miércoles, 11 de septiembre de 2013

Grandes entrevistas de la Historia (7).


Atila, el huno.

¡Borromblof!, ¡zapatatoporróm!  Y ahí lo tenemos: humo de huno.
Aparece por la ventana del primero entresuelo Atila, el huno, y tira doce macetas repletitas de hierbas,  grama y césped de la mejor calidad.
El presentador, que se ha pasado medio invierno regando lo tirado con un cuentagotas de a milímetro cúbico, se dice que no ha acertado con su invitado de ultratumbona. La piedra que le ha tirado a la cabeza ha fallado y ha destrozado los dos maceteros que quedaban en el alféizar.
-Mala suerte, mojamielda, y buenas noches mijito, –dice el Atila al sentarse en un chaise longue y cogiendo una revista de deportes.
-Maldigo tus empeines, de uno en uno, huno. Aunque sean dos. Y buenas noches –replica el presentador.
-Pues aquí estoy tan ricamente, chupamondas, -dice el terrible, con una sonrisa quedona, mirando a tres azafatas al mismo tiempo, a lo grande, las cuales han puesto en su casco los números de teléfono, móvil y como hallarlas prontito en el facebook.
El presentador, algo desplazado, consigue un asiento en segunda fila del plató, desde el que intenta mantener su estatus. No consigue que el invitado le oiga entre el griterío de las féminas que se le echan encima y que el caballo de Atila se ha comido kilo y medio de cables de alta generación, dos bombillas y medio altavoz de los graves. De los más caros.
El productor acierta a pasar por el estudio y tarda en salir lo que se tarda en decir “esto lo pagas tú, mocotierno, vaya que sí”.
Atila rehúsa una tila señalando al que sí la pidió, el presentador, que se la inyecta en vena. “tranquilo, Sisebuto José, que esto tiene que tener arreglo”, se dice el considerado como sucesor directo del gran gurú de las entrevistas, el majestuoso Komostasami Gomío.
El barullo crece. El presentador tarda lo justo en enseñar al caballo a comerse sólo lo baratito de la productora, y le da sombreros y bolsos que no serán echados de menos. Se siente por un momento pre-parado y se lanza como un nadador encima de la montaña de hembras que asedian al Atila en determinados grados de exigencia, según el huno va dando turnos a hunas y otras.
Deshaciéndose de varios pares de sostenes y algún refajo anterior a 1964, el presentador consigue acercar el micrófono al Atila, que vacila tanto como un bantú emitiendo bonos del BCE al descuento. Pero el presentador es terco y consigue, cuando lo dejan caer al suelo a bulto, una posición de privilegio, preguntadora y directa.
-Pero bueno, ¿sigue usted metido en arena, en este caso harena, ein?
La pregunta es de compadreo, para que quede bien ante los millones de espectadores que presentan la entrevista en directo. Pero surge una valiente, que se va directa al cinturón del bárbaro, se lo guarda como recuerdo y se tira al pantaloncito de nutria que traía el Atila. Es de las peleonas y consigue, por fin, presenciar en directo el teórico epicentro de la furia bárbaroatiliana.
El resultado no pasa de un término medio albaceteño sin grandes trolas. Poco a poco se apaga el griterío y se hace un silencio en el que el caballo, de lo más sensato del grupo, recoge el pantaloncito y se lo echa por encima a su jinete, que, en palabras más o menos entrecortadas, parece que se disculpa mientras se aleja.
Antes de perder la tarde, otra fiera de entre la ingente cantidad de gente que había, se percata de que se ha rozado sin poderlo evitar durante dos minutos con el presentador.
-Tú, becario, ojito con el micrófono, -le dice pasando del enfado al interés, al observar que el micrófono último lo va masticando el caballo mientras se esfuma sin pena ni gloria con su guerrero venido a menos.
Se hace otro silencio. El presentador se ve venir una marea que le marea. Ve que no puede controlar el timón y se dice que bueno, que por lo menos no habrá perdido el día. Además, al ver crecer el murmullo en cuanto a valoración, se crece en todas las direcciones. Cosas del oficio.
Al fondo, un tenue blublublushshsh acompaña a la desaparición del teórico fiera, al que no hace caso nadie. De hecho, deja un par de cartuchos de monedas de oro como prenda para todo lo que ha roto y el césped –eso sí- que habrá que volver a sembrar. Poco más.

Grandes entrevistas de la Historia (6).


Frankestein.

