lunes, 11 de febrero de 2013

Filomena 2

No sé cómo regresó ni por donde entró, lo cierto es que sin darnos cuenta vivía cómodamente instalada entre los restos de losas. Mientras tanto habíamos concluido el montaje de los roperos y los amigos que estrenarían la vivienda se disponían a la mudanza.
Fueron los restos de la primera cena los que alertaron a los amigos. La Filo había comenzado a hacer de las suyas. Al día siguiente, el bocadillo roído de uno  de los muchachos confirmó la terrible sospecha ¡No estaban solos!
Abrieron y rebuscaron, pero el difícil acceso dejaba huecos por registrar. Entonces, con una linterna, la vieron. Al fondo, a lo lejos, entre los restos de obra, Filomena los observaba estupefacta. Mis amigos, más estupefactos aún, gritaron.
Poco tardaron en clausurar  la portezuela. Metros y metros de cinta empaquetadora, no dejaron una sola rendija para la escapada. Al concluir el año, nos devolvieron las llaves y nos comentaron el  "problemilla". No se habían atrevido a abrir aquello. Nuevamente, la portezuela era nuestra.
 [continuará]

domingo, 10 de febrero de 2013

Filomena 1


Hace aproximadamente un año, mi marido y yo decidimos convertir un local comercial abandonado en un apartamento con posibilidades de alquiler. La obra se terminó y, tras la entrega de llaves, nos dispusimos a arreglarlo. Compramos algunos roperos de Ikea, de esos que te pasas varios días montando, y entonces descubrimos que no estábamos solos. El local, con una zona a doble altura, se había resuelto con un hueco bajo el suelo de la cocina. Era una especie de mini trastero con una puertecita lacada en blanco, tras la que se ocultaban restos de losetas de la obra, bolsas de cemento, y... ¿Qué es eso que suena ahí dentro?  Abrimos... ¡Dios mío! ¡Una rata!
Clausuramos el hueco. Nos pusimos manos a la obra y compré una enorme ratera. Le pusimos nombre "Filomena"(por no hablar de ratas en la mesa, ya se sabe que es algo molesto). Ahora sé que no se debe poner nombre a una plaga pues la diferencia entre un parásito y una mascota, es precisamente eso, el nombre.
La ratera era una especie de jaula donde el animal quedaba vivo (no encontré otra cosa en la ferretería de barrio). Al día siguiente estaba allí. Chillaba y me miraba con sus enormes ojos negros. ¡Qué grande! No era ni fea, y me miraba de un modo... Me puse nerviosa, no sabía que hacer, y el chico que estaba ayudándome a montar los roperos, se ofreció a matarla o hacer lo que yo dijera. Mientras el joven me contaba todas las formas posibles de asesinarla poniéndome el vello de punta, yo miraba a la Filo. Me miraba ella. Entonces, le dije al chico que la soltara lejos de casa. Y así lo hizo.  La soltó a escasos 100 metros y al día siguiente regresó.
[continuará]

Reflexión


Hoy hago acopio de energía. Quiero sacar algo de mí para compartirlo con vosotros porque sé que estáis ahí, y os necesito. No se puede tener un blog paraleernos si ninguno escribimos, porque entonces no nos queda nada que leer.
Hoy comenzaré los "post sobre Filomena".

sábado, 19 de enero de 2013



Aquí estoy de nuevo, para compartir con vosotros este trocito de mi pueblo, donde cada fin de semana recargo mi espiritu de vida, de serenidad, de amor...

lunes, 31 de diciembre de 2012

Cambio de año.


Vendo un año envejecido
de sobresaltos y sustos,
sofocones y disgustos,
que de un enero robusto
después de haberlo vivido,
se nos ha puesto vetusto.

No lo vendo en transacción:
lo que hago es despedida,
vendándole las heridas
a su viejo corazón.

Se presentó de buen modo,
con los mejores deseos,
de ilusiones sin rodeos
y felicidad a todos.

Sé que hizo lo que pudo,
nada malo le reprocho
ahora ante mí, medio chocho,
sin hojas, viejo y desnudo.

Toma tu página roja
de cumplir el año entero,
te doy mérito y espero
olvidarme tu congoja,
e ilusionarme de enero.

Viejo de la paradoja
de morir de calendario:
deja puesta la última hoja
y que sea solidario
el que viene, la recoja
y apunte tu aniversario.

Lo bueno es el que el nuevo viene
con empuje extraordinario,
compartiendo lo que tiene
con el de las blancas sienes:
se ve al trece solidario.

