Le pareció que habían transcurrido años desde su llegada. Se incorporó, y vio el trozo de papel doblado que descansaba en la mesilla de noche. Lo cogió y lo desdobló. Tenía profundas grietas en los dobleces, las esquinas despuntadas y la tinta parecía vibrar nerviosamente a punto de estallar de un momento a otro. Lo leyó como tantas veces lo había hecho y miró a su alrededor. Entonces se dio cuenta de que aquel trozo arrugado desentonaba con aquella habitación, con sus ropas, con ella misma. Porque todo era nuevo, todo, menos el papel.
En el silencio se oyeron unos nudillos golpear la puerta tímidamente. Se levantó sin soltar el papel y se puso el traje color gabardina a medio abrochar. Tras recomponerse un poco el pelo, abrió. En la penumbra, una chica de uniforme sostenía una carpeta entre sus manos.
-Disculpe señora, pero no tengo anotado si le hemos puesto toallas limpias.
Ella miró a aquella chica de aspecto sonriente.
-No se preocupe, ya he comprobado que las toallas están recién puestas. Muchas gracias.
-De nada, señora –asintió la chica con la cabeza.
-Perdone –le detuvo ella-. ¿Le importaría deshacerse de este papel?
La chica miró la pequeña hoja amarillenta y asintió nuevamente.
-Como quiera, señora.
-Y, por favor -le advirtió-, no lo lea. Su contenido puede destruir a quien lo haga. Conmigo, casi lo consigue.


