sábado, 12 de febrero de 2011

PARA LEERNOS.


Tengo finales con penas,

donde al bueno encierra el brujo,

abraza a la chica buena

y gana el mal sin tapujos

hacia el final de la escena.


No me quedan los felices,

se han terminado las balas

para cazar las perdices

o le han cortado las alas:

a ver quién va y se lo dice

a las buenas o a las malas.


Hablo del lector, el fiel

atado a la trayectoria,

que no quiere ver la hiel

en colofones sin gloria,

acostumbrado a la miel

para acabar las historias.


Os convoco para eso:

quiero ese broche de plata,

la estampa final del beso

de la chica y el pirata,

o la libertad del preso.


Contad poemas y cuentos,

romances, odas, canciones

de las que llevan los vientos

o anidan en los rincones.

No van a triunfar los buenos

sino en vuestra compañía,

que devuelve la alegría

con esos versos serenos,

cantos y fotografías.

martes, 1 de febrero de 2011

Vecinos (2).

EL PRINCIPIO DEL DESPUÉS.

Al amanecer de día siguiente de quedarse viudo y solo en casa, Beltrán Benavides recibió la visita de la vecina de su puerta de enfrente.

-Buenos días, -dijo ella de pie, mientras se desataba el cinturón de un inmaculado albornoz blanco.

-Buenos días, -respondió Beltrán viendo caer el albornoz al suelo-. Gracias por esperar todos estos años.

-Jamás habría hecho daño a tu mujer ni a una buena amiga al mismo tiempo, -dijo la vecina cogiendo a Beltrán de la mano y llevándolo hacia el centro del descansillo de la planta tercera, entre las dos puertas.

Mientras la ropa de Beltrán era lanzada al interior de su casa, una zapatilla quedó atascada en el marco de la puerta, atendiendo a la prudencia para que ninguna ráfaga de viento cerrara de modo violento el acceso a la vivienda, en el más que probable paso a la azotea de algún vecino para tender la ropa. Un poner.

En el centro del rellano, la fuerte baranda sirvió de apoyo lumbar a Beltrán para que sus riñones no sufrieran por el peso en la levantada y afianzaran el agarre de la vecina a su cintura con una cadena de piernas torneadas al estilo Rubbens que siempre había celebrado.

Los besos se antepusieron a las palabras durante el primer envite, el que hay que dejar que fluya por sí mismo para no asfixiar a los amantes en su estreno. Una vez respirados los estertores del impulso, las miradas y un abrazo de pie descalzos sobre el mármol aún se anteponían a las declaraciones habladas de amor o de deseo, por otra parte muy bien explicadas con lenguaje corporal.

A partir de la conciencia que da la complicidad, y sin más mobiliario que el suelo o la barandilla, se desarrollaron otros dos actos de entrega y recepción simultáneos que dieron de sí lo que se debe pedir de ellos: corriente eléctrica natural.

Después de un sexo lleno de amor, unos besos de postre culminaron un banquete donde nadie pidió la cuenta y Beltrán supo abrir la férrea cadena de sus brazos para dejar escapar a su vecina, que se libró de ellos sin la menor prisa.

El dulce encanto de lo más o menos prohibido les envolvió cuando oyeron abrirse una puerta del piso de abajo, desde donde se oían referencias a una antena estropeada. Desnudos, aún se miraban midiendo el riesgo de ser descubiertos mientras se retiraban cada uno a su puerta caminando despacio hacia atrás, y antes de que el primer escalón de su tramo fuera conquistado ambos se parapetaron tras la puerta sin cerrar del todo, para mirar a través de la mirilla.

Cuando oyeron al vecino entrar en la azotea, volvieron a salir sin hacer ruido y se besaron con infinitas ganas, riendo como locos en el mayor silencio y notando por primera vez en sus cuerpos corrientes de aire producidas por tantas puertas abiertas, incluida la de la azotea, que gracias a la zapatilla no cerró con un portazo la casa de Beltrán.

Ahora sí se resignaron a despedirse y meterse en casa.

En la cocina, mientras la vecina se anudaba el albornoz y tomaba una manzana para morderla, su tía recién despertada le dijo:

-¿Has pensado en ir a ver al vecino? Seguro que el pobre agradece una visita en estas circunstancias.

