sábado, 22 de diciembre de 2012

     Quisiera aprovechar la belleza de mi Sevilla, de mi ciudad vestida de fiesta, de sus calles llenas de gentes, de sus murmullos cargados de esperanza para desearos a todos lo mejor:

                                      la mejor de las sonrisas
                                      el mejor de los te quieros
                                      la mejor de las caricias
                                      el mejor de los abrazos.

     Quisiera que los días venideros, y los de después y los de más allá, vieneran  cargados de ilusión por VIVIR, por CRECER, por ALCANZAR los sueños y sobretodo con la valentía de que nadie, nadie, ningún agoreo de negros presagios nos quite la ALEGRÍA POR VIVIR.

Feliz Navidad  y FELI 2013

jueves, 20 de diciembre de 2012

Felicidades, chavalotes.


Feliz Navidad.

Para los que nos leen y para los que lo harán en algún ratito.
Para los que ya tienen un ratito paraleernos.
Para los que cuentan lo que han leído aquí.
Para los que les ha gustado un poquito.
Para el resto, sin excepción, de los habitantes del planeta,

Felicidades.

No propongo un listón bajito para ser felices fácilmente. Prefiero tirar el listón y, sin ser tontón, pensar en un futuro inmediato algo mejor para los que lo pasan mal, al ver una lección de solidaridad tras otra.

Ánimos, muchachos, que esto es ponerse. Si no sacamos nosotros un momento para abrazarnos se nos va a poner cara de asesor ministerial, y ustedes perdonen, ha sido un pronto.

Yo a lo nuestro: Felicidades.

Grandes entrevistas de la Historia (3)


Papá Noel.

¡Borromblón!
–Qué caída más tonta, señor Noel, buenos días; parece mentira, con su experiencia y habiéndole puesto la chimenea nueva, con todos los agarres de seguridad que marca la normativa en bajadas verticales.
–No se preocupe que le apunto en mi lista de “sabandijas a patear por las tardes”. Ahora déjeme que recobre el resuello.
–Será usted el único que recobre en estas fiestas, hiahahai, hiahahai; porque la paga extra está prohibida, hiahahai. Ande y déme la mano esa regordeta, que le ayudo a salir de ese montoncillo de hollín y a levantarse, que parece usted una tortuga cucarachera, incapaz de darse la vuelta.
–Menos mal que mi cuñado me va a echar una mano, porque si no tengo que majarle a palos yo solito.
–Caramorsa.
–Moñocalvo.
–Filisteo.
–Chupacabras.
–Mascamocos.
–Cariátide.
–Ayyyy, qué bien se siente uno cuando se desahoga un pelín. Vayamos al contenido de la entrevista. ¿Cree usted en el salario mínimo de los renos?
–Sí creo. Pero no lo aplico. Tengo un convenio firmado ayer mismito con Blitzen y Vixen como representantes sindicales. Yo lo respeto y evito que me pateen.
–De todos modos, no lo niegue, se dice por ahí que le pone usted los cuernos a más de uno de sus renos.
–Señor, señor, se dicen tantas cosas. ¿Pero usted sabe, aprendiz de loro mosquitero, a cuánto está el kilo de cuerno? Mire, que no salga de aquí, como usted, a patadas, sino que no lo difunda: les pongo unos cuernos sintéticos de policascarina hechos con huevo, agua y harina, rebozados con creminata, que, terminado el reparto, se guardan en cajitas troceados para las meriendas.
–Ahí, señor gordo, me ha devuelto usted la fe en el género humano. Perdone que me quite algo que se me ha metido en el ojo.
–Ha sido mi dedo mientras usted se ponía blandangas, espécimen de rata epiléptica. Pero no se mueva, que lo retiro. Y el guante, déme el guante, gracias.
–¿Qué le parece el Triunvirato Monárquico de la Prestigiditación, también conocido como los Reyes Magos?
–Que repita usted el título con la boca llena de alfajores, castañas en jengibre a medio masticar y medio limón. A ver.
–No llegamos a ningún lado. Yo intentando renovar, alegrar y acercar su imagen, y usted poniendo caras propias de un concejal sin entradas para la ópera.
–No vamos a pelear más, jovencillo. Hoy me he caído en vertical por no llevar mi saco y tener las manos ocupadas con su regalo. Aquí tiene. No lo abra hasta el día de Reyes y así unifica usted las tendencias.
–Vaya, menudo armisticio elegante. Pero no se vaya todavía. Tenga.
–Pero…
–Un detallito. Ábralo hoy, por favor. Ahora, para ser exactos.
–¡Morsas! ¿qué es esto?
–Dos pares de ventosas. Se las pone usted en los codos y las rodillas y le confunden con una mosca a partir de ahora. No se cae usted de una pared aunque sea la de su ducha con el vapor de agua. Que no tiene usted edad para ir dando barrigazos.
–Me ha llegado usted al píloro, amigo mío. Y no soy de coba fácil. Me las pruebo, con su permiso.
–Que no se diga.
Papá Noel se equipa, se coloca dentro de la chimenea, se despide con la mano y trepa por ella con la velocidad de una lagartija. Desde abajo, el locutor lo ve subir. No resiste la tentación de abrir su regalo: un tirachinas perfecto. Se saca el chicle, lo lanza con precisión y en los próximos cinco mil años al barbudo le cuesta despegarse del asiento del trineo. Una forma de acordarse del pollino aquel, el de las entrevistas. No era mal tipo, piensa cuando ve el ahorro en las facturas de tintorería en todos estos años.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Grandes entrevistas de la Historia (2)


