miércoles, 11 de septiembre de 2013

Grandes entrevistas de la Historia (4).


Julio César.

¡Riguassh! Y después ¡Blop!
Se personifica en directo el espíritu de don Julio, en pleno agosto. Seguido de un ¡plancaplannnnk!: se ha traído su escudo, su casco y su espada corta, que corta como un bisturí. De ahí que venga chupándose el dedo.
-Eh, Juanpelón, usted, el del reportaje, aclare más lo del dedo, que no soy Tontus.
-No, si ya está bien, don Julio. Callo.
-Es al revés. Es Cayo Julio.
-Pues sí que estamos bien. Póngase el pinganillo en la oreja, para que se le oiga bien. Y no se preocupe, que tenemos a un alumno que todavía estudia latín y hará, en caso necesario, la traducción simultánea.
(Aparte)
-Carlos Hipólito, llévate la quincalla de nuestro invitado de hoy, y a ver que no te den menos de cincuenta euros por todo, que es de metal bueno.
-¿Está usted a gustito, César?
–Estoy Augustito César, que viene a ser igual. Espere, que le pongo los pies sin sandalias en la mesa, junto a su vaso de agua y estoy ya como en mi domus[1].
-Primera pregunta. ¿Qué tiene la ensalada César que sale tanto en sitios tan dispares como una pizzería o un after hours?
-He venido después de chillarme con Hades; he dado explicaciones al mismo Zeus y por escrito para poder salir del Ultrabujero. Y me encuentro con el soplamollas del pueblo. ¡Mala sssuerte, joén!
-Pues a mí me gusta como entrante. A continuación, para ilustrar el relato de su vida, expondremos una película sobre su vida protagonizada por Woody Allen. Le ruego que comente el rigor histórico de la misma mientras resume los puntos más importantes de su trayectoria como mandatario, filósofo, religioso y militar.
-Aquí, en la escena donde mi mujer me lleva en brazos al tálamo debido a la diferencia de peso entre los protagonistas, ya se puede ver que llevo laurel. En eso el film es riguroso y no repara en atrezzo. Aunque la marca de los calzones es la misma que la que lleva Clint Eastwood en “Sargento de Hierro”.
-Brillante. En esta otra, en cambio, le veo desmejorado, como pálido.
-Ahí me coge usted en mal momento. No sé qué manía le tengo al verde, pero manía, lo que hizo que, a pesar de la discusión a grito pelado con mi esposa, eligiera un rojo sangre pasión para la túnica de ir a trabajar al Senado. Y además el paño, oiga, un tacto rasposo, mientras que la lana virgen tono aceituna que quería escoger mi mujer lava que da gusto y me hace mucho más delgado.
–Y usted erre que erre.
–Talmente. Y ahora, con el paso de los siglos y haciendo reflexión endomoméntica de verdad se lo digo: arrepentido estoy.
–Supongo que, para colmo y como mínimo, su mujer le diría ceporro, pollino, obtuso, cenutrio y cara pera. Además de bruto.
–Ahí justo empezó la bronca, porque el niñato, el propio Bruto, que estaba presente, se dio por aludido. Aparte, para compensar, mi mujer le hizo a mi sobrino en público un par de piropos por cómo le sentaba la túnica verde hoja, que con sus veintitantos y recién planchada, me subieron la sangre.
–Y tanto, pero después, entre todos, le dieron un bajón. Dicen que no quedó ni para calcularle el RH para darle de baja en Recursos Humanos.
–Más bien fue un bajonazo detrás de otro. Yo venga a darles la razón y ellos pinchándome. Y la túnica, un dineral, hecha jirones. Desde aquel día, unos vaqueros y una camisetita.
–Y de sus batallas, sus leyes, su dictadura, su tiempo de sacerdote…
–Le gané a Pompeyo, con toda su Pompa. Hice un triduo antes incluyendo a Craso, pero me salieron ranas y tuve que afeitarlos en seco. Y al Astérix, tanto cuento, tanto tonteo, le di una buena felpa en Alesia.
–Vendió usted esclavos, me han dicho. Y que así ganó mucho dinero…
–¿Me devuelve usted mi espada corta? ¡Corta ya!
–Mejor le voy a presentar al próximo invitado de nuestro programa. Se llama Dexter Morgan y mire qué colección de hojas trae bajo el brazo. Y no trae ni un solo libro.
–Glabs. Hasta otra, muy buenas.

Riguashh. Y luego ¡blop!





[1] Casa.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Paseando por las Salinas de Sanlúcar








     ¡Hola amigos de Paraleernos!, ya sabéis de mi pasión por la fotografía y de conocer lugares y rincones de esta preciosa tierra nuestra ;fruto de ella son estas fotos realizadas ayer en las Salinas de Sanlúcar de Barrameda. 
     Disfrutad de ellas como yo disfruté haciéndolas.

martes, 3 de septiembre de 2013

Rosa y tiempo.

