miércoles, 21 de noviembre de 2007

MEDIA CALLE

Dos vigilantes del espacio, agentes sin graduación, hacían su ronda. Discutían sobre la Gravedad Rara, según las últimas tendencias de la Geociencia, y, de vez en cuando, cuestiones más sencillas. El más viejo, Selenio, defendía los sentimientos espontáneos. El más joven, Teluro, los negaba.
-Todo es química, química pura –respondía Teluro a cada intento de Selenio por demostrar sus ideas.
-Está bien, te pondré un ejemplo –dijo Selenio-. ¿Te basta con un ejemplo?
-Con uno basta –respondió Teluro con aparente hastío.
Decidieron parar en una órbita de un planeta pequeño: la Tierra. El ordenador central de la nave, una máquina resabiada, soltó una carcajada con sonido metálico al bajar hasta una velocidad ridícula, cercana al triple de la velocidad de la luz, para poder observar el movimiento lento, torpe y simiesco de los habitantes de esa bola azul perdida en una Galaxia ínfima como aquella. Pero ni los vigilantes ni el ordenador hicieron más comentarios al recordar que ninguno de los tres tenía méritos para aspirar a vigilar una zona de más prestigio. Ni los resultados de sus últimos exámenes presagiaban un cambio. Decidieron ralentizar aún más la velocidad para tener imágenes en tiempo real de lo que pasaba entre los seres humanos.
Enfocaron una cámara de grabación digital casi en desuso pero al menos automática, para captar alguna que otra escena. Al azar, el objetivo se dirigió a una muchedumbre dividida en dos grupos que, a ambos lados de una calle, se enfrentaban. Si bien su intención no parecía otra que atravesar la calle y cambiar de acera.
El ordenador seleccionó a una mujer joven, vestida con un sencillo pantalón azul y una camiseta blanca. Llevaba el pelo suelto y sus ojos miraban a un hombre algo mayor que ella, que dobló un periódico bajo el brazo en el momento en que notó que los ojos de la mujer se fijaban en él.
Al comenzar a sonar un pitido monotono e intermitente, una pequeña figurita verde avisó a los dos grupos para que, entrecruzándose, se dirigieran al otro lado y siguieran su camino.
Pero el ordenador seleccionó en su pantalla al hombre y a la mujer porque, al llegar al centro, se pararon como dos bailarines, se miraron y, girando lentamente, acercaron sus labios a pocos centímetros. Dado que la figurita verde era sustituida con urgencia por otra roja, el hombre y la mujer se separaron y corrieron hasta la acera.
-No ha sido nada extraordinario –dijo Teluro. –Nada ha ocurrido que delate que un sentimiento fuera de lo común haya desequilibrado la mente de esos dos seres.
-Fíjate mejor –dijo Selenio. Y le pasó de nuevo las imágenes grabadas.
-No veo nada –dijo Teluro algo irritado-. Nada de nada.
Selenio, echándose hacia atrás en su mullido sillón relleno de bioxígeno comprimido, se rió de buena gana.
-Hasta tú te has enamorado, muchacho. Cuando el semáforo avisó de que debían seguir caminando, cada uno de esos seres se separó para volver al mismo sitio de donde había salido sin dejar de mirarse. Media calle fue suficiente para enamorarse. 
-Media calle de un planeta perdido –archivó el ordenador. 
-Media calle de Sevilla –aclaró Selenio, encantado.

SIETE

Siete lunas tristes
iluminaron el firmamento.
Siete lunas tristes
llegaron desde lo lejos.

Siete puñales blancos
atravesaron su pecho.
Siete puñales blancos
robaron su sosiego.

¡Ay tristes lunitas!
¡Ay puñales certeros!
Os llevasteis su calor,
entre un suspiro y un beso.

Siete lunas tristes.
Siete puñales certeros.
Rompieron mi corazón
cuando clareaba el cielo.

Siete lunas tristes
robaron su aliento,
dejándola en el azul
como prendida de un sueño.

Siete puñales blancos.
Siete caballos negros,
Apagaron de su mirada
su vida. Todo su fuego.

¡Ay tristes lunitas!
¡Ay puñales certeros!
Os llevásteis su calor,
entre un suspiro y un beso.

