miércoles, 16 de septiembre de 2009
HAIKU
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martes, 15 de septiembre de 2009
Entremés.
Ecos de sociedad.
Se celebra el próximo sábado, en la parroquia de Nuestra Señora de la Flauta Dulce, el enlace entre la Srta. Miriam De Harris Pinocchio y el Sr. Alberto Cyrano y Gaztelu.
Media etiqueta o toalla de baño, nos la suda. Pero un detalle: Métanse debajo de las mesas, agáchense o tírense al suelo. Insistimos, nos da igual. Pero por lo que más quieran, no toquen las narices a los novios.
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Plagas (7)
Granizo, fuego y hielo.
El fabricante de paraguas y sombrillas Teodoro Migrañas, en conferencia celebrada el pasado domingo en el centro cultural de Baldehigos, expresaba lo siguiente:
“Muy buenas. Me dirijo a ustedes con una idea firme, la de que me compren mis paraguas negros, y para ello les fumigaré la cabeza con la siguiente historia:
Érase que se era el reino de Sékeland, un país donde fue vista una gota de agua por el cielo en 1777 y, capturada y llevada ante el rey Paké Pisheras II para un interrogatorio con esponjas, confesó que era, en realidad, el salivaso de un labriego. Sirva este rodeo para decir que se trataba de una tierra muy seca.
Y para no tardar en cenar, seguiré con la historia a un ritmo más ágil. El primer ministro, Loklavo Hentér, y la reina, Kaderagitar, mantenían una serie de intercambios culturales durante los cuales la reina estudiaba con detalle los maravillosos grabados del techo de su dormitorio, y el ministro profundizaba lo mejor que podía.
Quiso el destino que el chivativo y feo primer ministro suplente, Lamías Mayor, supiera de los lances pictóricos y fuera con el cuento al Paké, que paqué te cuento. El rey, ofuscado, contrató los carísimos servicios del mago Tolohago Simepag, que, durante el tercer asalto de la conferencia sobre bóvedas de aquella tarde, hizo que miles de agujeros se abrieran en el techo de madera y cayeran de ellos infinitas gotas de agua, cada vez más frías, que consiguieron enfriar el ánimo de los amantes y mojarles al mismo tiempo.
Fue entonces que reina y primer ministro salieron de la estancia con el mayor decoro posible para refugiarse en la suite de invitados, pero les siguió la lluvia, que arreciaba y endurecía hasta la granizada. De hecho, Loklavo tuvo treinta y siete y medio durante toda la noche.
Y por más que pusieron techos duros sobre sus vidas, los engañizos reina y ministro vieron crecer sobre sus cabezas verdaderas tormentas tropicales y huracanes en cuanto hacían la menor indicación de yacer rítmicamente con fricciones mutuas. Y, de alternativa, fuegos quemadores que ayudaban a que las cosas ardieran y se chamuscaran o se pusieran muy calientes.
Y fue que todas las acciones encaminadas a adornar frentes maritales fueron castigadas con trombas de agua, fuego y granizo, bajas presiones y aguaceros tormentosos que llevaron a la desesperación a la pareja origen hasta el punto de pagar una fortuna a la ex mujer de Tolohago, Bengapakaya, que en un pis pas, sin cogerse ni un pellizco, sacó de un bastón un hongo negro que cobijó a la pareja durante un par de días antes de firmar el cheque, pues podían devolver el producto sin compromiso.
Y fue también que desde entonces la promiscuidad se propagó protegida, gracias a la cobertura de “una tela circular, ajustada con varillas, unidas éstas a un eje común de donde obtienen su rigidez”. Vean, señoras y señores, qué definición tan buena de un paraguas para aquellos tiempos.
No sorprendió al profesor que el 92% de las compras de aquella tarde la realizaran mujeres. Nada en absoluto, pues era el único hombre en el salón de conferencias.
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Plagas (6)
Úlceras y sarpullido incurable.
Y cuentan que en Salmodia City, al Sur del río Miramipera, antes de la comilona anual celebrada el primer domingo de cada trimestre para festejar el primer afeitado de las piernas de las mujeres del pueblo, se dio una circunstancia terrible e inusual por lo poco frecuente: Las piernas izquierdas de cada mujer tratada con espuma de afeitar Cortapel y cuchillo de jamón presentaron sarpullidos verdes fácilmente explotables presionando entre dos uñas, mientras que en las que se usó crema depilatoria Suaverrap a 30ºC y hacha se observaron granos azules que precisaron lija de madera noble para ser extirpados.