Imitemos a los años.
El joven apoye al viejo,
no le haga sentir extraño.
Cuidado con el espejo:
no faltan tantos peldaños
para arrugarse el pellejo.
No nos creamos tan lejos.
¿la forma? No hacerse daño
y compartir el festejo.

martes, 25 de diciembre de 2012

Grandes Óperas (1).


El cartero de Melilla.

Teatro Glodita. Plaza del Antal.
Hoy se representa El Cartero de Melilla, obra de carácter comunicativo en un solo acto reflejo de los vertiginosos tiempos actuales, en que los segundos pasan antes que los primeros. Autor libreto y música: Enviattore Miságero.
En el foso se puede ver al pianista y al piano. Nadie más de momento (vive ahí desde el 2003).
El director, Teodoiun Korte, fuerte como nadie, dirigirá la orquesta con una pértiga de dos metros y dieciséis kilogramos de peso. Y sin camiseta interior.
De pronto, una melodía de obertura sorprende a mucha gente bajando del autobús, en la acera de enfrente del teatro.
-No pasa nada, -dice Teodoiun sonriente-, se trata de una canción de mi chiquillo para el colegio. Mientras llega el resto del público, la ensayamos y así se acuesta temprano con la tarea de música hecha.
Se oyen varios pares de aplausos mientras se va llenando el teatro.
Entra el público de patio de butacas, buscando como locos al fotógrafo de la revista “Lecturas del Gas”, a ver si los sacan con el guapo y famoso Protestante Ronald O’Connor. Se sientan y reciben molestísimos impactos en el cuello provocados por granitos de arroz enviados desde palco, palco platea y paraíso, que para eso han ido.
Entran los músicos de viento y hacen unas dos mil flexiones para calentar las piernas. Se sientan y pasan los ilegales músicos de cuerda, bajo cuerda. El del tambor sale de una tarta de cumpleaños, ataviado sólo con un tanga negro que lleva en la oreja. Le han dado la dirección errónea. Llama y vienen a recogerlo. Se cruza con otro tamborilero bien vestido para la ocasión. Apenas cuarenta o cincuenta aplausos al de la tarta.
En cuatro décimas de segundo se apagan las luces, se sienta la gente, se pellizcan culos justo a tiempo, se abren los tapergüeres y empieza la obra.
Pícaro, el cartero que llevaba cartas de amores a las niñas guapas, recibe orden de usar el whatsapp en el reparto de tarde. La niña Paulina, llamada a convertirse en mujer en breve y representada por la mezzosoprano Berta Berna Tascabar, implora una promoción/oferta, o un período transitorio de Facebook, al menos. El cartero brinca, canta algo y sale erróneamente por delante del escenario, llegando a las manos con Bruce Norris, un violento violonchelista, que sin embargo le ayuda a subir de nuevo a base de rítmicas patadas en la espalda.
La acción, por su parte, en un frenético encuentro de cuerdas y locas entre vientos que recogen tempestades, indica que la niña se ha puesto puntillosa y hace valer sus puntos, de modo que sale por otra puerta distinta de la que ha entrado y recibe en plena cara el aria “Márcame e móbile, ma con il descuento includo”, cantada por su amor virtual, Tancredo, de mensajería inmediata, aquel que se devanaba por escribir bien papelitos con cosas como “te deseo amada niña, prehembra de tronío”, que ella arrugaba junto a su corazón, en el futuro inmediato a sustituir por “t amo X to2La2”, para ahorrar.
El mensaje es interceptado por el ruin Tintafolio, un mezquino vendedor de folios flexibles y sobres capaces de incluir papeles doblados hasta tres veces.
En la plaza, con centenares de señoras pidiendo desde los balcones que se callen, estalla el conflicto entre los tres.
-Irse dasquí, perque nos tenéis cansattas del mismo roglio serenatto nocturno, -dicen las matronas-.
-¡Cosi fan tutte los jóvenes!, -enuncia la más vieja arrancando doce aplausos para ella sola.
Los tres envían mensajes rápidos, antes del anochecer, que les cuestan el doble, según aparece en una pantalla gigante. El público se estremece y sonríe para sus adentros al recordar su elección de tarifa plana.
En el último y único acto, dos actores se enfrentan a la verdad: sin Tarifa no hay Línea, Concepción, hija de mi alma, le dice un hombre a una mujer. Y huyen lejos.
En este momento, donde el coro suelta el corolario, se recuerda que sin luz eléctrica somos unos meros homos selvaticus. El bombo realza el efecto de una pedrada en las farolas y el teatro queda a oscuras dos horas y cuarto para que se agarre bien el concepto. La mayoría de los presentes, en la oscuridad ardiente, consigue agarrar muy bien más de un concepto.
Se enciende la luz sin avisar, muchos encuentran su sitio y el escenario muestra una Tesis Piu Forte mediante un mensaje del coro en puro desgañite:
-Non usare il móbile al caprichi, coyonni, e salva la túa fáccile escritura. Non faccere el Chufla. Huye di la esclava ignorancia, capuglio.
Cae desde los balcones la mayoría de las mujeres gritonas, uniéndose a la gran fiesta de personas de la plaza, que no hablan en directo aunque están cerca. Pero pueden refregarse, o pegarse al menos.
Los protagonistas entonan un aria de raza no aria, sino mediterránea, plena de tirones de pelo y clavada de uñas.
Cae el telón pero se aprovecha, no se tira como en las óperas antiguas. Lo corrobora la parte coral “Rechiclare, ma non hablo del chicle, cosa porca. Sí vidrio y envase en generali. Contenedori amaretto, per favore”.
El público se enardece al creer ingenuamente que esto se ha terminado, pero falta por ver qué convenio se firma entre Tintafolio, Tancredo y la niña Paulina. Como no se ponen de acuerdo, llaman a gritos desesperados a Pícaro, que, sonriente y cantando lo que le da la gana, aparece desenterrando su antigua valija de llevar cartas escritas a mano, con tinta fresca, sobre papel blanco.
La mayoría no sabe ni firmar, pero pone el dedo.
Se oye al coro cantando cada vez más bajito, para irse, el Himno de la Pícola Letra In Contratti, más conocido como “Telaclaventéritta”.
Apoteosis.
Aplausos en cantidad y aviso del dueño del local:
-Desalojad y recogerme rápido, niños, que dentro de diez minutos hay un congreso de oftalmología posterior, o sea de Proctología. Vienen los mejores del mundo y hay que limpiar antes.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Elvirita Gómez.


