo puedo certificar que, a las 9:48, recibí un directo a la mandíbula, cual bala perdida, suficiente como para dejar de ser el cronista oficial de lo que allí sucedió.
He pedido la baja por el móvil, desde lejos, por si acaso. Y mi mujer me ha hecho tarta de manzana, con un dibujito de una fregona hecho con mermelada. Me siento mucho mejor.
En cuanto mejore de lo mío, dentro de un par de semanitas, pido el alta y me entero de los detalles.

martes, 8 de octubre de 2013

El perro de Marta

Marta quería un perro. Lo buscaba en su paseo matinal y a la salida del trabajo. Quería un perro que le diera compañía, un chucho cualquiera, un ladronzuelo juguetón. Llevaba siempre en el bolso, por si acaso, un paquete de galletas. Menos los viernes por la noche, que lucía las pocas joyas que tenía y llevaba un bolsito de carey. Unas veces iba al teatro y otras al bingo. A la vuelta, de madrugada, se quitaba las joyas despacio en su tocador y, ya en la cama, deseaba tener un perro.

No quería comprarlo, no tenía a nadie que se lo regalase. Quería encontrarlo, o más bien, que la encontrara. “Cuidado con lo que deseas porque se cumple”, le decía su madre cuando era niña. Pero Marta quería llenar el vacío diario, la quietud de su apartamento. No le importaba tener que pasar con frecuencia la aspiradora, ni sacarlo a la calle antes de ir a dormir. Tampoco le importaba tener que gastarse el sueldo en veterinarios: Marta quería que la encontrara un perro sí o sí.

Aquel viernes por la noche sus joyas brillaban. Y a la salida del bingo, su perro la encontró aunque no llevara galletas en el bolsito de carey. Era un perro pulcro y perfumado, de mirada fría y mentón voraz. La siguió calle abajo en silencio. No la mordió, la alcanzó por la espalda, la apuñaló y le arrancó sus joyas. Era un perro muy perro vestido de algodón.

lunes, 7 de octubre de 2013

Besos viajeros.


Ahí os dejo dos de los momentos que capté con mi amiga la cámara el pasado sábado en Córdoba. Ya subiré alguna más. Besos viajeros.

jueves, 3 de octubre de 2013

La semana pasada. Lunes, diría yo.



