sábado, 15 de diciembre de 2007

LUNA

La Luna no quería salir. Estaba llena y se sentía gorda, con mal aspecto. Fueron llegando los planetas para convencerla, pero no hubo suerte.

-El Sol tiene la culpa, -decían todos, sin ser capaces de mirarle a la cara fijamente.

La Tierra no quería intervenir en los asuntos de la pareja, pero tenía otras miles esperando a enamorarse.

Un espejo muy grande resolvió el problema. Uno de esos de las ferias, donde tu imagen se alarga y se hace esbelta. Después de un rato, La Luna se veía de nuevo en cuarto creciente, fina y puntiaguda, con algo de misterio.

El Sol dio por terminado ese día un poco antes y se acercó a verla con rayos rojos que giraron a su alrededor antes de perderse en el horizonte. Ella le hizo esperar lo justo, porque salió temprano, de improviso. Para deslumbrarle de noche.

Y lo consiguió.

EPITAFIO

Ay, Sinfo, no di con la tecla de arreglar la tele como me pediste, la que se puso con las rayas blancas en la pantalla verde al lado de tu cama y hacían piii, piiii, piiiiii,… porque me tuve que ir a la manicura, aquí cerca de la clínica. No creo que te murieras por el disgusto, ¿a que no, tesoro?

No te haces idea de lo que te echo de menos: Muchíííííísimo. Y quédate tranquilo, que me he casado con tu hermano Floro, sí, el que pudo cobrar la quiniela.

Siempre tuya y contigo, tu Macaria.

viernes, 14 de diciembre de 2007

el boceto

Yo pude haber muerto en un cómodo lecho. Debí haber muerto en un cómodo lecho, en la serenidad de la vejez, rodeada de lujos y servidores, de príncipes y reyes. Pero me tocó vivir otros tiempos.

Los de mi infancia fueron tiempos de felicidad, los de mi madurez, tiempos convulsos. Y también hubo un tiempo joven en que cualquier mujer habría dado sus ojos por vivir tan sólo un día en mi piel.

Porque yo fui la esposa del hombre más poderoso del mundo. Es decir, que lo tuve todo. Lo que me correspondía por nacimiento, en realidad. Pero es que además supe jugar bien mis cartas. Y así fue hasta que los acontecimientos soplaron sobre el castillo que había construido con ellas y me lo arrebataron todo, hasta la vida. Me arrebataron hasta la muerte, hasta esa muerte serena que yo había previsto, que había ganado, que había merecido.

No me lamento ahora. No me lamento de nada, ni siquiera de mi muerte violenta, porque después de ella ninguna otra cosa importa. ¿Por qué había de lamentarme? ¿no nací acaso hija de emperadores? ¿no tuve en mi infancia cuanto quise? riqueza, un padre amante, los juegos, la educación relajada, palacios y servidores. No sé qué puedo decir ahora, desde este lugar inaccesible a la mayoría de los mortales, desde mi distinguida altura en la Historia. Podría decir tal vez, y no mentiría, que no quise ni busqué voluntariamente este sitio, dicen que privilegiado, que me condujo a la muerte con la madurez apenas empezando a rondarme. No voy a tratar de justificar mis errores. ¿Quién, en la edad de la inconsciencia, y con poder en su mano, no los habría cometido?. Otros no fueron juzgados. Yo sí.

Los últimos días en prisión hice algo que nunca antes había hecho: reflexionar. Reflexioné sobre los acontecimientos y mis hechos, sobre lo que me hizo ser y actuar como lo hice. Incluso tomé algunos apuntes, pese a que no soy una erudita y escribir me aburre. Y nunca lo habría hecho de no ser por las desgraciadas circunstancias. ¿A qué va una persona a reflexionar sobre sí misma o el mundo? ¡qué estupidez! De no ser por las desgraciadas circunstancias, me habría limitado a vivir como me enseñaron que debía hacerlo. En estos días recordé, como todos dicen que se hace ante la muerte, los acontecimientos de mi vida, que en ese momento me resultaban extraños, como ajenos, como si los hubiese vivido otra persona.