Elvirita Gómez
parecía una hiedra,
viviendo entre piedra,
pero piedra pómez.
Elvirita era
muchacha prudente,
pero partió peras
con los delincuentes.

De papá el ojito,
pasó de enfermera
a ser pistolera
y estar la primera
haciendo delitos.
Estuvo enredada
en redadas varias,
y muy ordinaria
fue considerada.

Acabó pidiendo
dinero a cajeros,
y no sonriendo,
sino a gritos fieros.
A las diez semanas
era ya Elvirita,
una favorita
de primeras planas.

Pero era tan lista,
que no la pillaban
y hasta la llamaban
para una entrevista.

Fue un amor sorpresa
quien la redimió,
pues se enamoró
de quien la trincó
por la recompensa.

Al casarse Elvira
con el poli cura,
no hubo pena dura:
 sí dulce mentira.
Al pasar los años
el poli, tristón,
dio un tajo al cordón
y cortó el apaño.
-Fuera el falso juego,
vete de mi vida,
que yo iré enseguida
a buscarte luego.

Y de cada atraco
donde la trincaba,
algo le dejaba
metido en el saco.
-Lo justo en billetes:
 trenes matutinos
para tus destinos;
huye, Elvira, vete.

-Es que no las piensas
le decía al verla
y no detenerla,
pero en forma intensa
tenerla, tenerla.
-Quiero, vida mía,
vida mía tener;
has de comprender
que así viviría
si pudiera ser.
-Roba cajas de ahorros
y cooperativas
y aunque sea a chorros
mi sangre cautiva
querrá que tú vivas
feliz por el morro.

Un guardia, una caco,
encuentros furtivos,
Amor fugitivo:
pasión entre atracos.
Robin Hood tenía
una Mariana;
para Elvira había
un guardián Juan Lanas
que la perseguía
con las mismas ganas
que ella delinquía
todas las mañanas.
Cercana o lejana...
¡Libre la quería!


sábado, 22 de diciembre de 2012

     Quisiera aprovechar la belleza de mi Sevilla, de mi ciudad vestida de fiesta, de sus calles llenas de gentes, de sus murmullos cargados de esperanza para desearos a todos lo mejor:

                                      la mejor de las sonrisas
                                      el mejor de los te quieros
                                      la mejor de las caricias
                                      el mejor de los abrazos.

     Quisiera que los días venideros, y los de después y los de más allá, vieneran  cargados de ilusión por VIVIR, por CRECER, por ALCANZAR los sueños y sobretodo con la valentía de que nadie, nadie, ningún agoreo de negros presagios nos quite la ALEGRÍA POR VIVIR.

Feliz Navidad  y FELI 2013

jueves, 20 de diciembre de 2012

Felicidades, chavalotes.


Feliz Navidad.

