Un aire fresco y renovado me llega desde nuestra "casa de las palabras". Sigamos ahí, incluso en vacaciones...
...Y antes de irnos, a vernos, que ya es hora.
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Isa
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martes, junio 23, 2009
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quenosleen
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sábado, junio 20, 2009
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Batalla bautismal de Usagre.
Familias Roales Pinto do Guimaraes/Bermúdez Tachenko.
Parroquia ermita de Usagre, donde oficia y moja el vicario suplente tercero, padre Tiago Pardo, alias Papamoscas.
La Parroquia cuenta con una cuadrilla de guardacoches profesionales dirigida por Samuel Morris, alias el Bisho Loco, quien además abre el baile después del chocolate con churros.
Aparente calma. Aparente.
Hay abuelas que pueden ir de paquete en moto de 250cc y sin casco. No es el caso de doña Aguasantas Aparicio, muytatarabuela del bautizable. Tras bajarse de la moto por delante, su pelo con aspecto de cepillo esférico hizo llorar a los chiquillos y esgrimir el crucifijo al monaguillo de guardia. Para evitar males mayores, doña Aguasantas hizo una consulta formal:
-¿Ya han bendecido el agua a utilizar en el enfriamiento cerebral del indefenso?
-En todavía no de momento hasta la fecha en particular, -respondió el monaga.
Doña Fuensanta se apoyó en dos trisnietos y metió la cabeza en la pila, de donde salió comparable a una mona gibraltareña con seis pasadas de lija.
Lo bueno era que dejaría ver a los de atrás, ahora con el cabello aplicado a la mente. Lo malo fue que su prima en sexto grado, beata mayor de la Cofradía de la Preciosísima Candela, consideró los hechos como un ataque frívolo y blasfemo hacia el símbolo del agua destinada a las meninges. Ella no era de gritos desde lejos: Se despojó de la pamela (numerada con el 96 para el guardarropa), los tacones (descendió un palmo) y se tiró al cuello de Aguasantas, a quien recriminó que ni su nombre se merecía.
Dadas las edades y las ajustadas fajas usadas por las contendientes, los cocotazos y los mordiscos duraron menos de un cuarto de hora. Al principio, las apuestas daban un tres a uno a favor de la beatífica, pero Aguasantas aprovechaba cualquier oportunidad y en menos de lo que se tarda en digerir un divorcio le abofeteó los dos omóplatos a ritmo caribeño. Instantes después, tras pisarla sin querer, la jurásica se levantaba dando traspiés y se dirigía a la nave donde por fin se celebraba la humidificación.
Más tarde, en el convite, volvieron a cruzarse miradas asesinas entre las dos mujeres: No hizo falta declaración de hostilidades.
Cuando los camareros la encontraron bajo la mesa de padres y padrinos, roncaban tan armoniosamente que las cubrieron con los manteles más limpios que encontraron. Bajo sus cabezas, le colocaron los bolsos llenos de changüis, que para eso estaban pagados.
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Gabriel
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sábado, junio 20, 2009
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Como ese día tocaba hacer el amor, el marido se levantó temprano y preparó el desayuno. Tomó una bandeja blanca y colocó sobre ella un zumo de naranja, café, fruta recién cortada y unas tostadas con rodajas de tomate y aceite. Junto a la servilleta, colocó una flor.
La esposa, recostada sobre unos almohadones de seda, se acomodó para compartir la comida.
Se miraron tras el último sorbo de café y uno al otro se limpiaron con delicadeza las comisuras de los labios.
Una vez retirada la bandeja, cada uno se sentó en su taburete para ajustar perfectamente su catalejo y espiar a los vecinos, a los que ese día, según costumbre, les tocaba hacer el amor.
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jueves, junio 18, 2009
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Paquita
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miércoles, junio 17, 2009
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(Con previo perdón por las disculpas a mi querida Inma, por el exceso de longitud. Pero se me ha ido de las manos. Besos)
Batalla Sinfónica de Haipemarkestratt.
La megasinfonía a ejecutar, Lerenda Sub Iutatis opus 3, del toledano Visigo Astortia, era de una tonalidad arrebatadora en su obertura. Por ello, el director precisaba de una puesta en escena plena, sin concesiones a una distracción, con los cinco sentidos de cada músico. Con el alma en cada nota. Tras el segundo movimiento, la mayoría de los espectadores se tragaría cualquier cosa. Incluso el resto de la obra.