Ahí os dejo esta foto a la que le tengo mucho, mucho cariño. Espero que disfrutéis de ella y del poema de Miguel Hernández.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Grandes criminales de la historia (5)



Al Phonso Notone, el sordo de Michigan.


Los barrios bajos de la ciudad acogían a todo tipo de tipos. Pero el día que Phonso Notone llegó a Detroit, nadie le miró a la cara, quizá por su baja estatura, pensó. Nunca supo que el Sol, detrás de él, cegaba muchísimo. Desde entonces, sin disparar un solo tiro, Phonso dejó de responder preguntas –ni siquiera las relativas al colesterol- y marcó su territorio. De ahí su apelativo, el inaudito. De ahí su leyenda.
En sus primeros tiempos, mató moscas, por si las moscas; quizá por despecho, quizá porque alguna acabó mosqueándolo de veras. Nadie sabe la verdad. A las cucarachas las aplastó como si fueran cucarachas, mostrando por ellas un desprecio como ningún otro ser humano había alcanzado antes. Miles de ellas soñaron con un hueco de renta limitada para poder vivir. Phonso recogió el importe de las fianzas, pero hizo caso omiso a unos contratos sin base legal y no oyó –aseguraba- cómo eran desalojadas y pisoteadas sin compasión. Poco a poco, su nombre sólo se nombraba en susurros; o en sourround, pero bajito.
Tenía habilidad para los negocios sucios, aunque en ocasiones traficó con un par de marcas de champú anticaspa. Lo malo era la hora de pagar. Phonso no “parecía no querer” hacerlo, pero se hacía “el longuis” a pesar de las explicaciones detalladas que le daban tanto sus enemigos como los que querían matarlo sin conocerle.
Algunos pensaron que mentía en su nacionalidad: tanto hacerse el sueco dejaba dudas sobre su pasaporte. No tenía nada que ver. Se trataba, sólo algunos llegaron a saberlo, de un cromosoma cercano al oído interno, descubierto después de su muerte, llamado “trepaseasoma stateatentis”, que hoy figura como primero en la lista de análisis de jetas, caraduras, pícaros y personajes con capacidad de venderte los calcetines beige que llevas puestos. Y a buen precio.
Trató de aparentar ser un hombre casado en varias ocasiones, lográndolo –el aparentarlo- un par de veces. Lo hacía por la mañana: sacaba la basura sin cerrar la bolsa, para dejar ver a las cotillas, sobre las cáscaras y envases, un lápiz de labios gastado o una media de nylon. Cosas que había sacado de los cajones de su abuela, Calypso Notone, mujer que –decían- lograba que los componentes de cualquier reunión hablaran a gritos a los pocos minutos de empezar las conversaciones. Así, ella, sentada en un butacón, se enteraba de todos los chismes sin tener que ir de grupito en grupito.
Phonso quería llegar a controlar los grandes lagos. Sabía que allí estaban el poder y la gloria. Como no pudo, lloró sin ruido, aunque no se ha precisado el tiempo. Muchos hablan de horas, otros, por temor, sólo escriben notas aisladas y anónimas al respecto.
A pesar de no alcanzar la cumbre del poder, Phonso fue considerado como un buen aspirante durante muchos años. Hasta que cometió un error.
Las antiguas trompetillas, sin pilas ni cables, sin instalación eléctrica o mecánica alguna, suponían una mínima conexión entre el mundo y los que no se enteran ni de quién es el malo en las películas. Phonso las despreció. Recibió una partida sin estrenar, traídas por los suyos, es decir sustraídas, y a un precio competitivo. No hizo caso una vez más a los sabios consejos de sus consejeros e hizo oídos sordos a sus recomendaciones. Él mismo, sin hacer sonar el claxon del camión donde viajaba la mercancía, condujo el mismo hasta un precipicio y se lanzó al suelo antes de dejar despeñarse los miles de trompetillas que, en el aire, parecían pedir que alguien les explicara qué pasaba con su destino: era cruel hacerlas morir sin enterarse de qué habían hecho mal.
No pasó ni una semana cuando se produjo la gran crisis de las pilas. La frontera del estado sufrió un colapso y millones de recambios de baterías quedaron sin poder entrar para atender móviles, transistores, tablets… y sonotones.
La ciudad se crispó. Los que no oían desconfiaban. Los que gritaban perdían la voz, ningún ciudadano la pedía en la cola del pescado; se difuminó la confianza ciega en el dios de la energía repartida en cómodos envases.
Había alcalde en la ciudad y fue a trabajar. Se sabía inútil y recurrió a los capos. Entre ellos, al infalible Notone. Phonso, por primera vez, no pudo hacer nada. No tenía alternativa sencilla al problema. A partir de ese día, nadie le hizo caso. Probó su propia medicina cuando repitió un par de preguntas, fáciles, y nadie le respondió. Nadie. Ni siquiera un contestador automático, que se negó a recoger un mensaje desesperado de Phonso, buscando submarinistas. Lo intentó con post its, pero era tarde y se hacía difícil leerlas.
Cayó al puesto 1.202.788 del ranking del gangsterismo en un solo día. No había quien, a pesar de usar sus propias manos –efecto caracola- acercándolas a sus orejas, le contestara.
Phonso se sentó en el borde de una acera y ahí sintió la avalancha del fracaso en su versión más crítica: una mosca se le metió en la oreja –tarde: si hubiera tenido la mosca en la oreja antes, habría obrado con prudencia- y varias cucarachas bailaron ante sus zapatos de charol. No pudo soportarlo y se dejó morir a base de reposiciones de varias series televisivas en la más absoluta soledad de su casa, mientras cientos de personas se llevaban sus muebles sin atender sus quejas, ni escuchar sus ruegos.
En su lápida, a modo de epiglasis, figura un “¿qué dise, quillo?” cubierto por hojas secas.

