domingo, 2 de diciembre de 2007

Editorial Diciembre 2007

Bienvenidoas a nuestro segundo mes.

Noviembre, con toda su mala prensa, ha sido nuestro padrino para nacer. Y nos hemos envalentonado.

Balance de colaboraciones = Explosión. Se escribe como uno siente, no se traicionan los estilos; el rigor aparece, no amenaza pero se instala; no molesta, pero vigila. Nos hace más detallistas, pero no menos valientes. Resultado: Somos y seremos más exigentes con nosotros mismos y con los demás.

Cada incorporación, cada debut, ha sido una fiesta, sabiendo que quedan todavía apariciones pendientes, que se esperan con ganas.

 ¿Proyectos? Seguro que muchos. Ahí está el papel blanco esperando propuestas.

La mía, aprovechando el turno de iniciación del mes, es la de un concurso interno mensual mínimo y obligatorio, con votación y comentarios que la justifiquen incluidos. Aquí se juega en serio. Los sistemas de puntuación se deben acordar tanto en los valores como en el tiempo para resolver. Mi idea es que haya dos semanas para escribir y una para votar. En caso de no estar de acuerdo, seguiríamos con nuestras aportaciones, libres y espontáneas, sin medida de tiempo.

Pero, en diciembre, seguro que la tradición debe reinar por encima de cualquier otro criterio, propongo un concurso de relatos con tema que tenga que ver con... la Feria de Sevilla. Para la Navidad, ya habrá tiempo en Semana Santa.

Por lo que llevamos hecho, y por lo que vamos a ser capaces de hacer, ¡Feliz primer mes!



 

FUE NADA

El vacío y la decepción imperaban:

la nada se extendía sin remedio.

Sólo el logró huir,

casi cortando el viento.

Un intenso escalofrío le atrapó. Apenas quedaba tiempo.

Las mágicas melodías de su mundo se apagaron

enmudecidas por un horrible lamento.

La esperanza dio paso a la desesperación

cuando la fría guadaña rozó su cuerpo.

Era la primera vez que sentía dolor.

Dolor verdadero.

Entonces su mirada se tiñó de azul.

La nada alcanzó su objeto.

Bajo un sucio cartel se halló sepultado.

Todo estaba hecho.

Ya nadie soñará con unicornios.

La fantasía ha muerto.

(prosema)

sábado, 1 de diciembre de 2007

PREMONICIÓN


Me preguntaba a menudo el porqué de ese sueño que me visitaba casi a diario, más insistentemente en los días aquellos en los que teníamos que compartir trabajo; esos días en los que tu presencia parecía aliviar mis tediosas horas de oficina.

Era un sueño del que despertaba agotada sin llegar a recordar qué provocaba ese cansancio, y donde me derramabas descarado el vaso de agua sobre el teclado.

Lo descubrí hace muy poco. Ahora, mi piel se eriza de sólo recordar el motivo por el cual ya no lo sueño, y por el que llevo desde la A hasta la Z, grabadas en mi trasero.

CRUZANDO CON ESPERANZA

Sobre la alfombra azul y recostada en el sofá ocre, era como le gustaba leer el periódico. Junto a ella su hijo Angel. Hacía unas semanas que habían celebrado su cumpleaños. Era un niño muy despierto, sociable, imaginativo. Era sin duda alguna, su mayor tesoro. Desde hacía ocho años, todo en su vida era distinto. Angel lo llenaba todo. No concebía su vida sin él.
Leía los titulares. Su hijo mientras tanto miraba los dibujos de su libro de ADAPTACION AL MEDIO. Le gustaba leer, tal vez porque desde pequeño ella le había leído historias de dragones, dinosaurios y todo eso que tanto le hacía fantasear.
Dejó a un lado el periódico y detuvo su mirada en las manos de su hijo. Eran pequeñas pero regordetas. Con agilidad pasaba una tras otra las hojas del libro. Ana sonrió. Junto a su mano derecha estaba el suplemento dominical. Comenzó a leer un artículo sobre Los Borgia. Se entusiasmó. Devoraba cada palabra, cada frase. Era sorprendente la vida de ellos.
“¿por qué muere un niño, mamá? . ¿Qué es la in-mi-gra-ci-ón?”, Preguntó el niño mientras con su dedo índice perfilaba un pequeño ataúd blanco que aparecía en una foto del periódico. Ana se sobrecogió. “¿Qué dices Angel?”, le preguntó mientras el niño no dejaba de mirar la foto. Perfilaba una y otra vez el pequeño ataúd blanco que sobre el cuadríl llevaba una joven negra de mirada pérdida. Ana se acercó al niño y juntos contemplaron la foto. No la recordaba, pero también ella se preguntó el porqué de todas aquellas muertes inútiles.
“Ven Angel, quiero contarte una historia”, le dijo Ana mientras el niño dejaba caer su cabeza sobre las piernas de su madre.
“La historia que voy a contarte es la de una pequeña gaviota llamada Aicha y de su cría Hope”.
Angel miraba fijamente a su madre. Ella comenzó a acariciarle el pelo y suavemente comenzó a contarle.