Recordé por ejemplo el día en que mi padre me regaló una pequeña carroza en miniatura, lo justo para que yo me sentara en su banquito aterciopelado. Era una obra de arte, sin duda debió de costar una fortuna, toda de maderas nobles y cristal. Un paje estaba siempre a su lado, dispuesto a tirar de ella para llevarme donde yo le ordenase. Mi madre se enfadó un poco, al principio. No quiero que hagas de la pequeña una derrochadora. Pero mi padre nunca me negó un capricho y ella, la gran Archiduquesa, andaba siempre tan ocupada en sus muy serios asuntos de estado. No iba a ocuparse de una niña que se iba malcriando, cuando su empeño estaba en pacificar Europa.

Así pasó mi infancia, y así la Archiduquesa concertó mi matrimonio. Mucho antes de que yo sintiera deseos de abandonar mis juegos o tomara interés por algún asunto serio (en honor a la verdad, cosas ambas que no han llegado a ocurrir en toda mi vida) me vi casada con un jovenzuelo apenas un año mayor que yo. Dos chiquillos casados, y el mundo pendiente de ellos. Sería para reír si no fuese para llorar. Sin embargo, éste fue el gran triunfo de mi madre: unirme al heredero del trono más poderoso de Europa, al delfín de Francia.

Cuentan que el día de mi recibimiento a orillas del Rhin, en la frontera entre Francia y Alemania, prácticamente en tierra de nadie, en aquellos recintos precipitadamente construidos para la ocasión, entró un joven estudiante alemán que después sería famoso poeta. Creo recordar que se llamaba Goethe. Entró como otros, para admirar los tapices y las pinturas clásicas que se instalaron para la gran fiesta, y cuentan que hubo que echarlo por alborotador, porque andaba de un lado a otro gesticulando y gritando que las escenas representadas en los tapices elegidos eran un mal augurio para cualquier matrimonio. Me divierte pensar que este chico tuvo un destello visionario, y que intuyó el fracaso de mi regio marido. Aun me hace sonreír cuando lo pienso.

Mi marido fue incapaz de cumplir con sus obligaciones conyugales durante los siete primeros años de nuestro real pero ficticio matrimonio. Yo, o mejor, la niña que era entonces, sufría el enorme desconcierto de mi situación. Delicada situación, por cuanto que todo el mundo conoció mi indeseable virginidad. Y cuando digo todo el mundo, soy exacta, pues era comentario habitual de todos los embajadores que estaban en París. Situación envidiable, por otra parte, ya que aclarado que la culpa no era mía, sino de un pequeño defecto de los reales genitales –solucionable con una pequeña operación, como se demostró después- la conmiseración de la corte y mi aspecto delicado hacían a todos tratarme con exquisito cuidado, negándome pocos caprichos. En este sentido, pues, no echaba de menos mi casa. No había conseguido, no obstante, librarme de la influencia de mi madre, quien severa y tierna a la vez, como siempre, seguía tratando de controlar mis actos a través de cartas en las que me demostraba que, misteriosamente, estaba al tanto de todos mis actos. Así, seguía insistiendo una y otra vez en que me instruyera, me educara, me interesara por los asuntos de Estado, en cómo debía comportarme de forma adecuada. Pero su mano no era tan larga, y puesto que en la corte francesa habrían considerado una injerencia imperdonable cualquier intento de intromisión en mis asuntos -que ahora eran asuntos de Francia- por parte de la Archiduquesa austriaca, me las apañaba sin dificultad para manejar a mi antojo a las pocas personas que podían tener alguna ascendencia sobre mí: el viejo rey, demasiado entretenido con su concubina real, y mi marido, a quien su propia culpa le hacía, por una parte, entregarse a desenfrenadas y agotadoras jornadas de caza que lo alejaban durante largos días, y por otra, a concederme en caprichos lo que no me podía conceder en nuestro lecho.