-… nasnoches a todas y todos ustedes, tenemos aquí mismo al lado a don Frankenstesteinenten; osú, me he liado.
-Tranquilo, pichilla, llámame Paco.
-Pues eso, que ha venido a vernos Paco el mecano, el apiezas, el recosío, el puzzletón, el rey del recambio…
-Ver si te vas a pasar de rosca y te endiño el primer zapatazo, que yo he venido sin cobrar, lo que no tiene por qué pasarte a ti. Mira el doble sentido y cálmate, locutor, que te va a dar una alfiaxilaxis escorbutante.
-Como si hubierésemos recomenzado, don Frank, ¿cómo se encuentra usted?
-Es una pregunta ambivaloide que pienso contestar en un sentido apotafónico: La respuesta es “buscándome bien”.
-¿Lo cualo?
-Pues porque a mi padre, el montador de mi cuerpo y todo este chiringo, le da por ir dejando las cosas por toda la casa y ahí voy yo detrás, recogiendo trocitos de este cuerpo serrano. Como ve, la contestación distaba muchísimo de ser una vacilada ministerial. A partir de ahora, ambos podemos reconducir esta entrevista a unos niveles algo menos soplabollas.
-Bien está lo que bien se rectifica, decía mi abuela Jopsabeba.
-Pues venga.
-Cuénteme cómo le afectan enfermedades de esas propagables, tipo sarampión.
-Pues pago por adelantado y me inoculo, es trivial, so preperiodista.
-Ha tergiversado usted una o por una e, listillo desmontable.
-Mi padre me ha dicho hoy mismito que anda falto de páncreas para el verano que viene. Tú verás si modificas el tonillo de la entrevista o suben hoy como la espuma las acciones de Insulinne Pinchon, S. A.
-Rehago mi pregunta. ¿Se le transmiten, contagian o saltan de un órgano a otro los bichos víricos o bacterianos? ¿O la disociación preexistente en su composición muscular y orgánica le supone un cortafuegos a la hora de su curación?
-No, no se moleste usted. Ha sido una cabezadita. ¿seguimos?
-Que qué le pasa si un hombro coge un hongo. ¿le llega al pie?
-La verdad sea dicha, mi padre y mecánico se ocupa de cualquier incidencia de este tipo cortando por lo sano. Literalmente.
-¿Su cerebro es fijo? ¿Es usted siempre el mismo? ¿Ha cambiado de equipo de fútbol?
-La mejor pregunta tríptica que me han hecho desde que vengo a las tertulias, allá por el milchocientos y pico. Soy el mismo en mí, es decir me reconozco. Quizá mi programador me reimplante las misma ideas del día anterior, aunque haga trampa al poner también las soluciones de los problemas no resueltos. En cuanto ar Beti, no se me le ocurra volver a preguntar algo tan inductor al bofetón directo.
-¿Cómo iba a figurarme yo? ¡A mis brazos, verdolaga! Pero sigamos, como dos profesionales. Y de novietas, ¿cómo andamos?
- Más de un entusiasmo me ha derivado a la rotura con las féminas que me ha provisto mi padre. No doy más detalles. Las prefiero íntegras, de una pieza. Alguna se ha llevado algún recuerdo, pero es normal. Tampoco doy más detalles.
-Finalmente, ¿alguna mejora prevista?
-Estamos trabajando en imitar a las mujeres. He llegado, de momento, a pasear al perro, lograr que no me muerda, y bajar la basura. Son casi tres cosas a la vez, algo muy femenino, lo que supondría un gran paso en la evolución del sacar adelante a los hijos poco a poco, como es mi caso.
-¿Galas de verano, quizá?
-Supone dejarse la piel aquí y allá, no siempre recuperarse,… en fin quizá algunos bolos, pero en quirófanos reducidos, entre amigos.
-Cuídese de los accidentes, no sea que tengan que dar parte de usted.
-Sí, sí que le comprendo. Tanto que si me hubieran cosido bien la tibia derecha le daba yo a usted un golpe franco, con franqueza. Y directo. Y en directo.
-Ánimo y hasta otra, que llegas tarde.
Amigos, les dejamos con la película “Hecho pedazos en Ginebra a pedazos de ginebra”[1].
Hasta la próxima.


[1] Pedazo: Borrachera, pedo descomunal. Una gracia del autor, que identifica, en su sabiduría, “trozo o parte” con el superlativo de “pedo” o cogorza. Les pedimos sinceras disculpas.

Grandes entrevistas de la Historia (5).


Dexter Morgan.