Charles Darwin.

Sbeshshshhh.
Aparición en posición pronocúbica de hiperplano del codo. O sea, ostión de boca en el suelo. Y aun así, sonriendo.

–Veo su espíritu sólido, don Charles, así como un poco más duro de lo mantecoso. Y buenas tardes, claro está.
–Ay, chiquillo, ¿cómo te va, sabiendo como sabes que dentro de cien billones de años tendrás cejas en las rodillas y te peinarás la planta del pie con la raya en medio?
–Que estoy merendando, don Charles, no me sea escatoilógico; ¿una mardalenita?
–Gracias, amado tatatatatatarabisnieto del trilobites George Middleton Bornes, heredero de los Paramecios de la zona de Iralfredo, hoy conocida como Irlanda.
–Pero cuente algo menos tonto, sil por vous favó, que a mis lectores les va a gustar lo bien que se conserva usted, a pesar de que se murió así, con una poquita de cara de asco.
–Qué bonito es dar con gente como usted, taradito pero que casi no se note. Pues mire, le cuento lo que de verdad nadie sabe, salvo mi rana Lutgardita y yo. La cosa, se lo juro por la receta de la berza, se lió por no tener el frigorífico en condiciones.
–¿Qué me dice?, ¡ay por Dios, pero que alguien pare a este espíritu tuo, que venga un protoplasma con autoridad y le endiñe un rapapolvo metafísico!
–Como se lo estoy contando. Si usted viera la seriedad con que se conservaba todo en el Segundo Cuaternario del Tercer Mesostenio de la primera Post Glaciación, todo esto en Segovia, porque eran doce o catorce, se quedaría de piedra. Y con lo poco que pesa usted, se quedaría de piedra pómez.
–No se preocupe usted si me duermo. Pero, más que nada por el rigor histórico, sea usted breve don Charles.
–Encantado. Después le parto la boca sin prisas. Pues –sigo–, cuando lo de las nieves, cada molécula en su casa y Dios en la de todos, como se decía en mi pueblo. Pero el calor trae la vida, la vida trae la vida social y ésta a su vez el visiteo, raíz de todos los males. De esta guisa, guisar se hizo más fácil, por aquello del fuego del hogar y la sopita de ajo, pero, amigo mío… ¡Ese ajo no era el ajo “de antes”! ¡Y luego… lo de la rata!
–¿Y eso cómo lo sabe usted?
–Por testimonios de la época, aunque con sonido fatal. Preste atención:
–GggggffPjjjj… (Habla Goreliavsa Serna, encargada de la cena de la aldea) “¡Arabatnas, marido y hombre mío, por favor, dime si esa rata blanca, que segrega saliva al verme comer un pollo, no es clavadita a nuestra Morguenia, la que se escapó hace veinte años. Mira sus ojos”.
–Y, en efecto, Morguenia se había adaptado. No sólo sus moléculas la habían hecho difícil de distinguir en las nieves de los alrededores de Móstoles, sino que ella misma, sin gastarse un bollamus (moneda oficial de la época equivalente a un euro con veinte céntimos de vuestra era), se había dado unas mechas. Sin tener en cuenta que las propias canas ayudaban al cambio.
–¿Cuántos bolis gastó usted en sus notas, don Charles?
–No le respondo: le doy directamente el premio de la pregunta más gilipó. Tenga, para su repisa. Se trata del gallombriz, un bicho mitad gallina mitad lombriz. Observe cómo una parte trata constantemente de picotear a la otra, que, a su vez, intenta meterse bajo tierra. Un caso que llegó a los tribunales pues ninguna de las dos partes cedía.
–¿Se queda usted un par de días aquí, o tiene prisa?
–Me voy más que nada porque, en confianza, tengo una tesis que va a poner al Cielo bo-ca-a-ba-jo.
–Miedo me da usted, don Charles, que con la excusa de la muerte le dio por desdecirse y negarse doblemente, lo cual no sé si es afirmación o tartamudeo filosófico.
–En cuanto no tenga nada que hacer, me lío a responder sus chocheras, amigo mío, que cada vez me cae usted mejor. Se trata de algo más profundo: En el Cielo, ¡También se ha evolucionado!
–Pero bueno, anatema, esto… más que anatema, anatema parabólico. No sé cómo maldecirle, a menos que se explique.
–En términos geológicos, hace diez minutos, cuando yo me morí, había infierno, purgatorio… ¡no se hace usted idea! Ahora se pasa usted por allí y ni horarios para las comidas. ¿El pasado glorioso? Ríase usted: ¡ni media etiqueta en los Juicios Finales de planetas como Arganklos, Dimenstorm o el mismísimo Juanetsanti! Allí la humanidad, todo hay que decirlo, es menos pecadora y se contenta con poco, no como aquí. ¡Hieeh!
–No, no una cabezadita. Yo estaba atento, don Charles. ¿Alguna cosa más?
–Lávese usted el pelo, periodistilla. Porque la mugre esa que usted tiene es talmente lo que llevó a los primeros depósitos de fósiles vegetales y de ahí el maldito petróleo, que todo lo mancha.
–No le pienso guardar rencor, porque tengo la casa llena de tiestos. Muchas gracias por su lección magistral y, ya cuando yo reciba el Pulitzer véngase y volvemos a charlar, don Charles, que le he cogido cariño.
–En doscientos milenios me paso y tomamos un bitterñac, que será la mezcla de lo que sobra en los bares y la lejía pura. El aperitivo de entonces.
–Déjeme que le abraz…
–Tesquiere í ya…

