sábado, 20 de octubre de 2012




Un nuevo paseo...unas nuevas imágenes de esta ciudad que tanto quiero. Disfrutad de ella.








Ayer me fuí a pasear con mi compañera inseparable, una tarde fresca y lluviosa de otoño...Sevilla estaba más bonita, si es que eso puede ser posible...Y miré aquí y allá...Me dejé enamorar por ella...por sus rincones, por sus plazas, por su ambiente. Estaba llena de gentes alegres y disfrutando de esa preciosa tarde. Ahí os dejo algunos momentos captados y muy, muy sentidos. Disfrutad amigos de paraleernos.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Rumores y demás (1).


El cura Jenson GarciGómez  tiene un reloj que da la hora pro nobis.

Marcela Dora ha denunciado a su marido por follar con gafas el pasado martes. Vecinos y familiares intentan consolarla a la espera de la vista previa.

La campana de la Iglesia retrasa cuando le tiran tarde de la cuerda.

Mi primo soltero, el número de la guardia civil, se enfada cuando le llamo número primo. No sé si decirle que ascienda o que se busque pareja.

Acabo de cantar y subo la persiana para recoger  las verduras lanzadas desde las otras ventanas del patio. Hoy, doña Parmenia, la del tercero, me ha tirado cogollos porque sabe que tengo visita. Después, hemos retirado la ropa tendida con rapidez, pues también el Cielo ha ejercido su protesta con una tromba de agua.

Salgo de la casa verde con un sentimiento de absoluto desconstreñizamiento. Se lo hago saber a mi psiquiatra, doña Felisondra Bapsats, y me dice que me pinte de otro color. Quizá tenga razón.

No vuelvo a bailar con Jessica Herzoi. Me hace girar a la misma velocidad que el disco de vinilo y hoy un gracioso ha traído un disco antiguo de 78 revoluciones por minuto (de los chicos). He acabado en la tienda de enfrente y hasta que mis dientes no han vuelto a su lugar yo no he vuelto al baile.

Ayer mi bisabuela recibió el Nóbel de Física Tísica pero, como prometió, no saludó al rey de Suecia. Su madre, aferrada a las ideas republicanas, le dio un buen golpe al monarca y lo guardó en el guardarropa hasta que terminara la ceremonia y su hija recogiera el premio de manos de una corista guapísima.

sábado, 6 de octubre de 2012

AL FINAL, COMPARTIDA CON PARTIDA FINAL.



Me pidió Laura un poema
de menos de diez cuartetas,
que hablara claro del tema
de lo que la mujer quema
a tres cuartas de las tetas.

Le dije a Laura que sí,
y le pedí un adelanto,
a lo que preguntó “¿cuánto?”
“cuanto encuentre yo de ti
cuando te retire el manto
bajo el que te descubrí”.

“No es que el dinero desprecie,
es que, rozando tus pieles,
quiero cobrar en especie
aun perdiendo los papeles.”

No le pareció mal trato.
Me dijo “poeta, igual
pagué al pintor que, manual,
me pintó ayer un retrato.”

Miradas sin empalago,
con su amor dulce y perverso,
le añadí unos cuantos versos
por buen cobro y pronto pago.

“También, poeta, el pintor
cobró así y dijo: antes de irme,
te regalaré una flor
pintada en tu carne firme.”

Desnuda, me miró altiva
con toda la cara dura;
“o rimas con la pintura,
o buscas alternativas”.

“Prefiero compartir cuernos
de pintor desconocido,
pero no dejar de vernos
para no verme perdido.”

Una pierna me atasqué
con la ventana al saltar,
oyendo al pintor llegar,
preparado su pincel.
Laura, sin pestañear,
me propuso “quédate”.
Al final le saludé
fríamente, sin rimar,
pero después me largué,
porque, de tríos, ni hablar.






martes, 2 de octubre de 2012

Recuerdos de viajes (10).


Desierto del Sahara.

