miércoles, 21 de noviembre de 2007

Y AL TERCER DÍA

Había comprado el periódico no sabía muy bien porqué. No le gustaba leer, y menos aquellas noticias aterradoras que hablaban de que el mundo acabaría en tres días. -Y ahogado, ¡qué horror!- , pensó - Que muerte tan mala debe ser esa!- se dijo, ella que había estado a punto de morir ahogada de pequeña en aquel barreño de latón donde su abuela la había dejado para lavarla. Entonces no había cuartos de baño ni duchas, ni mariconadas de esas que ahora todo el mundo tenía en su casa.
Miró la portada. La foto que aparecía le sobrecogió. Se estremeció. Sintió un no se qué, un qué se yo. No podía dejar de mirarla.
-¿Para qué habré comprado el periódico?-, se preguntó de nuevo mientras buscaba en su bolso el teléfono móvil. -¿Dónde estará ese maldito trasto? Nunca aparece cuando lo necesito.
De nuevo la foto .Cuando tuvo el móvil entre sus manos, tecleo apresuradamente hasta encontrar en su agenda el número buscado.
-En este momento no puedo atenderle, glu, glu, glu…deje su mensaje, glu, glu, glu…después de oír la señal. Le llamaré, glu, glu, glu…en cuanto me trague toda esta glu,glu,glu.
Sintió frío. Supo entonces que aquello era un mal presagio; su vidente telefónico nunca le había fallado.
Miró nuevamente la fotografía de portada. Sobre ella un titular aterrador: EL NIVEL DE LAS AGUAS ESTÁ SUBIENDO.
-Qué muerte tan mala debe de ser morir ahogado- se dijo mientras fijaba su vista en la fecha de emisión del periódico. Pero…glu,glu,glu…Si es de, glu,glu, glu…hace tres glu,glu,glu, días
GLU…GLU…GLU.

PENEKA

LOS RESULTADOS

Después de muchos años atrapado por la nicotina,

salió de la consulta del prestigioso doctor con la
única e improbable esperanza de resurgir, cual ave
fénix, de las cenizas.

INVITACIÓN

Acércate a mí; no te dejes influir por mi físico; no pienses en mi excesiva delgadez,
en mis ropas pasadas, en mis hundidos ojos.
Ven hacia mí, caminemos juntos, y no tengas miedo, que es sólo un ensayo; aún no ha llegado tu hora.

martes, 20 de noviembre de 2007

TAUROMAQUIA

Primer toro: Palurdo.
750 kilos, negro, aunque lo llaman afroamericano: en estos tiempos nadie quiere follones políticamente incorrectos. El rabo, cualquiera de ellos, enorme. Irrumpe como un rayo. Tanto, que empieza a lloviznar.
El maestro Colmerillo lo intenta recibir a puerta gayola, pero ve más prudente hacerlo a puerta blindada. Sale por los aires de todos modos. Los de la cuadrilla intentan distraer al morlaco a base de tangos pegadizos. Todos, sin excepción, acaban en la segunda tribuna. Sale de nuevo el maestro, segundo tercio. El, solo, quiere picar al toro. Le zampa tales cosas de la vaca Ernestina, su pareja, que lo deja abatido. Salen los primeros pañuelos, casi todos de papel. Y es que todo se pierde. Agarra el diestro las armas de matar, y se encara con el toro. Este, resabiado, le recuerda lo de su mujer, Mariqui, con aquel viajante de Santander. El torero tira la espada y le dice que venga, vale, a puñetazos. La prensa, al día siguiente, destaca cómo acabó el toro con uno de los rabos hinchados de una patada traicionera. Y el árbitro que no quiso ni verlo.