Así me acostumbré a creer que era mi derecho que la gente me amara, consideré que me pertenecían las aclamaciones de la multitud a la hermosa delfina, que las merecía simplemente porque me correspondían, porque la vida me las daba. Aunque en realidad esto es mi forma de expresar ahora lo que sentía entonces. Porque entonces yo no pensaba, sentía. Sentía que tenía derecho a tenerlo todo, a disponer de todo y de todos. Cuando murió el viejo rey y asumí el papel de reina consorte, mi satisfacción se debió principalmente a la convicción de que ya no había nadie por encima de mí, nadie que discutiese ni uno sólo de mis caprichos, nadie que me estorbase actuar en cada momento al arbitrio de mis antojos, razonables o no. Nadie que se atreviese a juzgarme, al menos en voz alta. Nada más me interesaba. Con mis pocos años y un carácter alegre y expansivo, sin freno social, familiar o económico que me impidiese acometer las más dislocadas extravagancias, me creé una justa fama de despilfarradora, amoral y gobernante frívola y alejada del pueblo. ¿El pueblo?, pero ¿quién era el pueblo para mí?. No más que una masa de gente sin rostro nacidos para servirme. No era nadie. Se me puede condenar por esto, por esto se me condenó. Pero no hice más que lo que había aprendido de otros reyes y gobernadores que antes de mí fueron. No a todos se les juzgó, no a todos.

Así viví hasta que tuve hijos. El rey cumplió al fin su obligación, me hizo procrear; no tuvimos mucho más contacto, y aunque nuestra relación era amistosa, no nos interesábamos mutuamente. Mis pequeños, ellos no tuvieron tiempo. Se criaban en la misma visión del mundo que yo tenía, conocían la vida que les estaba destinada, la que no se cumplió, pero no conocían nada del mundo, fuera de Versalles. Temí por ellos una vez, lo recuerdo bien, cuando se agolpó una gran multitud en las afueras del palacio pidiendo pan. Por supuesto que no hice el comentario cruel que la Historia ha puesto en mis labios. En realidad, mi boca y todo mi cuerpo estaban paralizados por primera vez en mi vida. Por primera vez mi reacción no fue la cólera frente a la contrariedad, sino el miedo. Así la maternidad le cambia la vida a una mujer, sea reina o no lo sea.

Confieso que no pude prever que la crisis que se extendía por esa Francia que yo no había llegado a conocer, me afectara tan grandemente. Así, mucho no me preocupé. No sabía a qué extremos de odio y valor pueden llevarte la desesperación y la pobreza, ni con qué razones. Cuando me vine a dar cuenta, cuando los acontecimientos me obligaron a mirar a ese pueblo cuya situación empeoraba por días, cuando comprendí que me habían elegido como víctima propiciatoria por causante de sus desgracias, me sentí indiferente. Y cuanto más me atacaban, más indiferente me sentía yo. No clamé por la injusticia como no había agradecido antes los regalos. Consideré este giro de los acontecimientos tan mío y pertinente como el resto de mi vida. Me dolió por mis hijos. Incluso llegué a sentirlo por el ciudadano Capeto (así terminaron por llamar a mi esposo) como lo habría sentido por un viejo amigo, pero no lloré por él. Lloré por mis hijos. Me defendí y los defendí a ellos hasta donde me lo permitieron, hasta donde supe, y adopté una actitud que aprendí sin maestros: tenía el convencimiento de que debía comportarme dignamente, y así lo hice, sin esfuerzo y sin alardes. Cuando asumí que toda lucha era inútil, tampoco juzgué a nadie. Cada cual había cumplido su papel, cada cual se había apropiado del sitio en que la vida y los sucesos que vivimos lo habían colocado y no culpé a nadie de mi mala suerte, como a nadie había reconocido por la buena.