Para los que nos leen y para los que lo harán en algún ratito.
Para los que ya tienen un ratito paraleernos.
Para los que cuentan lo que han leído aquí.
Para los que les ha gustado un poquito.
Para el resto, sin excepción, de los habitantes del planeta,

Felicidades.

No propongo un listón bajito para ser felices fácilmente. Prefiero tirar el listón y, sin ser tontón, pensar en un futuro inmediato algo mejor para los que lo pasan mal, al ver una lección de solidaridad tras otra.

Ánimos, muchachos, que esto es ponerse. Si no sacamos nosotros un momento para abrazarnos se nos va a poner cara de asesor ministerial, y ustedes perdonen, ha sido un pronto.

Yo a lo nuestro: Felicidades.

Grandes entrevistas de la Historia (3)


Papá Noel.

¡Borromblón!
–Qué caída más tonta, señor Noel, buenos días; parece mentira, con su experiencia y habiéndole puesto la chimenea nueva, con todos los agarres de seguridad que marca la normativa en bajadas verticales.
–No se preocupe que le apunto en mi lista de “sabandijas a patear por las tardes”. Ahora déjeme que recobre el resuello.
–Será usted el único que recobre en estas fiestas, hiahahai, hiahahai; porque la paga extra está prohibida, hiahahai. Ande y déme la mano esa regordeta, que le ayudo a salir de ese montoncillo de hollín y a levantarse, que parece usted una tortuga cucarachera, incapaz de darse la vuelta.
–Menos mal que mi cuñado me va a echar una mano, porque si no tengo que majarle a palos yo solito.
–Caramorsa.
–Moñocalvo.
–Filisteo.
–Chupacabras.
–Mascamocos.
–Cariátide.
–Ayyyy, qué bien se siente uno cuando se desahoga un pelín. Vayamos al contenido de la entrevista. ¿Cree usted en el salario mínimo de los renos?
–Sí creo. Pero no lo aplico. Tengo un convenio firmado ayer mismito con Blitzen y Vixen como representantes sindicales. Yo lo respeto y evito que me pateen.
–De todos modos, no lo niegue, se dice por ahí que le pone usted los cuernos a más de uno de sus renos.
–Señor, señor, se dicen tantas cosas. ¿Pero usted sabe, aprendiz de loro mosquitero, a cuánto está el kilo de cuerno? Mire, que no salga de aquí, como usted, a patadas, sino que no lo difunda: les pongo unos cuernos sintéticos de policascarina hechos con huevo, agua y harina, rebozados con creminata, que, terminado el reparto, se guardan en cajitas troceados para las meriendas.
–Ahí, señor gordo, me ha devuelto usted la fe en el género humano. Perdone que me quite algo que se me ha metido en el ojo.
–Ha sido mi dedo mientras usted se ponía blandangas, espécimen de rata epiléptica. Pero no se mueva, que lo retiro. Y el guante, déme el guante, gracias.
–¿Qué le parece el Triunvirato Monárquico de la Prestigiditación, también conocido como los Reyes Magos?
–Que repita usted el título con la boca llena de alfajores, castañas en jengibre a medio masticar y medio limón. A ver.
–No llegamos a ningún lado. Yo intentando renovar, alegrar y acercar su imagen, y usted poniendo caras propias de un concejal sin entradas para la ópera.
–No vamos a pelear más, jovencillo. Hoy me he caído en vertical por no llevar mi saco y tener las manos ocupadas con su regalo. Aquí tiene. No lo abra hasta el día de Reyes y así unifica usted las tendencias.
–Vaya, menudo armisticio elegante. Pero no se vaya todavía. Tenga.
–Pero…
–Un detallito. Ábralo hoy, por favor. Ahora, para ser exactos.
–¡Morsas! ¿qué es esto?
–Dos pares de ventosas. Se las pone usted en los codos y las rodillas y le confunden con una mosca a partir de ahora. No se cae usted de una pared aunque sea la de su ducha con el vapor de agua. Que no tiene usted edad para ir dando barrigazos.
–Me ha llegado usted al píloro, amigo mío. Y no soy de coba fácil. Me las pruebo, con su permiso.
–Que no se diga.
Papá Noel se equipa, se coloca dentro de la chimenea, se despide con la mano y trepa por ella con la velocidad de una lagartija. Desde abajo, el locutor lo ve subir. No resiste la tentación de abrir su regalo: un tirachinas perfecto. Se saca el chicle, lo lanza con precisión y en los próximos cinco mil años al barbudo le cuesta despegarse del asiento del trineo. Una forma de acordarse del pollino aquel, el de las entrevistas. No era mal tipo, piensa cuando ve el ahorro en las facturas de tintorería en todos estos años.