sábado, 1 de diciembre de 2007

FALTA UNO

Sabía que la casa no estaba vacía.

El 17 salió apoyándose en el marco de la pared, con los ojos enrojecidos.

Algo después el 9, un tipo bajito, con mucho esfuerzo, pasó por la ventana al jardín, donde pudo volver a respirar.

El 14 salió arrastrándose, casi asfixiado.

Y el 2 fue sacado en camilla.

Pero no era el último: Según su lista, faltaba el 6.

Dorita Merton celebraba fiestas que empezaban y terminaban a la hora exacta que ella establecía. Ni un minuto más ni uno menos.

Numeraba los vasos, los bocadillos y a los invitados. Cuando decía “se acabó, fuera de aquí” lo decía en serio. 

Supo, según su lista, que el número 6 aún estaba dentro. Y el gas, si bien era tóxico según el prospecto, no era mortal: Lanzó otra granada.

viernes, 30 de noviembre de 2007

FELICITACION NAVIDEÑA

Lucía pasaba a diario por aquella calle. La casa de los Morgan era sencillamente impresionante y a ella le gustaba imaginarse en sus salones y en la majestuosa biblioteca que poseía, según decían las lenguas bien informadas de la ciudad. En el jardín un enorme magnolio, que según se decía, lo había plantado el bisabuelo de los anteriores propietarios, en la actualidad venidos a menos.El gran tronco gris y poderoso, las perfectas hojas verdes, brillantes y ahora envueltas por la iluminación navideña, todo era una perfecta estampa navideña; todo menos aquel elemento colgante que pendía de sus ramas.
Lucía pensaba que aquel árbol era uno de los signos de ostentación que los Morgan podían permitirse, sobretodo después de aquel golpe de suerte que el cabeza de familia tuvo en la bolsa de New York hacía unos años. Desde entonces, la rivalidad entre los Morgan y los Linsey se había hecho cada vez más y más evidente. Si los Morgan contrataban a los mejores interioristas, Mckensey and Mckensey, para redecorar el cuarto de juegos de los niños, los Linsey contrataban los Macarty and Cia para engalanar el cuarto de billar. Su rivalidad iba en aumento y Lucía pensaba que aquel elemento tan poco navideño colgado del magnolio no iba a hacer sino empeorar las cosas entre ambas familias.
- Esta vez se han pasado- pensó para sí mientras contemplaba la imagen- Cuando Ruth Linsey se vea ahí, le va a dar algo.
Lucía sintió como poco a poco, las gentes se iban agregando a aquel macabro espectáculo y como contemplaban atónitos la imagen de aquel elemento tan poco navideño.
- Desde luego, ¿Qué mal gusto hay que tener!- dijo el señor de pelo blanco y abrigo gris que acababa de incorporarse al grupo de espectadores.
- No cabe ninguna duda- apostilló una señora de mediana edad que no dejaba de atusarse el cabello mientras se balanceaba.
La muchedumbre fue creciendo y creciendo tanto, que los vehículos hubieron de detenerse para no solo evitar atropellar a alguien sino también para unirse al espectáculo. La policía tuvo que intervenir, acordonando la zona e intentando, sin éxito, contactar con los Morgan.
- No están en casa- les dijo Lucía. –Les vi abandonar la casa ayer tarde, llevaban la ranchera con un enorme abeto y muchas maletas.
-Gracias señorita- respondió el policía.
Lucía permaneció allí, contemplando el gran alboroto y como los policías disolvían aquel tumulto que amenazaba con colapsar el tráfico de la ciudad. Cuando todos se hubieron marchado, ella hizo lo mismo, no sin dar un último vistazo a aquel monigote vestido de navidad colgado del magnolio. A la mañana siguiente, oyó en la radio mientras desayunaba:
“Encontrada ahorcada la Sra. Lindsey en el jardín de los Morgan. En el bolsillo de su chaqueta se halló una nota con el siguiente texto:
Ahora soy yo la que copará todas las revistas. ¿Qué tal sienta no ser portada? ¡FELIZ NAVIDAD!”