Mientras me guardaba su grapadora en el bolsillo de atrás del pantalón, la gerenta, directora, dueña y empleada única de la agencia de viajes nos informó de que este tipo de excursiones sólo incluyen el billete de ida. Como andábamos cortos de beneficios, de liquidez y de dinero, nos apuntamos. Eché de menos mis gafas del cerca y volví al despacho, donde la gerenta me las cambió por la grapadora y veintidós euros para no ir a juicio. Acepté.
La salida se haría de noche, para aprovechar si alguno quería extraditarse o llevarse algún dinerito fuera de España, para que no se quedara aquí aburrido. Son gente que no se queda por el interés. Unos verdaderos patriotas. Comprendí lo del billete unidireccional.
Me tocó en el asiento de atrás un señor escuálido con gorra blanca, de camisa desabotonada y dientes amarillos. Le dije que dejara de tocarme y se fue a buscar otro con quien sentarse. Lo vio desde la puerta mi cuñada Fuencisla, que viajaba esta vez conmigo para cubrir la baja de mi mujer, mucho más baja que ella. Antes de dejar el bolso en la parte de arriba del equipaje, se fue a por el de la gorra y le pateó la zona del psoas y la de los huecos poplíteos (antiguas corvas), provocando así su incapacidad de decirle dónde le dolía al médico de la expedición.
Así me hice respetar en el grupo.
El conductor ordenó sus botellas por orden de graduación alcohólica y salimos a la hora siguiente en punto de la prevista.
El viaje era largo, pesado y lento, pero logramos que, gracias a los cambios de ruedas por turnos y la reposición de aceite entre todos, a la que contribuimos dando el de las latas de anchoas, se pudiera hacer insoportable la mayor parte del tiempo.
Llegamos de todos modos a las grandes dunas, donde no faltaban los vendedores de pañuelos que además regulaban el semáforo a su voluntad. Hubo uno al que tuvimos que pagar los 650 dólares que pedía porque no había forma de que nos dejara seguir nuestro camino en paz.
Ya metidos en arena, comprobamos que prácticamente no hay que empujar cuando el autobús se atasca algo cuesta abajo. En cambio, para subir, sólo permitían quedarse dentro al conductor con sus botellas, para no perder el rumbo.
La primera noche fue especial, pues nos sorprendió de pronto, como cuando se apaga la luz en casa y a ti te coge yendo al servicio. Allí, por la orientación nasal, era fácil encontrar donde descargar tensiones internas, pero volver al autobús no era tan inmediato, de modo que pusimos una cuerda atada al volante por la que se iba y se volvía del lugar en sí, donde la mayoría, después de realizarse personalmente, reconocía haber echado tierra al asunto.