Pero…
El primer violín salió con la bragueta abierta. Nadie le dijo nada entre bastidores, porque el domingo anterior el muy malage tampoco advirtió a Nati Chaves, la segunda violonchelista, que tenía los zapatos cambiados, acentuando su condición de zamba. Advertido que se lo hubo a gritos la panderetera contralto, el primer violín puso su instrumento, el primer violín, en la boca del barítono bajo, para que se lo aguantara. Pero lo que oyó la panderetera contralto fue sólo el “aguántamelo”. Siendo como era y sigue siendo, prima del barítono bajo, se fue a por el primer violín arremangándose las medias y le soltó un golpe en el estómago, a cambio del impacto de un chicle en un ojo.
A todo esto, los tramoyistas no habían bajado el telón para levantarlo con la función. El público consideró innovadora la escena de teatro experimental previa y aplaudió, aunque con frialdad.
El director, sorprendido por la pasión inicial, levantó las manos invocando a Tokála Toa, el dios más afinado de los cielos, para agradecer su intervención.
Dado que el barítono bajo engullía lentamente el primer violín, su dueño intentó arrebatárselo, pero la panderetera tenía trabajo pendiente y en menos de lo que hace falta para tumbar un novillo y ganar un rodeo le afeitó la nuca.
Ya era hora de reaccionar, pensó la soprano suplente. Llevaba una añugación atascada en la garganta, desde que cien meses atrás la panderetera contralto le impidió debutar como quinta pastora en “Les ordeñateurs”, y saltó como una pantera hacia el peinado de la contralto, que no la vio venir. Más de ochenta horquillas le sacó en pocos minutos. Y algunos pelos.
El coro entonó a pleno pulmón el “¡Desapartheid, please, Desapartheid” del griego Oigalos Paciphistias, pero el barítono alto había sido camionero, y lo era algunos domingos, y no sabía aguantarse ante una buena pelea. En un salto felino, agarró el cierre del sujetador de la soprano suplente, tiró hasta lo que más pudo y lo soltó después sobre la espalda, con toda la mala idea.
Fijándose bien, había cierto orden lógico en las incorporaciones a la gresca: El director, enardecido entre los gritos muy parecidos al texto de la obra, reconocía ajustes de cuentas pendientes. Y lo mejor de todo, los golpes, hasta los cabezazos, sonaban en Sol. Y es que cuando calienta el Sol…
Llegó el turno del tío del bombo, un hombre también gordo y redondo, que quitó el tapón que tiene el instrumento por el lado y sacó de allí una pala matamoscas. Con ella, sin mediar aviso ni declaración previa, se fue a por el pianista, que en ese momento ya había sacado unas notas renovadoras de su instrumento, contando con que las orejas del barítono alto recibían buena parte de los golpes de teclado. No pudo evitar, en cambio, el impacto de la pala matamoscas sobre la verruga de su frente, algo que había irritado durante diecinueve años al tío del bombo. Esa noche, por fin, se había realizado su máxima fantasía. Además, la verruga se posó, tras su despegue de la frente, en la corbata del director, que, embalado, se desprendió sin querer de la batuta, la cual pudo ser extirpada del muslo del ocupante del segundo palco platea, en una sencilla intervención quirúrgica.
-Pues con las manos dirijo, con las manos me sobra, -relinchó el director, encabritado como un potro alazán desbocado, pleno de pasión, mientras esquivaba a los barítonos rodando por el suelo perseguidos por la panderetera, una verdadera fiera en el uno contra uno.
La tesis de la obra culminaba, no cabía duda, a decibelio puro.
Surgió, como Ángel Pacificador, el trompetista Yasetebelos Escrotenberg: Sus labios clavados en la embocadura representaron la llamada del Apocalipsis, El Juicio Final y la Declaración de la Renta, todo junto.
Recogiendo harapos, monturas de gafas y sin dejar de cantar y tocar en ningún momento, cada componente de la orquesta y coro, con decoro pero sin condecorar, regresó a su lugar.
