miércoles, 8 de septiembre de 2010

IRREGULARIDAD.

En el XVI concurso de besos de San Joan de Xiu Pong, en Bostwana, la pareja semifinalista formada por Alfonsito Lappi Shadura y su novia Estefanita Pada Secalla, surgió un pequeño problema: ellos habían aportado la mayor gracia y número de novedades al concurso, como el beso intermitente mientras se poda un cactus o similares, y estaban convencidos de ganar, pero, a escasos segundos del final de su intervención, se hizo un silencio sepulcral: al separarse sus bocas, Estefanita mostró sin duda alguna que tras el último muerdo se había traído el chicle de Alfonsito, algo completamente prohibido por la organización.

Fueron eliminados. Ya no revalidarían el título que consiguieron las dos ediciones anteriores seguidas.

Desolados, hicieron el viaje de regreso a Cáceres en canoas separadas.

domingo, 5 de septiembre de 2010

PROFECÍAS (4).

Al estrenarse el siglo de las dos equis y un palito, una mujer, desvelada, será servida como tentempié o canapé en un ágape. Ojito, que lo dicen las entrañas de un loro, lo confirman los posos de un café recalentado y lo repiten los niños en la calle, al compás de sus juegos. Yo he cumplido. Allá quien no quiera escuchar.”

Así habló en 1312 Diego Francisco Berreneldo, primer concejal de la villa de San Gerundio, cercana a Buckingham Garden, en Chichingrado. Lo hizo después de lavarse la parte izquierda del culo, según costumbre ancestral de su pueblo.

Y en efecto:

En el año dos mil uno, exactamente el cuatro de febrero, se celebró la boda de doña Gonilda Parapetos Montetonto con el escuálido Joan de Fabres y Fabres y Más Fabres. Tras la ceremonia, llena de flores y arroz a partes iguales, los invitados pasaron al salón para ponerse hasta el monóculo de brevas y peladillas, según costumbre hasta que llegaran los platos fuertes.

Pues bien: una de las damas de honor, Gulietta Gig O´Flai, con una borrachera ya consolidada y un vestido de muchos velos superpuestos, enganchó uno de ellos con el pomo de la puerta de salida de la cocina, de donde los camareros salían frenéticos a servir las bandejas. Poco a poco se soltaron todos los velos y cada mesa recibía sus platos cubiertos por uno de distinto color, cada uno más vaporoso que el anterior.

Incapaz de soltarse y viéndose paulatinamente desprovista de velos que no podía manejar, vio venir el despelote en breve y se organizó lo mejor que pudo para coger la bandeja más grande que vio y, ya en traje de prácticamente nada, colocarse en una postura de pavo horneado al ron –el ron le sobraba- y, cubierta por el último velo, hacerse servir en la mesa central, la de los novios y allegados íntimos.

A base de manotazos evitó ser trinchada en varias ocasiones hasta que los comensales de la mesa central pidieron changüis de almejas para quitarse el hambre, dejando la bandeja grande a un lado hasta que fue retirada por la noche por el servicio de catering. A eso de las cuatro de la mañana, a base de poquito a poco, Gulietta pudo desentumecer las articulaciones y bajar al suelo. Con los cuatro trapos de cocina que encontró salió a la calle, tomó un taxi y dio la dirección del sitio de donde había salido. A la segunda, se acordó de donde vivía y allí la dejó el conductor, no sin antes pedirle prestada una bayeta de las que llevaba para los cristales del automóvil. Gulietta le regaló una que le tapaba varios puntos de vista fundamentales, pero era muy tarde y ya le daba lo mismo.

Meses más tarde, Gulietta, repasando el fascículo tercero del tomo IV de la Historia General, leyó en letras góticas pero claras el contenido de la profecía.