Un tal Galateo, jefe de piratería informática de la empresa alemana Frau Dülent, tardaba más de lo habitual en volver tras su promesa de hacerlo. Decía orientarse por las estrellas de su país. Se propuso una expedición para buscarle pero los elegidos estaban ya dormidos y lo dejamos hasta que amaneciera. Unas horas después volvió perseguido por dos serpientes negras que Fuencisla retorció, rebanó, adobó y puso como tentempié al día siguiente, al punto de sal.
De monumentos y estilos arquitectónicos vimos poco.
Se nos acabó el agua y dije de parar en un oasis, el Freshosho, donde me pedían dos nóminas y un avalista para la botella de litro y medio que soñé con comprar. Salí con los impresos, pero los tiré a una papelera situada junto a una palmera, a la salida de la sucursal. Para más INRI, la comisión de apertura era de doscientos dátiles. Un abuso.
Mi cuñada no perdió el tiempo.
Ella es de bailes lentos, o sea, pasomitad, pero se había entrenado con el Waka waka shakireño en el distrito, cuando se reúne con las amigotas, y con el Wifi del autobús –gratuito- se empapó bien de las antiguas danzas pro lluvias comanches.
Bajó, se bajó los pantalones y con un paraguas donde colgó un collar amarillo de miles de perlas se lanzó a la frenética petición al dios Mojagua para rociar el planeta hasta el nivel de charco bajo/medio.
Sus chichas cintureras en plena turbulencia, junto con su interpretación libre de los pasos principales de la danza, produjeron una lluvia extraña. Supusimos que el dios, para parar aquello, envió el agua de una sola vez, en una única e inmensa gota que nos sorprendió. Pero nos dio tiempo a mojarnos y guardar agüita fresca en las botellas, cacerolas y bolsillos de los impermeables.
Nos quedaba ver pasar alguna típica y lenta caravana de camellos. Sólo pudimos ver ochenta y dos de las cien prometidas, pero bueno, dijimos, así es la vida.
Dimos la vuelta al autobús y relevamos al chófer hasta que el delirium tremens se le viniera un poquito abajo. Prometió dejar el alcohol y dedicarse al agua oxigenada, una vez que los efectos devastadores de tanto golpe etílico le habían provocado casarse seis veces con la misma persona, jurando a voz en grito no recordar nada en cada una de las ceremonias religiosas.
Al irse al asiento de atrás, hubo que dar un volantazo para evitar atropellar a una tarántula que finalmente se llevó un fuerte golpe en el hombro con el retrovisor. Después supimos que nos denunció por haber recibido un espejismo.
Llegamos bien y nos fuimos a descansar.
Antes de separarnos, rellenamos el impreso de “comentarios y posibles mejoras del viaje en particular y de la agencia en general”, y se lo hicimos comer a la dueña.
Aún así, la incansable Fuencisla ya tenía en mente otro periplo, esta vez a un lugar incomparable: New York City, Addis Abeba, o una tienda de electrodomésticos de segunda mano de Jerez de la Frontera. Lo que sea más fácil. 

