viernes, 17 de octubre de 2008
LA PLAZA DE LOS PERFUMES
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Peneka
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viernes, octubre 17, 2008
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jueves, 16 de octubre de 2008
A MI RIO GUADALQUIVIR, Y BETIS
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Paquita
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jueves, octubre 16, 2008
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DESDE ENTONCES.
Como es fácil de entender, aprovechaba los recorridos en autobús desde mi barrio al centro para cantarle a mi mujer canciones de Emilio el Moro. En general (me gustaban casi todas) le comenzaba con esa que dice “Con dos losas… con dos losas. Me endiñaste con dos losas y al porrazo me rendí. Y por si era poca cosa, me largaste un puñetazo con más fuerza que Urtaín”. Venía después la que canta “pocos abrigos te podrás comprar, como no dejes letras sin pagar. Y si las pagas todos pensarán, que tu señora tralaralará”.
El trayecto no daba para más. Llegábamos a la Plaza Nueva y nos disponíamos a resolver alguna compra o simplemente a pasear el centro de Sevilla.
Pero aquel día pasó un autobús fuera de servicio y el siguiente se llenó a base de esperas en paradas. De modo que mi mujer pasó antes y yo me rezagué para darle dos picotazos al bonobús y franquear nuestro viaje. El avanzar se hacía difícil, maletas y carros de la compra incluidos, de modo que consideré aceptable quedarnos en la zona media del autobús, aunque nos gusta llegar hasta el fondo, sea con o sin asiento.
La cosa es que pude sentarme a su lado en cuanto, dentro del atasco humano, vi su pantalón negro y su blusa roja. De modo inmediato, dado el tiempo perdido en llegar, entoné en voz baja uno de los grandes éxitos de don Emilio: el que dice que “gitana, tú te verá, lo mismo que una coneja, que no para de criá”, al que siguieron los expuestos al principio.
Me pasará siempre. Por mucho que las haya oído, me hacen reír. Y las celebro con mi mujer, que, paciente, me hace caso. Lo que me sorprendió fue que al levantar la cabeza, ella me saludara desde el fondo del autobús, muerta de risa. Volví a certificar la blusa roja, idéntica a la de mi mujer, y el pantalón negro sin duda, nada de afroamericano, fotocopia del que llevaba mi cónyuge desde que salió de casa. Y al fin volví la cara, a la izquierda, para conocer el rostro de quien había sido objeto de la pequeña serenata. La mujer, de un pelo copiado al de mi esposa, me miró sin pestañear, con una duda palpable entre huir o llamar a urgencias.
Yo no fui capaz de hablar. La mujer de ropa duplicada, al cruzar la mirada con mi mujer, esbozó una sonrisa. Antes de que bajaran los dos escalones para pisar la Plaza, estalló la carcajada. Simultánea. Desbordante.
Desde aquel día, sólo canto mirándole a los ojos. Son inconfundibles.
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Gabriel
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martes, 14 de octubre de 2008
Le pareció que habían transcurrido años desde su llegada. Se incorporó, y vio el trozo de papel doblado que descansaba en la mesilla de noche. Lo cogió y lo desdobló. Tenía profundas grietas en los dobleces, las esquinas despuntadas y la tinta parecía vibrar nerviosamente a punto de estallar de un momento a otro. Lo leyó como tantas veces lo había hecho y miró a su alrededor. Entonces se dio cuenta de que aquel trozo arrugado desentonaba con aquella habitación, con sus ropas, con ella misma. Porque todo era nuevo, todo, menos el papel.
En el silencio se oyeron unos nudillos golpear la puerta tímidamente. Se levantó sin soltar el papel y se puso el traje color gabardina a medio abrochar. Tras recomponerse un poco el pelo, abrió. En la penumbra, una chica de uniforme sostenía una carpeta entre sus manos.
-Disculpe señora, pero no tengo anotado si le hemos puesto toallas limpias.
Ella miró a aquella chica de aspecto sonriente.
-No se preocupe, ya he comprobado que las toallas están recién puestas. Muchas gracias.
-De nada, señora –asintió la chica con la cabeza.
-Perdone –le detuvo ella-. ¿Le importaría deshacerse de este papel?
La chica miró la pequeña hoja amarillenta y asintió nuevamente.
-Como quiera, señora.
-Y, por favor -le advirtió-, no lo lea. Su contenido puede destruir a quien lo haga. Conmigo, casi lo consigue.
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Lola García Suárez
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lunes, 13 de octubre de 2008
REFLEJOS

Recuerdo vagamente la noche de ayer. Mi mente y yo no nos llevamos muy bien de un tiempo a acá.
Intento poner en orden la serie de acontecimientos que me ha traído hasta aquí, y los escribo, y los releo, aunque de momento no consigo sostener una sola idea que no sea tu rostro y todo lo que llega a despertar en mí, hasta el punto de olvidarme del mío; aunque lo siento fusionado, compenetrado y extrañamente idéntico.
Mi mente y yo no nos llevamos muy bien. Sentada en esta cama, las horas pasan a un ritmo tedioso y desesperante. Ojalá no existiesen los espejos. Ojalá tus ojos, tan iguales a los míos, hubiesen sido únicamente tuyos y nada más. Ojalá careciese de memoria que me hiciera ver toda la que estoy perdiendo.