sábado, 27 de julio de 2013

Grandes criminales de la Historia (4).


Blas el Encalador.

Transilvaina (tierra de tontos o “del tonto” en rumano a mano). Año bisiesto. Amanece.
Rupiasko Beaporuvas y su mujer (ya me acordaré del nombre), se levantan para empezar el día por el principio. Salen de su tosca vivienda campestre, aislada, a más de seis metros de la casa más cercana y se quedan espantados. La parte frontal, su fachada, aparece con una pintada “Rupiasko, qué asco”, sin firma, ante la inminente presentación de Rupiasko para presidente de la central patatera de la comarca. El matrimonio es bajito y no dispone de escaños para limpiar su carrera política.
De pronto, sin haber desayunado, dos flechas cruzan el cielo. Una gallina blanca y atontada está a punto de ser ensartada al andar por el tejado, pero las dos saetas alcanzan plenamente su objetivo: se clavan sobre la pintada, haciendo dos tenues agujerillos de los cuales mana un líquido espeso y blanco satinado que, en su descenso lento por la pared, cubre por completo el lema y salva una campaña electoral a punto de irse al traste.
El testimonio  del hecho anterior, escalofriante, dejó en blanco el informe del comisario Jeffelsen Sato, hombre de gran experiencia en asuntos claros. Y lo archivó, sin más. Pero sin ponerle un “clip”, por si acaso.
Varios días después, dos colonos modernos, la pareja de hecho formada por la decoradora Anatolia Dapornudo y el analista de boñigas Mahatma Dera, se estableció en una casa de reciente construcción, en la zona cercana a la casa de Rupiasko, es decir, a una distancia corta de la misma. Sólo hubo que desenredar las cortinas de una y otra ventana del comedor para comprobar que eran dos viviendas separadas. El hecho es que la pareja tenía ideas revolucionarias para la ornamentación externa de su hogar. La mujer, no en vano, había coloreado miles de letrinas en pleno campo de batalla, reduciendo al verlas la frecuencia de su uso y por tanto el coste de su mantenimiento. De tal modo que, sin encomendarse a nada, antes de la primera noche la casa estaba pintada de cuatrocientos doce colores, en una aproximación del concepto creativo de sus moradores.
A la mañana siguiente, Anatolia sufrió una antipolicromatosis vacilante, según el médico local, y un cabezazo en el suelo según los vecinos. Todos juntos, aterrados, pudieron ver el inmaculado color blanco mate que lucía la casa. Querían creer a los modernos, aceptaron de hecho su invitación a tomar leche mojada en leche, pero dudaron de la palabra de sus anfitriones: ¿cómo era posible perder el color, demacrarse, de un día para otro? ¿acaso alguien puede quedarse en blanco, exámenes de filosofía aparte? Estas preguntas aterrorizaron a la pareja de hecho. De hecho, ante los hechos, sólo pudieron servir un bizcocho hecho, quizá demasiado hecho, y callar en silencio.
Blas observaba a lo lejos (en realidad, observaba la casa desde lejos), a más de once metros. Su mano no paraba de remover con un palo la última lata de cal inmaculadamente blanca con un poquito de azul para que “no amarilleara”. Una mezcla que le daba la vida cada día, alejándolo de la oscuridad.
-¡Ha, ha, Ha, ha, Ha, ha, Ha, ha! –reía modificando el tono de cada sílaba de modo alternativo. Nunca, salvo en lo blanco, exigía la uniformidad. El blanco eterno. El que nunca se pasa de moda.