Sbeshshshhh…

martes, 4 de diciembre de 2012






En una preciosa mañana de otoño, mientras el sol recorría los cielos, yo recorría las calles de mi Sevilla. Un regalo para vosotros.

Grandes entrevistas de la Historia (1)


Sigmund Freud.

Floush. 
Onomatopeya de algo gaseoso pero con forma. Dícese también de chapuzón suave. Aquí nos quedamos con una cosa como aspersión de gas tenue.
Humo blanco, tirando a vapor de agua finísimo. Se aclara la estancia y aparece el padre y muy señor mío del Psicoanálisis.

-Buenos días don Espíritu de herr Sigmund, y no me diga usted que me siento frente a usted con las piernas abiertas y sin bragas porque tuve un trauma a los cuarenta y siete años.
-Buenos días. No le diré nada de eso, dado su pantalón vaquero, calzoncillos verdes que sobresalen, su barba y sus apenas setenta y dos recién cumplidos.
-Aclarado este asunto herr doctor, quiero yo saber por qué se metía usted esas ideas tan raras en la cabeza, que no le han llevado más que a disgustos y, supongo, preguntas insólitas, incluso cuando estaba usted en la cama realizando acometidas o vaivenes.
-Es cierto, tosco joven; en pleno marzo de 1920, estando yo en un uno contra uno en el hotel Yañestraff, con la señorita Gonzala Möers, se produjo una parada en seco, indicada con la palabra “STOP” escrita en su frente, que me produjo lo que denominé y desde entonces se llama un “corte”, o también “corte de rollo”. En ese  instante, mientras yo trataba sin éxito de encajarme el pantalón del pijama, la hermosa mujer me hizo preguntas que años más tarde califiqué como “carajotas” e “inoportunas”. Eran cuestiones del orden interpretativo de los sueños, asunto sobre el cual yo acababa de publicar un libro que se podría haber leído en su casa en lugar de molestar. Mientras yo me olvidaba del pijama e intentaba que ella hiciera lo propio con sus seis camisones de lana, una y otra pregunta me asaetaron hasta que hube de convenir en contestar alguna.
-¿Puede citar alguna de ellas concretamente, herr professor?
-Sí. La señorita Frau, en pleno reintento de arrebato, me preguntó que qué le parecería retozar en el Himalaya pintados de verde salvo las plantas de los pies. Ella lo había soñado puntualmente todos los miércoles desde que terminó la educación primaria, recibida cada primeros de mes.
-¿Qué le respondió usted?
-Me levanté, salí a por un bidón de pintura verde brillante y lavable, e intenté que pareciera la prima de Hulk. Pero ella ya acechaba en cuclillas y con más preguntas.
-¿Cómo cuáles?
-Dijo haber soñado ser acariciada en medio de un ciclo de conferencias sobre el origen de la corbata, debiendo probarse dichas prendas como único atuendo.
-Dígame, ¿cómo acabó aquello?
-Harto de la situación, y dado que siempre he usado pajarita, bajó mi pajarita, me levanté y mientras me vestía sugerí a la señorita la ingestión de un revuelto de aspirinas y sedantes que guardaba para Patricio, el elefante de mi amigo Gustav Klav Doblav. A los pocos minutos pude irme.
-Y desde entonces… ni una rosca, supongo.
-Mojón pausted, créame, periodistilla de invernadero. Desde entonces, en horizontal, sólo atendí preguntas por escrito y a posteriori, acompañadas de encuestas que acabaron, todas juntas, en la basura. Sin responder. Lo primero era lo primero.
-Disculpe, herr professor, ¿hasta qué hora tiene usted para esta entrevista?
-Le queda la despedida joven. Haberse traído una batería de preguntas mejor hecha. Le veo birrioso.
-Borroso, será borroso; lleva usted tres cuartos largos de la botella de orujo que me había traído de casa.
-Pero era para regalarme, ¿no?
-Bueno, bien, sí.
-Pues adiós.
-Es usted un genio, de verdad.
-Vaya conclusión pobretona. A ver cómo queda mi holograma en la tele. Nosotros los fantasmas somos muy presumidos.

Floush.

Reflejos




No te admiten las mentiras
sus miradas, sus reflejos
del Sol, cuando se retiran,
pero ciegan si te miran
y no estás bastante lejos.

Son sus ojos bravucones,
sin la lógica, a traición,
mirando sin intención
por azar u otras razones.

No te busques recovecos:
en su busca de un latido
te encontrará, habrás perdido
tu coraza y tu chaleco
para flechas de Cupido.

Fijadores por sorpresa,
ser preso vas a querer
quedarte a vivir en esas
miradas que, más que ver,
el corazón te atraviesan.

No avisan y no preparas
tu ánimo, tu coraje;
quieres ser amor salvaje,
donde el tiempo no se para:
donde no cobrar peajes.

Los ojos son faros, puntos
de indicarte una parada
donde empezar algo juntos,
no raíces ya enterradas:
sólo tú verás si paras
y la miras y te atreves
a ver el Sol en su cara.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Grandes batallas de la Historia (XXXVI).


Algunas veces, segundas partes fueron buenas.