Aparece el forense joven. Trae bolsas de basura que pone junto a la silla. Dice que le gusta sacarla tarde, no como aquella vecina a la que al final hizo partícipe de su opinión y parte de su negocio.
–Buenas tardes y siéntese lo más lejos de mi butacón, Don Dexter. ¿Qué tal la Bahía, en el fondo?
–El fondo, gracias a mi contribución, está a metro y medio. Cuando llegué era una mijita más profundo aquello.
–Cuente usted cómo elige a los participantes en sus lecciones individuales de anatomía.
–Primero los veo desde lejos, pregunto luego a los guionistas y, si me dicen que sí, me voy a por ellos, los pincho inyectándole desmayidinol y, una vez desmoronados, los acuesto, no se me vayan a dar un mal golpe y las pasen moradas.
–¿Puede mostrar sus ciento quince cuchillos al público? Basta con esa distancia, gracias. ¿Cuál es su favorito?
–Este que ve usted, de cuarenta y cuatro centímetros de hoja y mango de durestileno, va conmigo a todas partes. Se llama Poreto y tiene en su haber que corta por lo sano: no alarga una discusión ni un minuto más de lo necesario.
–Durante las charlas ¿permite tomar apuntes a sus víctimas/oyentes?
–No si no han pagado la matrícula.
–¿Les hace una analítica previa?
–Hasta yo, que estoy majareta, me he quedado pensando que es usted tontito después de esta pregunta.
–¿Es usted pelirrojo por exigencias del guión o es que está hasta el pelo de tanto salpicar?
–Como era de esperar, me remito a la respuesta de la pregunta anterior.
Se oye el inconfundible ruido que hace un cuchillo al deslizarse sobre un afilador.
–Dígame, señor Mexter Dorgan –dice temblón el locutor– ¿quedará alguien vivo en la comisaría para poder trincarle al final de las ocho temporadas previstas?
–Lo dejaremos grabado, ¿no? El que venga detrás que arree.
–Sigo pensando en su hermana. Cada vez que intenta pasar un ratito horizontal y agradable con alguien, ese alguien se le muere, hiere, rompe, huye o recibe un balazo a eso de la mitad del episodio. ¿Tiene usted ganas de tralará con ella, dado que no es hermana suya biológica?
–Ahí estamos, chavalito. ¿O es que está usted pensando en quedar con ella para tomar un copetín y después plantearle algún repaso pret a porter?
–Guarde, guarde usted la chatarra, no se le vaya a oxidar con la humedad del plató. Pierda usted cuidado, señor Gexmer Dortan, que tengo novia formal.
–Me va a disculpar usted, joven becario sesentón: me tengo que ir. Aquí llevo bolsas con autocierre, pero no se sabe nunca cuando se te abren por debajo y dejas perdidas las escaleras y, al día siguiente, por protestar, me tengo que poner a hablar uno por uno, por partes, con todo el vecindario.
–Será aparte, digo yo.
–Yo me entiendo.
–Pues perdone que no me levante para despedirle, Mertex Gorman. Ha sido un mirarle a la cara y resolverme en mi asiento. Ea, vaya usted lejos. A ver si otro día le entrevistamos cuando haga usted del abuelito de Heidi.
-Taluego.
Despedimos la conexión. Sú chiquillo.

Grandes entrevistas de la Historia (4).


Julio César.