Paró de remover y removió su pasado: su planificada boda de blanco, en la que él mismo, por equivocación, se metió en la boda de al lado, saturada de colores pastel y verde botella, estuvo a punto de casarse con un pastor dedicado al sudoku y dio tantas explicaciones que, cuando llegó a su propia ceremonia, sólo encontró, tirado en el suelo, el vestido blanco de la ya mujer de otro, el guitarrista de blues O’conor Ocaña, al que vio partir en una excavadora con su ya esposa, la encantadora Blanca Alba Claricia, su novia de toda la vida, a la que conoció en un punto blanco, tirando calcetines y ropa interior caqui y sintiendo que eran cada uno el blanco de las flechas de amor del otro. Se citaron en un banco blanco, abrieron una cuenta blancaria y rehusaron blanquear dinero. Por la tarde, compraron unos pastelitos de nata y escucharon dos discos de merengue. Soñaron con cantar juntos “blanca navidad”, prohibir los chistes verdes, el humor negro…
Sólo podía dormir de noche, en sábanas blancas.
Un grumo que empezaba a formarse al dejar de remover le avisó para volver a la realidad: había que luchar para que la comarca siguiera siendo impoluta. Ya buscaría la palabra en el diccionario. Se sirvió una copa de vino blanco y practicó dos horas de tiro al blanco, sin fallar ni un solo dardo contra una pared de 850 metros cuadrados, situada a cerca de metro y medio de distancia. Dos veces lo hizo con los ojos vendados (no olvidar que la venda, en cualquier hospital que se precie, es blanca).
Blas fue capturado durante una pequeña siesta por Jeffelson (su clip preparado en el bolsillo) y obligado a presenciar cómo todo el espectro cromático era salpicado sin pausa en la casa de los recién llegados. La mujer se volvía para fijarle la mirada en cada brochazo de un color tomado al azar de una lata cualquiera y aplicado a la fachada tanto con rodillo como con brocha delgada para los huecos de las ventanas.
Los vecinos esperaban que Blas, ante la turba portadora de goteantes pinceles de exterior, apostatara del blanco y firmara un cheque en blanco para correr con los gastos.
No fue así. Ni mijita.
Fue tal el ansia vengativa desatada para aplastar las níveas ideas de Blas, que la Naturaleza, otra que se las trae, desató su ciencia poniéndola a favor de quien, en ajedrez, siempre jugaba con fichas blancas en ambos lados. El hecho físico fue contundente: si pones todos los colores, obtienes, por fotoniación holiostástica, el color blanco. Así se sabe desde aquel día de un año bisiesto. Los presentes se quedaron con los ojos en blanco y la boca abierta, dejando ver dentaduras blanquísimas.
Blas se soltó de las cuerdas con que estaba atado y se fue a dar vueltas por el mundo, transmitiendo sus ideales, pleno su convencimiento de saber que, en la mayor confusión para pintar una salita, él obtendría la solución más sencilla: empezar de blanco a sabiendas de que, si te lías, llegas a él. Fue invitado en la Casa Blanca, a Santa María la Blanca, al Polo Norte y Sur (donde tuvo un lío con una tal Nieves) y en todos esos sitios dejó instrucciones de cómo separar la ropa de color, fuera cual fuera, de la inmaculada, nívea, resplandeciente y sexy ropa blanca.
Una vez se quedó sin blanca y pidió a su primo que le mandara un girillo. Por lo demás, invitado allá por donde iba. En Disneyworld se hizo fotos con la mismísima Blancanieves.
Mitad héroe, mitad villano, su epitafio, al pie del Mont Blanc, dice “Blankuriasaantioskuri nopringadalkitranas ostiavivalacal”, pendiente de traducir.

