jueves, 11 de noviembre de 2010

Haiku: "Vives en mí" (a mi madre)

Viaja tu mente
por mundos paralelos
te echo de menos

Haiku: "Ensimismamiento"

Gotas de lluvia
despierta la mañana
café contigo

miércoles, 10 de noviembre de 2010

EL MADRIGAL

No se ni cuándo ni cómo
yo me enamoré de ti,
pero sí que desde entonces
estoy en un sinvivir.
Sin vivir si no te veo
y si te veo no vivo,
porque queriéndote tanto
no puedo vivir contigo.
Y me empiezo a preguntar
qué delito he cometido
para, queriéndote tanto
merecer este castigo.

-----------------------

Dedico este madrigal
a tu carita morena,
porque, sólo con mirarla,
olvido todas las penas.

martes, 9 de noviembre de 2010

RECUERDOS DE VIAJES (3).

Por los mágicos terrenos del MachuPichu.

El vendedor de la inmobiliaria tenía una labia que no la paraba ni un logopeda cotilla. Y además, a mi secretaria le hizo tilín las pintas que traía –corbata de lana a cuadros, camisa de plástico, colonia sabor naranja- así que se dejó embaucar y yo me embarqué en el carguero Fondondo camino de Perú, equipado con mi minipimer y algo de ropa.

Mi idea era comprar dos parcelitas, con idea de futuro por los niños o bien si mi cuñado Legolio también se animaba a tener familia y nos dejaba en paz algún día. Que vaya veintitrés años de postboda de mierda que llevábamos con él metido en casa.

Al llegar y perderme de vista, mi secretaria anotó comprar máquinas cortacésped. Salí de los hierbajos y di con una indígena que me miró desde un Ferrari Testarrosa con ruedas de metro y medio, dándome a entender que no vivía por allí cerca. Además, al arrancar la muy inca, ¡paz! me tiró dos pegotes de barro a las rodillas que me hicieron buscar un sitio para cambiarme y seguir con el agente, que intentaba hacerle aún más tilín a mi secretaria. Mientras, el tontoboina del Legolio se entretenía dando pan a unas cabras rarísimas que se comían su bufanda. ¡Por Dios!, ¡menos mal que sé lo que es saber estar, que si no, allí mismo me lío a gritos y a mover las manos como un director de tres coros al mismo tiempo!

Más calmado, me detuve a hablar con el pastor dueño de las cabras bufandíboras que pastaban por allí. Según el agente, él sería el encargado de la urbanización, con un puesto polivalente de hombre de confianza, podador de árboles y fontanero en el tiempo libre que le dejaran las cabras. A mí no me pareció mal, porque parecía formal y trabajador, salvo las dos horas que llevaba tirado bajo un árbol, con una mano metida en los pantalones y canturreando baladas incas.

Su nombre, Walter Ponderado Damianito Pinchamoñas. Casado cuatro veces y divorciado seis. Anoté sus datos, que me dio con jovialidad en cuanto le informé de que yo sería presidente de la comunidad de vecinos en cuanto ésta se constituyese. No le estreché la mano cuando se la sacó de los bernabeses, pero me quité el sombrero.

Me reuní después con el agente para ultimar detalles y fue fácil: bastó con quitarlo de encima de mi secretaria, que leía un texto de Shakespeare mientras, en cada final de un acto, se paraba a reprochar su actitud al agente y a decirle que no eran formas aquellas de vender adosados tan adosados, aunque fuera horizontal sobre plano. O que adoptara otra postura comercial.

Quedamos en que daría una entrada por nuestras dos casas. Lo hice en wones coreanos, no muy seguro de su cotización oficial, pero jurándole que mi primo Elicsandro, interventor del Banco de Lespanto, no disponía de otra moneda extranjera el día que me venía para acá desde Motilla del Palancar, donde resido habitualmente.

De pronto, el agente dejó caer su mandíbula, el viento hizo volar los wones y mi secretaria se abrazó esta vez a mí, lo que a todos nos pareció mucho más apropiado.