En el salón principal del hotel Deskansaki, se celebró el vigésimo quinto aniversario del primer bofetón que se intercambiaron los primeros ministros de Birlenia y Tasconga. Eran los mismos dos, algo más viejos. La hora, siete y media de la tarde con exigencia de media etiqueta, preferentemente la mitad que no pusiera el precio.
Al día siguiente de aquel infausto incidente del pasado, se declaró la famosa guerra de “Dostontos”, que llevó a la ruina a los dos países. A pesar del cese de las hostilidades por falta de ganas, nadie declaró haber ganado ni perdido. Oficialmente, no había sido declarado armisticio alguno.
Acudieron los ministros de asuntos exteriores de toda la zona, desde Kratovía hasta el ducado de Pompistein, representado por el decano de los embajadores, el lord canciller Julito Asbattskzc, quien pudo presumir de haber escupido sin reproches a medio mundo, con sólo presentarse.
De primero se sirvió sopa líquida en cuencos de poco fondo. Ahí tuvimos el arranque de la tensión, que cualquiera habría comprendido.
–Niño, que mañana por la tarde, después de la novela, que te voy a partir la cara. Tráete si acaso dos o trescientos mil soldaditos tuyos, esos tan repipis, y yo me busco una docena de bizarros guerreros, que con eso me sobra –dijo el jefe del Estado de Birlenia al de Tasconga, que ejercía como anfitrión en casa del que pagaba la cena.
El tascongués Chaendler Duffin, dolido como pocos, miró su corbata pringada de sopa de puerros, que no es que estuviera insípida ni fría, pero es que al primer sorbetón que le dio se la vertió encima, como la mayoría de los invitados. No tuvo más remedio que aceptar el segundo bofetón y firmar la situación de guerra, apartado “continuación”.
Los dos ejércitos, cuando bostezaban por culpa de una siesta mal descabezada, asemejaban un coro universal de semidioses aburridos que bramaran desde el Olimpo prediciendo una tragedia en el mundo humano, que con su sangre harán leyenda…
-Ché, autorcito, para una mijita, para por favor. Qué Olimpo ni qué ná. Estamos en una posible refriega de dos países de medio pelo, que caben en Soria y sobra, que lo más que se tirarán, al final, serán las piedras que le sobraron del arreglo de los cuartos de baños, que por cierto, lo han puesto de un buen gusto… y no te digo el color…
-Quieta ahí, conciencia narrativa del escritor, parte cerebral del teórico hemisferio controlador de lo creativo… Anda y vuélvete con Bécquer, que creo que le están haciendo la prueba de balística.
Como decía, los dos ejércitos frente a frente, ¿no?, que yo para esquemático lo que haga falta. Pues pasa el que reparte los cascos, talla única pero con una holgura que da gusto, y el murmullo –Ahora SÍ- es un ruido tipo marabunta. Ahora cualquiera se arriesga a decir que parece que la Tierra De Todos, la TDT, ruge para salvar miles de vidas, o para no tener que gastar miles de tiritas.
La causa del dantesco murmullo es un comentario para la historia:
–¿Y si hiciéramos los platos de “comida no sólida” tomando como modelo estos cascos, con su viserita alrededor y una semiesfera en medio, la cual puede aplanarse por el centro, buscando estabilidad y falta de oleaje en cualquier tipo de sopita caliente a ingerir?, ¿ein chavales?
Se encargó al instante una cata de sopas a celebrar en el mismito campo de batalla. El célebre chief japonés Tutragá Lotó sirvió sucesivas sopas de cangrejo, de ave con fideos y una final semifría, estilo gazpacho pero más ligerita.
La facilidad con que se pudieron ingerir hizo que los cientos de miles de guerreros reunidos en segunda convocatoria aplaudieran con entusiasmo el éxito de la propuesta. Y, al final, con un poquito de agua, se llevaban puesto –y enjuagado- el casco a casa. ¡Pero añadir que el campo de batalla en sí mismo, limpio como los chorros del oro!, porque no se derramó una gota, aunque gracias también a los WC modernos instalados ex profeso para la reunión.
Como era un tercer cabo de mierda el que propuso la solución, cobró poquísimo por los royalties de la idea y la posterior industrialización del plato hondo. No llegó, en euros de hoy día, ni a los catorce millones al año para el resto de su vida, prueba aplastante de lo mal que se paga a los investigadores en cualquier país.
-Bueno, pfff, yo qué sé, ¿no?, o sea –dijo al ser entrevistado.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Grandes catástrofes artificiales (4).


En el Espacio.