Camino del cadalso llevaba la mirada baja, la cabeza inclinada, un poco ladeada. No me arrepentía de nada, no era por eso. No me asustaban tampoco los insultos de la chusma, que en realidad no oía, ni me avergonzaba de las tristes ropas de campesina y el mugriento calzado con los que me habían vestido. En realidad llevaba la cabeza baja porque recordaba. Pensaba en mi padre, en su mano fuerte y firme que cogía la mía con cariño en aquel jardín de mi infancia, mientras su sonrisa me decía: «señorita, ya está bien de caprichos por hoy». Pensaba en mis pequeños y casi podía sentir sus manitas apretando las mías, como lo hacían interminablemente durante el encierro, mientras nos permitieron estar juntos. Así, casi de reojo, divisé en una esquina una cara ligeramente conocida. Recordé que se trataba de un retratista de los muchos que me habían pintado en alguna ocasión; creo que se llamaba Jean Louis David. Me hizo recordar, por última vez en vida, aquellos días en que un artista se sentía el más dichoso si tenía acceso a un gesto mío para dejarlo reflejado en un lienzo. Varios lo hicieron y les valió una fortuna, ya que toda la corte me imitaba. Madamme Vigée-Lebrun recibió tantos encargos tras pintarme con mis hijos, que no pudo terminar ninguno antes de que los retratados huyeran, o el polaco Kucharski, que tampoco pudo terminar su cuadro antes de nuestra huida a Varennes.

Así de raros somos los humanos, que enfrentados a la situación más trascendente, somos capaces de enredarnos en rumiar las mayores trivialidades. De este modo, pensando en todos esos retratos en que aparezco rodeada de esplendores, miré de nuevo al pintor que sobre el papel apoyado en su propia mano, trazaba un rápido bosquejo mientras me miraba con una fijeza insolente y alcé orgullosamente la cabeza, no dijera la posteridad que María Antonieta, Reina de Francia, entregó su cabeza humillada a Madamme Gillotine.

Ahora cada vez que contemplo ese irreconocible boceto en el que parezco una campesina, ahí, eterno y olvidado en su rincón del Louvre... siento que podría haber tenido otra vida, que yo podría haber muerto en una cama.

jueves, 13 de diciembre de 2007

EN EL CALLEJÓN.

Sentí la proximidad en el callejón semioscuro. Eran cuatro hombres. Los mismos cuatro que yo esperaba: Mis alumnos de último curso de bachillerato.

Aminoré el paso, me volví despacio y entonces supieron quién era. Les daba igual, o tal vez no, atracarme a mí que a otro cualquiera. Me leyó el pensamiento Arturo, el más listo, el jefe, al decirme que, por mi conocimiento sobre ellos, tendrían que matarme. Y yo debía comprenderlo, añadió.

No necesito el factor sorpresa cuando me enfrento a menos de diez adversarios. Desenvainé mi espada poniéndola a la luz de la farola. La sonrisa desapareció de sus rostros, y lucieron también sus cuchillos para mí. Me moví rápido para indicar a mis amigos que cerraran el callejón por ambos extremos con sus coches. No intervendrían, según mis instrucciones. Mis alumnos temieron una encerrona. Los coches iluminarán el escenario, nada más, les informé.

Recobraron su aspecto de tipos duros, fríos y seguros de su fuerza. Yo no tuve que cambiar mi expresión.

Dejé caer mi chaqueta y llamé al primero con un gesto de la mano. Avanzó Guillermo, como si tuviera el número uno de una cola para comprar. Comenzó a girar a mi alrededor y terminó la primera vuelta con la punta de mi espada saliendo por la parte posterior de su cuello. Le escupí llamándole tonto a gritos, sabiendo que todavía me oía. Recuperé mi espada y lo dejé caer de espaldas, sin apenas ruido.

El silencio se respetó por parte de todos: los tres que quedaban de pie y mis amigos.

Llamé al segundo y esta vez no se adelantó ninguno. Arturo tuvo que animar a Jairo para que se envalentonara y viniera por mí. Su actitud fue mucho más precavida que la de Guillermo, pero no había en su cuerpo la gracia que debe tener un cazador sobre su presa. Lo adiviné tenso y en un movimiento inesperado –tanto para él como para mí- describí medio círculo que terminó sobre su cabeza, quedando simétricamente partida en dos.

Ahora vi por fin el miedo en los dos que quedaban. Arturo y Fabián dejaron caer sus cuchillos al suelo, echándose para atrás.

Dije que había venido a matar a cuatro hombres, no a sacrificar cuatro cerdos. Vi  caras de niños que comenzaban a llorar espantados –ahora sí, hoy sí- al mirar a sus amigos, sus colegas, camaradas de tantas aventuras.