Por supuesto, todas las piernas derechas, según la tradición, permanecieron cubiertas de pelo, al estilo alfombra, según costumbre ancestral de la comarca.
Fue llamado a consulta el experto en granos Barry Llitos, que cometió un error al dar un rodeo y no ir directamente al grano. Supuso en principio que la plaga debía haber sido transmitida en un granero y buscó entre los pajares, donde obtuvo como recompensa dos agujas y un “¡largo de aquí, mirón!” de una pareja que estudiaba anatomía frontal recíproca.
De todos modos, ante el miedo de una extensión de los sarpullidos, feos y de mal color, por toda la zona, el doctor Llitos se encerró en su laboratorio móvil con seis mujeres aquejadas de los íntomas, tres de cada modalidad.
A los dos días justos, hizo salir a las seis mujeres luciendo CADA UNA, su mejor par de piernas calvas y lisas y con las siguientes observaciones a modo de conclusión:
1) El primer error ha sido permitir el cultivo de moho en los pelos no cortados. Califiquemos de guarrada y dejadez general este punto, soslayable según pueden comprobar.
2) El segundo error, algo más execrable, no ha sido sustituir el jabón verde de toda la vida por los productos Cortapel y Suaverrap, sino que nadie informara a nadie de que éstos últimos no debían ser ingeridos, ni siquiera en revuelto como hasta ahora.
Y fue el jolgorio y la risonancia, y el clamor de platillos y un solo de bongos y violín, junto a una fiesta que duró cerca de hora y media sin que faltara a nadie una rebanada de pan ácimo untado con manteca lila, uno de los productos característicos de la zona. Y, por supuesto, veinte dólares más para la cuenta corriente del doctor Llitos.
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lunes, 14 de septiembre de 2009
Plagas (5)
La Peste.
Se conoce como la plaga invisible, intocable quizás, pero una de las más fáciles de extender y difíciles de extinguir. De nuestra prehistoria conocemos un caso al que atribuirle el origen, o sea, echarle la culpa.
Data de los Pituit Arias, la primera dinastía que gobernó la ciudad de Budapest Urria, irreconciliable con la rama de los Nass Hales, que reinaron en Budapest Azo, una familia de caminantes de cuestas arriba. Cuentan que a uno de ellos se le incrustó una rama junto a un tobillo, dentro de una bota, de tal guisa que hubo que descalzarle, obteniendo como expresión, tras miles de litros de agua contaminada para siempre, la siguiente y conocida frase:
-¡Mirad, mirad, deditos, como en las manos!
No hubo quien celebrara con él el descubrimiento, ya que la mayor parte de sus parientes y amigos (hasta entonces) huyeron con sus vestidos y ganados, salvo los cerdos, que murieron de asco en directo.
Y fue que en esta diáspora cada unidad familiar a efectos fiscales se dispersó desde el centro de Europa a los vértices de Europa y hubo con su presencia una epidemia de narices tapadas y respiraciones entrecortadas que llevó (cómo son las cosas) a la gloria y el gozo de Marikki Chanel, una que guardaba flores debajo de la cama, como coleccionista que era de amantes que hacían turno esperando a que terminaran los de encima de la cama. Pero fue en su faceta de perfumista en la que ganó promoción social y protoeuros en oro, siendo llamada a la corte real para intentar que aquello fuera sostenible con las ventanas cerradas en invierno.
Así hasta nuestros días, en los que la emisión de los axilobacos de los tontonietos de aquellos nómadas precisan de cataratas de gel y perfume posterior para sí y mascarillas para los demás cuando insisten en ir en autobús o metro, de pie y agarrando los estribos que cuelgan de las barras. Porque, además, no son muy altos.
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jueves, 10 de septiembre de 2009
Plagas (4)
Animales silvestres.
Corría el siglo XII porque el XIII le venía detrás con muy mala idea y fue que se dio algo extraordinario en los campos de Betsabelania, cercanos a Jobsutulallevas, de la tierra media de Chendoscapia, donde el rey Betancort III reinaba a base de terror y brevas podridas en los calabozos, junto a su malvada reina Anitantomedá y su pérfido e imbañable consejero supremo Johanesteiro Infulanito, un tipo hosco nacido en Jaén.