La semana pasada, no supe jamás la causa hasta que me enteré, me levanté temprano. Sin rebotar mis parietales en el marco de la puerta del cuarto de baño, sin acostarme “otro ratito sólo” en el sofá adjunto a mi cama, el de las siestas urgentes. Nada de eso.
Desayuné y recogí el lavavajillas, comprobando a postreriori que las cucharas de postre estaban bocarriba, como decían las instrucciones cuando las compramos.
Salí y sin ayuda encontré la calle. Trabajo en la misma acera donde vivo, dos números menos, y no necesité preguntar a nadie por la dirección.
Al llegar, vi por fin cómo funciona el mecanismo de la apertura del cierre metálico del negocio que me da la vida: una reja que sube gracias a la recia musculatura dorsal de mi jefa, doña LolaPili Mollares, poder fáctico del barrio, ayudada por una de las oficialas más fornidas, Juliana De la Selva Straptick, una coreana nacionalizada que se encarga de las uñas de los pies y los pelos de las orejas. Fue verme llegar de pie y quedarse las dos petredificadas, allí mismo.
–¿Quién ha sido?, ¿cómo ha podido ocurrir?, ¿ha habido heridos?, ¿se han llevado cosas de valor?, ¿te han encendido la tele?
Sus preguntas, precipitadas y superpuestas, sólo obtuvieron de mi rostro una expresión muy idiota, como de ministro de latas de conserva o parecido.
-Aún no tengo información para lo ocurrido –dije con tono de primera noticia–, pero estamos investigando y pronto daré una rueda de prensa.
Me dejaron pasar para que, desde que firmé mi contrato laboral en esta empresa, fuera yo quien entrara el primero a trabajar. Lloré como un chiquillo, berridos incluidos y, como un chiquillo, me calmé con los dos chupachups y el apretón de doña LolaPili contra sus neumáticos, consistentes y, en resumen airbagianos pechos.
Me puse la bata, cogí el limpiatodo, limpié algo que no puedo precisar, pero que resultó precioso en su color original. Era yo un relámpago, una visión de pulido y refregón que nadie sabía parar. Y menos, yo mismo, que comenzaba a notar las preagujetas braquiales, piernales y lumbares. Pero no era capaz de detenerme. En uno de mis frenéticos accesos de orden y limpieza, me fui a por lo primero que se movía y me traje al menos dos capas de maquillaje y crema facial de Juliana que, desprevenida,  se cubrió con mantas y se metió en el reservado, ese lugar de las peluquerías donde, antes de la era digital, se revelaban fotos y se freían papas. Allí dijo que se pertrechaba hasta que yo me calmase.
Doña LolaPili no sabía qué hacer. Dentro de dos horas, quizá menos, las madrugadoras clientas vendrían a ordenarse los estropajos mentales y no sabría qué decir a preguntas indiscretas.
Iba a amarrarme cuando entró mi suegra. Una belleza a sus cerca de ochenta, sensual, delgadita, que sabe callarse, no mima a los gemelos –al revés– y que me hace una ensaladilla rusa tan buena que cualquier día me presento a alcalde de Lechingrado.
-Niño, que nos hemos cambiado las pastillas. Fíjate que, por tomarme ayer noche las tuyas me he tenido que duchar con agua templada. No sé, como si tuviera el cuerpo amondongado. Un penazo, créeme.
-Ay, cómo lo siento –le dije tristón–, yo, que hoy he sido el centro de atención de este lugar sagrado del mejoramiento corporal. En fin, ajá, aquí está el frasco. Ten, preciosa, y disculpa.
Allí mismo engulló un pildorón de color azul que yo había confundido la noche anterior con las de ponerse en ángulo recto. La verdad es que el resultado había sido mucho más rotundo de lo esperado, pero a cada uno su tratamiento y el Señor en casa de todos.
–Os dejo pagado un café en casa Mellito –dijo sonriendo antes de irse.
Pasados unos minutos noté el descenso inmediato del efecto del pastillón también azul, la causa de mis torbellínicas energías y, viéndome venir, doña LolaPili me hizo sentarme, me dio las últimas revistas para estar preparado en cualquiera de las conversaciones de actualidad y, mientras llegaran o no las parroquianas, echara una cabezadita en el sofá.
Tuve un sueño plácido y reconfortante, algo interrumpido por conversaciones que defendían el maquillaje de la Julia Roberts a sus años, pero durante el cual, según supe después, recuperaba en varias ocasiones el ángulo recto.

domingo, 29 de septiembre de 2013

AMANECIENDO JUNTO AL RIO.




Ya sabéis que allá donde vaya mi cámara va conmigo, y através de ella miro el mundo que me rodea. Esta mañana me fuí a buscar las primeras horas del día, ese amanecer cerrado de un día de otoño y ahí están algunas de las fotos. Están hechas desde la orilla del Guadalquivir, en el lado de Coria del Rio. Han sido unas horas muy divertidas, compartidas con una amiga que como a mí, no nos importa madrugar un domingo de otoño. Espero que os gusten tanto como a mí.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Antesdeayer.