miércoles, 24 de julio de 2013

Grandes criminales de la Historia (3).


La condesa mugrienta.

“Una mujer bastante guarra en sí misma, quizá autosobrevalorada”, dice el comienzo de su biografía autorizada, titulada “La Pringue soy yo”, escrita a prudente distancia por el investigador de la aristócrata con menor presupuesto de lavavajillas (era muy bajita) de todo el reino de Mandertonia.
Ateniéndonos estrictamente al contenido del libro, señalaremos a Yania Cespuma, su nombre de soltera, como una de las mayores promotoras de la roña, tanto en lo personal como en lo relativo a las dependencias de su castillo, una por una y en conjunto.
Era la Reina indiscutible de la costra pegajosa hasta que llegó su vecina Mari Lupe Stosa, una teórica morena (renegrida en la realidad con tubos de escape) que presumía de un marido unicalzónico, dato comprobable por certificado de su fecha de compra y otro negativo de no haber pasado jamás por la lavandería.
La primera confrontación entre ambas mujeres se saldó de modo drástico. Tras invitarlos a un té difícil de identificar dentro de las tazas y sin avisar, Yania hizo zambullir y remover al matrimonio recién llegado en una tinaja enorme que contenía detergente a disolver en agua a cuarenta grados. Esto supuso que, media hora más tarde, sus dos invitados fueran reconocibles a la vista con sólo dirigir la mirada a sus rostros. Echando pompas por la boca y soltando expresiones sucias, fueron ignominiosamente expulsados de la zona. Aprovecharon su identificabilidad para hacerse las fotos y sacarse el carnet de identidad.
Yania, entre vítores, sintió que el corazón le latía al observar el resultado del lavado de sus contendientes. Mandó salir a todos los presentes y, sin pensárselo, se tiró de cabeza al agua resultante de la desinfección de los Stosa. Salió triunfal, plenamente más sucia y churretosa de lo que se había sentido jamás y desde ese día se juró que la suciedad sería no sólo el sentido de su vida, sino el único motivo para vivirla.
Hizo que centenares de doncellas fueran secuestradas y lavadas en su presencia para succionarles su cochambre; posteriormente, utilizaba el agua en sus aposentos, mediante un ingenioso sistema hidráulico de “agua reversible”, que rescataba cualquier residuo de los filtros.
Su desmedida ansia de roña la hizo aceptar que algunas de las doncellas secuestradas trajeran incorporados algún que otro mozo con el que habían sido sorprendidas en negociaciones rítmicas. No le importaba con tal de saciar su ambición. También ellos sufrieron el robo de su guarrería personal y abandonados después en una perfumería, donde eran recogidos y devueltos a sus casas entre la ignominia por la pérdida de la inmundicia.
Presa del frenesí, Yania no se detuvo hasta que consiguió la exclusiva del baño bimensual de los mineros de carbón de la zona, sembrando también el terror entre los encargados de engrasar las grandes maquinarias de los cargueros que llegaban al puerto.
En sus aposentos no desperdiciaba una sola gota del líquido recogido tras cada noche de sus siniestras rondas. Durante una de ellas, necesitó dos botes de champú para desincrustar y hacerse con tres de las cuatro capas de basura de la piel de un vagabundo, que, en un descuido, pudo huir apenas hecho una porquería para poder seguir su pedigüeño tren de vida.
Finalmente, llegó el día que tanto esperaba la condesa. El campeonato nacional del Asco. Yania aspiraba al primer premio y se sentía preparada.
En las pruebas preliminares, Yania venció a Antolín Fecto y su docena de cochinos con facilidad, llegando a la final tras ser descalificada la gran favorita, Federika Gona, ganadora de la anterior edición, sorprendida cortándose una uña sin explicación alguna.
Como último obstáculo de la competición, había que rociar de gel al contrario y evitar cualquier contacto con “detergente alguno”. Yania y su contrincante, nombrada como “Chica Lamparón”, dotadas de aspersores de mano con un depósito lleno de jabón líquido, comenzaron la batalla. En un primer disparo a limpiarropa, su oponente se lanzó hacia atrás al estilo Matrix y esquivó el chorro, cayendo además sobre unas boñigas blandas que quedaron adheridas a su vestido para sumar así sus primeros puntos. Yania quería mantener la iniciativa y, lanzándose a la charca de barro número 12, se deslizó sobre ella (sobre la charca) para, en su recorrido deslizante, vaciar su cargador en plena cara de su contraria, que dejó claro su rostro: de nuevo Mari Lupe Stosa, de nuevo su archienemiga.
En la entrega de trofeos, tras los discursos, cuando Yania se disponía a recoger su reproducción en plata de una bolsa de basura sin asas y goteando, alguien de entre el público hizo una reclamación plena de alitosis: Yania había llevado “pegada a la espalda”  una pastilla de jabón no reglamentaria.
-Alguien ha puesto eso ahí para inculparme –dijo Yania bajo la capa de fango.
-Que sí, que sí, –dijo el organizador del torneo, entregando el trofeo a Mari Lupe, quien dirigió la mirada a su marido y cómplice de la argucia.
Cumpliendo las normas de la competición, Yania fue enviada a un lavadero de coches cercano donde fue puesta en remojo y cepillada durante meses, hasta ser reconocible. Ella misma se reconoció y la pasaron a planta. Al salir, aceptó presentarse cada quince días a que le cambiaran la camisa de fuerza limpia; entonces quiso volver a su castillo y no pudo soportar verlo convertido en una fábrica de hidrocarburos que antes habían sido sus sábanas, paños de cocina, cortinas… desde la puerta pudo ver a uno de sus criados, Bruno Huotro, que arrastraba los pies recogiendo las hojas de los árboles, embutido en un uniforme que ya sólo en el color recordaba a la caca. Parecía no tener alma, o que se la hubieran robado, o algo peor: desinfectado. No se detuvo a saludarlo y se fue.
El resto de sus días, sola, abandonada por los gérmenes, se dedicó a proyectar modelos de fosas sépticas para casas que no cumplían con la Ley de Costas. En su funeral, ni una sola papelera le fue vaciada y sólo algunos se acercaron a depositar flores podridas en su tumba. 

viernes, 19 de julio de 2013

Rincones de mi ciudad.