Y fue que tanta maldad seguida hizo mella en los sometidos a la presión diaria del “trío malacara”, así llamados los tres antes mencionados, hasta el punto de pedir cita al sabio Yomolomás, un anacoreta y erudito profesional, perdido por unos doce mil asuntos de faldas y las peleas con bastantes maridos, asunto por el cual, a sus noventa y siete años, se retiró a una cueva dúplex, de ochenta metros y trastero, donde penar sus penas y reconciliarse con la Naturaleza.
Y fue llegar todo el pueblo en procesión ante su puerta a eso de las tantas cuando el portavoz gritó:
-Sal, sal y salsa de la vida. Sal y sálvanos.
-Salid de mi propiedad y de mi vida tranquila, por favor, que me pongo muy nervioso si pierdo la calma.
-No tenemos a quien recurrir, oh sabio entre los sabios; comprended y seremos así comprendidos.
-Comprendo. Esperad un momento y vuelvo, que tengo algo en el fuego.
Entre eructitos, el sabio salió un cuarto de hora más tarde y empezó a lanzar fuegos de colores que estallaban en los aires y caían sembrando caminos de luces brillantes en la aún no diluida noche.
Aplausos.
Y fue que cada una de las últimas chispas (podríamos decir fotones, en términos físicos estrictos) surcó los cielos hasta el castillo de los tres tontísimos y malos gobernantes, para convertirse en unos bichos gordos y de aspecto fiero, a saber:
El Tiranorarus, un semitoro con raftas y uñas pintadas que no te deja dormir.
Las Astralopitugas, mamíferos de concha flexible y cuernos en las uñas que te rompe en dos cualquier prenda interior y te la tira a la papelera.
El Diplomatik, un ser bicéfalo que te pone la cabeza loca a base de excusas por no cumplir nada de nada, aunque te lo jure por su columna vertebral.
Y otros muchos bichos ancestrales, monstruosos en forma y coraje, que echando fuego por los bolsillos asolaron el castillo de los tontos, los tontillos, que mandaban el lugar, de los cuales se llegó a saber que peregrinaron por el mundo conocido hasta ser aceptados en un convento de la orden Alfabetikatandad, donde terminaron sus días, uno tras otro, después de comenzarlos.
Y una deuda pública elevada hasta la bancarrota financiera del lugar fue lo gordo que no se pudo resolver, teniendo en cuenta lo que comían esos bichos.
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Plagas (3)
Mosquitos.
Y esto que cuento fue en el siglo XXL a.C., ese llamado “el más largo de lo normal”, cuando algo que no había pasado antes pasó entonces. Durante la recepción del faraón Albón Digitis a la princesa Mojapán del lejano Oriente, el celestial semidiós se autopalmeó el cogote haciendo con resultado el nacimiento del sonido de la hojalata y un pequeño bicho pegado en el colodrillo. La corte en pleno supuso el inicio de un nuevo ritmo caribeño, por lo que se unió al compás, mancos excluidos para no ofender a la divinidad.
En medio del jolgorio, más mosca que otra cosa por la proximidad de la chinaponesa invitada, la faraona Matinsek se acercó a su marido, dueño y semidiós, y pudo observar un bultito sobre el que, con extraordinaria torpeza, derramó doce litros de vinagre. Aunque le cambió el carácter antes alegre, le libró del rodeo de “miles de cosas pequeñas zumbonas y picantes”, ya que, momentos después, hordas de mosquitos ávidos de venganza por la muerte de Shabahitario Mazzola, su líder picador, irrumpían en el salón celestial. Buscaban el perfil del asesino. Pero allí todos estaban de perfil y no había tiempo para preguntas.
Puestos al habla con los sabios encargados de saber qué pasaba allí, éstos fueron echados a los cocodrilos antes de la hora de la cena, con la idea de que esos bichos cenaran gracias a la incompetencia demostrada por los sabios.
Se acercó entonces al faraón un joven sin pedir audiencia ni nada y, cuarenta azotes después dijo dulcemente:
-Mi tío materno en segundas nupcias os evitará este trastorno a base de cortinillas que os rodearán, bien es cierto, pero a través de las cuales, por la noche, podréis verle el zorondongo a las princesas que invitáis a palacio, sin que nada os pique, salvo si coméis ajo. Después, si procede, la reina os partirá la cara. A su criterio lo dejo.
