lunes, 10 de diciembre de 2012

Grandes entrevistas de la Historia (2)


Charles Darwin.

Sbeshshshhh.
Aparición en posición pronocúbica de hiperplano del codo. O sea, ostión de boca en el suelo. Y aun así, sonriendo.

–Veo su espíritu sólido, don Charles, así como un poco más duro de lo mantecoso. Y buenas tardes, claro está.
–Ay, chiquillo, ¿cómo te va, sabiendo como sabes que dentro de cien billones de años tendrás cejas en las rodillas y te peinarás la planta del pie con la raya en medio?
–Que estoy merendando, don Charles, no me sea escatoilógico; ¿una mardalenita?
–Gracias, amado tatatatatatarabisnieto del trilobites George Middleton Bornes, heredero de los Paramecios de la zona de Iralfredo, hoy conocida como Irlanda.
–Pero cuente algo menos tonto, sil por vous favó, que a mis lectores les va a gustar lo bien que se conserva usted, a pesar de que se murió así, con una poquita de cara de asco.
–Qué bonito es dar con gente como usted, taradito pero que casi no se note. Pues mire, le cuento lo que de verdad nadie sabe, salvo mi rana Lutgardita y yo. La cosa, se lo juro por la receta de la berza, se lió por no tener el frigorífico en condiciones.
–¿Qué me dice?, ¡ay por Dios, pero que alguien pare a este espíritu tuo, que venga un protoplasma con autoridad y le endiñe un rapapolvo metafísico!
–Como se lo estoy contando. Si usted viera la seriedad con que se conservaba todo en el Segundo Cuaternario del Tercer Mesostenio de la primera Post Glaciación, todo esto en Segovia, porque eran doce o catorce, se quedaría de piedra. Y con lo poco que pesa usted, se quedaría de piedra pómez.
–No se preocupe usted si me duermo. Pero, más que nada por el rigor histórico, sea usted breve don Charles.
–Encantado. Después le parto la boca sin prisas. Pues –sigo–, cuando lo de las nieves, cada molécula en su casa y Dios en la de todos, como se decía en mi pueblo. Pero el calor trae la vida, la vida trae la vida social y ésta a su vez el visiteo, raíz de todos los males. De esta guisa, guisar se hizo más fácil, por aquello del fuego del hogar y la sopita de ajo, pero, amigo mío… ¡Ese ajo no era el ajo “de antes”! ¡Y luego… lo de la rata!
–¿Y eso cómo lo sabe usted?
–Por testimonios de la época, aunque con sonido fatal. Preste atención:
–GggggffPjjjj… (Habla Goreliavsa Serna, encargada de la cena de la aldea) “¡Arabatnas, marido y hombre mío, por favor, dime si esa rata blanca, que segrega saliva al verme comer un pollo, no es clavadita a nuestra Morguenia, la que se escapó hace veinte años. Mira sus ojos”.
–Y, en efecto, Morguenia se había adaptado. No sólo sus moléculas la habían hecho difícil de distinguir en las nieves de los alrededores de Móstoles, sino que ella misma, sin gastarse un bollamus (moneda oficial de la época equivalente a un euro con veinte céntimos de vuestra era), se había dado unas mechas. Sin tener en cuenta que las propias canas ayudaban al cambio.
–¿Cuántos bolis gastó usted en sus notas, don Charles?
–No le respondo: le doy directamente el premio de la pregunta más gilipó. Tenga, para su repisa. Se trata del gallombriz, un bicho mitad gallina mitad lombriz. Observe cómo una parte trata constantemente de picotear a la otra, que, a su vez, intenta meterse bajo tierra. Un caso que llegó a los tribunales pues ninguna de las dos partes cedía.
–¿Se queda usted un par de días aquí, o tiene prisa?
–Me voy más que nada porque, en confianza, tengo una tesis que va a poner al Cielo bo-ca-a-ba-jo.
–Miedo me da usted, don Charles, que con la excusa de la muerte le dio por desdecirse y negarse doblemente, lo cual no sé si es afirmación o tartamudeo filosófico.
–En cuanto no tenga nada que hacer, me lío a responder sus chocheras, amigo mío, que cada vez me cae usted mejor. Se trata de algo más profundo: En el Cielo, ¡También se ha evolucionado!
–Pero bueno, anatema, esto… más que anatema, anatema parabólico. No sé cómo maldecirle, a menos que se explique.
–En términos geológicos, hace diez minutos, cuando yo me morí, había infierno, purgatorio… ¡no se hace usted idea! Ahora se pasa usted por allí y ni horarios para las comidas. ¿El pasado glorioso? Ríase usted: ¡ni media etiqueta en los Juicios Finales de planetas como Arganklos, Dimenstorm o el mismísimo Juanetsanti! Allí la humanidad, todo hay que decirlo, es menos pecadora y se contenta con poco, no como aquí. ¡Hieeh!
–No, no una cabezadita. Yo estaba atento, don Charles. ¿Alguna cosa más?
–Lávese usted el pelo, periodistilla. Porque la mugre esa que usted tiene es talmente lo que llevó a los primeros depósitos de fósiles vegetales y de ahí el maldito petróleo, que todo lo mancha.
–No le pienso guardar rencor, porque tengo la casa llena de tiestos. Muchas gracias por su lección magistral y, ya cuando yo reciba el Pulitzer véngase y volvemos a charlar, don Charles, que le he cogido cariño.
–En doscientos milenios me paso y tomamos un bitterñac, que será la mezcla de lo que sobra en los bares y la lejía pura. El aperitivo de entonces.
–Déjeme que le abraz…
–Tesquiere í ya…