El director se tragó sin diluir dos de las tres cafinitrinas para el corazón y siguió de pie. En casa, tranquilo, sacrificaría una cabra a Tokála.
El público, aterrorizado, sacaba por Internet entradas para sesiones de doce horas de películas de Disney. Daba igual el precio. Lentamente, buscaba la salida sin volver la espalda.
De un golpe, el telón caía sobre el escenario. La luz se iba y primero el silencio y luego la paz, de alguna manera, volvían al teatro de la villa de Haipemarkestratt.
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martes, junio 16, 2009
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sábado, junio 13, 2009
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Al no recibir la nómina en el mes de enero, igual que siempre, a Crispín Gajo le dio por imitar a los grandes bandoleros del siglo… de los bandoleros. Se probó la bufanda y, con el trabuco colgando, empezó una carrera delictiva, eso sí, en ciclomotor de 50 centímetros cúbicos a falta de corceles árabes. A los dos días, por falta de pago, sin moto y en pijama de lunares ya no era lo mismo.
Crispín volvió a su empleo como lijador de esquinas y pensó en pedir un préstamo para ampliar el negocio. Mientras esperaba a ser atendido en un banco leyó en una página, atónito, un magnífico artículo histórico sobre los bancos:
“Cualquier negocio de la Edad del Piñonate necesitaba financiación ajena. Los poderosos recibían montañas enormes, descontada la cima como comisión de apertura y los pequeños pobretones se llevaban saquitos de arenisca con un agujerito para descontar los intereses.
Pero la verdadera organización del prestar dinero llegó con los judíos, al mismo tiempo que se organizaban los que no iban a devolverles la pasta y fundaban la ¡Yqueseyó! cuando le requerían el pago; quemaban en la hoguera al prestamista junto con las pólizas de préstamos en mora y su criada mora, que se ponía morado ya que moraba con él. “Mora pro nobis”, solía decir el jodío sin más demora, por más quemado que estuviera.
De no ser por los bancos, mucha gente habría permanecido sin dinero y de pie.
Los Reyes Catastróficos promovían la construcción de portaaviones y botes neumáticos, por si alguien tenía que hacer un viaje muy largo o pasear por el pilón del pueblo y con lo que sacaban alquilando las naves pagaban los plazos mensuales al Banco Molocos, entidad pionera en financiar hospitales psiquiátricos.
Con la expresión ¡va lista si cree que va a cobrar! surge la figura del avalista.
En los años siguientes se dio el ver florecer los bancos, fundándose entre quince y veinte mil diarios en los días malos; en la puerta se estrellaban botellas de champán o perolas de potaje según fueran destinados a financiar un teatro o una pocilga
Llegó a haber tantos bancos, que no había suficiente dinero para guardar algo en las cajas fuertes, turnándose para custodiarlo en días alternos.
Se hizo famoso y alcanzó prestigio el Banco Brando, con foto del famoso actor, que llegó a recuperar algo de lo prestado.
Surgieron como respuesta muchas más entidades financieras:
Las Cajas de Ahorro, entre ellas la Cajajiajajá, cuyos principales clientes eran humoristas y payasos famosos.
Las Cajas Rurales, obligados sus empleados a llevar cayado y pantalón de franelita. A primeros de mes, ponían perros pastores para que no se colara nadie.
Finalmente, surgió para el control el Banco Gidos, que funcionaba con un poquito de aquí, otro de allá, hasta arruinar bancos chicos y rentables situados en un solar precioso y poner allí una tienda de lencería a Cuquita Dencima, conocida lejana del director general.”
Tras ver jubilarse a dos generaciones de empleados del banco donde esperaba, Crispín dudó del éxito. Dejó la revista y se fue a otra entidad financiera.
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sábado, junio 13, 2009
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Harta de cintura ancha,
sin caricias en mis manos,
vi venir al más humano
de los hombres de la Mancha.
Con la mirada perdida
de sueños de libertad,
para quien ser sometida
a su amor sería en verdad
grande voluntad de vida.
Venía él acompañado
de un gañán triturapuerros,
pero tan fiel como un perro:
Sin moverse de su lado,
sin gritarle de bellaco
ni perdido, ni poseso,
ni de confundido el seso.
