domingo, 8 de mayo de 2011

GRANDES BATALLAS DE LA HISTORIA (XXX).

Rebatalla del bar Nizado.

Ayer era martes insulso y el conjunto de borrachos licenciados en vomitonas asociados bajo la razón social “La Pella Fija” aterrizó a eso de las ocho menos cuarto en el bar de Isaías Nizado, una tasca con capacidad para doce clientes, once cucarachas y dos carritos de bebés. Estaban prohibidos el cante y las ratas, las cuales fueron expulsadas en 1995.

-¡Nasnochie, mushashiiiiooo y mushashiiiiaaa!, -dijo al entrar el representante legal de la asociación, esgrimiendo una copia de las escrituras de apoderamiento y fundacional-. Ponnnnos lo menos sien servesita a gada uno, ge hoy mishmo se cumplen treh meseh desde la constitucsión de nuestra persona jurídica sin afán de lucro.

Al poner la última al último del grupo, Isaías temió lo peor:

-¿Ni una babafrita pa empapochá las birra?, ¿ni una?, -dijo el secretario al sentir el estómago vacío mientras las pupilas de sus ojos cambiaban simultáneamente de globo ocular.

Isaías saltó por encima de la barra, después por encima de un papel que había en el suelo y huyó. El grupo relinchó al unísono y, ebrios sus miembros de poder y gloria, embebidos por el espíritu del sabor previo de la sangre en la batalla y sus otros miembros pidiendo turno para ir al baño, tomó la tasca como un fuerte y allí se hicieron ídem.

La puerta se atrancó desde dentro y la consigna sonó como el gran grito de guerra (el GGG):

-¡A for los barriles, cagonmihmueltos!

Isaías, a salvo fuera de su local, llamó a su mujer, Leopolda, que no vendría sola.

De hecho, al ver aparecer por las ventanas a la esposa del dueño y sus cuatro hermanas, los miembros de la audaz asociación sintieron menguar el ardor combativo en sus pechos: dos de las hermanas eran ex esposas de cinco de los conquistadores de la tasca y actuales de otros dos, ya por lo civil.

El primer golpe en las podridas puertas del antro se propinó con una maza clásica de amasar pestiños. Sonó como el ariete que busca asolar un castillo medieval y cortó en seco la borrachera a varios miembros fundadores de “la Pella”.

-¡Fulgen, como que cuanti te trinque te va a tragá el peluquín y las ligas de mi mare que llevas puestas, cara abstracta!

-Es la Teodosia, la que me divorció en verano porque se creía que yo andaba aposta pa los lados por esquivarla: lotrodía conseguí salir despacito por la puerta, cuando su propósito era que bajara por la ventana a mucha más velocidad, -dijo el Fulgen desde detrás de la barra, el punto más lejano a la puerta de la tasca.

El grupo al completo se iba metiendo por completo detrás del mostrador según se oían las amenazas desde la calle.

-Venga, venirse a las buenas y abrir, que todavía no hemos cargado las mangas de hacer churros de zotal con biclorosidenol; aún tenéis una oportunidad, -añadió Teodosia, mientras distribuía sus fuerzas por las ventanas laterales.

El grupo de La Pella Fija estaba atónito. Nunca pensó en refuerzos de este calibre. De uno en uno, negociando con las ratas descendientes de las expulsadas, fueron escapando sin ruido por la boca redonda de las alcantarillas del patio trasero del bareto. Los más atrevidos lanzaron aperitivos pasados de fecha para cubrir a los que se retiraban.

Al cuarto envite sobre la puerta carcomida, el grupo de cuñadas entró como una tromba de agua ciclónica derrumbando la mesa y demás mobiliario de la tasquilla, para encontrar el más absoluto y desolador de los silencios. Y el vacío que colmó una batalla ganada sin el menor derramamiento de coscorrones previsto. Ni el más mínimo “tira pa casa, zascandil” o al menos “te vas a enterar, José Augusto, que mañana viene mi madre”.

A su espalda, de nuevo agrupados en la acera de enfrente, el conjunto social completo de la Pella Fija se organizaba para entrar en la Farmacia de Ignacio Lorensino y seguir formándola allí, a base de unas rondas de esos jarabes para la tos que te suben la alegría en un par de frascos, conseguidos en varias tandas de recetas con cargo a la tarjeta sanitaria de un jubilado.

-Esta la pago yio, shiquillos de misentrañas, -decía más de uno subido en lo alto de la báscula de la farmacia.

Al hacer explosión un frasco de alcohol, la turba conquistadora de la tasca no se dispersó. Antes al contrario, volvieron sobre sus pasos y divisaron la juerga en la botica.

Ninguno las vio venir, en silencio, arremangándose y sacando las minirrimels de sus fundas.

3 comentarios:

inma dijo...

O bien toquisqui en latasca. Menudo follón nos planteas. Ese bareto al menos brillaría de barnizado que estaba, y las chicas poniendo orden ¿no entraban al bareto a beber ninguna? Genial me parece seguir "la papa" a base de jarabe para la tos, y no digamos la maza eso sí "clásica" de los pestiños.Enhorabuena. Un besazo.

Félix Amador Gálvez dijo...

Cada vez que entre en un sitio a tomar una caña pensaré en esto y no será igual.

gabafe dijo...

¡Don Félix, bienvenido!
Jajajay, me encanta pensar que los chicos de "La Pella Fija" le dan sabor a una buena cerveza en compañía.
Abrazos.