Sbeshshshhh…

martes, 4 de diciembre de 2012






En una preciosa mañana de otoño, mientras el sol recorría los cielos, yo recorría las calles de mi Sevilla. Un regalo para vosotros.

Grandes entrevistas de la Historia (1)


Sigmund Freud.

Floush. 
Onomatopeya de algo gaseoso pero con forma. Dícese también de chapuzón suave. Aquí nos quedamos con una cosa como aspersión de gas tenue.
Humo blanco, tirando a vapor de agua finísimo. Se aclara la estancia y aparece el padre y muy señor mío del Psicoanálisis.

-Buenos días don Espíritu de herr Sigmund, y no me diga usted que me siento frente a usted con las piernas abiertas y sin bragas porque tuve un trauma a los cuarenta y siete años.
-Buenos días. No le diré nada de eso, dado su pantalón vaquero, calzoncillos verdes que sobresalen, su barba y sus apenas setenta y dos recién cumplidos.
-Aclarado este asunto herr doctor, quiero yo saber por qué se metía usted esas ideas tan raras en la cabeza, que no le han llevado más que a disgustos y, supongo, preguntas insólitas, incluso cuando estaba usted en la cama realizando acometidas o vaivenes.
-Es cierto, tosco joven; en pleno marzo de 1920, estando yo en un uno contra uno en el hotel Yañestraff, con la señorita Gonzala Möers, se produjo una parada en seco, indicada con la palabra “STOP” escrita en su frente, que me produjo lo que denominé y desde entonces se llama un “corte”, o también “corte de rollo”. En ese  instante, mientras yo trataba sin éxito de encajarme el pantalón del pijama, la hermosa mujer me hizo preguntas que años más tarde califiqué como “carajotas” e “inoportunas”. Eran cuestiones del orden interpretativo de los sueños, asunto sobre el cual yo acababa de publicar un libro que se podría haber leído en su casa en lugar de molestar. Mientras yo me olvidaba del pijama e intentaba que ella hiciera lo propio con sus seis camisones de lana, una y otra pregunta me asaetaron hasta que hube de convenir en contestar alguna.
-¿Puede citar alguna de ellas concretamente, herr professor?
-Sí. La señorita Frau, en pleno reintento de arrebato, me preguntó que qué le parecería retozar en el Himalaya pintados de verde salvo las plantas de los pies. Ella lo había soñado puntualmente todos los miércoles desde que terminó la educación primaria, recibida cada primeros de mes.
-¿Qué le respondió usted?
-Me levanté, salí a por un bidón de pintura verde brillante y lavable, e intenté que pareciera la prima de Hulk. Pero ella ya acechaba en cuclillas y con más preguntas.
-¿Cómo cuáles?
-Dijo haber soñado ser acariciada en medio de un ciclo de conferencias sobre el origen de la corbata, debiendo probarse dichas prendas como único atuendo.
-Dígame, ¿cómo acabó aquello?
-Harto de la situación, y dado que siempre he usado pajarita, bajó mi pajarita, me levanté y mientras me vestía sugerí a la señorita la ingestión de un revuelto de aspirinas y sedantes que guardaba para Patricio, el elefante de mi amigo Gustav Klav Doblav. A los pocos minutos pude irme.
-Y desde entonces… ni una rosca, supongo.
-Mojón pausted, créame, periodistilla de invernadero. Desde entonces, en horizontal, sólo atendí preguntas por escrito y a posteriori, acompañadas de encuestas que acabaron, todas juntas, en la basura. Sin responder. Lo primero era lo primero.
-Disculpe, herr professor, ¿hasta qué hora tiene usted para esta entrevista?
-Le queda la despedida joven. Haberse traído una batería de preguntas mejor hecha. Le veo birrioso.
-Borroso, será borroso; lleva usted tres cuartos largos de la botella de orujo que me había traído de casa.
-Pero era para regalarme, ¿no?
-Bueno, bien, sí.
-Pues adiós.
-Es usted un genio, de verdad.
-Vaya conclusión pobretona. A ver cómo queda mi holograma en la tele. Nosotros los fantasmas somos muy presumidos.