Pensé en una airada protesta por el incumplimiento en el billetaje utilizado, pero no era ése el motivo: Bajando a saltos por las escaleras del templazo ese tan grande, que yo creía adorno de la urbanización, y gritando como ministros cesantes, se acercaban unos doscientos tipos armados de escudos, lanzas y caras enfadadas, gritando en inca que cada uno de ellos nos iba a dar una paliza a cada uno de nosotros, por turno y sin descanso. Seguro, grité que, por mucho que nos organizáramos, eran 800 palizas y no daría tiempo. Al agente lo dejamos allí tirado, por zihopú.

Corrimos dejando atrás tacones, bufandas y una minipimer sin estrenar. Incluso el Legolio dejó de protestar por su último foulard mordido por un macho cabrío negrísimo, adelantó a Walter y se incorporó al camino de cabras que suponía la carretera hasta la aldea más cercana. Vimos parado el Ferrari de la indígena, le cambiamos la rueda y no paramos hasta llegar a Lima.

Varios meses después de aquello, mi secretaria y yo fuimos llamados a declarar como testigos tras la desarticulación de una banda de contrabandistas de minipimers que actuaba en países sudamericanos. El cabecilla no era otro que el pastor de los bernabeses, al que ni su abogado defensor le estrechó la mano.

lunes, 8 de noviembre de 2010

La Cajita

Metí tu cariño en una cajita de madera
para que no fuese tocado
por nada ni por nadie,
y así perdurara eternamente.
Pero olvidé sacarlo
de cuando en cuando
para que respirara aires nuevos
para que se alimentara con mis sueños
para que creciera junto a mí
y hoy está en su cajita
agonizante.
Aún late débilmente
pero late,
respira entrecortado
pero vive…
¿La habré abierto aún a tiempo?

domingo, 7 de noviembre de 2010

AMOR A PRUEBA DE BOMBA



Manolita, mi vecina
tenía un don particular:
cuando de viaje salía,
se le antojaba evacuar.
Pero siempre sucedía,
cada vez y sin fallar,
que a la hora de camino
o faltando aún por llegar.
Lejos ya de la salida
y más lejos del final.
Por eso, a medio camino
siempre había que parar.
Su marido, un hombre santo,
la acompañaba a un lugar
que fuera lo más discreto,
si daba tiempo a llegar.
Manolita, muy bajita,
pero con kilos de más,
con tantos, con tantos kilos
que no se podía agachar.
Su marido, muy atento,
solía ponerse detrás.
La aguantaba dulcemente
y la aseaba al final.
Pero un día, por sorpresa,
la carga no hizo esperar.
Manolita tenía un virus
que licuó su gravedad.
Que le pregunten al pobre,
que como siempre, detrás,
no sólo aguantó a su esposa,
sino al chaparrón mortal.
Y dijo el hombre, aturdido:
“esto no me pasa más”.
Se compró un taburetito
y la tapa osó cortar.
Cuando llegaba el momento
la sentaba allí, sin más
y le colocaba un poncho
que a punto estuvo de dar,
por si acaso, del embudo,
pudiese un chorro escapar.
Y así fue como este hombre,
con su invento siempre a cuestas,
supo vencer su problema
y viajar sin la sorpresa
de un salpicón traicionero
que arruinara su limpieza.


(PARA CONTRARRESTAR LA SENSACIÓN DE PESIMISMO DE LA REFLEXIÓN DE ESTA TARDE) BESOS.

PARA SEGUIR

Observas la desagradable presencia de una mosca revoloteando alrededor de tus miserias. No necesitas fijarte demasiado para apreciar que se trata de una asquerosa mosca verde: te lo delata su planear lento y espeso; tan lento y tan espeso como el transcurrir de estas horas estériles de vida que te acompañan y que dejan tras de sí un reguero de excrementos que no acabas de animarte a limpiar, y que forma parte ya de una rutina, donde la mosca que hoy te hace compañía, ha encontrado su paraíso particular, mientras que el tuyo se va esfumando entre los desechos de una vida incierta, decadente y apática. Una vida en la que te dejas, poco a poco, invadir por todo lo que no puedes compartir con una mosca; aunque alguien dijo que contábamos con grandes coincidencias a nivel científico.