En el sótano de la nave de reconocimiento soviética Máspayavoi, haciendo la colada, el capitán y piloto Iván Depris se quedó a dos velas. No sólo echó en falta el cuarto de rublo para hacer funcionar la lavadora marca Komolaniev, sino que se vio falto de luces, entendida como potencial energía eléctrica, y no como incapacidad de razonamiento como sí la entendía la tripulación excluidos él y su cucaracha rubia y alcantarillera Sigrid Sventon.
El hecho no tendría mayor trascendencia si no fuera porque, además de ser el encargado de las toallas de la nave, también lo era de los calcetines. Pensó que NO sería la primera vez que recibiera en plena estación orbital un sobre postal de 40x40, cartón flexible plastificado, con acuse de recibo, enviada por Antonio Puskas, el tovarich número 4 del partido, pidiéndole explicaciones sobre “esas formas” de pasearse sus ingenieros/as por el espacio, esgrimiendo unos cubrepieses que daban grima por la pringue que llevaban adherida.
Al salir a tientas de la sala de máquinas, tuvo cuidado de no pisar a Sigrid y, sin llegar a la docena de golpes recibidos al avanzar en muslos y cabeza, dio con la sala de reuniones importantes, donde, se lo temía, su cachondón segundo de a bordo, el famoso ex torero Poncito el de la Moskova, le esperaba sentado junto a su asiento con dos velas encendidas.
–Se las he sacado por diez kopeks al capellán, reverendo ortodoxo pope Ambroas Malasgratias, señor. Un pelotazo, señor –dijo sonriente al verle entrar y tropezar sólo un poquito con un perchero de roble macizo de los Urales a prueba de termitas.
–A partir de ahora, las reparaciones en el exterior, con botitas. Se acabó –dijo Iván de forma terrible.
Para hacer oficial la medida, Poncito convocó a la tripulación al completo, que acudió a trompicones por los estrechos pasillos que llevaban a la sala. Por el camino, consecuencia de la falta de espacio dentro de la nave –fuera sobraba sitio-, hubo una propuesta –habitual- de mezcla de razas eslavas con otras todavía más eslavas. El capitán tuvo que salir a poner orden y gritó con todas sus fuerzas “¡Mosavé, mosavé, si el resto del día no hacéis otra cosa!”, dirigiéndose hacia el lado contrario del que le enviaba jadeos, cremalleras atascadas y botones al aire. Finalmente orientado, sacó la escoba y destaponó el pasillo de forma radical, como se ha hecho toda la vida con las parejas adhesivas.
Menos mal que no se podía ver el estado en el que acudían las tres tenientas, Sonia Laflautova, Sofía Dinadien y Anastarta Prejinenka, que, junto con el experto en refriegas Igor Dinflón, completaba la tripulación del Máspayavoi.