Floush.

Reflejos




No te admiten las mentiras
sus miradas, sus reflejos
del Sol, cuando se retiran,
pero ciegan si te miran
y no estás bastante lejos.

Son sus ojos bravucones,
sin la lógica, a traición,
mirando sin intención
por azar u otras razones.

No te busques recovecos:
en su busca de un latido
te encontrará, habrás perdido
tu coraza y tu chaleco
para flechas de Cupido.

Fijadores por sorpresa,
ser preso vas a querer
quedarte a vivir en esas
miradas que, más que ver,
el corazón te atraviesan.

No avisan y no preparas
tu ánimo, tu coraje;
quieres ser amor salvaje,
donde el tiempo no se para:
donde no cobrar peajes.

Los ojos son faros, puntos
de indicarte una parada
donde empezar algo juntos,
no raíces ya enterradas:
sólo tú verás si paras
y la miras y te atreves
a ver el Sol en su cara.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Grandes batallas de la Historia (XXXVI).


Algunas veces, segundas partes fueron buenas.

En el salón principal del hotel Deskansaki, se celebró el vigésimo quinto aniversario del primer bofetón que se intercambiaron los primeros ministros de Birlenia y Tasconga. Eran los mismos dos, algo más viejos. La hora, siete y media de la tarde con exigencia de media etiqueta, preferentemente la mitad que no pusiera el precio.
Al día siguiente de aquel infausto incidente del pasado, se declaró la famosa guerra de “Dostontos”, que llevó a la ruina a los dos países. A pesar del cese de las hostilidades por falta de ganas, nadie declaró haber ganado ni perdido. Oficialmente, no había sido declarado armisticio alguno.
Acudieron los ministros de asuntos exteriores de toda la zona, desde Kratovía hasta el ducado de Pompistein, representado por el decano de los embajadores, el lord canciller Julito Asbattskzc, quien pudo presumir de haber escupido sin reproches a medio mundo, con sólo presentarse.
De primero se sirvió sopa líquida en cuencos de poco fondo. Ahí tuvimos el arranque de la tensión, que cualquiera habría comprendido.
–Niño, que mañana por la tarde, después de la novela, que te voy a partir la cara. Tráete si acaso dos o trescientos mil soldaditos tuyos, esos tan repipis, y yo me busco una docena de bizarros guerreros, que con eso me sobra –dijo el jefe del Estado de Birlenia al de Tasconga, que ejercía como anfitrión en casa del que pagaba la cena.
El tascongués Chaendler Duffin, dolido como pocos, miró su corbata pringada de sopa de puerros, que no es que estuviera insípida ni fría, pero es que al primer sorbetón que le dio se la vertió encima, como la mayoría de los invitados. No tuvo más remedio que aceptar el segundo bofetón y firmar la situación de guerra, apartado “continuación”.
Los dos ejércitos, cuando bostezaban por culpa de una siesta mal descabezada, asemejaban un coro universal de semidioses aburridos que bramaran desde el Olimpo prediciendo una tragedia en el mundo humano, que con su sangre harán leyenda…
-Ché, autorcito, para una mijita, para por favor. Qué Olimpo ni qué ná. Estamos en una posible refriega de dos países de medio pelo, que caben en Soria y sobra, que lo más que se tirarán, al final, serán las piedras que le sobraron del arreglo de los cuartos de baños, que por cierto, lo han puesto de un buen gusto… y no te digo el color…
-Quieta ahí, conciencia narrativa del escritor, parte cerebral del teórico hemisferio controlador de lo creativo… Anda y vuélvete con Bécquer, que creo que le están haciendo la prueba de balística.
Como decía, los dos ejércitos frente a frente, ¿no?, que yo para esquemático lo que haga falta. Pues pasa el que reparte los cascos, talla única pero con una holgura que da gusto, y el murmullo –Ahora SÍ- es un ruido tipo marabunta. Ahora cualquiera se arriesga a decir que parece que la Tierra De Todos, la TDT, ruge para salvar miles de vidas, o para no tener que gastar miles de tiritas.
La causa del dantesco murmullo es un comentario para la historia:
–¿Y si hiciéramos los platos de “comida no sólida” tomando como modelo estos cascos, con su viserita alrededor y una semiesfera en medio, la cual puede aplanarse por el centro, buscando estabilidad y falta de oleaje en cualquier tipo de sopita caliente a ingerir?, ¿ein chavales?
Se encargó al instante una cata de sopas a celebrar en el mismito campo de batalla. El célebre chief japonés Tutragá Lotó sirvió sucesivas sopas de cangrejo, de ave con fideos y una final semifría, estilo gazpacho pero más ligerita.
La facilidad con que se pudieron ingerir hizo que los cientos de miles de guerreros reunidos en segunda convocatoria aplaudieran con entusiasmo el éxito de la propuesta. Y, al final, con un poquito de agua, se llevaban puesto –y enjuagado- el casco a casa. ¡Pero añadir que el campo de batalla en sí mismo, limpio como los chorros del oro!, porque no se derramó una gota, aunque gracias también a los WC modernos instalados ex profeso para la reunión.
Como era un tercer cabo de mierda el que propuso la solución, cobró poquísimo por los royalties de la idea y la posterior industrialización del plato hondo. No llegó, en euros de hoy día, ni a los catorce millones al año para el resto de su vida, prueba aplastante de lo mal que se paga a los investigadores en cualquier país.
-Bueno, pfff, yo qué sé, ¿no?, o sea –dijo al ser entrevistado.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Grandes catástrofes artificiales (4).


En el Espacio.