Antesdeayer LolaPili Mollares, mi jefa, me pegó con la aljofifa antes de exprimirla y después de haber repasado a fondo el fregadero de los cráneos, según ella “lleno de pringue, sin brillo y oliendo a mondas de langostinos de catorce días”. Asumí el golpe húmedo con gallardía, no retiré la cara porque no me dio tiempo, y en cuanto la miré le dije que en ese mismo momento, ya cerrado el local para las parroquianas, me iba y no me veía el pelo hasta el día siguiente. Me soltó un mugido mezcla de barítono y Marge Simpson lavándose los dientes, pero me vio salir con una dignidad que ya querrían muchos.
Antesdeayer patiné doce metros y veinte centímetros sobre una pastilla de jabón, a velocidad creciente hasta dejar mis pensamientos grabados en la pared del final del pasillo tras un encuentro frontal con mi frente. Ninguno de los gemelos tenía nada que ver, dijeron, pero he abierto expediente. Aquí hay gato encerrado, me dije.
Antesdeayer, cuando pensaba que cenaría acompañado, apareció Matías Pignoriso con la guitarra y en el mismo descansillo del sexto piso donde vivimos, organizó un pequeño fiestorro. Los vecinos, de todas las plantas, le echaban en el sombrerillo algún que otro billete de 200 euros a lo que Matías respondía que él siempre sería igual, que no tenía cambio. Puso a cambio algunas cervecitas frescas y pinchos de tortilla que le había hecho la suegra, y el vecindario, incluidos mi mujer y mis hijos, echaron un rato la mar de entretenido mientras yo, mohíno, liaba y liaba acelgas con mi tenedor en la mesa de la cocina. 
Llevaba tiempo sin ver a Kasklaratis, nuestro gato siasemestre. Echaba de menos sus pelos caídos sobre mis bocadillos de melva, que el muy ladino conseguía comerse casi en su totalidad mientras yo me enjuagaba la boca. No denuncié la desaparición e hice bien, pues fue simplemente una escondida al saber que los gemelos iban tras él para bañarlo. Cuando abrieron el último armario de la casa, el del baño, Kasklaratis salió como una bala desperdigando por la casa todo tipo de productos para el aseo personal, siendo la pastilla de jabón la que llegó más lejos, justo hasta debajo de la suela de mi zapato derecho.
Doña Mambrina Arboleda, clienta de toda la vida, conocida en el barrio como doña Coña por su capacidad de molestar, vino antesdeayer a arreglarse el moño con nosotros. Era mi hora del brunch y no me enteré de que se tiró de los pelos con mi jefa durante las dos horas breves de mi ausencia: cuantito que entré, lógico también, la pagó conmigo, porque no me acordaba de haber dejado temporalmente debajo del fregadero una bolsita con las mondas de unos langostinos que me había comido dos semanas antes.
Matías Pignoriso irrumpió en nuestra comunidad de propietarios como animador. Él, vicepresidente del Banco Central Europeo, dejó el cargo en cuanto vio el muermo que había en nuestras reuniones. No me olvido del día que se trajo unos calzoncillos con encaje que habían sido de su abuelo y se puso a cantar por Sammy Davis. Aquel día me arrebató mi momento de gloria, aunque reconozco que estuvo sublime, con chistes buenísimos en los intermedios, donde aprovechábamos para votar alguna derrama. Yo tenía preparado un solo de flauta, con la música de ”brilla, brilla, linda estrella…”, etc. y le cogí celos. Por eso, cuando aparece con la guitarra llamando a las puertas de los vecinos, yo no salgo. Ya se me pasará, me dicen mi mujer y los niños, mientras, como antesdeayer, salen corriendo a verle bailar y cantar.

martes, 24 de septiembre de 2013

Ayer.



