jueves, 29 de noviembre de 2007

RENUNCIA

Paquita ha servido en casa desde hace más de veinte años. Se sabe de memoria la distribución de los muebles, las cortinas y la ropa. Siento que haya decidido irse.

-No es por el dinero, señorita –me dijo muy seria-. Es que del susto me han salido canas hasta debajo de los brazos. Y la lavadora ha habido que tirarla.

No suelo dejar que los hombres con los que salgo se queden a dormir en casa y la única excepción a esta regla estuvo a punto de acabar en fatalidad. Y es que, aunque la ropa de mi cama cuadrada de dos metros de lado pesa muchísimo, Paquita, tan fuerte como es, la coge toda hecha una piña y la mete en la lavadora de carga máxima que me traje del hotel.

Menos mal que el programa de centrifugado arranca despacio. Y fueron los golpes de la cabeza contra el tambor lo que hizo que Paquita parara la máquina. De haber tardado un minuto más, el Hombre Invisible se habría ahogado entre mis sábanas, junto al resto de la ropa blanca, antes de despertarse.

PASADO,PRESENTE Y FUTURO DE UNAS ZAPATILLAS DEPORTIVAS

PLENITUD DE UNAS ZAPATILLAS DEPORTIVAS


Unas zapatillas alcanzan la plenitud cuando desde el otro lado del escaparate, alguien les guiña el ojo, y ya en ese preciso instante, ellas mismas saben lo que puede ocurrir a continuación: que las calcen; y los cordones, sólo de pensarlo, se les ponen de punta.

HOGAR DE UNAS ZAPATILLAS DEPORTIVAS

Una vez calzadas, pagadas y plenas, las zapatillas, radiantes, flamantes y extasiadas, recorren las aceras, una junto a la otra. Esa noche dormirán al calor del hogar. Quizá en el baño, quizá bajo la cama, y con gran suerte, hasta pueden pasar la noche junto a los, ya rescoldos, de una acogedora chimenea. ¡Hogar, dulce hogar!
LIBERTINAJE DE UNAS ZAPATILLAS DEPORTIVAS

Pero puede ocurrir que el dueño de este par de dos, niñato seguro, de pronto sienta la necesidad de salir de madrugada; por consiguiente, las zapatillas habrán de despedirse, por unas horas al menos de las brasas que les daban calorcito, para ser penetradas, una a una y salir pitando a la calle.

"¡Bueno, así da gusto! ¡Tiene su puntito la calle."!_ le diría la una a la otra. Y por qué no, se encontrarían de pronto en una plaza o en un parque, con un grupito apañado de iguales a ellas, animadas y calzadas igualmente y rodeadas de litronas y ginebra; y, que además, a su dueño, ya más en otra órbita que en ésta, le diera por descalzarse, anudarlas a ambas y hacerlas volar, para dejarlas colgadas con una destreza pasmosa, digna de ser usada para mejor fin que para hacer el "vaina", en un cable de telefonía.

Entonces le diría una a la otra desde las alturas:

Compañera, ¿no cambiarías esto por el escaparate?

-Quizá; ¡ pero alégrate mujer, que ya no somos vírgenes!

martes, 27 de noviembre de 2007

CIPRÉS AMIGO

Bajo tu sombra,
ciprés amigo,
oigo el canto de la alondra,
y entre sollozos, tristeza,
de quienes nos quieren y nos añoran.
Bajo tu sombra,
ciprés amigo,
su pena se vuelve honda,
y de sus lágrimas te alimentas,
haciendo más alargada tu sombra.
Diles, ciprés amigo,
que aquí ya no hay
ni dolores ni zozobras,
sólo una calma eterna,
y el aroma de las rosas.

lunes, 26 de noviembre de 2007

INUNDACIÓN

Ella, como un helado que se derritiera, dijo:

-De locura, Cosme, de locura.
 Uuffff…

Se había quedado sin peso, como si no tuviera estructura ósea. Le volvía loca cómo Cosme le hacía fiestas por las tardes, mientras los niños estaban en el colegio. “Y es que tener tiempo hace mucho”, se decía.
Empezó el rumor, muy lejano. Quizá por la plaza.
Ella se reponía, volvía de la laxitud de sus músculos y ya era capaz de levantar los brazos, apoyarlos en el sofá e incorporarse. Aunque todavía le daba vueltas la cabeza. Le encantaba retener la sensación de latigazo, de calambre en el cielo de la boca.