Aprovechando el fresquito de la noche para pasear con mi cámara, amiga inseparable, los rincones de mi ciudad. Y ahora, compartirlas con vosotros.

martes, 9 de julio de 2013

Grandes criminales de la Historia (2)


Jack el Destrepador.

Nacido el mismo día que señalaría para siempre sus cumpleaños, Jack Templeton Perrugolarrartegui, puesto bocabajo por la comadrona de guardia que le asistió, comprendió que nadie debe creerse nada en ningún sitio: rechazó la cunita blanca a estrenar que le ofrecieron sus padres y eligió una de esparto, sin sábanas, destinada a recoger la ropa sucia del ala de maternidad. La prevista para él fue ocupada por Wilson Mahatma Daikiri, nacido dos minutos antes que él.
En su fulgurante carrera contra el estatus sin baremo previo, Jack arremetió contra el obeso director de su guardería en el preciso momento de la entrega de una medallita de latón apurpurinado que el propio director intentaba entregar a Isadorita Powerdere, ganadora de “los seis saltitos sin caerse”. Isadorita, con sus lindos bucles rizados, había recibido “cierta ayuda” de su primo Hipólito en el quinto salto. Jack provocó que sus padres vinieran a recogerlo, aunque tuvieron que esperar a que devolviera la medalla que se había tragado antes de poder llevárselo a casa.
Desde entonces, la vida de Jack contra los trepas se construyó como autodidacta. Creó su propio estilo.
Encerrado en un granero desde que aparecieron los granos en su cara, Jack consiguió que 112 de sus 113 víctimas reconocidas no accedieran a cargo público alguno sin méritos certificados. El que pudo huir, a gritos y con una credencial falsa que no llegó a arder en el microondas de Jack, fue encontrado en un departamento de personal de la gerencia de urbanismo de Londres, gritando como un poseso que si bien su tío le había recomendado para un cargo público, él reunía capacidad suficiente para desempeñarlo.
Tardó apenas una semana en recordar dónde había apuntado la dirección de Jack, pasar a limpio el papel y sellar dos copias antes de dirigirse por escrito a la comisaría más próxima, donde el recepcionista le preguntó por el modelo SKapasono, que le hizo rellenar por triplicado.
El grupo policial que irrumpió en el cubil de Jack quedó horrorizado ante la visión de las paredes: renuncias firmadas a puestos de confianza, anulación de contratos prometidos para puestos de asesores sin oposiciones… Debajo de los títulos, las fotos de las víctimas firmando de su propio puño y letra provocó escalofríos en varios de los agentes. No habían visto algo similar en sus carreras.
Algunos casos concretos estremecieron muy particularmente a los encargados de transportar los documentos encontrados, algunos en buen estado, la mayoría descuartizados, que sólo en el laboratorio grafológico podrían ser identificados.
En concreto, la víctima catalogada como Elmer Turner Palmer desató la náusea. Se trataba de un tipo que “había llevado los asuntos” del concejal de turno para asuntos relacionados con el color de los semáforos. Elmer había conseguido ganarse la confianza de los sucesivos jefes durante años y, la vez que un alcalde quiso normalizar el personal, Elmer consiguió un sello que le colocó como fijo ante cualquier examen para ocupar “su” plaza. La noche en que colaba su papelote en el cajón principal del alcalde, Jack estaba esperándolo. Durante una noche interminable, obligó a Elmer a renunciar al cargo, presente y futuro, en posturas abominables, algunas de ellas inverosímiles, que grabó en DVD. Al amanecer, con luz natural, un Elmer agotado y tendido boca arriba sobre la alfombra, juró no volver a camelarse a nadie para trepar por un sueldo fijo. Al pasar a su lado, Jack dejó sobre su pecho una copia legible de la declaración jurada que Elmer regó con abundantes lágrimas.
Durante el Gran Juicio, Jack no negó ni una sola de las acusaciones. En un momento, cuando un juez interino por su culpa le preguntó si él mismo no había querido ser “el niñito de mami” alguna vez, Jack le clavó su mirada y respondió “jamás” en varios idiomas, lo que recordó al juez por qué no alcanzó la plaza de titular y le hizo abandonar la sala entre sollozos.
Condenado a ver videos de vacantes ocupadas por personal no laboral, sin contrato indefinido, Jack tuvo una última intervención que arrancó escalofrío y admiración en la sala. En ella, pidió la celda más parecida al calabozo medieval que hubiera en la penitenciaría Dakinosesal, de máxima seguridad. Él sabía que “no era el primero en la lista” para una celda con suelo y camas.
Olvidado el terror, disuelto el mito, hoy encontramos delegaciones de distintos tipos de administraciones donde cada persona que acude a su sillón lo hace sin tener que esgrimir su título cosido a la espalda, como obligó Jack a muchas de sus víctimas.

Grandes criminales de la Historia (1)

El Estornudador de Boston (Parte 2).