Érase una vez, una gaviota que vivía en una pequeña isla. Allí, hacía tiempo que el mar había comenzado a destruir los acantilados. Las aguas furiosas rompían en las rocas, y éstas poco a poco fueron vencidas. Aicha miraba desde el cielo la imagen de su hogar destruido. Y comenzó a sentir miedo, no por ella , sino por su cría Hope. Sabía que si el mar continuaba rompiendo con tal fuerza, llegaría un momento en que todo sería playa y no tendría donde anidar; donde potegerla Hope de las alimañas...
Continuó volando con sus alas muy extendidas. Mirando al mar enfurecido e intentando encontrar entre las olas algún pececillo que poder coger para alimentar a su cría.

. “¿Sabes por qué se llamaba Hope la cria?”, preguntó a su hijo mientras éste no dejaba de mirarla. ”No mamá, porqué”, respondió el chiquillo mientras se restregaba la naricilla. “Pues se llamaba Hope, porque esa palabra significa Esperanza. Y Aicha soñaba, esperaba, deseaba, poder darle a su cría un tranquilo y hermoso acantilado donde vivir”.

La pequeña gaviota, desde un saliente de la roca, veía a su madre como una y otra vez se zambullía en el mar y como una y otra vez salía sin ningún pez en el pico. Hope esperaba ansiosa. Quería comer. Tenía frío. Y su madre una y otra vez sobre el mar encrespado. Y una y otra vez sin nada que comer. Al fin, Aicha cansada ya de tanto intentarlo, voló hasta el saliente en el que estaba la pequeña gaviota. Picoteó el pequeño cuello. Y con un lenguaje secreto, madre e hija entendieron que debían de marchar. Debían cruzar el gran río y buscar en la otra orilla . Una junta la otra, emprendieron el gran vuelo alimentadas por la ilusión de un mar amable, de unas rocas seguras y de miles de pececitos que poder comer.
Día y noche, madre e hija surcaron los cielos y cruzaron el gran río. Sin embargo, cuando divisaban unas rocas seguras y miles de peces jugando en la orilla, la pequeña Hope sintió que no tenía fuerzas. Graznó bajito, tan bajito que su madre no la oyó. Comenzó a sentir cada vez más la espuma en sus patas. El gran río la llamaba y ella continuaba graznado, sin éxito. Cuando Aicha volvió para buscar a su cría, tan sólo encontró el cielo azul. Miró hacia las aguas, y sobre ellas descubrió el cuerpo blanco de Hope. Se lanzó sobre ella. La picoteó y en su lenguaje secreto le gritaba ”!mira Hope, mira!. Hemos cruzado el gran rio. Allí está nuestra roca. Vuela Hope, vuela!”. La pequeña cría continuaba inmóvil, y su madre miraba hacia la roca. La gran roca estaba allí, tan cerca... y sin embargo tan lejos. Aicha se dejó mecer por las aguas...
A la mañana siguiente, un pescador encontró junto a su barca una cría de gaviota y una gaviota adulta que picoteaba incansablemente las aguas azules. Y colorín colorado...

“!Que pena mamá!. ¿Eso fue lo que le pasó a este niño?. Su mamá quería una casa mejor para los dos?. ¿Eso es la in-mi-gra-ci-ón?”, preguntó el niño mientras se sentaba frente a su madre. “Sí Angel, eso es la inmigración. Buscar un lugar mejor para vivir”.

FALTA UNO

Sabía que la casa no estaba vacía.

El 17 salió apoyándose en el marco de la pared, con los ojos enrojecidos.

Algo después el 9, un tipo bajito, con mucho esfuerzo, pasó por la ventana al jardín, donde pudo volver a respirar.

El 14 salió arrastrándose, casi asfixiado.

Y el 2 fue sacado en camilla.

Pero no era el último: Según su lista, faltaba el 6.

Dorita Merton celebraba fiestas que empezaban y terminaban a la hora exacta que ella establecía. Ni un minuto más ni uno menos.

Numeraba los vasos, los bocadillos y a los invitados. Cuando decía “se acabó, fuera de aquí” lo decía en serio. 