Ayer, sin duda, amé a mi mujer y a mis hijos. A mi prima Lali no.
Ayer, en mi trabajo, rellené los formularios de solicitud de recorte y peinado de cejas para las petardas –pero simpaticotas- de doña Cloti Madora, doña Carmen Sajera y doña Fuencisla Balear. A doña Panegiria, aunque es vecina, no. Y se quedó pobladísima de arcos supraoculares porque a mí me dio la gana, que no oculto nada ni siento vergüenza o remordimiento de labios por lo que hice. Ahí queda eso.
Ayer, cuando desayunaba, tiré hacia atrás el papel de aluminio del bocadillo hecho una esfera casi perfecta y cayó dentro de un té con leche en taza grande que se tomaba el concejal Perioles Mollult de Manglades Porreset, un desagradable. La salpicadura fue demasiado democrática para mi gusto, pues incluyó las gafas del citado concejal, el busto prominente de su secretaria bajita, Roserinalda Shafautinha dos Maceiros, una lagarta pequeña. O lagartija. O como recoño se diga, y la manga de Yordi Parrauviña, el mejor camarero, dueño y único empleado del bar. Yo habría querido un reparto exclusivo para la camisa blanca del Perioles, pero la vida, si te lo da, no te da lo que te da cuando lo pides. Ella se organiza y tú a esperar a que te toque.
Ayer, lo recuerdo bien, mi prima Lali me quiso hacer un molde de la cara con la masa de una pizza y mis hijos y mi mujer, rápidos y ágiles, la pararon en seco y le pusieron la peluca al revés, por ser reversible, para que saliera a la calle con estilo rubiplatinputona en vez de viuda morena afligida. “¡Ale, a hacerle la puñeta a otro primo!”, le decían los gemelos, Prescott y Pratchet, que me quieren con locura. Mi mujer se encargó de darle la última patadita en los riñones para que se animara a bajar la escalera de un tirón. Y son seis pisos.
Ayer, en la pelumanicurestetimasajismería donde trabajo, entraron cuatro clientas de toda la vida con el mismo número premiado en las tres últimas. Gritaban como chiquillas. Tres de las cuatro, que son de ley, venían con cafelitos y croisantes recién hechos, para compartir su felicidad colectiva. La cuarta, doña Panegiria, que la llamamos Kruschev,  no puso ni un céntimo para convidar. Alquila cuartos en su pensión y  cobra una pensión, pero se agarra a una moneda de 0,5€ y la tienen que separar los geos, siempre y cuando haya recibido antes, en la otra mano, el bollo de pan y el cambio.
Las calles del barrio están tan mal que no pueden caer más bajo, de pisoteadas que están. Se lo dijimos al concejal de urbanismo, el tal Mollult, que se comprometió a traer en su Ferrari los sacos de arena y cemento suficientes como para tapar los baches y la boca a los del FMI. Al ver que han pasado ocho legislaturas sin solución por parte del edil, en los últimos años he tratado de perjudicarle lo más posible la vida. Mi trabajo me ha costado el cálculo parabólico de una esfera de aluminio prensado, de unos 150 gramos de peso y alrededor de diez centímetros de diámetro. Ayer, por fin lo conseguí.
Un gran día, el de ayer.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Notas (1).


Notas en Re.


Rebaño.
Como un bloque, en silencio, sin una sola opinión individual en contra, la población de Pellehosek, en noviembre de 1991 se dio un segundo lavado después del de marzo, el que SÍ le tocaba. Por otro lado, todos mojaron pan en la salsa del guiso.

Recorrido.
Geselmerk Adodeabast, uno de los más antiguos habitantes de Pellehosek, dijo tener un segundo orgasmo, también en el infausto año de 1991. Pidió disculpas por el embuste y tan amigos. Después, sin que se lo pidiera nadie, cantó de nuevo una típica canción mejicana en el karaoke.

Remachado.
El más varonil de los habitantes de Pellehosek fue capaz de repetir dos veces sin equivocarse los mejores poemas de uno de los grandes de la española generación del 98.

Rematado.
El ataúd de Adropingo Leada, una vez enterrado en el cementerio de Pellehosek, debio ser exhumado para clavar mucho mejor los clavos de la parte de arriba. A Adropingo, que protestó por la molestia, le pegaron otros quince tiros.

Remolido.
Un granjero de Pellehosek, Altamir Atúpordond, tomó una segunda taza de café de un grano “demasiado fino” tras pasar por segunda vez por el molinillo y acabó cansado del todo. Por supuesto, esto sucedió en 1991.

Revelado.
Tras observar el revelado de una antigua foto del alcalde de Pellehosek, Mornak Tarina, ésta reveló que en 1991 el mandatario sisó dinero público para dos velas de su barco y dos velos ligeros para la cara de su mujer, mientras el pueblo estaba a dos velas.

Reverdecer.
El viejo verde Augusto Ledano, patriarca de Pellehosek, decía cada año cosas más picaronas al pasar las muchachas por delante de su puerta, renovándose. En el año 1991, una mujer lo puso verde en dos ocasiones.

Revista.
En el teatro de Pellehosek, si no había función musical con muslos de vedettes, se leían en el ambigú las vidas de las vedettes una y otra vez, a color.