-Te toca a ti, león, quieto ahí, –ronroneó la mujer.

Se oían algunos gritos entre una especie de fragor, un sonido sordo que crecía.
La mujer, más pequeña pero con nervio que iba recuperando, se acomodaba sobre Cosme y le empujaba, jugaba a dominarlo sentada sobre él. Y él se notaba ya con temblores.
El rumor era más grande, y crecían los gritos, que se oían por las dos ventanas: la del salón donde estaban y la de la cocina, que daba a la calle paralela.
Ella sabía cambiar el ritmo. Dominaba el vaivén de sus caderas, se agachaba para besarle: Lo controlaba para que el tiempo se hiciera lento. Se acercó de nuevo y mordió el cuello como una pantera, acompañando el mordisco con un rugido que hizo estremecerse a Cosme, que estaba entregado.
Ya no había duda: Los ruidos que subían eran de coches chocando entre sí y contra las paredes; y de gritos enloquecidos.
Cosme intentó levantarse, pero era un momento difícil de conseguir el que tenía. Al menos hacía dos semanas que, entre viajes y vacaciones de los niños, no habían podido jugar juntos como lo hacían ahora.

-No te vayas a levantar, que estás a pleno rendimiento- le dijo la mujer empujándolo con suavidad hacia atrás.

Ahora sonaron golpes en la puerta: Verdaderos aldabonazos.
Cosme, con unos abdominales que recordaban sus treinta años, aunque estaba ya muy cerca de los treinta y dos, se levantó con la mujer montada a horcajadas sobre él, perfectamente encajada, y abrió la puerta.

-Vamos Cosme, que esto se inunda –le dijo el vecino del tercero.
-Estamos en un segundo piso, no nos va a coger, digo yo –respondió Cosme, balanceando un poco a la mujer para no perder la magia del instante ni la intensidad del roce, que era dulcísimo.

El vecino del tercero, más prudente, insistió:

-Id subiendo, que nunca se sabe. Dejo la puerta abierta.

La mujer, un poco más calmada, sopesó la situación.

-Tiene razón, Cosme, puede que merezca la pena.

Por si acaso, siguieron con la faena con la puerta abierta, de pie junto al recibidor, desde donde podían ver la escalera y las puertas de los ascensores.
Por la ventana, no se distinguía ya la calle sumergida. Y una ola salvaje entró por la puerta del edificio.
Cosme era ahora quien llevaba el ritmo, de pie, con su mujer encaramada, lo que hizo que vieran venir el frenesí.
Sonó el teléfono.

-Sssiii, gracias, ggrracias por llamarfff, –respondió la mujer, medio ahogada.

Cosme colgó el auricular. Los niños estaban bien, jugando en la azotea del colegio. Protección Civil había enviado una dotación para cuidar de ellos y llamaba a los padres para tranquilizarlos.
La mujer había acelerado la marcha. Ahora, los dos viajaban hacia una explosión, que prometía ser simultánea y mancomunada.
El vecino del tercero volvió a verles.

-El agua ha llegado al primer piso. Mira, Cosme, si acaso, poneos aquí en la escalera, donde siempre podéis controlar la situación y reaccionar según os convenga.

Cosme propuso a la mujer que, antes, cada uno con una mano libre, pusieran a salvo algunos pequeños electrodomésticos, el aparato de música y el ordenador.

-Y la cámara digital, que es nueva y tiene las fotos de la comunión sin pasar, Cosme –añadió la mujer jadeando.
-Estás en todommff, -respondió Cosme, con la respiración entrecortada.

Le volvía loco que la mujer le arañara la espalda, aunque fuera por no caerse, al marinear sobre él para no perder la posición. El vecino recogió los cacharros y los subió a su piso.
Sentados sobre el segundo escalón, Cosme pudo hacer ondular a la mujer sentada sobre sus piernas. Veían venir la marea, las dos mareas.
El vecino salía, como el cucú de los relojes, anunciando el nivel de las aguas.

-Ya se cuela a la altura de vuestra casa, no seáis imprudentes y subid al descansillo.