Avancé con parsimonia. No di explicaciones y separé una cara incrédula de un cuerpo que yo había soñado con hacer sufrir mucho más. Ninguna de las tres muertes que había llevado a cabo era la adecuada. Al ver caer el guiñapo del penúltimo violador de la niña negra de mi instituto, empecé a ver que ninguna tortura habría devuelto las ganas de vivir a la muchacha. Aún así, me fui a por el cuarto.

-No tengo ganas de verte vivir, Arturo. Creo, igual que pensabais los cuatro, que hay quien sobra en el mundo. 

No me oía. No creo que nadie lo hiciera. Además, ¿para qué sermonear a alguien que no pondrá nunca en práctica lo que le dicen?

Solté la espada. Su estupidez le hizo concebir esperanzas y mi locura se las arrancó tras recoger una maza de acero que mis amigos guardaban como una de las posibilidades. Empecé a golpear con saña, contando hasta llegar al mismo número de golpes que ellos –el video de seguridad que lo grabó todo me lo aprendí de memoria- dieron a la niña indefensa. La niña negra recién llegada para este nuevo curso.

Yo también soy un recién llegado. Y mis amigos. Tardarán en sospechar de nosotros, unos aburridos profesores blancos de Matemáticas.

 

BIOGRAFÍAS.

Ermegio de Greenvillage.

Poeta del siglo XIV, nacido de familia de pelirrojos. No tuvo nunca reparos en criticar al rey y su corte cuando lo invitaban. El rey y sus nobles tampoco tuvieron reparos en ahorcarle la única vez que lo invitaron, para escuchar sus poemas en la boda de Sir Claxon de Candentown.

 Atanasio de Gloucester.

Pastor protestante, fue denunciado por las numerosas ovejas dejadas a su cargo, hartas de que no estuviera nunca conforme con la forma en que pastaban. “También nosotras tenemos de qué quejarnos y no protestamos tanto”, decía el informe recibido.

 Floro de Basketville.

Amante incomparable, sedujo a todas las mujeres de su aldea cercana al mar, antes de los diez años, allá por el 1.005. Los maridos le reían la gracia hasta esa edad. A los once intentaron arponearle y huyó en una frágil embarcación al continente. Allí, incontinente, la lió con varias princesas europeas. Sólo diez siglos después se publicó por los investigadores la explicación de tanto niño con siete dedos en el pie derecho que hay en la Comunidad Económica Europea.

 Dioclanto de Persépolis.

Luchó con los dioses, se fajó con héroes y mantuvo idilios con la hermosa Flesbos, de la isla sagrada de Enkalaparedis. Acabó de limpiabotas, por un cheque sin fondos.

 Krisavlenkaya de Kiev.

Primera mujer aceptada en los cosacos. Montaba a caballo como el viento. Sobre su negro corcel llegó a parir a sus cuatro hijos. Cuando fue nombrada capitana de su tercio, en la estepa, tuvieron que acondicionar su silla para que cupieran bien los archivos, junto a las alforjas y la cantimplora. La espada siempre la llevó sobre los hombros, como los hombres. Coherente, murió al bajar del caballo, que estaba comiendo hierba fresca al lado de un precipicio, no porque ella estuviera torpona.

 Mihatma de Teherán.

Con la escoba no podía detener ya las dunas del desierto que se metían en el portal de su casa. Lo intentó con grandes aspiradoras y hasta con un ventilador gigante, en contra del viento, cuando las grandes tormentas. Se cansó, sobre todo por el cachondeíto de su cuñada Rahatabbla, y desertó del desierto.

 Paco Pérez, de Chiclana.

Empezó en Astilleros Españoles Buenísimos, de aprendiz. Se clavó una astilla en un descuido y lo dejó. Consiguió un empleo de relojero, pero empleaba mal su tiempo. Se contrató para dar la salida en las carreras, pero una salida de tono con un amigo, provocó la descalificación de todos los atletas en varias finales de cien metros, por salidas falsas. Cuando se ordenó sacerdote, pensó tener un trabajo definitivo, pero repartió unas ostias de más en una pelea y tuvo que dejarlo. En la actualidad se le utiliza en un laboratorio para encuestas del INEM.