En el sótano de la nave de reconocimiento soviética Máspayavoi, haciendo la colada, el capitán y piloto Iván Depris se quedó a dos velas. No sólo echó en falta el cuarto de rublo para hacer funcionar la lavadora marca Komolaniev, sino que se vio falto de luces, entendida como potencial energía eléctrica, y no como incapacidad de razonamiento como sí la entendía la tripulación excluidos él y su cucaracha rubia y alcantarillera Sigrid Sventon.
El hecho no tendría mayor trascendencia si no fuera porque, además de ser el encargado de las toallas de la nave, también lo era de los calcetines. Pensó que NO sería la primera vez que recibiera en plena estación orbital un sobre postal de 40x40, cartón flexible plastificado, con acuse de recibo, enviada por Antonio Puskas, el tovarich número 4 del partido, pidiéndole explicaciones sobre “esas formas” de pasearse sus ingenieros/as por el espacio, esgrimiendo unos cubrepieses que daban grima por la pringue que llevaban adherida.
Al salir a tientas de la sala de máquinas, tuvo cuidado de no pisar a Sigrid y, sin llegar a la docena de golpes recibidos al avanzar en muslos y cabeza, dio con la sala de reuniones importantes, donde, se lo temía, su cachondón segundo de a bordo, el famoso ex torero Poncito el de la Moskova, le esperaba sentado junto a su asiento con dos velas encendidas.
–Se las he sacado por diez kopeks al capellán, reverendo ortodoxo pope Ambroas Malasgratias, señor. Un pelotazo, señor –dijo sonriente al verle entrar y tropezar sólo un poquito con un perchero de roble macizo de los Urales a prueba de termitas.
–A partir de ahora, las reparaciones en el exterior, con botitas. Se acabó –dijo Iván de forma terrible.
Para hacer oficial la medida, Poncito convocó a la tripulación al completo, que acudió a trompicones por los estrechos pasillos que llevaban a la sala. Por el camino, consecuencia de la falta de espacio dentro de la nave –fuera sobraba sitio-, hubo una propuesta –habitual- de mezcla de razas eslavas con otras todavía más eslavas. El capitán tuvo que salir a poner orden y gritó con todas sus fuerzas “¡Mosavé, mosavé, si el resto del día no hacéis otra cosa!”, dirigiéndose hacia el lado contrario del que le enviaba jadeos, cremalleras atascadas y botones al aire. Finalmente orientado, sacó la escoba y destaponó el pasillo de forma radical, como se ha hecho toda la vida con las parejas adhesivas.
Menos mal que no se podía ver el estado en el que acudían las tres tenientas, Sonia Laflautova, Sofía Dinadien y Anastarta Prejinenka, que, junto con el experto en refriegas Igor Dinflón, completaba la tripulación del Máspayavoi.