Cosme había recuperado fuerzas al sentarse y se puso de pie de nuevo con la mujer colgada, que había vuelto a agarrarse con fuerza con las piernas a sus caderas, y él notaba los muslos redondos y suaves rodeando sus riñones. Desde el descansillo, pudo comprobar que el agua llegaba a la mitad del segundo piso, chocando contra su puerta, que el vecino había cerrado con llaves.
El agua subía escalón a escalón, igual que Cosme quien, andando hacia detrás, subía también con varios peldaños de ventaja sobre el nivel del agua.
La mujer empezaba a estremecerse. Cosme también. El agua pasaba del descansillo, rugiendo todavía. Como Cosme, que veía venir la inundación.
Un último empellón, reflejo de la rotura del cauce del río, y su entrada empujando al agua en los portales, hizo que el nivel subiera hasta justo un escalón antes del tercer piso. Cosme vio venir el desborde. La mujer también. Se agarraron fuerte, para no separarse bajo ningún concepto.
El vecino preparó unas toallas y dejó la puerta abierta.
Un golpe de ola furiosa se estrelló en pura espuma contra los dos cuerpos unidos en el rellano, justo en el éxtasis, como un abrazo.

-Me encanta esto de que los dos lleguemos al mismo tiempo, -decía la mujer, mojada de sudor, saliva de los besos y agua del torrente.
-Resulta delicioso, -contestó Cosme, entusiasmado.

Tanto la intensidad de las caricias como el agua invasora del edificio fueron amainando. Cosme dejó resbalar a la mujer sobre su torso, hasta quedar de pie frente a él, sin dejar de besarla. Algún estremecimiento les volvía aún, y es que no paraba el hormigueo en los cuerpos durante el descenso de la mujer. Igual que el agua de las zonas comunes, se resistían a retroceder y volver a la calma.
El vecino abrió las ventanas de las escaleras, para que la humedad no arraigara en las paredes. Pero sólo las de un lado, para evitar corrientes de aire, tan mojados como estaban.
Cosme y la mujer respiraban con calma, recuperando el aliento. Se cubrieron con las toallas y, por el hueco de las escaleras, vieron el retroceso del agua, rugiendo ahora con mansedumbre, como el amante satisfecho que se marcha por la puerta despacio, tras su tornado de furia.
El telefonillo del portal sonó.

-¿Sí? –respondió el vecino.
-Somos de Protección Civil, ¿están bien en este bloque?
-Muy bien por aquí. ¿Y los niños?
-Todos contentos, siguen en el colegio, a salvo, pendientes de limpiar las calles para volver a casa. Seguimos la ronda.

Cosme y la mujer bajaron a su casa, con cuidado para no resbalar por los escalones.

-Después te devolvemos las toallas, -dijo Cosme al vecino.
-No os preocupéis. Y ya os bajaré los aparatos eléctricos, quedaos tranquilos.

El estropicio en su piso no era para preocuparse. El agua había subido y bajado tan deprisa por las escaleras, que casi no había entrado en las casas tras su choque violento contra las puertas.
Dejaron las toallas mojadas colgadas sobre la mampara de la ducha y con un cepillo cada uno comenzaron la limpieza del rellano y los escalones.
Cosme, viendo por detrás a su mujer moviéndose agachada mientras empujaba hacia abajo el agua sucia, se le acercó y la abrazó con suavidad, dejando caer los cepillos.
El vecino salió de su puerta.

-Los niños estarán en casa dentro de una hora. Tendré la cena preparada, os espero a todos.

Cosme, con su mujer apoyada sobre sus piernas, esta vez de espaldas, empezó a subir de nuevo uno a uno los escalones, sentado en ellos, ya sin la prisa de que les pillara el torrente. La mujer, entusiasmada, se las ingeniaba para girar el cuello y ofrecer la boca a Cosme, que, agradecido, besaba sus labios muy despacio.

sábado, 24 de noviembre de 2007

Cuatro Haikus

No me etiquetes
déjame ser persona
ya me verás.

Miro el camino
tan cuajado de espinos,
seré gaviota.

Un nuevo llanto
mientras cesa mi vida,
hay esperanza.

Sueña el verano
con poder ver la nieve
y se acurruca.

viernes, 23 de noviembre de 2007

A TI

Nunca te he escrito poemas,
ni con versos
te he dicho te quiero.
¡Para qué ofrecerte palabras,
pudiendo entregarte un beso!

BLANCA LUNA

Blanca luna
preñada de azahar.
Blanca luna
bañando el mar.
Blanca luna,
reflejos de cristal
que se acunan en su pelo,
como retazos de sal.