Hoy, más que nunca, quieres volar, pero no como una paloma sin mácula y representativa de más de una divinidad. Hoy quieres ser como ese insecto que se ha instalado en tu cocina, feliz con el paraíso que ha encontrado, sin pedirle más a su existencia. Y te preguntas: "¿no se trataba de eso?".

sábado, 6 de noviembre de 2010

DESFILE.

Ayer domingo, acompañados de un Sol preparado para grandes acontecimientos, el ejército, agolpado en las aceras de la capital, gritaba enfervorizado al paso de los ciudadanos en el día de las Fuerzas Civiles.

Abriendo el magno desfile, bebés en cunas de grandes ruedas adaptadas a todo terreno sonreían a izquierda y derecha empujados por tracción niñera, protagonizada por jóvenes que, en el transcurso de sus últimos años de universidad, compaginaban esta actividad para no depender de la ayuda familiar.

Detrás, unos niños bien educados, jugaban a cosas de niños, hablaban como niños y no bebían más que agua y zumos.

En medio, como grueso de la parada civil, una clase trabajadora preparada y con signos de estabilidad laboral y social, saludaba al paso, recogiendo los claveles que les enviaban desde los tanques blindados.

Al final, una digna representación de nuestros mayores, titulares de pensiones dignas y ayudados por profesionales pero acompañados de sus familiares, cerraba esta explosión de fortaleza y cohesión de nuestra sociedad.

Como anécdota, muy celebrada con risas, un payaso sostenía una pancarta aludiendo a la clase política, esa gente tan rara del siglo aquel antes del Sentido Común.

viernes, 5 de noviembre de 2010

EL ASNO Y EL CERDO

De leña desde la sierra
bajaba un burro cargado:
va pensando y se lamenta
al verse tan desgraciado.

Qué triste vida la mía
trabajando y trabajando;
cuando no es cargando leña,
son ladrillos o peñazcos.

Y lo más triste de todo,
es que me muelen a palos,
en cuanto que me detengo
para respirar un rato.

Así va pensando el burro
cuando, al pasar por un prado,
encuentra a un cerdo rollizo
de bellotas y maíz bien rodeado.
Está tumbado y su amo,
en su barriga rascando.

El pobre burro se queda
al cochinillo mirando
y le dice "hola compadre,
buena vida la que llevas,
comes bien y reposando
mientras tu amo te mima
tu barriga acariciando".

-No te confudas buen asno
porque veas este buen trato,
pues dentro de un par de meses
las tornas irán cambiando.
Ahora me dan buen pienso
reposo y muchos halagos
porque tienen que cebarme
para el día señalado,
en el cual harán de mí
chorizo de cantimpalo,
morcilla, lomo en aceite
y jamones bien curados.

-Por todo ello, buen amigo
no me envidies, al contrario,
tú cuando dejas la carga
vas a la cuadra o establo.
Allí comes de tu pienso
y descansas, esperando,
que llegue el siguiente día
para seguir trabajando.

Pero no esperas venir
matarife bien armado,
con artesa y buen cuchillo
y aquí todo ha terminado.
Por eso tú, borriquillo,
valora lo más preciado
que es la vida. Lo mejor
que se nos ha regalado.

jueves, 4 de noviembre de 2010

A UN CABALLERO

Poeta, juglar, caballero
de cosecha inacabable,
nos ha entregado el pañuelo
de una forma muy galante.
Nos damos por aludidas
sintiéndonos halagadas
recogiendo tu testigo
e intentando no ripiarla.
El poema –dedicatoria
ya lo vamos acabando,
estamos en horas bajas
y no hace falta explicarlo.
Tú te transformas en alma
de todos estos blogueros
que perdieron a las musas
y no siguen tus consejos.
Por nuestra parte juramos
no ceder en el empeño
de escribir aunque sea un haiku
o un poema de dos versos.
Sigue tú como hasta ahora
manteniendo en llama viva
este blog que no se agota
con tu ingenio y con tu risa.