Desconcertado el faraón, mandó llamar a Kortinaitis, el tío del niño, quien aisló al faraón de los cientos de miles de miles de miles de millones de billones de mosquitos que aparecieron en Egipto durante el fin de semana. Y fue que todo el mundo se rascó, desde el noble al esclavo más pobretón, y se palmearon con fuerza mejillas y abdominales durante sábado y domingo por la mañana, fecha en que llovió y los mosquitos murieron ahogados. Entonces, en hora de máxima audiencia, el faraón dio por sí mismo la noticia de que, como queríamos demostrar, a él y a su mujer no les picaba nadie, mostrando como prueba sus rostros lisos, sin un grano. Egipto al completo aplaudió el discurso y Kortinaitis y los suyos fueron encargados del mantenimiento del traperío de las ventanas y las mosquiteras de los palacios por los siglos de los siglos.
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martes, 8 de septiembre de 2009
Plagas (2)
Ranas.
Es la segunda conocida y también tuvo en su origen una causa culinaria. En el bar llamado El Lobo bobo, se pagó la licencia para cocinar a forasteros perdidos en el bosque cercano cuya letra del NiF fuera la π. Desesperado ante la ausencia de tales, el dueño del local, Alfredo Lobo Irigoñate, salió de su bar en busca de negocio y lo hizo en medio de una lluvia de agua vertical y transparente en forma de pequeñas gotas que le desvió con violencia al lago situado en medio del bosque cercano. Al no tener costumbre de poner la capota a su coche, su porsche verde se convirtió en el paraíso para dos ranas croantes y saltarinas que se instalaron en el asiento de atrás para pasar la noche. Antes de abrir para desayunar, la esposa de Alfredo sacó del charco el coche con sus ocupantes, dos batracios, de lo que dedujo que su esposo se había transformado en uno de ellos.
Harta de esperar a que apareciera, decidió largarse y activó el mecanismo de cierre de la capota del coche donde quedaron atrapadas las ranas, aún embriagadas de una noche de amor sin humedad, por lo que ninguna de las dos pudo escapar. Pero la Naturaleza ya había hecho su trabajo.
En un rápido y desesperado intento de recuperar a su marido, la cónyuge besó con rapidez a las dos ranas y, al ver que no se transformaban en su esposo con un toque de magia, los echó a un perol de aceite hirviendo, a cuyo calor surgió la leyenda del beso asqueroso con resultado de príncipe o tapa exquisita.
Al anochecer del mes siguiente, dos millones seis mil cuatrocientas doce ranas croaban con pancartas delante de la puerta del restaurante. De ellas, sólo la décima parte tuvo acceso al asiento trasero del porsche, una maniobra que controló de manera drástica la reproducción de la plaga. El resto era engatusado y cocinado a diario por la cónyuge, que se olvidó del marido para siempre, sin que llegara a saber lo suyo con una rana joven, forastera, algo fea, pero provista de un excelente par de piernas, que le besó para salvarle de morir ahogado en el lago, a casi medio metro de profundidad y huir juntos y a saltos del bosque para montar su propia plaga en el pueblo de al lado, donde a base de besos no quedó ni un sólo ser humano.
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lunes, 7 de septiembre de 2009
Un haiku tardío
Aquella casa había sido su santuario durante seis semanas y durante ese tiempo, ella y el silencio
sólo roto por ella habían habitado aquel espacio.
Como si de una oración se tratara, en ese último día de amansadora soledad, terminó de comer,
limpió lo usado y dejó en perfecto orden cada una de las estancias.
Para ella el mismo ritual, el del agua fresca resbalando por su pecho hasta las piernas
y el aroma a té verde y menta fresca sobre su piel en quebradizo manto.
Caminó descalza, despacio, por casa una de las habitaciones, rozando con la punta de los dedos
el frío blanco de las paredes prometiendo devolver algún día, no demasiado tarde, esa mansedumbre que en breve estaba a punto de romperse y esparcirse por los rincones en callada espera. Acarició con las manos aquellos lugares dónde la humanidad de otros cuerpos se había posado para siempre aunque nadie supiera cuándo, ni por qué.
Sobre las sábanas limpias de su cama se tumbó suavemente, en una oscuridad impropia de esas horas de tarde y se abrazó a sí misma y a la paz que se le escapa con la promesa de que otras presencias, más deseadas que la que estaba por llegar, aunque furtivamente, pronto dormirían a su lado.
"Madre dice que mi hermana Satsu es como la madera, tan arraigada a la tierra como un árbol de Sakura, pero de mí decía que era como el agua. El agua puede abrirse camino incluso a través de la piedra y si se ve atrapada siempre busca un nuevo camino..."
Memorias de una Geisha.
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lunes, septiembre 07, 2009
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