Y AL TERCER DÍA

Había comprado el periódico no sabía muy bien porqué. No le gustaba leer, y menos aquellas noticias aterradoras que hablaban de que el mundo acabaría en tres días. -Y ahogado, ¡qué horror!- , pensó - Que muerte tan mala debe ser esa!- se dijo, ella que había estado a punto de morir ahogada de pequeña en aquel barreño de latón donde su abuela la había dejado para lavarla. Entonces no había cuartos de baño ni duchas, ni mariconadas de esas que ahora todo el mundo tenía en su casa.
Miró la portada. La foto que aparecía le sobrecogió. Se estremeció. Sintió un no se qué, un qué se yo. No podía dejar de mirarla.
-¿Para qué habré comprado el periódico?-, se preguntó de nuevo mientras buscaba en su bolso el teléfono móvil. -¿Dónde estará ese maldito trasto? Nunca aparece cuando lo necesito.
De nuevo la foto .Cuando tuvo el móvil entre sus manos, tecleo apresuradamente hasta encontrar en su agenda el número buscado.
-En este momento no puedo atenderle, glu, glu, glu…deje su mensaje, glu, glu, glu…después de oír la señal. Le llamaré, glu, glu, glu…en cuanto me trague toda esta glu,glu,glu.
Sintió frío. Supo entonces que aquello era un mal presagio; su vidente telefónico nunca le había fallado.
Miró nuevamente la fotografía de portada. Sobre ella un titular aterrador: EL NIVEL DE LAS AGUAS ESTÁ SUBIENDO.
-Qué muerte tan mala debe de ser morir ahogado- se dijo mientras fijaba su vista en la fecha de emisión del periódico. Pero…glu,glu,glu…Si es de, glu,glu, glu…hace tres glu,glu,glu, días
GLU…GLU…GLU.

PENEKA

LOS RESULTADOS

Después de muchos años atrapado por la nicotina,

salió de la consulta del prestigioso doctor con la
única e improbable esperanza de resurgir, cual ave
fénix, de las cenizas.

INVITACIÓN

Acércate a mí; no te dejes influir por mi físico; no pienses en mi excesiva delgadez,
en mis ropas pasadas, en mis hundidos ojos.
Ven hacia mí, caminemos juntos, y no tengas miedo, que es sólo un ensayo; aún no ha llegado tu hora.

martes, 20 de noviembre de 2007

TAUROMAQUIA

Primer toro: Palurdo.
750 kilos, negro, aunque lo llaman afroamericano: en estos tiempos nadie quiere follones políticamente incorrectos. El rabo, cualquiera de ellos, enorme. Irrumpe como un rayo. Tanto, que empieza a lloviznar.
El maestro Colmerillo lo intenta recibir a puerta gayola, pero ve más prudente hacerlo a puerta blindada. Sale por los aires de todos modos. Los de la cuadrilla intentan distraer al morlaco a base de tangos pegadizos. Todos, sin excepción, acaban en la segunda tribuna. Sale de nuevo el maestro, segundo tercio. El, solo, quiere picar al toro. Le zampa tales cosas de la vaca Ernestina, su pareja, que lo deja abatido. Salen los primeros pañuelos, casi todos de papel. Y es que todo se pierde. Agarra el diestro las armas de matar, y se encara con el toro. Este, resabiado, le recuerda lo de su mujer, Mariqui, con aquel viajante de Santander. El torero tira la espada y le dice que venga, vale, a puñetazos. La prensa, al día siguiente, destaca cómo acabó el toro con uno de los rabos hinchados de una patada traicionera. Y el árbitro que no quiso ni verlo.

Segundo toro: Súllivan.
800 kilos y tal cara de mala idea, que abren la puerta los geos, dentro de un tanque doble, frío. Marrón caquita casi todo, con manchas, también de caquita, más oscuras. Dos cuernos que, vistos desde lejos, hacen pensar en que ningún matrimonio puede llegar a buen término: Ahí hay cuernos para todo el mundo.
La cuadrilla de Bandurrita, que toma hoy la alternativa, ha ido a por tabaco. Se queda sólo y recibe al bicho a una prudente distancia de 226 metros, utilizando unos buenos prismáticos. El respetable no respeta nada, con lo que han pagado por la entrada, y devuelven al diestro al ruedo de una forma, la verdad, poco respetable. Cuando casi se ha puesto en pie, el toro ha tenido tiempo de reenviarlo al palco presidencial. Considerando cambiar su nombre por “Bolatenis”, el torero inicia lo que se llama una carrera prometedora, a un ritmo de 3’15’’ por kilómetro, hacia su pueblo. Al toro le mandan una citación judicial que rompe con chulería. Acaba indultando al público y se va a los corrales. Allí, una multitud de vacas jóvenes, lo reciben mugiendo a gritos, las descaradas.