–Habrá que reestructurar la vida en nuestro pequeño mundo –dijo Iván serio como pocas veces en su vida, dirigiéndose al perchero. Las dos velas mantenían un pábulo de dos centímetros y se procedió a su apagado pensando en situaciones de emergencia.
–Usted proponga, líder espiritual –dijo Sonia metiendo sus dos manos en un pantalón que, gratamente sorprendida, comprobó que no era el de Iván.
–OOOUUYYYch, –dijo Poncito al recibir la intromisión de dos manos llenas de uñas a la altura exacta que provoca normalmente esa expresión.
Sofía y Anastarta derivaron en la oscuridad, como leonas silenciosas, sin rozar ni una sola de las seiscientas bien calculadas sillas de la Sala, de modo que Igor las recibió, igualmente acostumbrado, con los brazos abiertos.
Quizá más que dolido por la falta de una mínima atención, perdido del todo en una oscuridad extensible al infinito del Universo, Iván localizó la puerta, fue al cuarto de mantenimiento y volvió con un fusible en tan corto espacio de tiempo que la tripulación al completo declaró no haber conseguido ni siquiera tres puestas en órbita.
Iván puso en marcha el funcionamiento de la nave. Y las lavadoras. Esta vez, a pesar de los presupuestos para investigación espacial, puso suavizante. Quería limar asperezas.
Hora y media después, con lo difícil que es secar las toallas en el Espacio, Iván volvió a la sala con todo doblado y dijo:
–Para puesta en práctica inmediata, dicto la siguiente circular redonda interna:
“A partir de ya, no sólo calcetines limpios, sino con la ropa puesta. Se acabó el trabajar de dos en dos –usted, Igor, hasta de tres en tres- dentro del mismo traje, aunque se esté holgadito.”
El programa sociológico “Phollastaartarte Dakías Tamarte”, se vino abajo. Desde el centro de control en la Siberia más fría, los ingenieros tiraban a la papelera millones de cálculos que buscaban la reproducción espacial sin fotosíntesis. Ni siquiera candelabros. Lloraban ante el invencible impedimento de una norma establecida en una nave por un capitán, aunque fuera tonto y se equivocara de nave. Sólo algunos sentimentales se quedaron para sí las doscientas cintas de video en formato 3D donde Sonia y sus compañeras rectificaban con sus conocimientos la trayectoria de alguna que otra antena parabólica.
Hasta Sigrid –con una cruz- firmó la propuesta de mandar a Iván a pintar de blanco la nieve de Vladivostok.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Paseando mi ciudad... nuestra ciudad




Hace demasiado tiempo que no entro en esta casa de los sueños que es PARALEERNOS, pero no por eso me olvido de ella y de sus habitantes. Por eso, aquí os dejo unas pequeñas imágenes de esta ciudad nuestra que tanto me gusta recorrer. Mil besos de arcoiris.