Nick no podía levantarse al día siguiente. No si seguía empeñado en hacerlo hacia el lado del respaldo.
Llegó al suelo con esfuerzo y sintió que no podía caer más bajo. Apareció entonces Tina Jawater, su secretaria. Traía una bandeja con café optativo, azúcar obligatoria y zumo de fruta natural por sorteo. Tiraron los dados y tocó batir alfalfa y orujo. Apenas probaron seis tazas.
Antes de irse, después de desayunar juntos, Tina se volvió hacia Nick con violencia, haciendo salir disparada media vajilla mientras decía:
–No dejes que este asunto te estalle en plena cara. Levántate y nadie podrá decir que no tienes aspiraciones.
El portazo hizo caer el trofeo de cristal de Bohemia que Nick obtuvo en 1997, cuando atrapó al astuto delincuente Hepberb Stalalanoslosh, quizá el más escurridizo de los checoslovacos a los que se había enfrentado en su carrera.
Tina había dado en la diana. Como siempre que jugaba. Nick desclavó los tres dardos, los lanzó con precisión, los desclavó de su sombrero y salió disparado de su despacho. No había tiempo que perder.
Al anochecer, un satisfecho y sonriente Nick Korresky tenía a su lado, esposado, a Jesús Piro, el hombre más buscado de la ciudad.
A un codazo de Nick, el tipo comenzó a hablar para los lectores.
(Bien jugado, Nick, porque si no, ¿qué hago, me lo invento todo?)
–Eeer sí, pero qué listo eres, qué bien lo has resuelto, da gusto tener agentes tan diligentes y tan buena gente. ¡Qué bueno, qué profesional,… es que así da gusto que lo detengan a uno! –dijo el detenido con la mayor espontaneidad.
(¡Qué desabrido el tío! ¡La mismita emoción que Stallone dando el tiempo!)
-Pero cuenta los detalles, chiquillo, que a la gente le gustará saberlos –dijo Nick tras otro codazo.
-Pues nada, que aquí el maravillas éste, va e inquiere a mi portera, señorita Ingrid Bopsoil, sobre quién es el que más pañuelos de papel compra en la barriada. Y éste, el maravillas, viendo que la mujer no es chivatona, no sé si por lo de muda, y que no le aclara nada, pues va y pone pimienta en spray por toda las zonas comunes de la comunidad, de tal modo que antes de entrar en mi portal oigo un alud de estornudos variados en tiempo y tono, que supusieron el golpe de intrusismo más cruel que he presenciado en mi vida. Me sentí fuera de mi mundo, atacado por mi propia medicina, con una cucharada de mi arma.  No pude conservar el control y, lo reconozco, no pude controlarme.
Aplausos tenues. Un total de diecisiete contando dos del propio declarante.
-Tina tenía razón, –explicó Nick más tarde, mientras rellenaba el informe-. Bastó con esparcir el condimento por el aire y esperar a que, en algún lugar de la ciudad, este archicriminal se acercara a aspirarlo y así mantener el monopolio. Aunque no pudiera evitar que me estallara en la cara. ¿Pueden creerlo? ¡Resulta que el tipo andaba resfriado desde 2010!
Uno de los farmacéuticos del laboratorio se estremeció al oírlo. Había que ser muy duro para no desmayarse delante de aquel tipo.
De pronto, cuando entraba a su celda, en el más denso de los silencios, el tipo se zafó de los guardianes, se revolvió y estornudó como nadie, jamás, lo había hecho antes en una comisaría: rodeado de policías de uniforme y de paisano.
Los pañuelos volaron de sus paquetes de a diez unidades, tratando de socorrer a docenas de funcionarios que apenas podían ver en medio de un caos donde las gafas entorpecían más que ayudaban. Nick se protegió con un pañuelo de doble tela bordado por su abuela, y avanzó hacia el criminal, sonándole de modo parecido a la bocina de un autobús escolar con prisas.
-No hay nada que temer, no voy a huir, Nick –le dijo con voz nasal muy acusada-. Pero no olvides la respuesta a mi estornudo de todos los que te rodean. Incluido tú, que te he oído.
Tenía razón el tipo. Había logrado su propósito. Todos y cada uno de los presentes, tras su dantesco estornudo, habían respondido “¡Jesús!”, dando un suspiro.
Este era, realmente, su momento de gloria.
-Sólo una cosa más, Nick –dijo entregándole un sobre–: haz que lleguen estos setecientos cincuenta mil dólares a la familia de la limpiadora que tenga el turno de mañana.
-Lo haré –dijo Nick.
Nick lo vio alejarse hacia los calabozos mientras recitaba unos versillos adaptados a la ocasión: por un guardián con bufanda, con ropa de gruesa tela, no burla más, ya no cuela,  va al talego el malandrín…

lunes, 8 de julio de 2013

Grandes criminales de la Historia (1).