Eran hidalgo muy flaco
y escudero muy obeso.
Habían lidiado gigantes
de poder sobresaliente,
y salieron por los aires
tras lucha fiera y valiente
de caballeros andantes,
sin renunciar al donaire.
Tras tantas lides y ententes,
se venían a la venta,
vencidos de mil afrentas
pero sin rendir la frente.
Antes de servir el vino
mandé callar la posada:
Sentí que cambió mi sino
al mirarme su mirada.
Rocé su barbilla hirsuta,
blanca de sabiduría;
dejó la caballería
y me olvidé de ser puta.
No sonó más risa allí
a un caballero perdido.
Dejé el vino sin servido
y lloré cuando le oí
pidiéndome de vivir
toda su vida conmigo.
Me prometió, don Miguel,
un amor definitivo.
Y me remitió hasta él:
Miguel, le doy por cumplido.
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sábado, junio 13, 2009
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CORRESPONDENCIA.
Como vuelven las elecciones, se tienen que pintar todos los buzones de correos. Son ganas de tener que abrirlos y sacar las cartas, pero gracias a esta simpática circunstancia rememoro mi tiempo como cartero o personal de Clasificación y Reparto. Sentado en el bordillo, sin miedo al atropello de mis pies, escojo una al azar y leo:
De Carmen Tecata a su 1/2 naranja, Alfonso Papo:
“Hoy es tarde cuando te escribo, porque no he llegado antes del centro, donde fui a comprar brevas para enviártelas junto a unos pololos nuevos. Me rondan los viudos y ya, amor, no sé qué decirles. La idea de que volverás (por qué tú vuelves, ¿no?) me consuela de seis a siete menos cuarto. El resto del día, amor, en fin…”
Esta carta, se ve perfectamente, es de 1.966. Menos mal que no la recibió Fonsito, porque cuando vinieron aquí los Bitles a cantar, la Carmen se fue con la maquilladora del Ringo.
De Honorina Peromea a su cuñado, Fermín Otauro:
“Guardo tu dentadura como te prometí, pero mi marido me asedia con preguntas a las que ya no sé qué responder. Algunas son fáciles, como el máximo común divisor de números pequeños, pero otras tales como ¿de quién es esta porquería que está junto a mi cepillo de dientes? me agota y me deja cansada. Casi no me depilo. Esto tiene que acabar…”
De ésta, que está en tarjeta postal por las prisas, se acordaba nuestro sellador, Cenutrio Tampón, que mató el sello de un tiro en el descanso de la misa de ocho. No sé yo si la dentadura mencionada es la que llevamos usando nosotros como abrelatas tantos años en la fonda.
De Gaspar Turienta a Enriqueta, su hija:
“Niña, venga pal pueblo, que bueno está lo bueno: siete años probando lo de camarera en Madrí. No es que tu novio me disguste viniendo todas las tardes a preguntar, pero no duermo la siesta como es debido. Tu madre me dice que dónde has guardado el mantel de flores verdecitas, que le gusta ponerlo cuando vienen las de la asociación de Amas de Casa…”
Esta misiva, escrita junto al pilón una tarde de verano, me inclina a deliberar sobre la emigración, si hacerla con bocadillos o ir comiendo lo que dan en los sitios por los que pasas.
Del párroco Padre Naje, a otro párroco, Padre Nalina:
“En celebrando que vos encontréis bien, te cuento la celebración de la célebre misa del 14 del presente. No me corearon los cantos y en la cestilla de la colecta, encontré sólo billetitos de autobús. Te lo pondré clarito: O me mandas feligreses con calderilla los domingos impares para animar a los míos o no vuelven a tus procesiones las niñas de mi pueblo, que sé que les miras las corvas…”
Fue simpático lo de esta carta, porque era la única de aquel día y no la llevé porque me traía más cuenta lo del contrabando de suelas.
El resto resulta una variopinta y rica selección de mensajes, anhelos y sueños, negocios y proyectos de todo tipo, que, leídas, proporciona la más grande y exacta descripción de la historia de un pueblo, pensando que entre la primera que entró en el buzón y la última han pasado cincuenta y dos años.
Por puro sentido de la responsabilidad, las he echado al correo.
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martes, junio 09, 2009
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