Si el mamostias del quiosquero le hubiera pedido a la editorial los fascículos en orden, Gulietta habría ido a la boda con un traje de buzo. Pero era su destino.

sábado, 4 de septiembre de 2010

LIBRERÍA LELLO, OPORTO (PORTUGAL)






Si vais a Oporto, seguro que subís a la Torre de los Clérigos. Desde allí, en la parte trasera, se ve una calle con una pequeña librería llamada Librería Lello, inugurada en 1906. Su interior, modernista y neogótico, es precioso, repleto de maderas, vidrieras, un simpático mecanismo de recogida de libros y mucha gente. Allí los visitantes compran libros, pero sobre todo, hacen fotos, muchas fotos. Yo fui una de ellas. Si podéis, visitadla. Harry Poter también estuvo allí.

viernes, 3 de septiembre de 2010

RECUERDOS DE VIAJES (1).

Durante nuestro viaje de divorcio de hiel, Maruja y yo nos peleamos a todas horas, a solas o no, sin importarnos la locura que nuestra juventud nos alentaba.

Si había una silla libre en cualquier tasca infecta en la que entrábamos para desayunar, ninguno se levantaba a traerle al otro un vaso de agua temiendo perder el asiento.

Si nos juntábamos con alguna pareja que también viajaba, recordábamos para ellos, con nostalgia, cómo nos habíamos aburrido durante tres días que pasamos juntos en casa, por culpa de un derrumbe que nos obligó a convivir hasta que nos rescataron los bomberos

De noche, con un único envite de sus caderas me enviaba debajo del sofá lleno de pelusas del hotel de una estrella en que nos alojamos.

Aún recuerdo cómo rodamos por un terraplén por evitar ver juntos un atardecer. Magullados, ninguno ayudó al otro a levantarse y caímos dos veces más.

Hoy, cuatro meses después de aquello, aconsejamos a unos amigos insufribles, que se llevan a matar desde que se casaron el mismo día que nosotros, hace cuatro meses y tres días, a organizar un viaje para cuando el sueño de su divorcio se haga realidad.

-Estudiad las ofertas. Hay épocas para celebrar divorcios en sitios innombrables por cincuenta euros, con todo excluido. Una ganga.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

VERÍDICO.

-Le vi levitar en pleno día; le vi parado en el aire. Y era Ambrosio Gotorinaldi, sin duda alguna, se lo aseguro, -dijo el testigo.

El padre García Polster, encargado por El Vaticano del caso de Ambrosio Tamarotti, cerró y selló la carpeta como dicen las normas de estos procedimientos: después del último testimonio copiado a mano. Nada de medios audiovisuales.

Al presentarse ante el cónclave, su informe se consideró irrefutable.

Una semana más tarde, Ambrosio, que tenía una mano maestra para tapar grietas, le daba la última pasadita de yeso y un repasito con pincel a un rincón muy escondido de la Basílica de San Pedro sin tener que utilizar andamios ni cerrar al público las visitas a la maravillosa Capilla Sixtina.

-Eso se lo dejo yo como nuevo en una tarde, señor Papa, -había declarado Ambrosio en la entrevista mantenida con el Sumo Pontífice, dándole una palmadita en el hombro.


lunes, 30 de agosto de 2010

DÍA A DÍA

El capitán Trueno, fregona en mano, reunió a sus más fieles amigos en la choza de la parte trasera del jardín.

-Alguien se ha duchado y ha dejado las cortinas por fuera, -dijo con un hilo de voz, ahogado por la rabia vengadora que le caracterizaba.

Goliat, con dos muslos en cada mano, se encogió de hombros dando a entender que no podía ser él. Para ducharse, cada mañana un camión cisterna y cuatro operarios realizaban dicha tarea junto al cobertizo de las herramientas.

Crispín, mientras se recortaba las puntas de su media melenita con unas pequeñas tijeras, dijo que él no podía ser, que acababa de volver del pádel, y que esperaba a terminarse el recortito, ponerse unas mechas y, después, ducharse.

Todas las miradas se volvieron hacia Sigrid.

En el centro de la habitación, la imponente figura de una princesa vikinga desafiaba al terceto de héroes sin mencionar una palabra, dejando que por sus inmensos ojos se desbordara el fuego de un volcán.

-Pues el otro día dejaste la cama sin hacer… -dijo Sigrid por fin, sin bajar la mirada y ofreciendo al capitán una cota de malla reluciente. Se había pasado toda la mañana abrillantándola con un bruñidor de metales.