Supo, según su lista, que el número 6 aún estaba dentro. Y el gas, si bien era tóxico según el prospecto, no era mortal: Lanzó otra granada.

viernes, 30 de noviembre de 2007

FELICITACION NAVIDEÑA

Lucía pasaba a diario por aquella calle. La casa de los Morgan era sencillamente impresionante y a ella le gustaba imaginarse en sus salones y en la majestuosa biblioteca que poseía, según decían las lenguas bien informadas de la ciudad. En el jardín un enorme magnolio, que según se decía, lo había plantado el bisabuelo de los anteriores propietarios, en la actualidad venidos a menos.El gran tronco gris y poderoso, las perfectas hojas verdes, brillantes y ahora envueltas por la iluminación navideña, todo era una perfecta estampa navideña; todo menos aquel elemento colgante que pendía de sus ramas.
Lucía pensaba que aquel árbol era uno de los signos de ostentación que los Morgan podían permitirse, sobretodo después de aquel golpe de suerte que el cabeza de familia tuvo en la bolsa de New York hacía unos años. Desde entonces, la rivalidad entre los Morgan y los Linsey se había hecho cada vez más y más evidente. Si los Morgan contrataban a los mejores interioristas, Mckensey and Mckensey, para redecorar el cuarto de juegos de los niños, los Linsey contrataban los Macarty and Cia para engalanar el cuarto de billar. Su rivalidad iba en aumento y Lucía pensaba que aquel elemento tan poco navideño colgado del magnolio no iba a hacer sino empeorar las cosas entre ambas familias.
- Esta vez se han pasado- pensó para sí mientras contemplaba la imagen- Cuando Ruth Linsey se vea ahí, le va a dar algo.
Lucía sintió como poco a poco, las gentes se iban agregando a aquel macabro espectáculo y como contemplaban atónitos la imagen de aquel elemento tan poco navideño.
- Desde luego, ¿Qué mal gusto hay que tener!- dijo el señor de pelo blanco y abrigo gris que acababa de incorporarse al grupo de espectadores.
- No cabe ninguna duda- apostilló una señora de mediana edad que no dejaba de atusarse el cabello mientras se balanceaba.
La muchedumbre fue creciendo y creciendo tanto, que los vehículos hubieron de detenerse para no solo evitar atropellar a alguien sino también para unirse al espectáculo. La policía tuvo que intervenir, acordonando la zona e intentando, sin éxito, contactar con los Morgan.
- No están en casa- les dijo Lucía. –Les vi abandonar la casa ayer tarde, llevaban la ranchera con un enorme abeto y muchas maletas.
-Gracias señorita- respondió el policía.
Lucía permaneció allí, contemplando el gran alboroto y como los policías disolvían aquel tumulto que amenazaba con colapsar el tráfico de la ciudad. Cuando todos se hubieron marchado, ella hizo lo mismo, no sin dar un último vistazo a aquel monigote vestido de navidad colgado del magnolio. A la mañana siguiente, oyó en la radio mientras desayunaba:
“Encontrada ahorcada la Sra. Lindsey en el jardín de los Morgan. En el bolsillo de su chaqueta se halló una nota con el siguiente texto:
Ahora soy yo la que copará todas las revistas. ¿Qué tal sienta no ser portada? ¡FELIZ NAVIDAD!”

Teatro exprés

Esto es verídico. Llegué en bici. No por ser ecológica, sino porque odio los problemas de aparcamiento. Todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Como estamos en avanzado noviembre, llegué sudando y con las manos y la cara a punto de congelación. Mal comienzo para ir a un concurso de teatro en el que toca escribir a mano.
La primera sorpresa es que no había mesas, sino una sala con poca luz y sillas de plástico de esas incómodas de las terrazas de verano, pero sin brazos. Nos entregan las bases y…nos dicen que podemos irnos a escribir a cualquier parte. Los presentes saltamos de alegría. Mi amiga Amelia y yo,decidimos irnos a un bar próximo.
Tras el cafetito, el intercambio de ideas. ¿Rivalidad? Ninguna. Camaradería y diversión.
El desarrollo del argumento ha de ser en un "bar de copas". Nos miramos.
-¿Tú vas de copas? pregunto
-Desde hace años, responde.
-Pues yo, menos.
Dispuestas para la lluvia de ideas.
Creo que para que eso no se note, voy a desarrollar el acto en el servicio, dice ella.
-¡Qué oloroso!, en el servicio de un bar de copas donde sin luz apenas… Pues yo pondré a dialogar a un par de camareras tras la barra.
Como ella se expresa mejor en femenino pensamos: ¿Lesbianas?, ¿Quizás un travesti?, ¿Un rollito?, ¿Algún problema con el pintalabios?, Igual queda un poco raro, pero ya está el argumento de ella.
Lo mio ha de ser menos fuerte (por mi afición a escribir literatura infantil):¿Una polaca de intercambio?,¿una chica del montón?, ¿un problema común y un cliente baboso? . Esto puede ser indigerible.
Las dos escribimos como posesas. Tachamos, releemos… No hay tiempo. En tres horas es difícil montar algo que sirva como obra de teatro.
Suena el teléfono de Amelia. Es su hijo que también concursa y nos anuncia que concluye el plazo de entrega ¡No acabamos!¡Me falta el título!¡A mí el final!
Carrera y nueva sudada para llegar a la entrega. Sin aliento recogemos nuestro lote de libros por participar.Nos felicitamos por el esfuerzo. Mañana esperaremos los resultados. Hoy, creo que me he ganado otra ducha.