Segundo toro: Súllivan.
800 kilos y tal cara de mala idea, que abren la puerta los geos, dentro de un tanque doble, frío. Marrón caquita casi todo, con manchas, también de caquita, más oscuras. Dos cuernos que, vistos desde lejos, hacen pensar en que ningún matrimonio puede llegar a buen término: Ahí hay cuernos para todo el mundo.
La cuadrilla de Bandurrita, que toma hoy la alternativa, ha ido a por tabaco. Se queda sólo y recibe al bicho a una prudente distancia de 226 metros, utilizando unos buenos prismáticos. El respetable no respeta nada, con lo que han pagado por la entrada, y devuelven al diestro al ruedo de una forma, la verdad, poco respetable. Cuando casi se ha puesto en pie, el toro ha tenido tiempo de reenviarlo al palco presidencial. Considerando cambiar su nombre por “Bolatenis”, el torero inicia lo que se llama una carrera prometedora, a un ritmo de 3’15’’ por kilómetro, hacia su pueblo. Al toro le mandan una citación judicial que rompe con chulería. Acaba indultando al público y se va a los corrales. Allí, una multitud de vacas jóvenes, lo reciben mugiendo a gritos, las descaradas.

Tercer toro: Chorrete.
520 kilos. Su entrada, carraspeando, hace que se le pregunte por su salud. Responde que no hay que preocuparse, y que no ha querido coger la baja. Tiene familia que mantener. El público agradece el detalle, con media ovación.
El maestro, el consagrado Gallardo II, hijo de Gallardo III (la familia se vino abajo y vendió una I), avanza hacia el toro, gris y marrón total, a saber en qué proporción. Se encienden ya las luces artificiales y un aficionado pide música. Cuando vuelve en sí, este aficionado ya está bien atendido en el hospital, junto a sus seres queridos. Por el transistor, sigue el desarrollo de la corrida. En la arena, el diestro coge arena y la lanza al toro, a los ojos. Siempre ha maravillado, desde lejos, cómo este torero de fama ha conseguido lo que se diría nublar la vista de sus enemigos. Nadie sabrá jamás el porqué. Porque nadie lee mi columna. Empieza entonces ese mágico carrusel de pases de pecho, tórax y abdomen con el que regala en sus grandes tardes el maestro. Él mismo se emborracha de su arte, y, aprovechando la suave brisa que su baile de muerte, danza de dioses, hace nacer alrededor del toro, tiende algo de ropa entre los cuernos. La faena provoca que el tiempo se detenga. A qué cielo nos lleva este hombre toreando, por Dios, dice un aficionado antes de cortarse las venas. Mucho antes. Llega la suerte final. Nadie acepta que un picador profane el suelo que torero y toro, toro y torero, tararí, tararí, han grabado para la leyenda esta tarde. Toma la espada. Yo tengo bastos, envido, responde el toro. No pico, te voy matar bastante. Pues tú verás. El público enmudece y se pregunta, por tanto por señas, cómo acabará todo esto.
Llega, en el último instante, como bajado de su coche, un veterinario con el historial clínico de Chorrete, que reparte fotocopiado en octavillas. Es atronadora la petición de perdón y devolución para este toro. Y del dinero. Se conceden ambas cosas. Es el delirio. Y este cronista ha vivido para estar allí y contarlo a los buenos aficionados.

Decepción

Bajo la primera capa de barro que quitaron, apareció una imagen sorprendente que no me recordaba a mi padre, con su recta nariz de marqués. Ni a mi tío Pedro, con barba de viejo hidalgo orgulloso y sin fortuna. Pensé en el abuelo, al contemplar sus cejas tan pobladas y su boca, de rasgos duros. Seguro que no era él.
La semana pasada, tras regar y abonar la tierra recordé a los tres: un filósofo, un matemático y un físico. Tres premios Nobel en una misma familia. La cara no era de ninguno de los tres.
Tras mirar con más atención, caí por fin en quiera: La cabeza que asomaba era la de Claudio Mercado, un vecino inoportuno que apareció mientras decapitaba a mi padre, mi tío y mi abuelo.
Una cara sorprendente, pero una gran decepción para mí, que soñaba con sembrar mi jardín con ideas brillantes.
Estoy seguro de que la policía lo entendió.