¡Riguassh! Y después ¡Blop!
Se personifica en directo el espíritu de don Julio, en pleno agosto. Seguido de un ¡plancaplannnnk!: se ha traído su escudo, su casco y su espada corta, que corta como un bisturí. De ahí que venga chupándose el dedo.
-Eh, Juanpelón, usted, el del reportaje, aclare más lo del dedo, que no soy Tontus.
-No, si ya está bien, don Julio. Callo.
-Es al revés. Es Cayo Julio.
-Pues sí que estamos bien. Póngase el pinganillo en la oreja, para que se le oiga bien. Y no se preocupe, que tenemos a un alumno que todavía estudia latín y hará, en caso necesario, la traducción simultánea.
(Aparte)
-Carlos Hipólito, llévate la quincalla de nuestro invitado de hoy, y a ver que no te den menos de cincuenta euros por todo, que es de metal bueno.
-¿Está usted a gustito, César?
–Estoy Augustito César, que viene a ser igual. Espere, que le pongo los pies sin sandalias en la mesa, junto a su vaso de agua y estoy ya como en mi domus[1].
-Primera pregunta. ¿Qué tiene la ensalada César que sale tanto en sitios tan dispares como una pizzería o un after hours?
-He venido después de chillarme con Hades; he dado explicaciones al mismo Zeus y por escrito para poder salir del Ultrabujero. Y me encuentro con el soplamollas del pueblo. ¡Mala sssuerte, joén!
-Pues a mí me gusta como entrante. A continuación, para ilustrar el relato de su vida, expondremos una película sobre su vida protagonizada por Woody Allen. Le ruego que comente el rigor histórico de la misma mientras resume los puntos más importantes de su trayectoria como mandatario, filósofo, religioso y militar.
-Aquí, en la escena donde mi mujer me lleva en brazos al tálamo debido a la diferencia de peso entre los protagonistas, ya se puede ver que llevo laurel. En eso el film es riguroso y no repara en atrezzo. Aunque la marca de los calzones es la misma que la que lleva Clint Eastwood en “Sargento de Hierro”.
-Brillante. En esta otra, en cambio, le veo desmejorado, como pálido.
-Ahí me coge usted en mal momento. No sé qué manía le tengo al verde, pero manía, lo que hizo que, a pesar de la discusión a grito pelado con mi esposa, eligiera un rojo sangre pasión para la túnica de ir a trabajar al Senado. Y además el paño, oiga, un tacto rasposo, mientras que la lana virgen tono aceituna que quería escoger mi mujer lava que da gusto y me hace mucho más delgado.
–Y usted erre que erre.
–Talmente. Y ahora, con el paso de los siglos y haciendo reflexión endomoméntica de verdad se lo digo: arrepentido estoy.
–Supongo que, para colmo y como mínimo, su mujer le diría ceporro, pollino, obtuso, cenutrio y cara pera. Además de bruto.
–Ahí justo empezó la bronca, porque el niñato, el propio Bruto, que estaba presente, se dio por aludido. Aparte, para compensar, mi mujer le hizo a mi sobrino en público un par de piropos por cómo le sentaba la túnica verde hoja, que con sus veintitantos y recién planchada, me subieron la sangre.
–Y tanto, pero después, entre todos, le dieron un bajón. Dicen que no quedó ni para calcularle el RH para darle de baja en Recursos Humanos.
–Más bien fue un bajonazo detrás de otro. Yo venga a darles la razón y ellos pinchándome. Y la túnica, un dineral, hecha jirones. Desde aquel día, unos vaqueros y una camisetita.
–Y de sus batallas, sus leyes, su dictadura, su tiempo de sacerdote…
–Le gané a Pompeyo, con toda su Pompa. Hice un triduo antes incluyendo a Craso, pero me salieron ranas y tuve que afeitarlos en seco. Y al Astérix, tanto cuento, tanto tonteo, le di una buena felpa en Alesia.
–Vendió usted esclavos, me han dicho. Y que así ganó mucho dinero…
–¿Me devuelve usted mi espada corta? ¡Corta ya!
–Mejor le voy a presentar al próximo invitado de nuestro programa. Se llama Dexter Morgan y mire qué colección de hojas trae bajo el brazo. Y no trae ni un solo libro.
–Glabs. Hasta otra, muy buenas.

Riguashh. Y luego ¡blop!





[1] Casa.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Paseando por las Salinas de Sanlúcar








     ¡Hola amigos de Paraleernos!, ya sabéis de mi pasión por la fotografía y de conocer lugares y rincones de esta preciosa tierra nuestra ;fruto de ella son estas fotos realizadas ayer en las Salinas de Sanlúcar de Barrameda. 
     Disfrutad de ellas como yo disfruté haciéndolas.

martes, 3 de septiembre de 2013

Rosa y tiempo.

Ahí os dejo esta foto a la que le tengo mucho, mucho cariño. Espero que disfrutéis de ella y del poema de Miguel Hernández.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Grandes criminales de la historia (5)



Al Phonso Notone, el sordo de Michigan.