jueves, 29 de noviembre de 2007

RENUNCIA

Paquita ha servido en casa desde hace más de veinte años. Se sabe de memoria la distribución de los muebles, las cortinas y la ropa. Siento que haya decidido irse.

-No es por el dinero, señorita –me dijo muy seria-. Es que del susto me han salido canas hasta debajo de los brazos. Y la lavadora ha habido que tirarla.

No suelo dejar que los hombres con los que salgo se queden a dormir en casa y la única excepción a esta regla estuvo a punto de acabar en fatalidad. Y es que, aunque la ropa de mi cama cuadrada de dos metros de lado pesa muchísimo, Paquita, tan fuerte como es, la coge toda hecha una piña y la mete en la lavadora de carga máxima que me traje del hotel.

Menos mal que el programa de centrifugado arranca despacio. Y fueron los golpes de la cabeza contra el tambor lo que hizo que Paquita parara la máquina. De haber tardado un minuto más, el Hombre Invisible se habría ahogado entre mis sábanas, junto al resto de la ropa blanca, antes de despertarse.

PASADO,PRESENTE Y FUTURO DE UNAS ZAPATILLAS DEPORTIVAS

PLENITUD DE UNAS ZAPATILLAS DEPORTIVAS


Unas zapatillas alcanzan la plenitud cuando desde el otro lado del escaparate, alguien les guiña el ojo, y ya en ese preciso instante, ellas mismas saben lo que puede ocurrir a continuación: que las calcen; y los cordones, sólo de pensarlo, se les ponen de punta.

HOGAR DE UNAS ZAPATILLAS DEPORTIVAS

Una vez calzadas, pagadas y plenas, las zapatillas, radiantes, flamantes y extasiadas, recorren las aceras, una junto a la otra. Esa noche dormirán al calor del hogar. Quizá en el baño, quizá bajo la cama, y con gran suerte, hasta pueden pasar la noche junto a los, ya rescoldos, de una acogedora chimenea. ¡Hogar, dulce hogar!
LIBERTINAJE DE UNAS ZAPATILLAS DEPORTIVAS

Pero puede ocurrir que el dueño de este par de dos, niñato seguro, de pronto sienta la necesidad de salir de madrugada; por consiguiente, las zapatillas habrán de despedirse, por unas horas al menos de las brasas que les daban calorcito, para ser penetradas, una a una y salir pitando a la calle.

"¡Bueno, así da gusto! ¡Tiene su puntito la calle."!_ le diría la una a la otra. Y por qué no, se encontrarían de pronto en una plaza o en un parque, con un grupito apañado de iguales a ellas, animadas y calzadas igualmente y rodeadas de litronas y ginebra; y, que además, a su dueño, ya más en otra órbita que en ésta, le diera por descalzarse, anudarlas a ambas y hacerlas volar, para dejarlas colgadas con una destreza pasmosa, digna de ser usada para mejor fin que para hacer el "vaina", en un cable de telefonía.

Entonces le diría una a la otra desde las alturas:

Compañera, ¿no cambiarías esto por el escaparate?

-Quizá; ¡ pero alégrate mujer, que ya no somos vírgenes!

martes, 27 de noviembre de 2007

CIPRÉS AMIGO

Bajo tu sombra,
ciprés amigo,
oigo el canto de la alondra,
y entre sollozos, tristeza,
de quienes nos quieren y nos añoran.
Bajo tu sombra,
ciprés amigo,
su pena se vuelve honda,
y de sus lágrimas te alimentas,
haciendo más alargada tu sombra.
Diles, ciprés amigo,
que aquí ya no hay
ni dolores ni zozobras,
sólo una calma eterna,
y el aroma de las rosas.