sábado, 16 de marzo de 2013

COINCIDENCIAS


La vendedora de lámparas, sacando un pedido recién llegado de Arabia, advirtió lo distinta, y por ello especial, que era una de ellas, y se dijo: “ésta no la vendo”.
Al instante, por la puerta entraba un joven intentando enrollar una inquieta alfombra que no se doblegaba, y colocándose bien el turbante pronunció firme: "¡deme lo que es mío!"

viernes, 15 de marzo de 2013

Es una chica excedente... y siempre lo será.



Doña Victoria Cornualles Candenflor, portera que acababa de renovar su cargo en las últimas elecciones de la comunidad, me clavó la mirada en cuanto entré en el portal la mañana del lunes pasado, recién llegado de las Islas Portaminas. Se me encaró, quizá, por el barro que distribuí con mis botas en el recién fregado suelo del zaguán. Después de una reprimenda a todas luces más de ritual que de búsqueda de mi arrepentimiento y posterior pase de una bayeta en posición humillante, me atrapó por la corbata, me izó y me llamó a confidencias junto a los buzones, un lugar siniestro, oscuro y húmedo. Ella conoce bien los perniciosos efectos de una permanencia larga en ese tétrico rincón, así que fue breve mientras conocí y valoré su fresco aliento de menta ante la proximidad de sus cotillas labios:
–Doña Cristobalina Doré Calzasblues, la del ático dos, vedette y modelo emblema del edificio, se nos ha hecho monja sor durante el fin de semana. Y usted en las Chimbambas, pedazo de holotúrido, y yo inactivada como portera en funciones.
Eran unos sustantivos a tener en cuenta los de su intensa alocución. Me quedé con los dos que suponían un cambio radical en los hábitos de doña Cristobalina, que en el futuro se presagiaban –para mi pesar- mucho menos verderones y más negros.
Recuperé el control de mi corbata y a modo de tango conduje nuestro conjunto de dos figuras hacia la puerta de los ascensores, lugar con cierto riesgo de coger frío debido a la corriente, pero con la opción de ayudar a quien no puede por sí solo abrir la puerta y, quién sabe, coscorronear el cogote de los menores de diez años que insisten en transgredir la norma de no viajar en solitario a su edad. Mi voz sonó grave, como la situación se mostraba en el pasado y requería en adelante.
–Andacoño –dije y ella asintió con un amén mental. Una aquiescencia pura.
Salió del breve trance y metió la fregona en el cubo, la escurrió y en menos de lo que yo tardaría en preparar un vaso de agua del grifo recogió el resto del barro desparramado en mi desplazamiento por la portería, me levantó en volandas y me dejó caer con suavidad sobre la fregona, dejando inmaculadas las suelas de mis botas. Fue el tiempo que empleamos los dos en soñar con tramar un plan perfecto, o al menos que se pudiera contar en junta de propietarios.
En cuanto la brisa secó el suelo y nos hizo estornudar al unísono, ambos nos retiramos a nuestros quehaceres. Doña Victoria a su portería y yo a mi ático donde desarrollo mi labor artística. Soy pintor de mujeres.
Descansé un rato y me propuse pensar en soluciones urgentes y válidas. Viendo que el rato se dilataba, bajé de nuevo a la guarida de la portera, con quien me encontré en la mitad de las escaleras, subiendo a verme, según me dijo.
-Yo no sé si es que no es lo mismo –me dijo sin que supiera qué pregunta no hecha me estaba respondiendo. Le contesté con firmeza:
-Nada de manifiestos ni pancartas. Nada de actuaciones oficiales. Esto lo haremos como un comando, aunque después, si nos cogen, no respondan de nosotros. Sígame o sígase con sus quehaceres. Aceptaré lo que decida.
En cuanto doña Victoria dejó caer su última prenda de blancura inmaculada sobre el rellano, me vi obligado a cursar una petición no documental relativa a sus carnes. No soy de natural complicado y valoré en pocos instantes los deliciosos matices rubensianos del cuerpo de nuestra correveidile número uno. Sin más que hablar, dejando su ropa tirada en el descansillo, la hice subir conmigo.
Su entrega fue absoluta. Su mirada, plena de luz.
Gracias a ella terminé el cuadro que Cristobalina me habría dejado a la mitad.
Cuando anuncié la última pincelada, doña Victoria dejó su pose y se acercó a ver el resultado. Se sintió bien tratada pues rejuvenecí algunos de sus rasgos faciales. En cambio, me regocijé en sus curvas, ella lo notó y con la fuerza que exprime sus fregonas me atrajo hacia ella.
Antes de que me llevara en volandas al lecho, una patada en mi puerta sin cerradura anunció la entrada de Cristobalina. Venía despeinada, y con el tiempo justo de haberse incendiado los labios de carmín en el taxi que la trajo de vuelta del convento.
-Hay excedente de cupo –dijo refiriéndose a la Orden de las Bicloratas de Santa Borla-. Me han dado número para la siguiente promoción, dentro de no sabemos cuánto tiempo.
Notó que nos alegramos por ella cuando saqué una botella de champán del frigorífico y tres copas.
Con la elegancia del maestro Juan Belmonte, doña Cristobalina dejó caer con suavidad las ropas de que traía en un hatillo y después las que la alejaban cada vez menos de la desnudez. Me vi sitiado. Se trataba de una emergencia.
-No es momento de discusiones –dije-, sino de ver el resultado final al fundir lo mejor de cada una de ustedes, señoras mías.
Lo entendieron igual que yo, incluso en lo relativo al cuadro.
Desde la ventana, la futura solicitud de ingreso en el convento, hecha mil papelitos, daba vueltas en el aire gracias a un pequeño remolino de brisa.
En la próxima reunión de comunidad, no sería necesaria la renovación del cargo de musa. Al contrario, tendríamos un glorioso Biunvirato. Y mis cuadros, 90% del presupuesto de la comunidad, duplicarían su precio.