 Luizzinho Cauto de Caipirinha.

Incomparable pescador de pirañas, se hizo famoso por llegar a arreglarles la dentadura, de modo que, hoy por hoy, se puede decir que la mayoría son vegetarianas, con esos molares planos, más aptos para rumiar.

 Chan Chi To de Manchuria Oeste.

¿Qué sería del arroz al vacío sin este hombre? Pues no se habría arrojado tanto arroz por los desfiladeros, precipicios ni azoteas, “al vacío”, como él decía. Cuando lo cogieron, le dieron una buena somanta.

 Otto Krausemberger de Moenchengladbach.

Los tanques alemanes, de las temibles panzerdivitzionen, eran incontenibles. Pero Otto, firme ante el Fürher, consiguió instalar servicios dentro de las cabinas, al lado del que dispara. Y con revistas, para no estar aburrido.

 Olaf Kornak del fiordo Böshenbjork.

Vikingo engañado por sus tres esposas, promovió llevar cuernos a lo largo de toda la coraza, no sólo en el casco, a modo de contabilidad de las infidelidades. Escribió un tratado sobre estabilidad conyugal que no leyó nadie.

 Phedora Lagartitis de Alejandría.

Lo que hoy llamamos intrigas palaciegas, tramas urdidas en la sombra y demás contubernios en reinados e imperios, lo fraguó esta mujer. Llegó hasta el extremo de que dos generales, amigos desde que nacieron, iban a asesinar al faraón ¿no?; pues acabaron abriendo cuentas separadas para los gastos de cada uno; tales fueron las insidias que oyeron uno del otro de la boca de Phedora. Mantuvieron sólo abierta la cuenta de la casa para el agua y la contribución.

 Mario Botelletti de Turín.

Tertuliano de tascas. Dio conferencias, en los bares, instruyendo sobre cómo dar coba al cafelito y la copa de anís para que te duren toda la tarde, mientras ves pasar la gente. Desde el año 1.911, en que murió al beberse un capuchino frío, se abren los cafés con una foto de Mario, con su copa en la mano, sonriendo raro porque le retrataron justo después de realizar la extroversión de un cuesco.

 Louis Gotta Jr de Teenneessee.

“Trigo, no das pa viví, la vida é máh quel trigá, yo traigo viví en el tren, vivo sin tragá al traidó, y un trago me hase insistí en que intrigá tó es pa ná.” Con su banjo y la orquesta sinfónica de Sacramento, esta canción del profundo sur estuvo seis semanas en el número dos de las listas de éxitos de todo el profundo sur.

 Mondongon Bassula de Zaire.

En su tribu se aburría. Aprobaba sin repasar, casi. Le pagaron los estudios universitarios que soñaba, los de poesía escatológica congoleña del siglo XVI, y sacó sobresaliente cum laude en su tesis. Volvió como un héroe a la aldea y su padre tuvo el feo detalle de recordarle, en la cena de bienvenida, que había dejado la cama sin hacer.

 Ricardo Pamposo de Río de la Plata.

Bailador tremendo, incansable sobre el caballo, invencible en el canto, bebedor infinito. Murió a los doce años. “Es que así no se puede, tú”, reza en su epitafio.


MALAS INFLUENCIAS


Lo paso bien contigo. Me seduces cada día. Susurras en mi oído las más prohibidas tentaciones. Consigues ganar a menudo la batalla a mi conciencia. Me guías sugerente hacia el paraíso; el mismo desde el que cuentan, un día, algún dios te hizo caer.

lunes, 10 de diciembre de 2007

PARA QUE LO REAL NUNCA TE ALCANCE

Deja que desmerezca tu bondad;

que no te mire si sé que me miras.

Deja que olvide toda la verdad

y de verdad me aloje en la mentira.

 

No te presentes con tu alma de tul,

que no harás juego conmigo, harapiento.

De los capítulos tristes del cuento,

no me rescates, mi princesa azul.

 

Ni con tu lanza mates más dragones:

Ninguno quiso quemar mi razón.