jueves, 27 de septiembre de 2012

Recuerdos de viajes (9).


Viaje a una finca de Varas de la Higuera: “Las moscas”.

La finca pertenece ahora a don Fidel Hidad, un camorrista y jugador que se la ganó al póquer al tonto del pueblo, Urbano Guardia, una noche en la que el pobre pueblerino llegó con una chaqueta sin mangas. Para compensar el precio de la finca, (de casi sesenta y dos euros según tasación posterior), Fidel tuvo el detalle de entregarle en metálico dos millones de euros de los que llevaba encima, tras lo cual se dieron la mano, y los presentes dieron por bueno el consejo dado al infeliz Urbano de que no volviera a jugar más con gente tan lista.
En la actualidad el propio don Fidel corta las entradas al entrar mientras indica el camino con menos plastas vacunas al magnífico establo donde esperan muchas más plastas que esquivar. Al que le enseña las suelas limpias al salir le da un chicle.
El turismo gastronómico está en pleno auge, decía la radio de lunes a viernes y mi Constanza y yo, que nos aprendemos de memoria todos los eslóganes publicitarios (hasta la letra de “es el Colacao, desayunos y meriendas…”) nos apuntamos. Fuimos porque nos invitaban a comer de todo lo bueno que tiene el campo: magdalenas rellenas de crema industrial de sabor único, coñicaos, cosas light, leche sin calcio, nata, crema, superado el color blanco… una cosa atractiva.
Mi Constanza es más exigente que yo, mucho más, y pidió un guía. “Enseguía”, respondió don Fidel y soltó a Cañamono, un perro con buena nota en el bachillerato superior, capaz de llevar a la gente al Polo Norte y volver él solo con las carteras de los expedicionarios. Con dos mordiscos recíprocos nos hicimos amigos para siempre.
El recorrido comenzaba con una charla sobre la carne masticable. Como nadie la recordaba, don Fidel se remontó al año 1950 y a los filetes argentinos, esos que nadie llegó a comprobar que existían. Tomamos apuntes y a mí se me cayó la libreta debajo de la falda de una muchacha joven, que al darse cuenta del incidente me regaló un bofetón que se ahorró mi mujer.
Después de ver la fotocopia de un bistec firmada por dos notarios y el toro Sotavento, pasamos, por huevos, al gallinero, aunque todos fuimos por las buenas.
-Se trata de comprobar la diferencia entre estos huevos y otros. Como no tenemos otros, vean que no hay diferencia entre los nuestros, puestos por gallinas con el síndrome del interrogatorio, ese que, en cuanto las ven que van a pegar ojo, les enchufan una linterna entre ceja y ceja y les hacen preguntas sobre sus amigos, su NIF y su domicilio, además de dónde estaban el 23/2/1981. Que nunca se sabe.
Don Fidel explicaba estas cosas con una alegría de chiquillo.
En este momento, el encargado de hacer lo que le salía de los huevos en la granja, un tal Lucindo, abogado del Estado, nos hizo una tortilla, que él titulaba “Preg difaloi a le creçón”. Hubo uno que no entendió la explicación de cómo la elaboraba y se la comió. Nos juntamos con él al final de la excursión, porque se iba más cómodo en la ambulancia.
El siguiente paso era ver cómo las cabras de la granja se comían los pañuelos de las mujeres. Hartas de franela, estaban ansiosas de que empezaran estas visitas y probar sabores nuevos, desde la adorable seda hasta la lana fría, que se sirven ellas como tentempié. Allí se quedaron dos foulards, tres bufanditas ligeras y un mantón de Manila que llevaba doña Sarabia de Meñalbes, que recibió varias embestidas de los familiares de “Panameña”, la cabra que se lo engulló en dos bocados.
De inmediato, para cumplir con el programa, don Fidel se fue como un cohete a explicarnos los cultivos. Para ello, nos dijo, cuento con una base sólida, el terreno, dicho lo cual desapareció en un agujero de dos metros que había detrás de él.
-No alarmarse, -dijo saliendo con el megáfono expulsando arena-, sigo aquí para lo que necesitéis. Cuando encontró las pilas del megáfono, don Fidel ya estaba de pie otra vez, crecido y ganado en experiencia.
Nos explicó que había intentado sembrar cosas muy distintas, para así, si te coge un “factor malo”, se te estropea casi todo, pero queda algo. Lo entendimos todos y aplaudimos hasta que nos explicó qué había sembrado: palmeras, cactus y postes de la compañía telefónica “Dilotod”, que atravesaban la finca y por los que le pagaba ciento cincuenta mil euros a la semana a cambio de llevar sus servicios a toda la provincia. Como efectos secundarios, le preguntamos qué pasaba y él, con su dedo séptimo de la mano derecha ya bien crecido apuntando hacia arriba, nos hizo una postura igual que la que se hace con un dedo de los cinco de siempre.
Agradecidos, nos fuimos después de dejar abierta la espita del gas, pero el jodío Cañamono se percató y la cerró de inmediato.
Al llegar a casa, una vez despiojados, escuchamos un mensaje de la agencia de viajes, que nos ofrecía un periplo de siete días por el desierto del Sahara con un plátano, dos calcetines nuevos, medio litro de agua y un bocadillo de sardinas arenques por persona y día.
Comparando las condiciones del viaje anterior, aceptamos inmediatamente. 

jueves, 20 de septiembre de 2012

Recuerdos de viajes (8).


El Cielo.