martes, 12 de marzo de 2013

Filomena 4

Los días iban pasando y mi obsesión aumentaba. Los amigos habían comenzado a visitarme y a traerme comida y pasteles que siempre eran bien recibidos. Al caer la noche me lo comía todo. Como no salía de aquel piso para nada, comencé a engordar de forma inaudita. Apenas me duchaba y el pelo lo tenía algo descuidado, pero todo bajo control. Durante el día, con los ruidos de la calle pensaba que Filomena ya no estaba, pero de noche, la sentía moverse, arrastrar cosas, y os diría sin temor a equivocarme que la oía respirar e incluso reírse de mí. Así hasta que un buen día, mi marido se presentó con un psiquiatra y decidieron  internarme en esta residencia desde la que escribo. Aquí he hecho un nuevo amigo que me dice que huyó del ajetreo de la vida cotidiana y se  fue a vivir a las cloacas, donde pasó  largos años de felicidad hasta que lo encontraron. Cada tarde quedamos en el jardín y enterramos toda la medicación que no tomamos, pues no la necesitamos. Los domingos, la familia viene a visitarme, y me dicen que la rata cayó en la ratonera, y que ya no está. Yo se que lo dicen para tranquilizarme, y les sigo la corriente, para poder salir pronto de aquí.  Fin.

DANDO SEÑALES

Hoy, que me siento después de mucho, mucho tiempo en un ordenador de mesa (todo lo hago desde el móvil), la segunda actividad que intento es entrar en Para Leernos y dejaros un beso.
Deciros, además, que estoy escribiendo sin saber si a este puñetero sistema le va a dar la gana de dejarme publicar, tal como ha hecho de un tiempo a acá en otras ocasiones.
Y desde luego, trasladar mis ganas de compartir aunque sea un café con vosotros.
Vamos a intentarlo, a  ver qué pasa. Le doy a publicar...y...

lunes, 4 de marzo de 2013

Sociomusixología práctica.


Ayer, en el teatro Tamundos, el sociólogo Kalper Borato Sigado, recién salido ­–como siempre- de su arresto domiciliario, demostró con un éxito clamoroso su tesis –nada original pero sí de modo original- que apoyaba a muerte la relación causa efecto y paralelismo del Bolero de Ravel y el orgasmo obtenido “o sobrevenido”, in crescendo, acompasado de modo paralelo a la famosa obra, es decir: en progresión creciente y de vertiginoso final, como corresponde a dos obras de arte simultáneas.
Para su triunfal prueba Kalper despelotó al público asistente a la interpretación de la mágica pieza musical situado en el patio de butacas. Lo hizo además con un orden premeditado sin el menor convencionalismo, procurando respetar ciertos principios de no promiscuidad, o bien reduciendo al mínimo dichos principios. Una vez situada la orquesta y con el director vuelto hacia ella, el sabio alineó en las filas impares a los hombres, a los que instó a sentarse con comodidad y subir los apoya brazos para, acto seguido, indicar a las mujeres montar a horcajadas sobre ellos sin perder un ápice del seguimiento de la música desde el primer instante, para lo cual hizo instalar una enorme pantalla en la entrada del patio, justo enfrente del escenario donde las mujeres ya encajadas podían seguir el compás de los instrumentos.
Conforme avanzaba la obra, salvo un pequeño error de posición entre dos parejas que supieron recomponer el orden preestablecido sin tener que parar la sección de vientos, el público de los palcos –a tenor de la posterior encuesta- afirmaba “sentir” las respiraciones aceleradas “al mismo tempo y compás que la melodía marcaba”. Se tomó nota para ello de los “ayes” y “uffes”, y de la progresión en el consumo de oxígeno, dato éste de una objetividad incuestionable.
En cuanto los platillos anunciaban el apoteósico final, se produjo un frenesí de pasiones desbordadas, compartido, demostrado, unificado y pletórico que alcanzó el 98% de las parejas que participaron en el experimento. El restante 2%, en que no se pudo o no se quiso despegar a la mujer de su asiento para cabalgar sobre su pareja de la izquierda, adujo broncas domésticas preexistentes y no resueltas antes de llegar al teatro, lo cual añadió si cabe más credibilidad a la demostración empírica del Teorema de Kalper.
La orquesta aplaudió a las 250 parejas intervinientes y, desgraciadamente, no se le concedió un bis.
Como nota anecdótica, al devolver la ropa a los participantes, uno de ellos, el señor Dexter Mita, metro noventa y ciento doce kilos, recibió y devolvió de modo inmediato un tanguita color magenta de doña Consuelo Pisadas, que no le reprochó el error y le pidió, en cambio, conservar sus enormes e inmaculados calzoncillos a cuadros blancos y negros con los que cubrir una pequeña mesita y jugar al ajedrez sobre ella en un futuro. Dado que los respectivos cónyuges no adujeron nada en contra, la transacción se llevó a cabo.
El próximo jueves, en el Aula Magna de la Facultad de Hinflalabolla se reúne el tribunal convocado para calificar –esperamos que con nota cum laude- el trabajo llevado a cabo por el profesor Borato.