–Habrá que reestructurar la vida en nuestro pequeño mundo –dijo Iván serio como pocas veces en su vida, dirigiéndose al perchero. Las dos velas mantenían un pábulo de dos centímetros y se procedió a su apagado pensando en situaciones de emergencia.
–Usted proponga, líder espiritual –dijo Sonia metiendo sus dos manos en un pantalón que, gratamente sorprendida, comprobó que no era el de Iván.
–OOOUUYYYch, –dijo Poncito al recibir la intromisión de dos manos llenas de uñas a la altura exacta que provoca normalmente esa expresión.
Sofía y Anastarta derivaron en la oscuridad, como leonas silenciosas, sin rozar ni una sola de las seiscientas bien calculadas sillas de la Sala, de modo que Igor las recibió, igualmente acostumbrado, con los brazos abiertos.
Quizá más que dolido por la falta de una mínima atención, perdido del todo en una oscuridad extensible al infinito del Universo, Iván localizó la puerta, fue al cuarto de mantenimiento y volvió con un fusible en tan corto espacio de tiempo que la tripulación al completo declaró no haber conseguido ni siquiera tres puestas en órbita.
Iván puso en marcha el funcionamiento de la nave. Y las lavadoras. Esta vez, a pesar de los presupuestos para investigación espacial, puso suavizante. Quería limar asperezas.
Hora y media después, con lo difícil que es secar las toallas en el Espacio, Iván volvió a la sala con todo doblado y dijo:
–Para puesta en práctica inmediata, dicto la siguiente circular redonda interna:
“A partir de ya, no sólo calcetines limpios, sino con la ropa puesta. Se acabó el trabajar de dos en dos –usted, Igor, hasta de tres en tres- dentro del mismo traje, aunque se esté holgadito.”
El programa sociológico “Phollastaartarte Dakías Tamarte”, se vino abajo. Desde el centro de control en la Siberia más fría, los ingenieros tiraban a la papelera millones de cálculos que buscaban la reproducción espacial sin fotosíntesis. Ni siquiera candelabros. Lloraban ante el invencible impedimento de una norma establecida en una nave por un capitán, aunque fuera tonto y se equivocara de nave. Sólo algunos sentimentales se quedaron para sí las doscientas cintas de video en formato 3D donde Sonia y sus compañeras rectificaban con sus conocimientos la trayectoria de alguna que otra antena parabólica.
Hasta Sigrid –con una cruz- firmó la propuesta de mandar a Iván a pintar de blanco la nieve de Vladivostok.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Paseando mi ciudad... nuestra ciudad




Hace demasiado tiempo que no entro en esta casa de los sueños que es PARALEERNOS, pero no por eso me olvido de ella y de sus habitantes. Por eso, aquí os dejo unas pequeñas imágenes de esta ciudad nuestra que tanto me gusta recorrer. Mil besos de arcoiris.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Grandes catástrofes artificiales (3).