Dieron calor a un pobre corazón

y yo enfrié sus bravos corazones.

 

Ni comas más manzanas de venenos,

para dormir a la espera de un beso.

Salva a la bruja de su maldición

y sigue en busca de un príncipe bueno.

 

Yo que soñé que todas mis canciones

que tuve que inventar en el infierno,

te cantaría aquí en el cielo eterno

de brujas, duendes, magos y dragones,

no he resultado sino un triste diablo,

que no logró jamás soñar contigo.

Porque si cuento no sé lo que digo.

Porque si canto no sé de qué hablo.

 

Reniega de este cuentacuentos, vuela,

para que lo real nunca te alcance.

Vive en el cuento, amor, la magia, el lance

del caballero y tú, princesa eterna.

domingo, 9 de diciembre de 2007

RECORRIÉNDOLE

Trepé al castaño y observé sin pestañear, la dicha que en suerte me tocó disfrutar a mis años. Tanto tiempo sin que mis piernas probasen su fuerza en ese intento, tantas ganas de sentir nuevamente el riesgo, el vértigo que me produce asomarme al mirador de mis deseos; tanto y tanto esperar para recorrer, para deslizar su hermoso tronco entre mis manos; tanto observarle a diario, hasta que al fin sucedió, y el no saber ni su nombre resultó ser lo de menos. Me bastaba con lo que era capaz de ofrecerme y con el tono cálido de sus cabellos.

ANALOGÍAS

Hablemos de las analogías,

los parecidos de los humanos

con los bichejos con o sin patas,

e incluso aquellos que tienen manos.

 

Patologías, enfermedades,

Males, dolencias raras o usuales,

¿Cómo las sufren los animales?

¿Se le acentúan con las edades?

 

Enumeremos casos posibles

y comparémoslos con los males

que en las personas son habituales,

por ser más  blandas o más sensibles.

 

Tortícolis para las jirafas,

los elefantes con sinusitis,

muchas serpientes con dermatitis

y no más de dos conejos con gafas.

 

Cientos de caries en cocodrilos,

en la última fila de colmillos,

donde no llega ningún cepillo:

Te hablo de los que van por el Nilo.

  

Y justo desde que el mundo es mundo,

me he planteado la mar de veces

un pensamiento frío y profundo:

¿Tienen reúma todos los peces?

  

En otro orden de prioridades,

si tiene un cuerno el rinoceronte

y dos el toro, entonces proponte:

¿La vaca es  más de infidelidades?

Harto difícil es de contestar,

pues en el ciervo, pongo por caso,

sería asunto de un buen repaso

ver a la cierva, e investigar.

  

Las aves, como los negociantes,

empiezan siempre pisando el suelo,

y, salvo algunos vuelos rasantes,

en general levantan el vuelo

 y buscan ver el séptimo cielo

los pájaros y los comerciantes.

Otro apartado: el de la comida

donde nos parecemos bastante:

Según quién tome  antes la salida,

nos comen o los comemos antes.

 

En los aspectos más rutinarios,

parecen más tranquilos, más lentos

y no se prestan al esperpento

de unos ropajes estrafalarios.

Viven desnudos, duermen sin tiempo,

sin la presión de despertadores,

que ya está el Sol, ese gran invento,

para avisar de luz a diario.

 

Tendrán vecinos, como nosotros,

pero sin piso propio ni en renta,

fresco colchón de hierba se inventan,

y si uno sale se acuesta otro.

 

¿Definitivamente distintos?

queda bien claro que, en situaciones

de hambre o de miedo, sale el instinto

y valen muchas comparaciones

  

Finalizamos: en los sepelios

los bichos muertos a los más vivos

no leen salmos del evangelio

sino que sirven de aperitivo.

Ahí parecemos algo más serios

sábado, 8 de diciembre de 2007

TU ABRAZO

El olvido lo traía en mi bolsillo, 

el del pantalón, donde suelen estar mis manos. 

La condena en la chaqueta, tan vieja, 

y el rencor en la camisa, aún con sangre. 

Pero me desnudó tu abrazo, 

y salió a relucir el perdón, 

que curó todas las heridas.