Filomena 3


Con un cúter y mucho cuidado corté los metros de cinta empaquetadora que habían convertido la pequeña puerta lacada en blanco en un cuadro abstracto. Abrí cautelosamente una rendija, armada  previamente con un palo de escoba, una linterna, dos ratoneras y un gato prestado (por si las moscas), como Indiana Jones en alguna de sus aventuras, esperando que en cualquier momento, una enorme fiera saltase furiosa  sobre mí. El gato, "Logan", fue el que saltó de mis brazos arañándome una mano y corrió a esconderse bajo es sofá.
La propietaria del gato reía divertida subida en un sillón mientras yo, asustada por la repentina fuga de Logan había dejado caer todo mi armamento al suelo. Esta vez con más valor y mucha decisión abrí la puerta y contemplé el interior. Logan, esquivo, asomaba el morro curioseando bajo su dueña y receloso por si lo volvía a coger. Yo, concentrada en el haz de luz de mi linterna, buscaba en la penumbra. No ví a Filomena. Sus huellas en los sacos roídos y sus  cacas enormes me confirmaban su presencia. ¿Por qué dejarían los albañiles tantos restos de obra allí? Instalé un par de rateras que compré en la ferretería y decidí montar guardia hasta que la ratita cayera. Mi amiga, al cabo de un par de horas se marchó con el gato, so pretexto de hacer la comida, y así fue como nos quedamos a solas Filomena y yo. Por la noche, vino mi marido a buscarme. Yo había decidido no moverme de allí y dormir en el sofá de aquel apartamento. Mi marido, desconcertado y malhumorado, se marchó inexplicablemente para mí. La noche transcurrió tranquila salvo por un par de sobresaltos. Las trampas permanecían intactas. Por la mañana, mi hija me trajo un café intentando convencerme para que volviese a casa, pero yo tenía la firme convicción de no moverme de allí. Así fueron transcurriendo los días... (continuará).

domingo, 24 de febrero de 2013

Un regalo de este precioso día invernal para vosotros,mis amigos de paraleernos. Besitos de rayitos de sol.

sábado, 23 de febrero de 2013

Cai, tacita de plata



Cádiz es la ciudad de la luz, de la fuerza del mar. Aquí os dejo un paseo por la Caleta en un precioso día de carnaval. Yo que siempre pensé que no me gustaban los carnavales, ahora y después de ver a las gentes por las calles, con sus cantos y con ese arte de derraman por cada una de sus placitas me declaro no solo una enamorada de Cádiz ciudad, sino de Cádiz y sus gentes, y esa forma tan llena de luz que tienen sus coplas.

miércoles, 13 de febrero de 2013

14 de Febrero

"Piel con piel"[inma]
Susúrrame amor
cuánto me quieres,
necesito saberlo.
Sentir en tus manos
el calor de mi cuerpo,
mirarme en tus ojos
besarte en silencio
prender el rescoldo
hasta que nos abrase el fuego.
Fundirnos en la noche
y amanecer renovados
unidos para siempre
frente al universo.


lunes, 11 de febrero de 2013

Filomena 2

No sé cómo regresó ni por donde entró, lo cierto es que sin darnos cuenta vivía cómodamente instalada entre los restos de losas. Mientras tanto habíamos concluido el montaje de los roperos y los amigos que estrenarían la vivienda se disponían a la mudanza.
Fueron los restos de la primera cena los que alertaron a los amigos. La Filo había comenzado a hacer de las suyas. Al día siguiente, el bocadillo roído de uno  de los muchachos confirmó la terrible sospecha ¡No estaban solos!
Abrieron y rebuscaron, pero el difícil acceso dejaba huecos por registrar. Entonces, con una linterna, la vieron. Al fondo, a lo lejos, entre los restos de obra, Filomena los observaba estupefacta. Mis amigos, más estupefactos aún, gritaron.
Poco tardaron en clausurar  la portezuela. Metros y metros de cinta empaquetadora, no dejaron una sola rendija para la escapada. Al concluir el año, nos devolvieron las llaves y nos comentaron el  "problemilla". No se habían atrevido a abrir aquello. Nuevamente, la portezuela era nuestra.
 [continuará]