Me dirijo al más si no conocido sí más publicitado: el cielo católico. Los de la agencia querían algo parecido a un crucero pulserón con Todo incluido (una paradita hoy en el Más Allá, mañana otra en el una Mijita Más Allá Aún…, mucho video de Charlton Heston…, sin pararse mucho en ningún Paraíso concreto), pero nada más ver los precios del Valhalla me llamaron diciendo que tendríamos que ser lo menos cincuenta como para que saliera a cuenta.
Subí al  milagribus y me puse el mp3 de los benedictinos, para ambientarme.
La entrada, de entrada, bien: hierro forjado, cuatro bisagras por hoja y goznes engrasados. Llamando al timbre, te abre San Pedro desde la garita con un botón. Apenas te echa un vistazo y la mayoría de las veces no suelta ni el periódico, te sonríe desde lejos y deja que cuatro ángeles lakers de 2,15 te cacheen bocabajo antes de pasar a un saloncito. Más de una vez se cuelan los céntimos sueltos del bolsillo en unas ranuras que sabe Dios dónde acaban. Será ese poco dinero que llueve del Cielo del que tanto hablan, la Pedrea.
Lo que cambian las cosas dependiendo del sitio, oye. A mí me vuelve loco una pringaíta, con su carne, su morcilla y su tocino; pero de entrada, como iba comido, yo me había hecho a la idea de un dulcecito cuando me ofrecieron un tocinito de cielo. No tiene nada de malo, -dije- y engullí el tentempié. Riquísimo.
Aquí los archivos los lleva un Yanomami llamado Yonomellami –Yono para los amigos-, que no cree en nada malo ni bueno. Es lo mejor. Así nadie le vacila de su sistema y –a pesar de su legendario analfabetismo- no se ha perdido un papel en todo lo que llevamos de Eternidad.
Pregunto por algún santo y no es tan sencillo ni tan inmediato como me creía yo. En confidencia, me dice Yono, alguno de los que están no parecían a priori “tan” de “ser los que sí que son” y más de uno que se creía que sí era de los que son, resulta que no están. Vamos, que se han tenido que devolver estatuas que estaban terminadas, como en los Oscars.
-Pero el calendario Pirelli… -aduje como prueba irrefutable.
-Que, por cierto, las niñas que salen están de vuelta y vuelta, -dijo Yono sonriendo picarón-. Pero tiene usted razón, amigo mío, la verdad es que el santoral no  refleja el día a día.
-Entonces… -dije.
-Déjelo usted estar, -me dijo- y váyase a dar una vuelta por ahí, hombre, que se sentirá usted ligero, sin caer en lo light.
Nos abrazamos como viejos camaradas y me adentré a buscar el “Meollo”, lo que provocó que me mandaran a los servicios al pensar que me hacía ππ.
Andando por los suaves pasillos acolchados, vi a gente sonriente, amable, en su peso, vestidos con sencillez con una ropa que no pasaría jamás de moda. Gente con Todo el Tiempo por delante, algunos de ellos quejándose levemente de los horarios para desayunar.
La visión, tenue a veces, más clara en otras, era el lógico producto del reflejo del paso de distintos soles, algunos venidos desde varios años luz de distancia, lo que provocaba apagones discontinuos, a lo más de dos o tres millones de siglos. Pero nada de enchufes, aquí todo es natural, decían los de mantenimiento con un guiño.
La comida bien. Después del aperitivo engañizo pero no engañoso del principio, comimos alas de paloma con cabello de ángel caramelizado y una infusión con una nube de leche acompañada de pastelitos de gloria. Yo los huesos de santos no quise ni tocarlos y se los pasé con el pie a Lassie, que andaba por debajo de la mesita.
Después vino el plato fuerte. El encuentro con Él.
No me parecía tan alto como en las fotos, pero claro –y se dio cuenta, vaya si se dio- “eso de la semejanza se queda para los triángulos y figuras Tales” -dijo en un chiste magistral-, “Yo mido lo que me da la real gana, a estas alturas no me voy a poner cotas”. “De techo tengo el cielo, soltó”. Ya digo, un saber ser y estar por encima de Todo.
Resultó ingenioso y conciliador, porque sabía que yo no andaba muy devoto desde que nací. Pero me dio unos prospectos, hizo un par de buenos trucos (desaparecieron dos de mis caries) y me acompañó a la salida.
-Tengo alguna que otra pregunta, si pudiera ser, -le dije al estrecharse de verdad mi mano al estrechar su mano (tremenda la fuerza: debí poner nueces en medio y aprovechar para abrirlas).
-Pide hora y si puedo echamos un ratito de charla, -me dijo-. Hoy estoy liado de veras.
-Vaya por Usted, -le dije abriendo los brazos, y se dobló de la risa.
Hizo “plic” con dos dedos y lo de “viajar rápido” se queda en calzaslips  comparado con lo que tardé en estar en mi sillón, leyendo un cómic nuevo de Batman. Se lo agradecí, porque los dibujos son impresionantes.
Pues bueno, aquí ando con la chavalita de la agencia, dejando recado para que, en cuanto tenga un grupo mínimo, me vuelva a avisar. “Esto de los viajes individuales no nos sale a cuenta”, me recordó sonriente.
Al salir, esta vez sin darme con la puerta de cristal en la cara, miro la hoja de septiembre del calendario Pirelli de la pared y de forma instintiva miro a la chavalita. En silencio, me sonríe, confirma y me dedica una bajada de pestañas que me lleva el corazón al Cielo. Y sé de lo que hablo.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Recuerdo de viajes (7).