Teatro exprés

Esto es verídico. Llegué en bici. No por ser ecológica, sino porque odio los problemas de aparcamiento. Todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Como estamos en avanzado noviembre, llegué sudando y con las manos y la cara a punto de congelación. Mal comienzo para ir a un concurso de teatro en el que toca escribir a mano.
La primera sorpresa es que no había mesas, sino una sala con poca luz y sillas de plástico de esas incómodas de las terrazas de verano, pero sin brazos. Nos entregan las bases y…nos dicen que podemos irnos a escribir a cualquier parte. Los presentes saltamos de alegría. Mi amiga Amelia y yo,decidimos irnos a un bar próximo.
Tras el cafetito, el intercambio de ideas. ¿Rivalidad? Ninguna. Camaradería y diversión.
El desarrollo del argumento ha de ser en un "bar de copas". Nos miramos.
-¿Tú vas de copas? pregunto
-Desde hace años, responde.
-Pues yo, menos.
Dispuestas para la lluvia de ideas.
Creo que para que eso no se note, voy a desarrollar el acto en el servicio, dice ella.
-¡Qué oloroso!, en el servicio de un bar de copas donde sin luz apenas… Pues yo pondré a dialogar a un par de camareras tras la barra.
Como ella se expresa mejor en femenino pensamos: ¿Lesbianas?, ¿Quizás un travesti?, ¿Un rollito?, ¿Algún problema con el pintalabios?, Igual queda un poco raro, pero ya está el argumento de ella.
Lo mio ha de ser menos fuerte (por mi afición a escribir literatura infantil):¿Una polaca de intercambio?,¿una chica del montón?, ¿un problema común y un cliente baboso? . Esto puede ser indigerible.
Las dos escribimos como posesas. Tachamos, releemos… No hay tiempo. En tres horas es difícil montar algo que sirva como obra de teatro.
Suena el teléfono de Amelia. Es su hijo que también concursa y nos anuncia que concluye el plazo de entrega ¡No acabamos!¡Me falta el título!¡A mí el final!
Carrera y nueva sudada para llegar a la entrega. Sin aliento recogemos nuestro lote de libros por participar.Nos felicitamos por el esfuerzo. Mañana esperaremos los resultados. Hoy, creo que me he ganado otra ducha.

jueves, 29 de noviembre de 2007

RENUNCIA

Paquita ha servido en casa desde hace más de veinte años. Se sabe de memoria la distribución de los muebles, las cortinas y la ropa. Siento que haya decidido irse.

-No es por el dinero, señorita –me dijo muy seria-. Es que del susto me han salido canas hasta debajo de los brazos. Y la lavadora ha habido que tirarla.

No suelo dejar que los hombres con los que salgo se queden a dormir en casa y la única excepción a esta regla estuvo a punto de acabar en fatalidad. Y es que, aunque la ropa de mi cama cuadrada de dos metros de lado pesa muchísimo, Paquita, tan fuerte como es, la coge toda hecha una piña y la mete en la lavadora de carga máxima que me traje del hotel.

Menos mal que el programa de centrifugado arranca despacio. Y fueron los golpes de la cabeza contra el tambor lo que hizo que Paquita parara la máquina. De haber tardado un minuto más, el Hombre Invisible se habría ahogado entre mis sábanas, junto al resto de la ropa blanca, antes de despertarse.

PASADO,PRESENTE Y FUTURO DE UNAS ZAPATILLAS DEPORTIVAS

PLENITUD DE UNAS ZAPATILLAS DEPORTIVAS


Unas zapatillas alcanzan la plenitud cuando desde el otro lado del escaparate, alguien les guiña el ojo, y ya en ese preciso instante, ellas mismas saben lo que puede ocurrir a continuación: que las calcen; y los cordones, sólo de pensarlo, se les ponen de punta.

