Déjame dormir un poco,
deja descansar mi alma,
igual renacen mis sueños;
quizás vuelva mi esperanza.
Déjame soñar caminos,
déjame inventar hazañas,
para que emerja mi espíritu
del dolor que me atenaza.
Pero no me dejes sola,
recítame mientras duermo
algún poema olvidado
o el secreto de tus versos.
Que no me funda en la noche
que no me arrastre la luna,
me asusta quedarme a solas
en mi pozo de amargura.
Ansío despertar contigo,
sentir tu amor a mi lado
y renovada por dentro
fundirme entre tus abrazos.
miércoles, 18 de febrero de 2009
A tu lado
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inma
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martes, 17 de febrero de 2009
Dedicación.
Doña África Bohórquez disfrutaba contando su vida. Daba igual el sitio, la circunstancia o la gente que le rodeara, ella sabía encontrar la forma de reconducir situaciones y personas para que el conjunto fuera su auditorio y su audiencia.
-Pues sí, queridas mías, -solía comenzar, aunque se dirigiera a estibadores del muelle número doce del puerto- yo he sido mujer de vida alegre allá donde he viajado. En años atrás esto que os digo bastaba para que me metieran en la cárcel primero y en un convento después, pero siempre me escapaba.
-Porque, queridas mías –insistía en no preocuparse por el género de sus perplejos oyentes- yo no perdí nunca la oportunidad de amar. No le di la espalda a nadie que me propusiera una noche loca o venirse a vivir conmigo. O a quedarme con él (o ella) para el tiempo que el tiempo dijera.
-Recuerdo –decía después de una pausa- historias eternas de un fin de semana y rápidos años de amor consumidos en un único instante. Viví, aprendí y enseñé a hacer el amor.
Un día, Doña África coincidió en su consulta médica con un enfermero que ya la había oído contar sus hazañas varias veces.
-Y ahora que es usted mayor, ¿cómo puede vivir sola, señora? –le preguntó sin acidez en las palabras.
-Vivo recordando, y renazco en cada beso que veo por las calles. Los primeros, por tan audaces o comedidos, los rápidos o cautelosos, los robados gracias a la infidelidad, los agradecidos al tiempo juntos. Además de eso, pues...
-Perdone, doña África, me choca lo de “vida alegre”… -le interrumpió el enfermero con una sonrisa.
-Habría sido una puta maravillosa, pero no tuve que cobrar por amar. Aunque la verdad, más de una vez tuve que pagar por la compañía de un garañón brasileño, je, je -reía doña África al responder.
Antes de salir con sus pastillas, doña África soltó para siempre el bastón y cayó de bruces.
-No dejéis pasar ni un beso, ni uno solo… -entendió el enfermero al agacharse a atenderla.
Aún agarrado en su mano izquierda, un pequeño libro medio abierto, a modo de agenda, dejaba ver la fecha de ese día con una nota: “Felipe Mancera, setenta y tantos pero de buen ver. Cinco de la tarde, después de la consulta. Condiciones: Una ramo de margaritas y sin ropa interior”.
Antes de llamar a sus familiares, el enfermero se guardó el libro en el bolsillo.
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Gabriel
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domingo, 15 de febrero de 2009
Oda a...
Concentrado, apuntando hacia la loza
fría, blanca y aún sin contenido,
aliado del aire comprimido
sin decir nada, como si tal cosa.
Detenido, firmeza, fuerza, rabia:
La postura bien firme y decidida
para nada que no sea una estampida
sin control de la Naturaleza sabia.
Del resumen final de todo esto,
que sigue al desahogo del momento,
queda sólo papel con algún resto
que no lo iguala en nada a un documento.
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sábado, 14 de febrero de 2009
Una cartita de amor.
Querida Margarita:
Quiero que sepas que te buscaré al cumplir los dieciséis, para que mi niñez no estropee tus besos, y yo sepa abrazarte. Tú tendrás prisas, pero, como todas las mujeres, harás que parezca que soy yo quien no controla sus ansias.
Antes, habrás conseguido el día en que esa casa, la que siempre está llena de gente, se quede sin nadie, diciendo a unos que otros la ocuparán. Y estará vacía para nosotros.
Llevaré flores, y elegirás sin mirar una para ponerla en tu boca. Seguiré el camino y morderé tus labios, que serán más rojos y te robaré la flor.
Intentaré decirte que te quiero, pero me detendrás a tiempo y te lo agradeceré.
Me harás entrar cogido de tu mano y respiraré hondo, pero no perderé el miedo hasta mucho tiempo después, calculo que unos cincuenta años.
Mientras, te dejo la mitad de mi manzana, mi canica favorita de cristal y dos lápices. Cuando pintes con ellos, levanta el dibujo y podré verlo desde mi banca. Luego, a la salida, mírame cómo me tiro del tobogán más alto. Te saludaré sólo con la mano y tú haz lo mismo. No quiero que los demás niños se rían de mí si me mandas un beso.
Se me olvidaba decirte que no podré ir a tu fiesta. Pero mira en tu mochila y verás una vela roja con forma de número para tu tarta: El siete.
Feliz cumpleaños.
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jueves, 12 de febrero de 2009
COLORIN COLORADO
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miércoles, 11 de febrero de 2009
El regalo que me hizo Copenhagen
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martes, 10 de febrero de 2009
UN VIAJE AL AYER
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Golden
Como es lógico, mi amigo José Manuel, en la cuenta atrás, pidió al anestesista que le durmiera con el concierto número 4 de Brandemburgo, de J. S. Bach, a lo que el profesional, solícito, accedió.
Con motivo de la intervención por cuestiones cardiovasculares que ahora no vienen al caso, y generoso como es, y aún consciente, ofreció a los cirujanos tomar lo que necesitaran.
Sin valorar demasiado los sueños que le venían, mi amigo se despertó en mitad de la faena de los médicos, que ajustaban válvulas y demás. Para no distraerles, no hizo comentario alguno y se dedicó a echar un vistazo general al escenario de su intervención, que, en conjunto, mereció su aprobación.
Antes de volver a cerrar los ojos, viendo venir el final feliz de la cirugía, miró a su izquierda y sonrió con la mayor discreción al comprobar que, de su corazón, tal y como le habíamos dicho los amigos más de una vez, salía un reflejo claramente dorado.
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lunes, 9 de febrero de 2009
¿Dónde se han llevado mi sol?
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copenhagen soleado
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