Blanca luna
preñada de azahar.
Blanca luna
bañando el mar.

Blanca luna
que viniste a jugar,
con su pelo negro,
con sus labios de coral.
Blanca luna
preñada de azahar.

jueves, 22 de noviembre de 2007

LA ROSA Y LA ESTRELLA


Sucedió en una de esas templadas noches que preceden al caluroso verano, allá por el mes de abril. Una espléndida rosa amarilla había sido la primera flor del jardín en aquella primavera, y asistía , con la luz de la luna por testigo , al nacimiento de su hija.

Había sentido uno a uno, todos los pasos de su creación: desde el momento en que brotó de su mismo tronco, hasta la templada noche, en que ya sólo faltaba esperar el momento: el estallido de color estaba a punto de producirse.

Pero, entonces, una luz, la luz de una estrella, comenzó a brillar en el firmamento con gran intensidad; con tanta fuerza que casi eclipsaba el resplandor de la luna, y la rosa pudo oír, asombrada, cómo la llamaba por su nombre:

_¡Dorada, óyeme!. Tienes entre tus pétalos el color del sol y desde aquí percibo tu fragancia. Eres la reina del jardín; sin embargo, hoy no me dejas relucir a mí. La luna, que pasa las noches a mi lado, me ignora. Desde tu llegada no ha dejado de contemplarte una sola noche.

¡No te interpongas entre mis deseos, te lo advierto, Dorada! ¡Duerme la noche, cúbrete con tus ramas y reina de día, que la noche es para mí!

_Estás equivocada, estrella. Todas las noches las duermo, pero ésta es especial; mi hija nacerá de un momento a otro, por eso estoy en vela.

_¿Prometes entonces que mañana no tendré que verte?_ preguntó amenazante la estrella.

_Lo prometo.

_¡Más te vale, Dorada; más te vale que sea así, porque te aseguro que de lo contrario, acabarás al otro lado del jardín._

Al instante, la luminosidad fue cediendo y la rosa casi no veía a la estrella. Dejó de mirar al cielo y cuando posó sus ojos en el capullo, éste ya había empezado a abrirse. Ella, emocionada, lo cubrió con sus suaves ramas y lo acunó amorosa.

Fue, sin duda, la noche más feliz de su vida; no obstante, había conseguido la estrella despertar su curiosidad. A veces se sorprendía pensando en la luna y en lo maravilloso de poder alcanzarla.
_"Al otro lado del jardín"_. Hasta que oyó esa frase la rosa no había llegado a imaginar que pudiera haber algo más, tras aquellos muros. Pensaba que la vida no era sino aquel hermoso jardín y el cielo que la vigilaba.

Pasaron varios días en los que la rosa cuidaba de su hija y ambas dormían acurrucadas, todas y
cada una de las noches, pero poco a poco fue advirtiendo que su cría se hacía mayor y que en breve alcanzaría la altura suficiente para trepar por el muro. Dorada nunca lo había intentado, no porque no tuviera posibilidades, sino porque se mantuvo junto a ella; aunque ahora la curiosidad que le provocaron las palabras de la estrella crecía con impaciencia.

Esperó ansiadamente que asomara la luna e iluminara la oscura noche y, desafiando la advertencia de la celosa estrella, acarició a su hija, que ya dormía, y comenzó a trepar por los viejos y desgastados ladrillos. Se fue ayudando, agarrándose a los troncos más leñosos de la yedra, hasta conseguir llegar a la base del muro. Y en ese momento sintió cómo su cuerpo se paralizaba ante el miedo a no saber qué encontraría más allá. Tras varios segundos escondida, temblorosa y cauta, al fin se asomó.

Lo que tenía ante sus ojos rebasaba los límites de su imaginación. Jamás hubiera adivinado tanta belleza; algo sublime la atraía. La luna parecía estar levemente posada sobre un inmenso espejo oscuro que reflejaba toda su forma, toda su luz; y la miraba con amoroso destello, invitándola a bailar una melodía, un susurro al compás de aquel vaivén.

Poco tiempo pudo la rosa disfrutar de aquella escena, porque al instante, en el cielo, la estrella volvió a brillar de ira, y sin mediar palabra, lanzó un poderoso rayo que cortó su tallo hermoso, haciéndola caer a la arena mojada.