HOGAR DE UNAS ZAPATILLAS DEPORTIVAS

Una vez calzadas, pagadas y plenas, las zapatillas, radiantes, flamantes y extasiadas, recorren las aceras, una junto a la otra. Esa noche dormirán al calor del hogar. Quizá en el baño, quizá bajo la cama, y con gran suerte, hasta pueden pasar la noche junto a los, ya rescoldos, de una acogedora chimenea. ¡Hogar, dulce hogar!
LIBERTINAJE DE UNAS ZAPATILLAS DEPORTIVAS

Pero puede ocurrir que el dueño de este par de dos, niñato seguro, de pronto sienta la necesidad de salir de madrugada; por consiguiente, las zapatillas habrán de despedirse, por unas horas al menos de las brasas que les daban calorcito, para ser penetradas, una a una y salir pitando a la calle.

"¡Bueno, así da gusto! ¡Tiene su puntito la calle."!_ le diría la una a la otra. Y por qué no, se encontrarían de pronto en una plaza o en un parque, con un grupito apañado de iguales a ellas, animadas y calzadas igualmente y rodeadas de litronas y ginebra; y, que además, a su dueño, ya más en otra órbita que en ésta, le diera por descalzarse, anudarlas a ambas y hacerlas volar, para dejarlas colgadas con una destreza pasmosa, digna de ser usada para mejor fin que para hacer el "vaina", en un cable de telefonía.

Entonces le diría una a la otra desde las alturas:

Compañera, ¿no cambiarías esto por el escaparate?

-Quizá; ¡ pero alégrate mujer, que ya no somos vírgenes!

martes, 27 de noviembre de 2007

CIPRÉS AMIGO

Bajo tu sombra,
ciprés amigo,
oigo el canto de la alondra,
y entre sollozos, tristeza,
de quienes nos quieren y nos añoran.
Bajo tu sombra,
ciprés amigo,
su pena se vuelve honda,
y de sus lágrimas te alimentas,
haciendo más alargada tu sombra.
Diles, ciprés amigo,
que aquí ya no hay
ni dolores ni zozobras,
sólo una calma eterna,
y el aroma de las rosas.

lunes, 26 de noviembre de 2007

INUNDACIÓN

Ella, como un helado que se derritiera, dijo:

-De locura, Cosme, de locura.
 Uuffff…

Se había quedado sin peso, como si no tuviera estructura ósea. Le volvía loca cómo Cosme le hacía fiestas por las tardes, mientras los niños estaban en el colegio. “Y es que tener tiempo hace mucho”, se decía.
Empezó el rumor, muy lejano. Quizá por la plaza.
Ella se reponía, volvía de la laxitud de sus músculos y ya era capaz de levantar los brazos, apoyarlos en el sofá e incorporarse. Aunque todavía le daba vueltas la cabeza. Le encantaba retener la sensación de latigazo, de calambre en el cielo de la boca.

-Te toca a ti, león, quieto ahí, –ronroneó la mujer.

Se oían algunos gritos entre una especie de fragor, un sonido sordo que crecía.
La mujer, más pequeña pero con nervio que iba recuperando, se acomodaba sobre Cosme y le empujaba, jugaba a dominarlo sentada sobre él. Y él se notaba ya con temblores.
El rumor era más grande, y crecían los gritos, que se oían por las dos ventanas: la del salón donde estaban y la de la cocina, que daba a la calle paralela.
Ella sabía cambiar el ritmo. Dominaba el vaivén de sus caderas, se agachaba para besarle: Lo controlaba para que el tiempo se hiciera lento. Se acercó de nuevo y mordió el cuello como una pantera, acompañando el mordisco con un rugido que hizo estremecerse a Cosme, que estaba entregado.
Ya no había duda: Los ruidos que subían eran de coches chocando entre sí y contra las paredes; y de gritos enloquecidos.
Cosme intentó levantarse, pero era un momento difícil de conseguir el que tenía. Al menos hacía dos semanas que, entre viajes y vacaciones de los niños, no habían podido jugar juntos como lo hacían ahora.