-He ido a verle, sí, -dijo la vecina-, pero no he llegado a entrar en su casa.

-Comprendo, hija, comprendo, -dijo la tía de la vecina, dándole una palmadita en el hombro.

Vecinos (1).

INDESCONTROL.

La espesa niebla empañaba los cristales de las perpetuas gafas de sol de Pepe Luis Somoza. En su pausado caminar un observador imparcial pronosticaría dos finales no necesariamente alternativos ni excluyentes basados en el suelo resbaladizo y su habitual despiste: o bien un mal aterrizaje o igual un desigual cuerpo a cuerpo contra el muro de arbustos que serpenteaba a su izquierda y que limitaba los jardines de su repentina vecina, una diosa morena recién llegada que le había provocado un escalofrío previo al vértigo. Y gracias a un sencillo gesto: ése que acompaña al subirse de nuevo al hombro el tirante de una camiseta. La dosis mínima de coquetería enviada desde una ventana mientras él tendía las reglamentarias prendas de vestir de un hombre soltero y solitario de nacimiento que, si alguna vez había tenido el valor de estar cerca de una muchacha y mirarla a los ojos, lo hizo en sus sueños, bajo un estricto control onírico de los movimientos y diálogos. Lo justo para recordarlos al despertar durante el mayor tiempo posible.

El hecho es que ahora esta muchacha soñada tenía rostro y Pepe soñó despierto con salir a ese mundo que temía y odiaba para lo que no fuera ganarse el sustento, escondido en esa forma de vivir que decían de él.

Así que Pepe tomó la múltiple decisión de no resbalar ni caerse al brincar, quitarse las gafas y volverse para casa. Esa misma mañana, en lugar de ir a trabajar, iría a hablar con ella. La de la camiseta de tirantes blandos.

De pie ante la casa de su vecina, en el momento de coger aire y tocar el timbre, ella abrió la puerta.

jueves, 27 de enero de 2011

LA MAESTRA PERFECTA

Era aquélla una maestra
que no muy bien enseñaba,
pero tenía una palmeta
que a conciencia manejaba.
Como era bien solterona
y ningún novio tenía,
su mal carácter volcaba.
contra la chiquillería:
palmetazo por allá,
y guantazo por aquí,
era el principal deporte
que ejercía la gachí.
Yo creo que pensaría
"la letra con sangre entra"
y así lo llevaba a cabo
la señorita Enriqueta.
Si viviera en estos tiempos
en los que todo ha cambiado...
para empezar, la palmeta
tendría que haberla tirado
y gran cuidado tendría
de, al alumno, ni tocar,
porque sus progenitores
la podían empapelar.
Si además eran señores
de, "a mi niño ni tocarlo",
podría verse Enriqueta
llevándose un buen sopapo.
Y termino la historieta
de esta singular maestra,
modelo de educadora,
la señorita Enriqueta.

sábado, 22 de enero de 2011

POR LAS PRISAS.

Don Mendo González Puente,

Gran Conde Duque francés,

se la metió a doña Inés,

del castillo de Cifuentes,

por error, dicen las gentes.

Y al darse cuenta, después,

de que no era procedente,

puso excusas en inglés

y se largó al Penedés,

huyendo de los parientes.

Tras él fueron a caballo,

en carro e incluso a pie,

los nobles y los vasallos

para intentarlo coger,

pero él zampó que ¡un carallo

iba a pensar en volver!

Finalmente hubo casorio

por las buenas entre el duque

e Inés en el paritorio

y el primogénito, Honorio,

fue la insignia de sus buques.

En cuestión de la metida

frontal, mira tú por donde,

fuera o no fuera querida,

no traer condón fue parida

que trajo en cambio un gran conde.