Sólo atino a recordar un gran edificio con ventanas enormes, donde pude llegar a estar varios días; un dolor que hacía estallar mi garganta y una huida vacía hacia muchos lugares, que ha durado veinte años.
Anoche, al encontrarte, se silenció mi ahora, y sólo me quedó la opción de tomar de nuevo un tren con destino a no sé dónde, para seguir huyendo de mí misma, de tus ojos. De mi rostro sombrío y yermo.
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Isa
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lunes, octubre 13, 2008
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Microrrelevo 12
“Y le haré soportar la mirada de los que tanto esperaron su vergüenza”. Aquel joven arqueólogo había logrado descifrar por fin su primer jeroglífico, pero… ¿Qué quería decir exactamente? ¿Por qué la inscripción se hallaba tallada bajo una una especie de figura femenina? Durante tres días seguidos no pudo dormir dándole vueltas a la cabeza. Cuando por fín logró conciliar el sueño despertó rodeado de gente absorta que lo miraba ¡Se había dormido dando su primera conferencia! Fue el principio de su final.
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inma
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lunes, octubre 13, 2008
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domingo, 12 de octubre de 2008
Microrrelevo 11
que no podrá morder la vida, si no me tiene entre sus labios, es mi consuelo, mi arma secreta.
Tuvo la oportunidad, cuando le encargaron el primer grupo. En ese tren que conducía viajaban sus amigos y muchos de ellos le reconocieron. Pero por más que su estómago me llamó, me quedé en su garganta, junto al grito cobarde que se escondió también.
Más tarde aún pudo hacerlo, cuando él mismo tuvo que abrir la llave de las cámaras de gas y su corazón quiso pararse sin aviso.
No lo hizo entonces y ya no lo volvió a pensar jamás.
Y ahora, sentado en el banquillo, Herr Grossental, el que nunca bebía agua, ha pedido un vaso y movido la boca para que yo por fin me deje triturar entre sus dientes y deje libre el cianuro. No se lo concederé, y le haré soportar la mirada de los que tanto esperaron su vergüenza.
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Gabriel
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sábado, 11 de octubre de 2008
Recordaste que recuerdas
Ahora que vas a morir te llevas una mano al pecho
y te agarras a él esperando que esta bocanada de aire que te queda
sea suficiente como para dejarte recordar cada una de las luces que dieron color a tus días.
Recuerdas la primera palabra que dijiste,
aquella que por ese entonces carecía de significado
pero que con sólo pronunciarla: "mamá",
hacía que esa figura de labios carnosos y aroma azucarado te envolviera de besos.
Recuerdas aquel día en que tu bici resbala, los frenos no funcionan
y aprendes cómo es el golpe seco de tu cuerpo contra el suelo.
Aprendiste también que se puede llorar en las caídas
porque las lágrimas refrescan las heridas.
Recuerdas aquella mañana de domingo en la que abriste el cajón secreto de tu hermana.
Descubriste el tacto suave de la blonda y el encaje,
las bolitas de madera de pino con olor a cítricos y las cartas de un tal Jhon
aún sin entender por qué decía que el aroma a campiña ella lo llevaba dentro.
Recuerdas la primera caricia que te hizo sentir un nudo en el estómago,
aquella que surgió de las manos de tu compañera de pupitre,
todo por querer coger de la caja de colores el mismo lápiz rojo.
Recuerdas la lluvia en un día de playa,todo el mundo corre
mientras tú con los ojos abiertos debajo del agua
ves como se estremece el mar como las cuerdas pulsadas de una guitarra
con cada gota que cae.
Recuerdas la primera noche que te despertó un llanto,
la primera noche en que levantarte de madrugada no fue una molestia
pues el sueño calmado de ese ser al contacto de la nana del latir de tu corazón
te hizo sentir imprescindible.
Recordaste por qué estabas así,
por qué tu decía tu padre que un hombre sin recuerdos es un hombre sin vida,
recordaste que recuerdas
y entonces vuelves a querer vivir.
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LaRubia
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sábado, octubre 11, 2008
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Microrrelevo 10
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Peneka
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viernes, 10 de octubre de 2008
RENOVACIÓN
Salvé con impetuoso afán los kilómetros que nos separan; algunas situaciones no permiten la espera. Y llegué hasta ti.
Contemplándote, aún con distancia, sentí cómo me invadía la emoción de un preludio que estaba por iniciarse.
Me desbordaba el incesante roce de algo ardiendo en uno de los bolsillos de mi pantalón; en ése que siempre es apuntado en los momentos críticos.
Entonces crucé tu puerta, ya estaba dentro de ti. La plenitud. Llegaba hasta mí un conjunto de melodías que desataba mi deseo; distintos aromas que me envolvían, que tú me brindabas y que me marcaban el camino.
Cómo explicar; fueron tantas las tentaciones a las que me sometiste, y no menos el placer…
…Hasta que acabó…y nuevamente me di de bruces con la realidad cuando la chica me indicaba el precio.
Mientras firmaba, a la vez que volvía a meter la tarjeta en el bolsillo, y contemplando el ir y venir de gente, pensé lo costoso que resulta a veces, renovar el armario, oír buena música y oler a hombre cuidado.
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Isa
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