-No te vayas a levantar, que estás a pleno rendimiento- le dijo la mujer empujándolo con suavidad hacia atrás.

Ahora sonaron golpes en la puerta: Verdaderos aldabonazos.
Cosme, con unos abdominales que recordaban sus treinta años, aunque estaba ya muy cerca de los treinta y dos, se levantó con la mujer montada a horcajadas sobre él, perfectamente encajada, y abrió la puerta.

-Vamos Cosme, que esto se inunda –le dijo el vecino del tercero.
-Estamos en un segundo piso, no nos va a coger, digo yo –respondió Cosme, balanceando un poco a la mujer para no perder la magia del instante ni la intensidad del roce, que era dulcísimo.

El vecino del tercero, más prudente, insistió:

-Id subiendo, que nunca se sabe. Dejo la puerta abierta.

La mujer, un poco más calmada, sopesó la situación.

-Tiene razón, Cosme, puede que merezca la pena.

Por si acaso, siguieron con la faena con la puerta abierta, de pie junto al recibidor, desde donde podían ver la escalera y las puertas de los ascensores.
Por la ventana, no se distinguía ya la calle sumergida. Y una ola salvaje entró por la puerta del edificio.
Cosme era ahora quien llevaba el ritmo, de pie, con su mujer encaramada, lo que hizo que vieran venir el frenesí.
Sonó el teléfono.

-Sssiii, gracias, ggrracias por llamarfff, –respondió la mujer, medio ahogada.

Cosme colgó el auricular. Los niños estaban bien, jugando en la azotea del colegio. Protección Civil había enviado una dotación para cuidar de ellos y llamaba a los padres para tranquilizarlos.
La mujer había acelerado la marcha. Ahora, los dos viajaban hacia una explosión, que prometía ser simultánea y mancomunada.
El vecino del tercero volvió a verles.

-El agua ha llegado al primer piso. Mira, Cosme, si acaso, poneos aquí en la escalera, donde siempre podéis controlar la situación y reaccionar según os convenga.

Cosme propuso a la mujer que, antes, cada uno con una mano libre, pusieran a salvo algunos pequeños electrodomésticos, el aparato de música y el ordenador.

-Y la cámara digital, que es nueva y tiene las fotos de la comunión sin pasar, Cosme –añadió la mujer jadeando.
-Estás en todommff, -respondió Cosme, con la respiración entrecortada.

Le volvía loco que la mujer le arañara la espalda, aunque fuera por no caerse, al marinear sobre él para no perder la posición. El vecino recogió los cacharros y los subió a su piso.
Sentados sobre el segundo escalón, Cosme pudo hacer ondular a la mujer sentada sobre sus piernas. Veían venir la marea, las dos mareas.
El vecino salía, como el cucú de los relojes, anunciando el nivel de las aguas.

-Ya se cuela a la altura de vuestra casa, no seáis imprudentes y subid al descansillo.

Cosme había recuperado fuerzas al sentarse y se puso de pie de nuevo con la mujer colgada, que había vuelto a agarrarse con fuerza con las piernas a sus caderas, y él notaba los muslos redondos y suaves rodeando sus riñones. Desde el descansillo, pudo comprobar que el agua llegaba a la mitad del segundo piso, chocando contra su puerta, que el vecino había cerrado con llaves.
El agua subía escalón a escalón, igual que Cosme quien, andando hacia detrás, subía también con varios peldaños de ventaja sobre el nivel del agua.
La mujer empezaba a estremecerse. Cosme también. El agua pasaba del descansillo, rugiendo todavía. Como Cosme, que veía venir la inundación.
Un último empellón, reflejo de la rotura del cauce del río, y su entrada empujando al agua en los portales, hizo que el nivel subiera hasta justo un escalón antes del tercer piso. Cosme vio venir el desborde. La mujer también. Se agarraron fuerte, para no separarse bajo ningún concepto.
El vecino preparó unas toallas y dejó la puerta abierta.
Un golpe de ola furiosa se estrelló en pura espuma contra los dos cuerpos unidos en el rellano, justo en el éxtasis, como un abrazo.