Moraleja: ojo al que avisa

de correr e irse corriendo

sin la menor cortapisa:

¡ni conocer la camisa!

como le pasó a don Mendo,

por correr con tanta prisa.

miércoles, 19 de enero de 2011

Primera navidad con Susi

Mi padre dice que Susi no es una sirena, pero yo lo vi. Veníamos de la comida de navidad de casa de la abuela. Habíamos pasado unos días en el pueblo. Mi padre salía con una copa de más, así que Susi cogió el coche. Pero no sólo era la copa. Mi tío Eduardo, que se las trae, le puso en el ponche caliente unas cuantas setas alucinógenas que se trajo de no sé dónde. Las bromas de mi tío Eduardo no tienen piedad. Mi padre vio una rata encima de la mesa, y como Susi y la abuela se asustaron tanto, mi tío confesó antes de que Susi llamara a urgencias. Un poco más y se lía. Nunca he visto a la abuela tan cabreada con el tío Eduardo. Lo que no sabía nadie es que yo le había quitado unas setas al tío Eduardo. Y que no vi ratas, vi dragones. Vi las caras llenas de morisquetas de mis amigos del instituto. Vi a Susi con un aura blanca. Vi a mi madre al lado de Susi.

A la salida del pueblo, en la rotonda, había un control de alcoholemia. Al frenar, se cayó de la baca la maleta con los polvorones y las botellas de aceite y de vino. Mi padre salió del coche con un buen disgusto, y dio un par de tumbos delante de la guardia civil. En el suelo, arrodillado ante la maleta, mi padre puso una cara extraña y dijo que se le había aparecido la virgen. Mi padre miraba a un punto fijo, en la cuneta. Un guardia civil se acercó, le pidió la documentación y le preguntó si había consumido estupefacientes. Mi padre le dijo al guardia que por favor se apartara, que estaba contemplando un milagro, que los dejara tranquilos a él y a la divina señora. Entonces el guardia se puso muy colorado, y Susi salió del coche y dijo que mi padre no se encontraba bien, que lo disculpara, que veníamos de ver a la abuela y que hoy no había querido tomar su medicación. Que lo sentía pero que no le había querido insistir delante de su madre, que no sabía que se iba a poner así. Que en cuanto llegáramos a casa, se iba a tomar su pastilla como siempre y que aquí no había pasado nada. Cuando arrancó el coche, agazapado entre los dos asientos, vi cómo las piernas de Susi desaparecían y, mientras tranquilizaba a mi padre, escuché su canto.

lunes, 17 de enero de 2011

ENTRE VERDADES

La verdad que tú me cuentas
no sé si será verdad;
hay verdades que son ciertas
y otras que no son verdad,
pues en esto de verdades,
y entre tanta variedad,
siempre hay alguna mentira
que al quererla analizar
puede resultar tan cierta
e igual que una gran verdad.
Esto es un pequeño lío
pero lo cierto y verdad
es que tú tienes la tuya
y yo tengo mi verdad.

Tu cruz

Sólo escribo por amor, literalmente
-soy así de osado, de usado-.
Hay un cajón donde duermen
tus poemas pimpinela, los cuentos
impertinentes.

Hay otro cajón donde duermes tú,
amante lector
que no me lees,
que no necesitas mis versos
-menos mal-.

No quiero perderte
en mi laberinto, el Minotauro
no es de cartón.

domingo, 16 de enero de 2011

Haiku

Invierno helado
sumérgete en mi cuerpo
dame la vida.

lunes, 10 de enero de 2011

Cocktailes famosos (4).

Cena en casa de los Van De Tras.

Para no atragantarse con las palabras en su discurso de bienvenida, Josebatman Dolina, el esposo de Genadette Van de Tras, se endilga después del cafelito media botella de orujo que acaba con sus gafas y su calva postiza colgando del ojal, lo que acentúa su mirada perdida y la dota de un aire misterioso. Él expone sólidos argumentos a una lámpara del XVII y pierde la discusión.

Su mujer le mira y, al doblarse para empezar una sonora carcajada, se le parte la faja en dos y la parte delantera de la misma aterriza sobre la bandeja del pavo que, aún vivo, ensayaba la futura posición para la cena: su escena cumbre. Un pavo con pedigrí sabe cómo presentarse ante unos comensales selectos, sin apuntar a ninguno de ellos directamente con la salida del túnel, parte por la que, por otra parte, podría salir disparado un limón o unas castañas utilizadas en su cochura.