Los barrios bajos de la ciudad acogían a todo tipo de tipos. Pero el día que Phonso Notone llegó a Detroit, nadie le miró a la cara, quizá por su baja estatura, pensó. Nunca supo que el Sol, detrás de él, cegaba muchísimo. Desde entonces, sin disparar un solo tiro, Phonso dejó de responder preguntas –ni siquiera las relativas al colesterol- y marcó su territorio. De ahí su apelativo, el inaudito. De ahí su leyenda.
En sus primeros tiempos, mató moscas, por si las moscas; quizá por despecho, quizá porque alguna acabó mosqueándolo de veras. Nadie sabe la verdad. A las cucarachas las aplastó como si fueran cucarachas, mostrando por ellas un desprecio como ningún otro ser humano había alcanzado antes. Miles de ellas soñaron con un hueco de renta limitada para poder vivir. Phonso recogió el importe de las fianzas, pero hizo caso omiso a unos contratos sin base legal y no oyó –aseguraba- cómo eran desalojadas y pisoteadas sin compasión. Poco a poco, su nombre sólo se nombraba en susurros; o en sourround, pero bajito.
Tenía habilidad para los negocios sucios, aunque en ocasiones traficó con un par de marcas de champú anticaspa. Lo malo era la hora de pagar. Phonso no “parecía no querer” hacerlo, pero se hacía “el longuis” a pesar de las explicaciones detalladas que le daban tanto sus enemigos como los que querían matarlo sin conocerle.
Algunos pensaron que mentía en su nacionalidad: tanto hacerse el sueco dejaba dudas sobre su pasaporte. No tenía nada que ver. Se trataba, sólo algunos llegaron a saberlo, de un cromosoma cercano al oído interno, descubierto después de su muerte, llamado “trepaseasoma stateatentis”, que hoy figura como primero en la lista de análisis de jetas, caraduras, pícaros y personajes con capacidad de venderte los calcetines beige que llevas puestos. Y a buen precio.
Trató de aparentar ser un hombre casado en varias ocasiones, lográndolo –el aparentarlo- un par de veces. Lo hacía por la mañana: sacaba la basura sin cerrar la bolsa, para dejar ver a las cotillas, sobre las cáscaras y envases, un lápiz de labios gastado o una media de nylon. Cosas que había sacado de los cajones de su abuela, Calypso Notone, mujer que –decían- lograba que los componentes de cualquier reunión hablaran a gritos a los pocos minutos de empezar las conversaciones. Así, ella, sentada en un butacón, se enteraba de todos los chismes sin tener que ir de grupito en grupito.
Phonso quería llegar a controlar los grandes lagos. Sabía que allí estaban el poder y la gloria. Como no pudo, lloró sin ruido, aunque no se ha precisado el tiempo. Muchos hablan de horas, otros, por temor, sólo escriben notas aisladas y anónimas al respecto.
A pesar de no alcanzar la cumbre del poder, Phonso fue considerado como un buen aspirante durante muchos años. Hasta que cometió un error.
Las antiguas trompetillas, sin pilas ni cables, sin instalación eléctrica o mecánica alguna, suponían una mínima conexión entre el mundo y los que no se enteran ni de quién es el malo en las películas. Phonso las despreció. Recibió una partida sin estrenar, traídas por los suyos, es decir sustraídas, y a un precio competitivo. No hizo caso una vez más a los sabios consejos de sus consejeros e hizo oídos sordos a sus recomendaciones. Él mismo, sin hacer sonar el claxon del camión donde viajaba la mercancía, condujo el mismo hasta un precipicio y se lanzó al suelo antes de dejar despeñarse los miles de trompetillas que, en el aire, parecían pedir que alguien les explicara qué pasaba con su destino: era cruel hacerlas morir sin enterarse de qué habían hecho mal.
No pasó ni una semana cuando se produjo la gran crisis de las pilas. La frontera del estado sufrió un colapso y millones de recambios de baterías quedaron sin poder entrar para atender móviles, transistores, tablets… y sonotones.
La ciudad se crispó. Los que no oían desconfiaban. Los que gritaban perdían la voz, ningún ciudadano la pedía en la cola del pescado; se difuminó la confianza ciega en el dios de la energía repartida en cómodos envases.
Había alcalde en la ciudad y fue a trabajar. Se sabía inútil y recurrió a los capos. Entre ellos, al infalible Notone. Phonso, por primera vez, no pudo hacer nada. No tenía alternativa sencilla al problema. A partir de ese día, nadie le hizo caso. Probó su propia medicina cuando repitió un par de preguntas, fáciles, y nadie le respondió. Nadie. Ni siquiera un contestador automático, que se negó a recoger un mensaje desesperado de Phonso, buscando submarinistas. Lo intentó con post its, pero era tarde y se hacía difícil leerlas.
Cayó al puesto 1.202.788 del ranking del gangsterismo en un solo día. No había quien, a pesar de usar sus propias manos –efecto caracola- acercándolas a sus orejas, le contestara.
Phonso se sentó en el borde de una acera y ahí sintió la avalancha del fracaso en su versión más crítica: una mosca se le metió en la oreja –tarde: si hubiera tenido la mosca en la oreja antes, habría obrado con prudencia- y varias cucarachas bailaron ante sus zapatos de charol. No pudo soportarlo y se dejó morir a base de reposiciones de varias series televisivas en la más absoluta soledad de su casa, mientras cientos de personas se llevaban sus muebles sin atender sus quejas, ni escuchar sus ruegos.
En su lápida, a modo de epiglasis, figura un “¿qué dise, quillo?” cubierto por hojas secas.

sábado, 27 de julio de 2013

Grandes criminales de la Historia (4).