-Me encanta esto de que los dos lleguemos al mismo tiempo, -decía la mujer, mojada de sudor, saliva de los besos y agua del torrente.
-Resulta delicioso, -contestó Cosme, entusiasmado.

Tanto la intensidad de las caricias como el agua invasora del edificio fueron amainando. Cosme dejó resbalar a la mujer sobre su torso, hasta quedar de pie frente a él, sin dejar de besarla. Algún estremecimiento les volvía aún, y es que no paraba el hormigueo en los cuerpos durante el descenso de la mujer. Igual que el agua de las zonas comunes, se resistían a retroceder y volver a la calma.
El vecino abrió las ventanas de las escaleras, para que la humedad no arraigara en las paredes. Pero sólo las de un lado, para evitar corrientes de aire, tan mojados como estaban.
Cosme y la mujer respiraban con calma, recuperando el aliento. Se cubrieron con las toallas y, por el hueco de las escaleras, vieron el retroceso del agua, rugiendo ahora con mansedumbre, como el amante satisfecho que se marcha por la puerta despacio, tras su tornado de furia.
El telefonillo del portal sonó.

-¿Sí? –respondió el vecino.
-Somos de Protección Civil, ¿están bien en este bloque?
-Muy bien por aquí. ¿Y los niños?
-Todos contentos, siguen en el colegio, a salvo, pendientes de limpiar las calles para volver a casa. Seguimos la ronda.

Cosme y la mujer bajaron a su casa, con cuidado para no resbalar por los escalones.

-Después te devolvemos las toallas, -dijo Cosme al vecino.
-No os preocupéis. Y ya os bajaré los aparatos eléctricos, quedaos tranquilos.

El estropicio en su piso no era para preocuparse. El agua había subido y bajado tan deprisa por las escaleras, que casi no había entrado en las casas tras su choque violento contra las puertas.
Dejaron las toallas mojadas colgadas sobre la mampara de la ducha y con un cepillo cada uno comenzaron la limpieza del rellano y los escalones.
Cosme, viendo por detrás a su mujer moviéndose agachada mientras empujaba hacia abajo el agua sucia, se le acercó y la abrazó con suavidad, dejando caer los cepillos.
El vecino salió de su puerta.

-Los niños estarán en casa dentro de una hora. Tendré la cena preparada, os espero a todos.

Cosme, con su mujer apoyada sobre sus piernas, esta vez de espaldas, empezó a subir de nuevo uno a uno los escalones, sentado en ellos, ya sin la prisa de que les pillara el torrente. La mujer, entusiasmada, se las ingeniaba para girar el cuello y ofrecer la boca a Cosme, que, agradecido, besaba sus labios muy despacio.

sábado, 24 de noviembre de 2007

Cuatro Haikus

No me etiquetes
déjame ser persona
ya me verás.

Miro el camino
tan cuajado de espinos,
seré gaviota.

Un nuevo llanto
mientras cesa mi vida,
hay esperanza.

Sueña el verano
con poder ver la nieve
y se acurruca.

viernes, 23 de noviembre de 2007

A TI

Nunca te he escrito poemas,
ni con versos
te he dicho te quiero.
¡Para qué ofrecerte palabras,
pudiendo entregarte un beso!

BLANCA LUNA

Blanca luna
preñada de azahar.
Blanca luna
bañando el mar.
Blanca luna,
reflejos de cristal
que se acunan en su pelo,
como retazos de sal.

Blanca luna
preñada de azahar.
Blanca luna
bañando el mar.

Blanca luna
que viniste a jugar,
con su pelo negro,
con sus labios de coral.
Blanca luna
preñada de azahar.