El Purgatorio.

Yo había estado jugando por la mañana con el perro del niño, que se mete en todos los charcos del barrio. Hartito estoy de decirle que lo bañe antes de entrar en casa. Pues nada. Y así, cuando quise entrar en el Prelavado de las Almas, el guarda me largó con cajas destempladas:
-El pulgatorio, so tío guarro, es usted, que viene hasta el móvil de piojos, chinches, garrapatas y pulgas. Hágase usted una desinfección a fondo, más bien directa e inmediata, sin descuidar las intrínsecas partes. Aquí no le dejo entrar llevando tantos bichos encima que, además, no pagarían entrada.
A mí nunca me habían puesto la cara colorada. Me gasté veintiséis centímetros cúbicos de gel prohibido para ministros, o sea, antiparásitos, y le di un cachetazo al niño, al que metí junto al perro en la bañera que yo había abandonado. Allí los dejé en remojo y volví al Lugar en cuestión.
-Buenas, -dije levantando los brazos expendedores de un aroma recio, de lejía.
-Ande y siga todo recto, sin llamar la atención, -me dijo-, que hoy está esto lleno de sentencias indecisas, vaguedades e indefinición de altas ni bajas. Como si hubiera huelga.
Descubrí en efecto que las calderas purificadoras estaban con el botón en “mínimo”. No había ni gritos ni susurros. En fin, vi poco ambiente.
El portero me sorprendió jugando con mi primo por el móvil reluciente y vino a avisarme. Que resulta que se había recibido una “Duda”. Que de ahí lo del mariconeo en el ritmo y ambiente del Lugar.
-¿Qué tipo de duda?, -pregunté.
El portero, mirando hacia todos lados, aceptó mis cinco euros en monedas de dos y me dijo por lo bajini:
-Del centro de operaciones, cuya comunicación con el Todo es Total.
-Ya, -le dije-, que hay alguna encíclica de esas con mensajitos De Turbatoris Trolis, ¿no?, ¿ein?
-Shhh, silencio, capullo –me dijo amablemente el portero- no me comprometa-. Parece ser que discuten si existimos o no.
-Puede usted cogerme declaración, subnormal, -le dije con una sonrisa arrebatadora-: no dejo de estar aquí, con una asepsia tanto física como espiritual.
-¡Ay, tarado, si todo fuera tan fácil!, -me dijo entornado sus ojos-; si Ellos dicen que Esto no lo hay, es que Esto no lo hay.
-Verá usted, querido imbécil, -le espeté con una dulzura inmedible-, ¿debo entender que, caso de negación Existencial de esta Semieterna o Preambular Estancia por parte de las autoridades eclesiásticas, siempre infalibles, acabaré otra vez, de forma inmediata en el garaje, limpiando los zócalos? Y otra cosa más, sublime chafardero: ¿me devuelven el dinero del viaje?
Antes de que el chufla en forma de celador me contestara, aparecí en el Vaticano. Unos doce mil cardenales se levantaron y empezaron a hacer girar sus cordones de color púrpura. Multipliqué y a base de ser golpeado por los nudos de dichos cordones, podría darse que el número total de cardenales de la estancia llegara fácilmente a los ciento cincuenta y seis mil, todo ello en menos de una hora y cuarto.
-Ustedes dirán, -dije queriendo tomar asiento, pero cayendo en el suelo al apartarme alguien el sillón –“El Sillón”, me dijo el atento guardia suizo encargado de su custodia-. Me levanté y apenas se rieron dos o tres mil, nada más.
-Hemos decidido esto. Y no verte más ni con los del Imserso, -dijo uno de ellos.
Una mano enguantada me puso en la mano ciento ocho euros.
-Laggo dasquí, -me dijo en perfecto francés el portador del guante a su vez portador de la pasta.
-Faltan doce leños, usted perdone, -dije.
-El diez pog siento es gasto fijo, -me dijo poco prolijo.
Salí de la Santa Sede sin poner un solo pie en escalón alguno. Para eso confiaban en un perfecto rodar por las magníficas y tupidas alfombras que cubrían sus escaleras.
Aparte de esos trompicones, el viaje de vuelta se me hizo cortísimo. Un pis pas.
Y hoy, en el garaje, con los zócalos relucientes, y en compañía de mi niño y del perro, rememoro la experiencia y pienso en un collar de esos que venden contra todo tipo de insectos. 