La luna, testigo una vez más de la noche, comenzó a llorar de dolor; de dolor por su rosa, por su bella flor, e incitó a las olas a crecer y crecer para alcanzar de nuevo la orilla y recoger a su amada.

Así fue: en una gran concha, a modo de barca, la rosa llegó hasta la luna, salvando el oleaje, para descansar en su regazo, sintiéndose, al fin, libre de la cruel estrella.

Y cuentan que en una madrugada, de esas que vivieron... eternas..., sorprendiéndolas en un beso, una estrella cayó al mar.

Ahora se sabe el porqué de las estrellas fugaces.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

TU BOCA

Me quedé prendida
de tu boca.
¡Ay tu boca!
Me atrapó con besos
y auroras.
Pintó de azul
mi alcoba.
¡Ay tu boca!
¿Quién vive hoy en tus labios?
¿A quién susurras
y añoras?
¿a quién le pido yo,
que me devuelva tu boca?
Peneka

MEDIA CALLE

Dos vigilantes del espacio, agentes sin graduación, hacían su ronda. Discutían sobre la Gravedad Rara, según las últimas tendencias de la Geociencia, y, de vez en cuando, cuestiones más sencillas. El más viejo, Selenio, defendía los sentimientos espontáneos. El más joven, Teluro, los negaba.
-Todo es química, química pura –respondía Teluro a cada intento de Selenio por demostrar sus ideas.
-Está bien, te pondré un ejemplo –dijo Selenio-. ¿Te basta con un ejemplo?
-Con uno basta –respondió Teluro con aparente hastío.
Decidieron parar en una órbita de un planeta pequeño: la Tierra. El ordenador central de la nave, una máquina resabiada, soltó una carcajada con sonido metálico al bajar hasta una velocidad ridícula, cercana al triple de la velocidad de la luz, para poder observar el movimiento lento, torpe y simiesco de los habitantes de esa bola azul perdida en una Galaxia ínfima como aquella. Pero ni los vigilantes ni el ordenador hicieron más comentarios al recordar que ninguno de los tres tenía méritos para aspirar a vigilar una zona de más prestigio. Ni los resultados de sus últimos exámenes presagiaban un cambio. Decidieron ralentizar aún más la velocidad para tener imágenes en tiempo real de lo que pasaba entre los seres humanos.
Enfocaron una cámara de grabación digital casi en desuso pero al menos automática, para captar alguna que otra escena. Al azar, el objetivo se dirigió a una muchedumbre dividida en dos grupos que, a ambos lados de una calle, se enfrentaban. Si bien su intención no parecía otra que atravesar la calle y cambiar de acera.
El ordenador seleccionó a una mujer joven, vestida con un sencillo pantalón azul y una camiseta blanca. Llevaba el pelo suelto y sus ojos miraban a un hombre algo mayor que ella, que dobló un periódico bajo el brazo en el momento en que notó que los ojos de la mujer se fijaban en él.
Al comenzar a sonar un pitido monotono e intermitente, una pequeña figurita verde avisó a los dos grupos para que, entrecruzándose, se dirigieran al otro lado y siguieran su camino.
Pero el ordenador seleccionó en su pantalla al hombre y a la mujer porque, al llegar al centro, se pararon como dos bailarines, se miraron y, girando lentamente, acercaron sus labios a pocos centímetros. Dado que la figurita verde era sustituida con urgencia por otra roja, el hombre y la mujer se separaron y corrieron hasta la acera.
-No ha sido nada extraordinario –dijo Teluro. –Nada ha ocurrido que delate que un sentimiento fuera de lo común haya desequilibrado la mente de esos dos seres.
-Fíjate mejor –dijo Selenio. Y le pasó de nuevo las imágenes grabadas.
-No veo nada –dijo Teluro algo irritado-. Nada de nada.
Selenio, echándose hacia atrás en su mullido sillón relleno de bioxígeno comprimido, se rió de buena gana.
-Hasta tú te has enamorado, muchacho. Cuando el semáforo avisó de que debían seguir caminando, cada uno de esos seres se separó para volver al mismo sitio de donde había salido sin dejar de mirarse. Media calle fue suficiente para enamorarse. 
-Media calle de un planeta perdido –archivó el ordenador. 
-Media calle de Sevilla –aclaró Selenio, encantado.