El mayordomo, Sebastián Gustias, repone el orden natural de las cosas llamando al orden. Ha sonado el timbre. Llegan los invitados. Comienza a llover fuera.

Se trata de la condesa Dimitrieva Polivalenska, rusa los días impares, que acude con su último amante, el actor de reparto Jonnie Pinberstone, protagonista de la afamada serie “¡Ay chiquillo!”, de la Fox, donde tiene un papel satinado.

La mesa elegida es la bajita, redonda, del cuarto de los niños. Aquí la explicación es fácil: nadie preside, nadie es anfitrión. Los contras, en cambio giran en torno a que hay que agacharse a la altura de las rodillas para llegar a los platos. No mucho, dice Jonnie, oyendo cómo la hebilla de su cinturón le rasga la camisa de parte a parte al ir a por un bollito de pan para picar hasta que el pavo esté en su punto.

-Es que habéis tardado poquísimo en llegar de la estepa rusa, cohone, -dice el marido, agachándose por una aceituna que le arrebata la condesa en el último momento.

Josebatman es generoso y hospitalario, pero no olvida una afrenta como ésta. De hecho, coge el plato de las olivas y lo pone un poquito más cerca de su tenedor. La condesa, ofendida, la paga con un capón a Jonnie, que se traga de un golpe el resto del bollito. Genadette sonríe con precaución y se toca la faja que acaba de ajustar.

Desde el salón se oye una agria discusión mantenida por el pavo y Sebastián en la cocina. No se ponen de acuerdo en el relleno. El cocinero, un especialista en pan con mantequilla, intenta poner paz sin éxito y propone traer otro pavo, lo que hace que el pavo titular, herido en su orgullo, se dirija al horno, lo ponga al máximo de potencia, y se lance al interior apenas adobado, como las vírgenes que dieron su vida arrojándose al Krakatoa para mitigar el enfado divino: todas estaban sin adobar, según las crónicas.

Gracias al exceso de consumo eléctrico y el petardazo de un rayo que entra por la ventana, se va la luz. El pavo habrá muerto inútilmente, piensa el mayordomo, y lo saca del horno medio asfixiado, mientras el cocinero abre el frigorífico buscando la mantequilla que será el primer plato de la cena. Quién sabe si el único.

En el comedor, el anfitrión lamenta haber bebido tanto y se disculpa ante un abrigo blanco que deja de serlo pronto, justo después de que el anfitrión, llorando a moco tendido, se limpie el rimel en él. Como mérito, cabe anotar que no ha soltado la botella de dos litros en toda la tarde.

Por no ser más que nadie, nadie acepta ni menciona el incendio que ha provocado el rayo en el mantel. Ni mucho menos el anfitrión, que se agacha para la última aceituna y sobre la marcha deja escapar una ráfaga de metano a presión, sorprendiendo a quienes se acercaban por su espalda, tanto por el politono como por la llamarada multicolor que prende las cortinas. Al final, los cuatro comensales junto al pavo, el mayordomo y el cocinero, aceptan escapar al jardín, bajo un aguacero de órdago, concediendo pocas probabilidades a que un rayo vuelva a caerles encima. De hecho, cuando la corona de latón de la condesa atrae y recibe de pleno un trueno de los fuertes que riza por completo a la aristócrata, comienzan a dudar dónde sentarse, pero lejos de ella.

Cuando la casa arde por los cuatro costados, el pavo considera llegada su hora y se chamusca al estilo Juana de Arco, perdonando a los presentes.

-Esh tela de coherente er pavo, quillos ustedes: El insenddio era pavoroso, hi, hi, hi, hiiii, -dice el anfitrión sirviendo orujo a discreción sin derramar una sola gota.

Genadette, ante el color azulado de su cara, le da un beso tan atornillado a Jonnie que consigue que éste se trague por fin el migajón del bollito que tenía atragantado. La condesa lo comprende y sólo la falta de munición –al haber cambiado de bolso- hace que Jonnie y Genadette sigan vivos.

El final de la fiesta, con el mayordomo y el cocinero volviendo al pueblo cogidos de la mano bajo un paraguas, es más clásico de lo esperado: los cuatro comensales terminan en un Urge Prisa King cercano, tomando changüises de pavo frío.