Goliat soltó los cuatro muslos -sus dueñas pudieron huir- y aplaudió la valentía con que la dulce Sigrid se enfrentó al legendario héroe. Hasta el joven Crispín hizo un amago de celebración con un graciosísimo mohín.

Dejando caer la espada, el escudo y la fregona al suelo, el capitán sacó de su carcaj de flechas un hermoso ramo de flores, cogidas al amanecer en un acantilado.

-Y es que la vida matrimonial tiene estas cosas, chaval, -dijo un sonriente Fideos de Mileto al entrar por la puerta de la choza donde se reunían, portando una botella de champán francés-. Vamos, pichones, que seguro que no se os ha olvidado vuestro primer aniversario.

viernes, 27 de agosto de 2010

CURIOSIDADES HISTÓRICAS (3).

Personaje: Amílcar Barca.

Aspecto: Mingitorio.

Acostumbramos a pasar por encima de cuestiones cotidianas realizadas por personajes de muchísimo peso histórico. En concreto, se hablará de las modalidades o aspecto en el acto de micción del gran general Amílcar Barca Bermúdez (por fin también hemos conocido el segundo apellido). Trataremos esta faceta en igualdad de condiciones al de sus, por ejemplo, incomparables dotes para la estrategia militar en campo abierto y bares cerrados.

Y no es baladí la valoración: Amílcar, recién nacido, estableció un arco de marcado medio punto, que, comenzado en su tubo de escape, vino a dar en los collares de su madrina, doña Celeste Startaffiora. Esta mujer aguantó estoicamente al principio para incluso dar palmas al oír balbucear a su ahijado algo parecido a “meada, madrina”, que ella interpretó como “mi hada madrina”.

De mayor, se dedicó a la constante imitación del caribú, el tigre y el ñandú, este último para el lance concreto de la petición de mano marcando territorio. Gracias al trabajo diario, su ecléctico estilo urinario alcanzó la madurez y, en concreto, gran facilidad para mojar los cascos de los romanos que hacían guardia al otro lado de una valla de cuatro metros de alto. Pero lo más valorado era la escritura de mensajes de amor en la arena, con buena letra, que su amada leía con claridad desde su balcón.

Desde que se casó, llevó a cabo sus liquidaciones en horizontal y sin arabescos, en señal de fidelidad. Pasado un año, dado que su mujer prefirió los dibujos y florituras del chorro de la chorra del general Gramínades, Amílcar se dedicó sin rubor a mostrar sus habilidades en público tras cada victoria en campaña. De hecho, hizo traer grandes cantidades de diuréticos del Cáucaso para que cada espectáculo, realizado en directo, dejara una impresión acorde a lo gran hombre y artista que era.

Aunque guardaba las distancias con el pueblo llano, de forma esporádica apagó dos o tres incendios en pequeñas cocinas de aldeas, donde algunas amas de casa se ausentaban para sacar a sus maridos de las tabernas. Aquí el estilo era, lógico, de bombero, o sea, apuntando a lo bajo y sin adornos.

De viejo, cansado de guerras pero aún apuntando a las estrellas, hizo un par de giras con pises que al caer dejaban dibujos circulares, algunas poligonales conocidas y dibujos sencillos. La última gran meada que programó, cerca de su Cartago natal y en presencia del joven general romano que le puso en aprietos al agarrarle allí, se malogró por una cistitis que apenas le permitió mojarle el escudo; el siempre ganador Barca, furioso, le tiró a la cara y sin abrir un envase de doce pañales para adultos. A partir de entonces, sólo hizo apariciones estelares en grandes batallas, cameos, molestando a los legionarios romanos que después no sabían explicar de qué se habían manchado las falditas y se ruborizaban muchísimo.

Y este es el gran mensaje que este guerrero incomparable dejó para la posteridad: la meada valiente, libre y universal hasta la sepultura. Lejos de vivir el auténtico Mea Crucis de tanto jubilata sin autoestima, Amílcar Barca Bermúdez venció en la mayor batalla del hombre: evitar esas denigrantes salpicaduras en la parte de los dedos que sobresalen de las sandalias marrones. Él no. Él, jamás.

domingo, 22 de agosto de 2010

CONCIENCIA.