Funeraria de Cool Krage Count. Missouri.

Adolph Both Brenterley, dueño de la funeraria Pallavás de Cool Krage Count, se murió el gilipó sin avisar a nadie. Y mira que su tía abuela Dermoginalda Brat Both se lo tenía dicho: niño, como se te mueras sin avisar te muelo a palos. De hecho, en el improvisado entierro, la rigidez cadavérica de Adolph obligó a Dermoginalda a sacudir los abdominales oblicuos de Adolph durante media hora, al objeto de que el encaje en su nuevo envase se produjera con cierta facilidad.
El problema ahora era quién se hacía cargo de la funeraria en el pueblo. Doña Dermoginalda salió por patas, a una velocidad impropia de sus años, luciendo en su huída y con la inapreciable ayuda de un viento de fuerza 4, hasta tres de los seis encajes de sus blancas sayas bajo las cuatro faldas negras con que habitualmente acudía a los entierros.
Al no haber candidatos voluntarios ni familiares, el puesto de funératra se decidió –por sorteo- que sería por sorteo.
No hubo campaña para ganarse el voto de los vecinos y obtener el puesto. Al contrario, en varias ocasiones a lo largo del día, algún viandante se paraba en un lugar transitado del pueblo –hasta veinte personas podían llegar a cruzarse con él- y a voz en grito declaraban que, si lo escogían para el puesto de Adolph, se encargaría de darle una frecuencia  extraordinaria a las actividades de la empresa. Como no entendían bien, alguno lo aclaró bien claro:
-Como para el futuro que viene se me cojáisme de archivador eterno de cadavéricos cuerpos presentes, me jarto de matá y de matá, cagonlapeste. Que yo no sé estarseme quieto en mi puesto de trabajo, brazo sobre páncreas todo el día.
Aquello SÍ que estaba claro.
El alcalde, Horacius Pempemtoke Asbad, emborrachó a todos los que pudo para convencerlos, teniendo en cuenta los recortes para borracheras que había llevado hasta Cool Krage Count la temible crisis. Pero de nada le sirvió. Al contrario, recibió un escobazo por parte de Shirley Templeton Subut, esposa de Robin Show Biñopsia, quien estuvo a punto de morir debido al coma etílico inducido por el alcalde.
La solución no llegaba y la gente tenía miedo a morir. Como si antes de faltar el guardafiambres no lo hubiera, pensó el alcalde.
Hubo tormenta de ideas. Algún vecino pensó que la autoconcienciación individual de cada uno por sí mismo, interior y sobre todo intrínseca, podría dar una tecla armónica al desastre aparente de falta de hueco en la eternidad insoslayable. Este vecino fue mandado al pedo, pero no perdió el empleo gracias a que nunca había dado ni golpe.
Finalmente, como en todos los servicios públicos, un hombre gris vestido de gris llegó al pueblo después de leer en las redes Libro Por la Cara y Bailador de Twist que el pueblo estaba sin sembrador de fiambres. El servicio se hizo privado y se individualizó la muerte para siempre jamás en Cool Krage Count, de modo que cada ciudadano, en la espalda, se instaló un dispositivo de movimiento zombie autónomo, con alcance máximo de cinco kilómetros (Cool Krage Count no llegaba a dos de máximo recorrido) y con identificador por código de barras del hueco personal ya establecido.
El alcalde, al ir a darle al hombre gris las llaves de la ciudad, tropezó y se cayó dentro del hueco preparado para su esposa, Almadia Bonella Mona, quien se lanzó dentro a socorrerle. Al salir, hora y cuarto después, con los dedos índice y corazón en forma de V, las ropas en desorden y una sonrisa pícara, la esposa dio el visto bueno al sistema, tanto por dimensiones, anchura y altura, como por frescura con ausencia de humedad.
Por la tarde, se dio un paseo y recogió a su marido del hoyo para cenar juntos.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Grandes catástrofes artificiales (2)


Póker balístico.