Blas el Encalador.

Transilvaina (tierra de tontos o “del tonto” en rumano a mano). Año bisiesto. Amanece.
Rupiasko Beaporuvas y su mujer (ya me acordaré del nombre), se levantan para empezar el día por el principio. Salen de su tosca vivienda campestre, aislada, a más de seis metros de la casa más cercana y se quedan espantados. La parte frontal, su fachada, aparece con una pintada “Rupiasko, qué asco”, sin firma, ante la inminente presentación de Rupiasko para presidente de la central patatera de la comarca. El matrimonio es bajito y no dispone de escaños para limpiar su carrera política.
De pronto, sin haber desayunado, dos flechas cruzan el cielo. Una gallina blanca y atontada está a punto de ser ensartada al andar por el tejado, pero las dos saetas alcanzan plenamente su objetivo: se clavan sobre la pintada, haciendo dos tenues agujerillos de los cuales mana un líquido espeso y blanco satinado que, en su descenso lento por la pared, cubre por completo el lema y salva una campaña electoral a punto de irse al traste.
El testimonio  del hecho anterior, escalofriante, dejó en blanco el informe del comisario Jeffelsen Sato, hombre de gran experiencia en asuntos claros. Y lo archivó, sin más. Pero sin ponerle un “clip”, por si acaso.
Varios días después, dos colonos modernos, la pareja de hecho formada por la decoradora Anatolia Dapornudo y el analista de boñigas Mahatma Dera, se estableció en una casa de reciente construcción, en la zona cercana a la casa de Rupiasko, es decir, a una distancia corta de la misma. Sólo hubo que desenredar las cortinas de una y otra ventana del comedor para comprobar que eran dos viviendas separadas. El hecho es que la pareja tenía ideas revolucionarias para la ornamentación externa de su hogar. La mujer, no en vano, había coloreado miles de letrinas en pleno campo de batalla, reduciendo al verlas la frecuencia de su uso y por tanto el coste de su mantenimiento. De tal modo que, sin encomendarse a nada, antes de la primera noche la casa estaba pintada de cuatrocientos doce colores, en una aproximación del concepto creativo de sus moradores.
A la mañana siguiente, Anatolia sufrió una antipolicromatosis vacilante, según el médico local, y un cabezazo en el suelo según los vecinos. Todos juntos, aterrados, pudieron ver el inmaculado color blanco mate que lucía la casa. Querían creer a los modernos, aceptaron de hecho su invitación a tomar leche mojada en leche, pero dudaron de la palabra de sus anfitriones: ¿cómo era posible perder el color, demacrarse, de un día para otro? ¿acaso alguien puede quedarse en blanco, exámenes de filosofía aparte? Estas preguntas aterrorizaron a la pareja de hecho. De hecho, ante los hechos, sólo pudieron servir un bizcocho hecho, quizá demasiado hecho, y callar en silencio.
Blas observaba a lo lejos (en realidad, observaba la casa desde lejos), a más de once metros. Su mano no paraba de remover con un palo la última lata de cal inmaculadamente blanca con un poquito de azul para que “no amarilleara”. Una mezcla que le daba la vida cada día, alejándolo de la oscuridad.
-¡Ha, ha, Ha, ha, Ha, ha, Ha, ha! –reía modificando el tono de cada sílaba de modo alternativo. Nunca, salvo en lo blanco, exigía la uniformidad. El blanco eterno. El que nunca se pasa de moda.