Elmer Romero se bañaba plácidamente en la bahía de Massara, una preciosa cala de aguas limpias y olas mansas. En menos de un segundo, mientras volvía andando a la orilla, se vio atado de pies y manos por una serie de círculos de un material parecido al plástico. Oyó ruido por encima de su cabeza y vio a dos enormes seres extraterrestres que bajaban en vertical por un halo de luz en forma de escalera. En voz alta, uno de ellos, de mayor tamaño, parecía reprochar al otro por algo incorrecto. El más pequeño, al final de la conversación, bajó junto a Elmer y, con facilidad, le liberó de sus anillos y lo lanzó de nuevo al agua.

Al emerger de nuevo, Elmer vio cómo ascendían hacia una nave de visión difusa pero cierta, y, antes de cerrar la escotilla, el de mayor tamaño le hacía una leve carantoña al menor, que tomó un recipiente del que comenzó a beber con una pajita. Instantes después, la nave salió disparada al infinito, dejando atrás un mínimo reguero de finísimo polvo cósmico.

Una vez en tierra y mucho más tranquilo, Elmer vio bajar a un grupo de excursionistas a la cala. Traían gritos, música y muchas bebidas. Se sentó un rato cerca de ellos y, en cuanto uno de los más jóvenes desató un paquete de seis refrescos de su soporte plástico en forma de círculos, se acercó, le apuntó a los ojos con un puñado de arena y le dijo:

-Esta playa es demasiado pequeña para los dos… -pues comenzó al más puro estilo Clint Eastwood, para terminar diciendo:

-Por favor, liberad todas las latas, romped los anillos de los soportes de sus cómodos packs y entregádmelos. Yo mismo me encargaré de que vayan al contenedor de plásticos y envases, aquí cerca, y así no lleguen al mar.

Mientras los jóvenes se aplicaban con sencillez a la tarea, de la mano derecha de Elmer caía un reguero de finísima arena.

lunes, 16 de agosto de 2010

OPORTO AL ATARDECER

CÁLIDO, MÁGICO Y CON REGUSTO A VINO Y A SAL.


jueves, 5 de agosto de 2010

DISCRECIÓN.

»Sshhh lector, no leas esta nota en voz alta. Estoy escondido en una madriguera de ciento sesenta metros cuadrados, cinco habitaciones, dos baños completos, aseo, cocina, salón y trastero, susurrando para que alguien, espero que tú, venga a salvarme. Y que lo haga pronto. Arriba, en la planta principal, me busca la totalidad de mi familia política, aliada con la mía propia, endomingados hasta las cejas, para llevarme a una comunión.

No sé cuánto podré aguantar. Nunca he hablado de este pequeño escondite fabricado bajo la casa, no tiene registro legal, nadie salvo yo conoce sus planos, excepto claro está los arquitectos que viven en la planta de abajo, la menos dos, necesarios para guardar el secreto de la planta menos tres, donde tengo el negociete de la destiladora clandestina.… son gente muy poco sociable, y no se llevan bien con los del tugurio de apuestas, los de la planta menos cinco. En la menos cuatro no me atrevo a entrar, porque los de esa secta son rarísimos, aunque pagan puntualmente el alquiler… Te espero, lector y salvador, por la puerta 12, la que tiene al lado una cabina telefónica de color rojo inglés. No me falles.»

-Mamá, hemos encontrado esta botella en el estanque, atascada por el yate. Ya iba camino de la salida de la urbanización.

-Dame, dámela… ¿Será cabestro? ¿Pues no cobra un alquiler por los de la Ciencia Indeleble y yo no he visto un céntimo? Vámonos, que el cura no espera para repartir hostias. Ni siquiera las consagradas. Y ni una palabra de la explotación de marihuana de la azotea, ¿entendido?

-Sí, mami.

-Ni aunque sea su cumpleaños se lo vamos a contar. Y en cuanto estemos junto a la verja, lanza los botes de humo y suelta a los perros. Arranque, Jorge.