En el saloom de la cantina regido por la señorita Propteski, la división de las mesas, al 50% del local, se debe a que las bandas de Maloso Boy y Ferocity Frank se han juntado este día para una partida de póker a las balas.
Las reglas son las de siempre y son bastante claras:
-Bocadillos y refrescos pagados a medias.
-Nada de medias tintas, que manchan las piernas.
-Media hora de descanso para ir al baño y volver. En caso de no volver, el tiempo podría ser ilimitado.
-En caso de empate, tras un máximo de dos desempates, los cuatro jugadores de una mesa debían dispararse entre sí un mínimo de ocho balas, lo que implicaría destreza ambidextra para disparar o gran rapidez para cargar de nuevo el mismo revólver, para lo cual debe dar permiso el que, en ese momento, se tenga enfrente disparando en dirección opuesta a su propio cuerpo. (Este punto se redactó hace tiempo. Hay que mejorarlo en su comprensión y dictado)
-Si persiste el empate, la señorita Propteski la emprenderá a tiros de su escopeta Browning de calibre cañonero y hará saltar por los aires más de un calzoncillo de cuello alto, con su relleno dentro.
El gran cantante mongoleño Aarón KonKo Kakol en persona, mientras no le den, amenizará la velada cantando alegres canciones de su pequeña tierra (tiene sólo doce macetas, pero aspira a más), en las cuales los gusanos se comen el trabajo del hombre y después a los propios hombres. Ley de vida, dice el estribillo, igual para todas sus composiciones.
Se hace un agujero en el techo cuando la dueña del templo del juego inaugura la partida con un disparo. El agujero es más grande de lo esperado, quizá la munición de su escopeta ha sido infravalorada. El caso es que, ante el asombro de todos, del primer piso cae una bañera blanca maciza, de hierro forjado, conteniendo en su interior agua espumosa debida al jabón disuelto, una esponja suave, un patito de goma y los cuerpos de Marguerite Basurte y el caballero Robert E. Huberfinn, prometido y a punto de casarse con la señorita Propteski.
Una vez navegado sobre su propia estela, la bañera se para en medio del saloom y la situación se vuelve embarazosa. Todos los jugadores, tras admirar en silencio la silueta de la señorita Basurte al salir de la tina enjabonada para intentar quitarse de en medio, declaran que la incidencia les ha aguado la fiesta, lo que en parte es comprensible dado que la tubería del agua hace manar un chorro digno de un parque de bomberos.
La dueña del local hace evacuar la estancia, devuelve el depósito de los jugadores y manda a la señorita Basurte a cerrar la llave de paso.
Todo se ha ido al traste.
En la calle, desganados, los hombres de Maloso y Ferocity se disparan sin la menor alegría, sembrando la calle principal de unos cadáveres, sin lugar a dudas, mortalmente aburridos.
De hecho, los dos supervivientes juran que no volverán a jugar al póker jamás en su vida, cosa que cumplen en el acto al dispararse por error la escopeta de la señorita Propteski, mientras regañaba severamente a su prometido, aún dentro de la tina.

martes, 13 de noviembre de 2012

Tormenta


Me senté para sentirme
tranquilo y despreocupado,
en un banco, sin dormirme:
sólo por estar sentado.

Mi paz desapareció
en brevísimos instantes,
por culpa del detonante
trueno que no oscureció,
pero sí que ensordeció
al público paseante.

Para mí que era alemán,
hecho al ruido tormentoso
de rayos escandalosos:
sonó como “¡RRRRtaplán!”

Emergió de fuera adentro,
tono grave y aumentando,
con el asiento temblando
debajo del epicentro.

No giré el cuello en seguida,
por el furor contenido
del sismo no interrumpido
y las ondas mantenidas.

El furor pareció irse,
pero vino con el viento
algo que cortó el aliento
y no era para reírse.

Tranquilo como quien dice,
como quien no ha roto un plato,
no se disculpó del flato
y se tapó las narices

El tipo rió con saña,
y enturbió las relaciones
entre nuestras dos naciones,
pues con esas emisiones
tiritó el Banco de España.