martes, 18 de septiembre de 2012

Recuerdos de viajes (6).


Vuelta al Infierno.

No es que se me hubiera olvidado nada allí para tener que volver. Pero ante la avalancha de comuniones, bautizos, bodas y romerías concentrados en la primavera, no dije yo que no, más que nada por desintoxicar.
Había un portero nuevo, a voces con el Tenorio por culpa de una segunda parte con rimas que no encajaban. La cosa se iba calentando y no me quise meter para no añadir leña al fuego. Porque yo, a muerte con don Juan por muy condenado que esté. Además, la que sellaba a los nuevos no hacía más que calentarle la cabeza al portero, su primo, que bastante quemado estaba allí como consecuencia de haber fosfatinado diez mil hectáreas de bosque cerca del Pinar de las Brezas, el muy zihopú.
Total, que me metí para dentro para ver si encontraba al abuelo de mi tío Andrés, Félix, un pájaro que siempre salía de sus cenizas. Trabajó como fogonero en la Tren & Company & Rieles, una empresa alemana con sede en Villaviciosa de Condón.
Nada más entrar, me vi en medio de otra bronca, esta vez entre dos vecinas. Una pedía una indemnización porque la otra le había dado la receta de las lentejas ya quemadas y la otra que si no estuviera tonteando con el de la calefacción central, no se le tostarían las legumbres. Que no se puede estar siempre al sol que más calienta. Pasó por allí un notario con bufanda y estalló la carcajada general, a lo que el personaje respondió aquello de “ande yo caliente y ríase la gente”, sin pararse a hablar con nadie sin minuta previa por medio. Genio y figura.
De mi pariente no supe nada, ni de su mujer. Sí que pude en cambio entrevistar al bandolero Luis Candelas Bros, poco hablador, que me pidió fuego para un par de puros habanos.
Al salir, el portero, del calentón, había llegado a las manos hasta con el suegro fantasma, el padre de sordoñaInés; del jaleo, dicen, se recibió una llamada por teléfono rojo “desde el piso de arriba” por las voces que se oían. Con mis guantes de amianto les palmeé las espaldas y conseguí un apretón de manos entre ellos, aunque el escándalo que formaron les hizo cargar con dos guardias de caldera el fin de semana entero.
La verdad es que anduve fisgoneando por el recinto, empapándome de las cosas en caliente y el jefazo empezó a hacer preguntas tales como ¿es que tramas algo que te haga finalizar aquí, Neeeneeee? Su mirada intensa me hizo arder las mejillas de rubor y contesté vagamente que estaba allí por curiosidad y por la reuma, mientras me alejaba unos metros del fuego del hogar.
En conjunto, el viaje como experiencia no lo recomiendo: esa misma noche reconocí que por debajo del factor 50 las cremas protectoras son un Paraná y me costó dormirme por la molestia en los hombros. Pero no deja uno de valorar el cálido ambiente que se irrespira en el recinto, aunque lo lento que se mueven los asuntos quema la sangre de más de uno.
Los del tour operator me llamaron para ofrecerme una ruta “por el otro lado, el opuesto”, -me dijo entre risitas la señorita por teléfono- y yo he quedado en llamarles esta misma semana, en caliente, que luego se quedan las cosas pendientes.