Paró de remover y removió su pasado: su planificada boda de blanco, en la que él mismo, por equivocación, se metió en la boda de al lado, saturada de colores pastel y verde botella, estuvo a punto de casarse con un pastor dedicado al sudoku y dio tantas explicaciones que, cuando llegó a su propia ceremonia, sólo encontró, tirado en el suelo, el vestido blanco de la ya mujer de otro, el guitarrista de blues O’conor Ocaña, al que vio partir en una excavadora con su ya esposa, la encantadora Blanca Alba Claricia, su novia de toda la vida, a la que conoció en un punto blanco, tirando calcetines y ropa interior caqui y sintiendo que eran cada uno el blanco de las flechas de amor del otro. Se citaron en un banco blanco, abrieron una cuenta blancaria y rehusaron blanquear dinero. Por la tarde, compraron unos pastelitos de nata y escucharon dos discos de merengue. Soñaron con cantar juntos “blanca navidad”, prohibir los chistes verdes, el humor negro…
Sólo podía dormir de noche, en sábanas blancas.
Un grumo que empezaba a formarse al dejar de remover le avisó para volver a la realidad: había que luchar para que la comarca siguiera siendo impoluta. Ya buscaría la palabra en el diccionario. Se sirvió una copa de vino blanco y practicó dos horas de tiro al blanco, sin fallar ni un solo dardo contra una pared de 850 metros cuadrados, situada a cerca de metro y medio de distancia. Dos veces lo hizo con los ojos vendados (no olvidar que la venda, en cualquier hospital que se precie, es blanca).
Blas fue capturado durante una pequeña siesta por Jeffelson (su clip preparado en el bolsillo) y obligado a presenciar cómo todo el espectro cromático era salpicado sin pausa en la casa de los recién llegados. La mujer se volvía para fijarle la mirada en cada brochazo de un color tomado al azar de una lata cualquiera y aplicado a la fachada tanto con rodillo como con brocha delgada para los huecos de las ventanas.
Los vecinos esperaban que Blas, ante la turba portadora de goteantes pinceles de exterior, apostatara del blanco y firmara un cheque en blanco para correr con los gastos.
No fue así. Ni mijita.
Fue tal el ansia vengativa desatada para aplastar las níveas ideas de Blas, que la Naturaleza, otra que se las trae, desató su ciencia poniéndola a favor de quien, en ajedrez, siempre jugaba con fichas blancas en ambos lados. El hecho físico fue contundente: si pones todos los colores, obtienes, por fotoniación holiostástica, el color blanco. Así se sabe desde aquel día de un año bisiesto. Los presentes se quedaron con los ojos en blanco y la boca abierta, dejando ver dentaduras blanquísimas.
Blas se soltó de las cuerdas con que estaba atado y se fue a dar vueltas por el mundo, transmitiendo sus ideales, pleno su convencimiento de saber que, en la mayor confusión para pintar una salita, él obtendría la solución más sencilla: empezar de blanco a sabiendas de que, si te lías, llegas a él. Fue invitado en la Casa Blanca, a Santa María la Blanca, al Polo Norte y Sur (donde tuvo un lío con una tal Nieves) y en todos esos sitios dejó instrucciones de cómo separar la ropa de color, fuera cual fuera, de la inmaculada, nívea, resplandeciente y sexy ropa blanca.
Una vez se quedó sin blanca y pidió a su primo que le mandara un girillo. Por lo demás, invitado allá por donde iba. En Disneyworld se hizo fotos con la mismísima Blancanieves.
Mitad héroe, mitad villano, su epitafio, al pie del Mont Blanc, dice “Blankuriasaantioskuri nopringadalkitranas ostiavivalacal”, pendiente de traducir.