Tercer toro: Chorrete.
520 kilos. Su entrada, carraspeando, hace que se le pregunte por su salud. Responde que no hay que preocuparse, y que no ha querido coger la baja. Tiene familia que mantener. El público agradece el detalle, con media ovación.
El maestro, el consagrado Gallardo II, hijo de Gallardo III (la familia se vino abajo y vendió una I), avanza hacia el toro, gris y marrón total, a saber en qué proporción. Se encienden ya las luces artificiales y un aficionado pide música. Cuando vuelve en sí, este aficionado ya está bien atendido en el hospital, junto a sus seres queridos. Por el transistor, sigue el desarrollo de la corrida. En la arena, el diestro coge arena y la lanza al toro, a los ojos. Siempre ha maravillado, desde lejos, cómo este torero de fama ha conseguido lo que se diría nublar la vista de sus enemigos. Nadie sabrá jamás el porqué. Porque nadie lee mi columna. Empieza entonces ese mágico carrusel de pases de pecho, tórax y abdomen con el que regala en sus grandes tardes el maestro. Él mismo se emborracha de su arte, y, aprovechando la suave brisa que su baile de muerte, danza de dioses, hace nacer alrededor del toro, tiende algo de ropa entre los cuernos. La faena provoca que el tiempo se detenga. A qué cielo nos lleva este hombre toreando, por Dios, dice un aficionado antes de cortarse las venas. Mucho antes. Llega la suerte final. Nadie acepta que un picador profane el suelo que torero y toro, toro y torero, tararí, tararí, han grabado para la leyenda esta tarde. Toma la espada. Yo tengo bastos, envido, responde el toro. No pico, te voy matar bastante. Pues tú verás. El público enmudece y se pregunta, por tanto por señas, cómo acabará todo esto.
Llega, en el último instante, como bajado de su coche, un veterinario con el historial clínico de Chorrete, que reparte fotocopiado en octavillas. Es atronadora la petición de perdón y devolución para este toro. Y del dinero. Se conceden ambas cosas. Es el delirio. Y este cronista ha vivido para estar allí y contarlo a los buenos aficionados.

Decepción

Bajo la primera capa de barro que quitaron, apareció una imagen sorprendente que no me recordaba a mi padre, con su recta nariz de marqués. Ni a mi tío Pedro, con barba de viejo hidalgo orgulloso y sin fortuna. Pensé en el abuelo, al contemplar sus cejas tan pobladas y su boca, de rasgos duros. Seguro que no era él.
La semana pasada, tras regar y abonar la tierra recordé a los tres: un filósofo, un matemático y un físico. Tres premios Nobel en una misma familia. La cara no era de ninguno de los tres.
Tras mirar con más atención, caí por fin en quiera: La cabeza que asomaba era la de Claudio Mercado, un vecino inoportuno que apareció mientras decapitaba a mi padre, mi tío y mi abuelo.
Una cara sorprendente, pero una gran decepción para mí, que soñaba con sembrar mi jardín con ideas brillantes.
Estoy seguro de que la policía lo entendió.

INCERTIDUMBRE.

Cuando cerró la puerta, me quedé pensando qué me habría querido decir con esas palabras:
Si era por mí, dejaría de pagar la mensualidad a mi guardaespaldas.
Si lo decía por mi mujer, ella dejaría de pagar la mensualidad a mi guardaespaldas.
Si lo decía por mi guardaespaldas, dejaríamos de pagar la mensualidad a mi guardaespaldas.
Se habían vaciado los tres cargadores, pero no sabíamos repartirnos las balas.
-Estás muerto –había dicho la tonta sin ojos de la sábana blanca y la hoz, sin especificar a quién se dirigía, antes de darse la vuelta y cerrar la puerta por fuera.
Y allí nos quedamos: los tres, callados en la habitación; ellos dos, mi mujer y mi guardaespaldas, desnudos en mi cama, sin saber quién era el elegido, qué había querido decir exactamente con esas dos palabras.

Habló el Papa

Anoche habló el Papa y me quedé estupefacto.
-¡Ni una bomba más! –tronó.
Entendimos que ni una atómica, y un guiño del secretario personal nos lo confirmó.
La gran mesa nos dividía: Junto a él, los doce que podían pagarla. Enfrente, los doce que dependíamos del PIB para apenas dar la entrada y acordar los plazos.
De forma sibilina, los doce se acercaron al Santo Padre hasta recrear de modo fidedigno la escena de la Cena, en una coreografía perfecta.
Pero no sería tan sencillo: Traíamos popes, brahmanes y santones. Y bien provistos de escapularios y huesecillos mágicos. Incluso un zombie auténtico.
Sonriente y conciliador, se levantó y leyó el verdadero mensaje, el gran Misterio:
-Armaos los unos a los otros como yo os he armado.
Y extendió doce albaranes.

Eso sí.

Atardece. Una mujer espera el crepúsculo para que aparezca su hombre lobo. “Mirando al cielo suceden las cosas”, se dice, ilusionada. Hasta que se da cuenta de que el Sol se ha atascado en una montaña. La mujer se desespera porque ha venido sola y no tiene quien le ayude a desengancharlo, de modo que hará lo mismo que otras veces: juntar todas las nubes posibles y formar una inmensa cubierta negra que colgará sobre los árboles del bosque. Eso sí es capaz de hacerlo, no será la primera vez.