El Estornudador de Boston. (Parte Uno)

-¡Código Uno, Código Uno! –gritó el inspector Tillero-. ¡A todas las unidades! Esto es un Código Uno como que yo me llamo Fabio Palpelo Tillero. Atención: Una mujer de mediana edad ha visto volar sus medias de lycra hasta el segundo piso de un bloque de VPO sin que –jura– se haya quitado los zapatos. Se ha producido hace apenas un minuto, en la esquina de la 47 con Pollo Avenue. Se trata de un tipo alto (por encima del 5%), quien ha sorprendido a la mujer. Actúa solo, con el rostro al descubierto para no amortiguar el impacto en lo más mínimo. En cuanto se ha colocado frente a ella, que asegura nerviosa que pensaba tranquilamente en sus cosas, se ha quitado una tenue, leve y ligera mascarilla para estornudarla de lleno.
Nick Korresky fue el primero en responder. Era el agente más cercano a la escena del crimen.
-Al habla Korresky. ¿Se sabe si está moqueada?
-No está de buen humor, Nick. Ponte en su lugar –respondió Tillero.
-Quiero saber si ha sido en seco.
-Claro, Nick, claro –respondió Tillero-, no puedo decírtelo. La han llevado al hospital pasando antes por una mercería donde adquirir pantys mucho más adherentes a la zona múslica interior. Hablaré con los médicos y te tendré informado.
En cuanto colgó del perchero su intercomunicador, Nick giró violentamente su volante, se subió a la acera y abrió la puerta de su Cadillac.
-¡Quieto ahí, malandrín!, -fue lo que soltó a un tipo alto que intentaba quitarse una mascarilla y tirarla a la alcantarilla.
Nick redujo al tipo tras seis asaltos de tres minutos, en los que pudo hacerle una llave con copia. En una rápida acción propia de un especialista en rodeos, lo metió sin rodeos, atado, en la parte de atrás de su coche. No paró hasta llegar a la comisaría, diez metros al oeste, donde Tillero le esperaba con una nube de periodistas.
En la sala de interrogatorios, Nick se pulía los zapatos amenazadoramente. Sólo hacía preguntas sencillas y cortas, a las que el presunto Estornudador respondía con frases de autopromoción: “soy el más grande”, “me has cogido en un momento tonto, que si no… jajay”, y similares.
En la segunda hora cara a cara, Nick notó que algo no iba bien en la cabeza de aquel tipo. Parecía desmoronarse al mismo tiempo que sus pelos se ponían de punta. De un salto Nick le agarró el occipital y encontró lo que buscaba: un alambre finísimo y largo y cobrizo, como un pelo de mujer.
-Es esto lo que utilizas para provocar tus estornudos, ¿no es así? Basta con que unos segundos antes de actuar te lo metas por uno de tus orificios nasales y ya estás listo para atacar en cualquier circunstancia, ¿verdad?
El hombre cantó como un loro cantor.
No era nadie: como mucho un papamoscas. Apenas llegaba a reunir números suficientes para un NIF completo. Quería su momento de gloria.
-Dale un par de patadas en los riñones y suéltalo, -dijo Nick a Tillero cuando salía poniéndose la chaqueta-. No es nuestro hombre.
En efecto, a menos de cincuenta metros de allí, el Estornudador llamaba a la comisaría preguntando por Nick.
-¿Korresky?
-Al aparato.
-Ha sido brutal, Nick. Mientras tú le quitabas la silla al sentarse a ese pobre diablo, he hecho volar por los aires el contenido de un bolso de lujo en la avenida Long  Hanizza. No sólo los pañuelos, Nick. También cosas de peso. Tendrías que haber visto a la mujer llorar por su móvil, mucho más móvil gracias a mí, ha, ha, ha,… También la he hecho llorar al decirle que su mensaje llegaría antes, ha, ha, ha.
Korresky se mordió el bolígrafo antes de contestar.
-Te cogeré, Pillastre, y será pronto.
-¿Cuándo crees tú más o menos?
-Ay, yo qué sé. Ponte que un par de días.
-Namierdapatí –respondió la voz.
-Bueno, ponte que una semanita.
-No te digo yo que no –dijo y colgó.
De regreso en la comisaría, de donde no había llegado a salir, Nick se derrumbó en su sofá.
Tillero entró, le arregló la almohada y le dijo que descansara. Que no se agobiara, por favor. Que esto se arreglaba en una semanita.
-Tranquilo, Nick. Descansa. No te agobies. Esto se arregla en una semanita.
(¿Ven como era cierto que se lo decía?, ¿o me invento yo las cosas, cohone?)
Nick cerró los ojos y Tillero, despacio, lo dejó descansar, se levantó y cerró de un portazo el despacho de Nick, rompiendo el cristal, la lámpara y un jarrón con el mayor sigilo posible.