miércoles, 24 de julio de 2013

Grandes criminales de la Historia (3).


La condesa mugrienta.

“Una mujer bastante guarra en sí misma, quizá autosobrevalorada”, dice el comienzo de su biografía autorizada, titulada “La Pringue soy yo”, escrita a prudente distancia por el investigador de la aristócrata con menor presupuesto de lavavajillas (era muy bajita) de todo el reino de Mandertonia.
Ateniéndonos estrictamente al contenido del libro, señalaremos a Yania Cespuma, su nombre de soltera, como una de las mayores promotoras de la roña, tanto en lo personal como en lo relativo a las dependencias de su castillo, una por una y en conjunto.
Era la Reina indiscutible de la costra pegajosa hasta que llegó su vecina Mari Lupe Stosa, una teórica morena (renegrida en la realidad con tubos de escape) que presumía de un marido unicalzónico, dato comprobable por certificado de su fecha de compra y otro negativo de no haber pasado jamás por la lavandería.
La primera confrontación entre ambas mujeres se saldó de modo drástico. Tras invitarlos a un té difícil de identificar dentro de las tazas y sin avisar, Yania hizo zambullir y remover al matrimonio recién llegado en una tinaja enorme que contenía detergente a disolver en agua a cuarenta grados. Esto supuso que, media hora más tarde, sus dos invitados fueran reconocibles a la vista con sólo dirigir la mirada a sus rostros. Echando pompas por la boca y soltando expresiones sucias, fueron ignominiosamente expulsados de la zona. Aprovecharon su identificabilidad para hacerse las fotos y sacarse el carnet de identidad.
Yania, entre vítores, sintió que el corazón le latía al observar el resultado del lavado de sus contendientes. Mandó salir a todos los presentes y, sin pensárselo, se tiró de cabeza al agua resultante de la desinfección de los Stosa. Salió triunfal, plenamente más sucia y churretosa de lo que se había sentido jamás y desde ese día se juró que la suciedad sería no sólo el sentido de su vida, sino el único motivo para vivirla.
Hizo que centenares de doncellas fueran secuestradas y lavadas en su presencia para succionarles su cochambre; posteriormente, utilizaba el agua en sus aposentos, mediante un ingenioso sistema hidráulico de “agua reversible”, que rescataba cualquier residuo de los filtros.
Su desmedida ansia de roña la hizo aceptar que algunas de las doncellas secuestradas trajeran incorporados algún que otro mozo con el que habían sido sorprendidas en negociaciones rítmicas. No le importaba con tal de saciar su ambición. También ellos sufrieron el robo de su guarrería personal y abandonados después en una perfumería, donde eran recogidos y devueltos a sus casas entre la ignominia por la pérdida de la inmundicia.
Presa del frenesí, Yania no se detuvo hasta que consiguió la exclusiva del baño bimensual de los mineros de carbón de la zona, sembrando también el terror entre los encargados de engrasar las grandes maquinarias de los cargueros que llegaban al puerto.
En sus aposentos no desperdiciaba una sola gota del líquido recogido tras cada noche de sus siniestras rondas. Durante una de ellas, necesitó dos botes de champú para desincrustar y hacerse con tres de las cuatro capas de basura de la piel de un vagabundo, que, en un descuido, pudo huir apenas hecho una porquería para poder seguir su pedigüeño tren de vida.
Finalmente, llegó el día que tanto esperaba la condesa. El campeonato nacional del Asco. Yania aspiraba al primer premio y se sentía preparada.
En las pruebas preliminares, Yania venció a Antolín Fecto y su docena de cochinos con facilidad, llegando a la final tras ser descalificada la gran favorita, Federika Gona, ganadora de la anterior edición, sorprendida cortándose una uña sin explicación alguna.
Como último obstáculo de la competición, había que rociar de gel al contrario y evitar cualquier contacto con “detergente alguno”. Yania y su contrincante, nombrada como “Chica Lamparón”, dotadas de aspersores de mano con un depósito lleno de jabón líquido, comenzaron la batalla. En un primer disparo a limpiarropa, su oponente se lanzó hacia atrás al estilo Matrix y esquivó el chorro, cayendo además sobre unas boñigas blandas que quedaron adheridas a su vestido para sumar así sus primeros puntos. Yania quería mantener la iniciativa y, lanzándose a la charca de barro número 12, se deslizó sobre ella (sobre la charca) para, en su recorrido deslizante, vaciar su cargador en plena cara de su contraria, que dejó claro su rostro: de nuevo Mari Lupe Stosa, de nuevo su archienemiga.
En la entrega de trofeos, tras los discursos, cuando Yania se disponía a recoger su reproducción en plata de una bolsa de basura sin asas y goteando, alguien de entre el público hizo una reclamación plena de alitosis: Yania había llevado “pegada a la espalda”  una pastilla de jabón no reglamentaria.
-Alguien ha puesto eso ahí para inculparme –dijo Yania bajo la capa de fango.
-Que sí, que sí, –dijo el organizador del torneo, entregando el trofeo a Mari Lupe, quien dirigió la mirada a su marido y cómplice de la argucia.
Cumpliendo las normas de la competición, Yania fue enviada a un lavadero de coches cercano donde fue puesta en remojo y cepillada durante meses, hasta ser reconocible. Ella misma se reconoció y la pasaron a planta. Al salir, aceptó presentarse cada quince días a que le cambiaran la camisa de fuerza limpia; entonces quiso volver a su castillo y no pudo soportar verlo convertido en una fábrica de hidrocarburos que antes habían sido sus sábanas, paños de cocina, cortinas… desde la puerta pudo ver a uno de sus criados, Bruno Huotro, que arrastraba los pies recogiendo las hojas de los árboles, embutido en un uniforme que ya sólo en el color recordaba a la caca. Parecía no tener alma, o que se la hubieran robado, o algo peor: desinfectado. No se detuvo a saludarlo y se fue.
El resto de sus días, sola, abandonada por los gérmenes, se dedicó a proyectar modelos de fosas sépticas para casas que no cumplían con la Ley de Costas. En su funeral, ni una sola papelera le fue vaciada y sólo algunos se acercaron a depositar flores podridas en su tumba. 

viernes, 19 de julio de 2013

Rincones de mi ciudad.




Aprovechando el fresquito de la noche para pasear con mi cámara, amiga inseparable, los rincones de mi ciudad. Y ahora, compartirlas con vosotros.