INCERTIDUMBRE.

Cuando cerró la puerta, me quedé pensando qué me habría querido decir con esas palabras:
Si era por mí, dejaría de pagar la mensualidad a mi guardaespaldas.
Si lo decía por mi mujer, ella dejaría de pagar la mensualidad a mi guardaespaldas.
Si lo decía por mi guardaespaldas, dejaríamos de pagar la mensualidad a mi guardaespaldas.
Se habían vaciado los tres cargadores, pero no sabíamos repartirnos las balas.
-Estás muerto –había dicho la tonta sin ojos de la sábana blanca y la hoz, sin especificar a quién se dirigía, antes de darse la vuelta y cerrar la puerta por fuera.
Y allí nos quedamos: los tres, callados en la habitación; ellos dos, mi mujer y mi guardaespaldas, desnudos en mi cama, sin saber quién era el elegido, qué había querido decir exactamente con esas dos palabras.

Habló el Papa

Anoche habló el Papa y me quedé estupefacto.
-¡Ni una bomba más! –tronó.
Entendimos que ni una atómica, y un guiño del secretario personal nos lo confirmó.
La gran mesa nos dividía: Junto a él, los doce que podían pagarla. Enfrente, los doce que dependíamos del PIB para apenas dar la entrada y acordar los plazos.
De forma sibilina, los doce se acercaron al Santo Padre hasta recrear de modo fidedigno la escena de la Cena, en una coreografía perfecta.
Pero no sería tan sencillo: Traíamos popes, brahmanes y santones. Y bien provistos de escapularios y huesecillos mágicos. Incluso un zombie auténtico.
Sonriente y conciliador, se levantó y leyó el verdadero mensaje, el gran Misterio:
-Armaos los unos a los otros como yo os he armado.
Y extendió doce albaranes.

Eso sí.

Atardece. Una mujer espera el crepúsculo para que aparezca su hombre lobo. “Mirando al cielo suceden las cosas”, se dice, ilusionada. Hasta que se da cuenta de que el Sol se ha atascado en una montaña. La mujer se desespera porque ha venido sola y no tiene quien le ayude a desengancharlo, de modo que hará lo mismo que otras veces: juntar todas las nubes posibles y formar una inmensa cubierta negra que colgará sobre los árboles del bosque. Eso sí es capaz de hacerlo, no será la primera vez.

lunes, 19 de noviembre de 2007

La playa

Habían quedado en la playa al atardecer. Él se sentó sobre las rocas habituales con el majestuoso porte que le caracterizaba. Ella llegó envuelta en una ola esmeralda. Se aupó a una roca a su lado al tiempo que su impresionante cola de pez emergía violentamente. Él apartó la vista cegado por el reflejo de las escamas.
-No es necesario que mires a otro lado –reprochó ella-. Tampoco ellas me entusiasman.
Y sus enormes ojos se posaron fugazmente en las piernas de él.
-Es el final –dijo él mirando al horizonte-. No hay duda. Hasta ayer nos amábamos y hoy nos hacemos daño.
-Hasta ayer pensábamos que un hechizo podría unirnos, cuando nos dimos cuenta de la más absoluta realidad. Seamos claros, ni yo estoy dispuesta a vivir en un estanque toda mi vida ni tú vas a pasarte el resto de la tuya con una bombona de oxígeno a la espalda.
-No, hoy no es el final –rectificó él, imperturbable-. El cuento acabó ayer.

domingo, 18 de noviembre de 2007

QUISQUILLOSO


Los niños miraban atentamente el crepitar de las llamas en la chimenea.
De pronto, un hombrecillo rojo saltó hacia el suelo, desprendiéndose de aquel incendio y dijo:
¡No soporto que me analicen cuando trabajo!